jueves, 15 de marzo de 2018

Dichoso martes trece


Lo cierto es que nunca he sido supersticioso, aunque, a decir verdad —a raíz de los últimos acontecimientos—, debería comenzar a pensar que la fecha en cuestión tuvo algo que ver. No lo sé, mejor juzguen por sí mismos, ya que todo sucedió tan rápido que prefiero recrearme en recordarlo paso por paso, para deleitarme con aquellos detalles que jamás olvidaré.

El fatídico día en cuestión comenzó como cualquier otro de mi rutinaria existencia. En planta desde antes de las seis, me dirigí hacia mi ventana con el tazón humeante en la mano. Haga frío o calor, siempre repito el mismo ritual: me asomo para comprobar qué me augura la oscura espesura previa al amanecer. Su tonalidad varía en función de la época del año o de la climatología, por eso trato corroborar que no me he equivocado al escoger mi atuendo. En realidad me refiero a lo que llevo por debajo del mono de trabajo, puesto que, si la temperatura está por los suelos, necesitaré un buen relleno para aguantar la jornada en la imprenta sin que me castañeteen los dientes. El jefe es tan rácano que no se dignó a poner calefacción ni en la sala de descanso, y ahora que está dispuesto a reducir plantilla tras mermar por enésima vez sus ganancias, temo ser el primero del que prescinda.

El salario ya nos lo redujo hace mucho con el cuento de la crisis —el horario no, por supuesto—, y yo sigo asomándome a la ventana como cuando echaba el primer cigarrillo del día sorbiendo mi café, cuando hace años que no fumo. Los mismos que llevo sin poder permitirme el paquete y medio diario, mis prioridades ahora son la comida y el alquiler. Ni que decir tiene que mi casero no está tan de acuerdo con esto último. Haber estudiado letras no vale nada en el mercado laboral, lo más cerca que conseguí estar de los libros que reverencié durante toda la carrera, es reajustando la bobina que se atasca en la impresora por la mala calidad del papel. Ironías del destino, sí. Reducir costes en la materia prima también conlleva estar rodeado de páginas que serán carne de destructoras, tras su escasa acogida en los quioscos pese a su irrisorio precio. ¿A quién le interesan autores de pacotilla que sólo se publican por ser rostros famosos? Y a los que ya los son por su talento les ocurre tres cuartos de lo mismo. ¿Quién no tiene hoy por hoy ya un ejemplar de los diálogos de Platón? O mejor dicho, ¿a quién puede interesarle tenerlo?

El gato que se plantó en mi alféizar aquella mañana en cuanto asomé la nariz, me sacó de mi acostumbrado letargo. Tan negro como la noche, lo dejé pasar al calor del cuarto de ambiente espeso todavía sin ventilar. En menos de diez minutos tendría que irme, y quizás el casero decida echarme de una vez por todas si sigo dándole esquinazo, pero pensé que mientras yo estuviera a cubierto, él podría aprovecharse cuanto quisiera de mi humilde morada. ¿O será ella? No entiendo de sexos de gatos, ni de sexo en general, ya puestos, que ni lo cato… Fui al baño a cepillarme los dientes y a vaciar la vejiga antes de cerrar el mono a cal y canto, para defenderme de la helada que me espera al salir a la calle. Mi nuevo compañero de piso sintió entretanto curiosidad por conocer la otra única estancia con la que contamos, y su plena confianza en mi hospitalidad le llevó a encaramarse al lavabo con total tranquilidad.

No contaba con que abriera el grifo para lavarme las manos al acabar, soltó un bufido saltando de inmediato a la barra de la toalla —que por su inestable sujeción no aguantó con su peso, descolgándose—, y se vio obligado a encaramarse al estante del espejo. Desde cualquier ángulo que lo analicemos, lo cierto es que no fue la decisión más acertada, lo que me llevó a concluir que se trataba de un joven inexperto. Yo no estuve rápido, tampoco, he de reconocerlo, pues todavía me estaba secando cuando traté en balde de separarlo a tiempo de evitar el desastre. El obsoleto armarito se vino abajo, haciéndose añicos sobre la cabeza del pobre minino, con la mala suerte de que le seccionó una oreja de cuajo. Estuve más presto entonces a echar mano del papel higiénico, a fin de taponar la hemorragia, y salí a todo correr hacia la clínica veterinaria más cercana.  

La gente está tan sola que se multiplican las tiendas de mascotas, por consiguiente, también las peluquerías caninas, y hasta esas boutiques en las que puedes comprarle un abrigo a tu loro. Lógico, tendrán que pasarlas canutas por estas latitudes viniendo del Trópico. A dos manzanas de mi casa hay una tienda que atiende urgencias las veinticuatro horas, no es que me hubiera parado antes a comprobarlo, pero, como es lo que anuncian en el cartel, toqué el timbre insistentemente. Una chica con el sueño pegado a las pestañas vino a abrirme poniéndose una bata con dibujitos de animales. Se despertó de golpe al ver la cantidad de sangre que me corría por el brazo. Le cauterizó la herida enseguida, dijo que era mejor que intentar coserle la orejita que recogí creyendo que serviría de algo. “Al vivir en las calles dudo que le dure demasiado, si es que no se le infecta y coge algo peor.”

“Me he dejado la cartera en casa…”, reconocí abrumado en ese momento, “vivo aquí cerca, ¡vuelvo ahora mismo!” Negó con la cabeza sonriendo, tratando de arreglarse el pelo aplastado por la almohada al verse reflejada en un cristal. Suele pasarme, las mujeres se me insinúan a la primera de cambio, y a mí no me tira ninguna, la verdad. Creo que se dio cuenta enseguida de que no me gustaba, porque carraspeó, e incluso se puso bastante colorada. “El gato ha tenido suerte, no se preocupe…”, me explicó azorada, de una manera un tanto atropellada. “Estas cosas me vienen bien para practicar porque, aparte de poner vacunas, poco más hago… Eso sí, lléveselo de aquí ahora mismo, que está a punto de llegar mi jefa. Si decide quedarse con él, venga otro día y le haremos precio para hacerle una revisión en toda regla, ¡el pobre tiene más parásitos que un búfalo!” Le di las gracias entre risas, porque me imaginé que él —seguro al fin de que era macho— se zamparía al pajarito que se dedicara a comerle las pulgas. La chica fue tan amable de limpiarme y ponerme un apósito a mí también, ya que me había hecho un leve corte en la palma al tratar de liberarlo de los cristales rotos, continuó mirándome embobada, eso sí, para mi desgracia, por lo que aparté la vista incómodo. Mi madre siempre insiste en que tengo planta de galán de cine y a mí me saca de quicio, ¡para lo que sirve! 

Al regresar por donde habíamos venido no pudimos evitar pasar por debajo de una escalera, acababan de colocarla unos obreros que nos dieron los buenos días, y les sonreí consciente de que iba a llegar tarde al trabajo. Bien, si semejante manera de empezarlo significa que van a descontármelo entero, pues ¡qué se le va a hacer! Necesitaba cambiarme el mono, no podía aparecer todo ensangrentado. O quizás fuera buena idea, igual así evitaba el castigo del jefe. De todos modos, tenía que volver para darle un plato con leche o algo más contundente con que llenar el estómago al herido de guerra que llevaba en brazos. ¿Tendría alguna lata de sardinas? Entonces me di cuenta de que también me había olvidado las llaves, y eso sí que era un verdadero fastidio. Mi casero no va a abrirme sin pagarle lo que le debo, o aprovecha la ocasión para ponerme de patitas en la calle y quedarse con mis cuatro cosas. Si las vende, recuperaría una parte de lo que sabe que no puedo pagarle.


El gato me obligó a posponer mis cavilaciones, pues saltó al suelo de un brinco y se metió por el callejón. Creí que era una especie de despedida, llegué a ponerme triste y echarlo de menos durante el efímero instante que tardó en asomar la cabeza para maullar. “O sea, que quieres que atajemos”, le dije asintiendo asombrado, “¡Anda que no conoces tú bien el barrio, amigo!” Y lo seguí sin más —sin pensármelo dos veces—, yo que no he vuelto a cruzarlo ni borracho, porque incluso a plena luz del día hay que tener coraje para pasar por allí. Atravesándolo se llega a mi calle en menos de la mitad de tiempo que dando toda la vuelta a la manzana, lo que ocurre es que entras vestido e igual sales en pelotas por el otro lado. Porque por el camino puede que te atraque el primer yonqui que se esté chutando en un rincón, o que te dejen sin ropa los sintecho que duermen entre cartones, o —como poco— que te encuentres con alguna haciéndole un servicio exprés a un cliente que no tiene coche.

Como las habituales del barrio ya me conocían y no iban a atosigarme porque estoy sin blanca, además de que lo poco que tengo en la cartera ni siquiera lo llevaba encima, pues lo seguí. Total, al mono no creo que pueda quitarle las manchas, así que poco me importaba ya si me quedaba sin él. Correría el frío hasta casa con mi nuevo amigo si me dejaban desnudo, y listo. El bicho me llevaba una buena ventaja y me apresuré para no perderlo de vista, no fueran a hacerle algo a él. Lo llaman el callejón, aunque son un par de callejuelas que se cruzan en la parte trasera de los patios de luces. Imagino que no estarían en el trazado original de los bloques de edificios, pero es lo que tienen las ciudades, que a veces crecen por voluntad propia independientemente de quien pretende organizarlas. Me alegré de que todavía no nos encontrásemos con nadie al doblar la primera esquina, un par de metros más y ya veríamos mi calle después de la siguiente curva.

De repente escuchamos música demasiado alta, el minino maulló imperceptiblemente entre los atronadores últimos compases de la quinta de Beethoven. Me extrañó que se oyera con las puertas y ventanas cerradas, hasta que me fijé que en el edificio abandonado se veía luz en el tercer piso. No es que tenga prejuicios, no obstante, dudé que sintonizara esa emisora el típico okupa punki. Sin embargo, eso me dio qué pensar, porque hay mucha otra gente necesitada en los tiempos que corren. Bueno, también se me antojó una opción digna de considerar si me quedaba sin sitio donde dormir. Torcí a la derecha en el siguiente cruce imitando a mi compañero de andanzas, y entonces nos encontramos de bruces con la escena. Los charcos en el suelo comenzaban a reflejar la claridad del cielo, y al reparar en ellos vi que estaban teñidos de sangre.

Ella forcejeaba en vano, sus gritos ahogados por la manaza que le hacía de mordaza. Al fijarme con más detenimiento en sus movimientos, admití que no estaba tratando de librarse de su agresor, sino que se retorcía de dolor, siendo como era embestida por él con todas sus fuerzas. Descalza y con las piernas desnudas hasta las nalgas, bajo un amasijo de harapos rasgados, la manga de lo que fue su abrigo yacía malherida a modo de irrisorio colchón. Era bella. Inauditamente bella pese a la mugre que recubría la albura de su piel. El gato y yo nos quedamos clavados a pocos pasos del lugar de los hechos. Y en ese momento su grotesco rebuznar cesó poniendo fin a aquella salvajada, logrando con ello que él se percatara de nuestra presencia. En cuanto me miró supe de quién se trataba, y el brillo del puñal —que sostenía en la otra mano y había pasado por alto— me obligó a tragar saliva. “Corre a casa, la ventana quedó abierta”, conseguí decirle en un susurro. Obedeció en el acto, al menos eso me hizo creer, puesto que puso pies —mejor dicho, patas— en polvorosa, ¡me maravilla lo listos que son estos bichos! O quizás su huída se debió a que también reconoció el careto que sacaron en las noticias.

“Peligroso preso fugado”, rezaba el titular, “es muy violento y va armado” aclaraban por si acaso. No tenían ni que haberse molestado, su pinta lo decía todo. A veces me pregunto los motivos que tendrán estos tipos para acentuar su aspecto de delincuentes. Tal vez sea para ahorrarse las molestias, uno al verlos ya levanta los brazos y les deja hacer lo que se les antoje antes de que abran la boca para pedirle el dinero, el reloj, o el aire que respira. Fuerte, moreno y de piel cetrina, cejijunto y ceño fruncido. Una ceja rota por una cicatriz, un piercing estilo taurino en la nariz, y un tatuaje en forma de calavera en la nuez, completaban el conjunto. Más claro agua. Pero aún así, su mirada insistía en su único cometido en la vida. Jodérsela al que se encontrara en su camino. Porque sino no se entiende el ensañamiento con el que decapita y descuartiza al pobre diablo que le entregó hasta a su propia familia, como dicen que hizo en aquel chalet en el que entró a robar.     

Se irguió subiéndose los pantalones, apartando de un manotazo a la desvencijada chica que se había visto forzada a acogerlo en su seno hacía un segundo. Juro que actué por inercia. Por instinto de conservación, supongo, porque nunca había participado en ninguna pelea, ni en el patio del colegio. Antes de que llegara a incorporarse le asesté una patada en plena cara. Debí destrozarle la boca con mis botas de seguridad reforzadas, a juzgar por los dientes que saltaron y el crujido de su mandíbula rota. Cayó redondo a mis pies, y todo mi ser se estremeció ante la patente muestra de mi consabida animalidad. Un gemido ahogado convirtió mi asombro de mí mismo, en preocupación por quien estaba sufriendo más que yo. Fui hacia ella de inmediato, temiendo rozarla siquiera y que sus pedazos se me desmenuzaran entre las manos como el espejo roto. 

Se asustó de mi proximidad en un principio, temerosa de que pretendiera lo mismo que aquel depravado. “¡Voy a buscar ayuda, no tengo el móvil encima!”, traté de calmar su angustiada expresión. “No, no me dejes aquí con él”, musitó sin apenas fuerzas para mover los labios. No estaba seguro de haberla oido bien, la música seguía resonando en el callejón por encima de nuestras voces, pero sí de que su acento indicaba que no era de aquí. Me arrodillé a su lado apartando la vista de sus senos desnudos, para cubrírselos lo más pudorosamente que me fue posible con aquellos retazos de trapos. “¿Estás sola?”, le pregunté por saber si tenía pareja, familia, o algún conocido que la acompañara al hospital. Ella me miraba de hito en hito, en su mirada se transparentaba el cielo de primavera y se tomó su tiempo para responderme toda tranquila: “Ya no.”


Mirándola embobado, me atreví a separarle de la frente un mechón que se le había quedado pegado por el sudor, ajeno al nauseabundo olor a vómito, orines y heces que se respiraba en aquella oscura esquina. Dicen que antes de morir ves pasar toda tu vida por delante. Yo sentí una especie de vértigo que me dio un vuelco al estómago, porque vi mi futuro al asomarme en sus ojos. Nuestro futuro juntos. Su mano en la mía, mi boca en la suya. Las estrecheces económicas de mi precariedad laboral sobrellevadas con creces gracias a la dulzura de sus besos. Un par de cabecitas rubias igual a la suya, de ojos azules entremezclando los de ambos. Los de ella son más pálidos, como su delicada tez, que le acaricié con mi pulgar con la excusa de limpiarle una mancha de sangre de la barbilla. Fue entonces cuando la garganta me ardió por el contacto del frío acero.

Inundé su pecho de rojo y en el acto entendí lo que ocurría, al ver cómo la doble hoja del puñal le rebanaba el cuello a ella también. Traté por todos los medios de contener aquella sangría, pero se me escurría entre los dedos a velocidad de crucero. Ojalá se nos ralentizara el pulso, para que los borbotones no mermaran tan rápido nuestro momento. Nuestras miradas no se desconectaron lo más mínimo, no hasta que perdimos la consciencia. Permanecimos juntos hasta el final. Antes llegué a percibir las carcajadas de nuestro verdugo alejándose. Y me aferré a su mano inerte en pleno apogeo del aria Nessun Dorma. Es lo último que recuerdo. Es una lástima que fuera el definitivo, pero sin lugar a dudas fue el más dichoso martes trece de mi existencia. Aunque ahora dispongo de toda la eternidad para rememorarlo hasta la saciedad. 




*Dedicado a mi gran amigo Ilya, que mañana está de cumpleaños. 


by Eva Loureiro Vilarelhe   
     




20 comentarios:

  1. jeje lo he leído a vuela ojos o como se diga... ya te diré con más tiempo y calma.
    Suertudo Llya, que tiene quien le felicita cumples de este modo y manera ;)

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    1. Cuando quieras, Isabel, aquí te espera ;) e Ilya ya me ha dado las gracias, así que me alegro de que le haya gustado el detalle... :)

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  2. Me ha encantado,Eva;gracias.
    Parafraseando a Miguel Ángel Asturias:"Hubo en un año un día,que duró todos los años".
    Me gusta mucho como cuentas las cosas y como juegas con el tiempo.
    Y siento envidia de Ilya que ha sido tan afortunado con tu espléndido regalo.
    Un saludo.

    PS.
    Me han venido a la memoria los versos de Hölderlin (que sé que te gusta):
    ...una vez, por lo menos, habré vivido igual
    que los dioses, y más no será necesario.

    Yo al menos no necisto más.Gracias de nuevo por emocionarme como lo haces.

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    1. Tú sí que me emocionas, Suso, con tus comentarios, entre lo de Hölderlin y lo de Asturias... y gracias a ti, siempre, por pasarte a leerme y disfrutar con lo que escribo, que es de lo que se trata. Gracias y un abrazo, envidioso ;)

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  3. Te habrás quedado a gusto!!!! Ya los estás resucitando a los dos, que bastante mal lo han pasado en la vida como para terminarla justo cuando se encuentran!!!
    Sigues conseguiendo sorprenderme, me encanta.

    Bicos!!

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    1. Hombre, tanto como a gusto... ¡ni que fuera una sádica! Jajaja, me encanta sorprenderte, David, y te agradezco que te hayas pasado por aquí a leerme y comentar :)
      ¡Petons!

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  4. Hay cuatro Evas en este cuento, cuatro en una, qué más se puede pedir? Al principio aparece la Eva reivindicativa, la "en pie con el puño en alto" de Bailando con Lobos, capaz de encajar una crítica al despotismo empresarial en un relato de este tipo y quedarse tan ancha. Y encima le queda bien. Después el relato deriva en una simbiosis entre el terror más negro, con gato negro incluido al mejor estilo Poe, y ese humor tan made in @LoureiroVilarelhe que está presente en casi todos tus relatos. Y te permites terminar con un guiño romántico entre la sangre y las vísceras para poner un poco de belleza en este relato oscuro, en medio de este mundo injusto podríamos decir también, aunque a los dos pobres les haya durado lo que un caramelo a la puerta de un colegio, que suele decirse. Un relato donde encajar los diferentes elementos era tarea compleja, pero lo has resuelto con la maestría que te caracteriza.
    Sólo hay un pequeño pero, y espero que no te moleste la crítica (ahora es cuando me tomo la venganza por la última tuya jajaja) bromas aparte... tal vez se debería cambiar el pasaje que dice que el asesino se alejaba a carcajadas, pues difícilmente alguien con la mandíbula rota podría hacer tal cosa. Un despiste a lo Dan Brown, supongo (fíjate que te comparo por todo lo alto).
    En definitiva, que me ha gustado tu cuento de terror-humor-amor, muy en tu estilo Eva. Un beso y abrígate, que parece que el frío polar se nos viene otra vez encima.

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    1. Jajajaj, Jorge, la venganza se sirve en plato frío... tanto como el temporal que se nos viene encima ;) Pero espero que no te lo tomes a mal si te llevo la contraria... ¿crees acaso que llegaría a escucharla con la música en su máximo apogeo, o no serán más bien fruto de su imaginación-seminconsciente dado su estado premortuorio? Por lo demás, te agradezco muchísimo tu comentario, desde luego, incluso estoy dispuesta a no tomarme a mal la comparación con Dan Brown, jajaja. ¡Lo siento, no he podido resistirme!
      En serio, Jorge, eres un encanto por leerme y ser tan amable de darme tu opinión más sincera, que es lo que me estimula para seguir adelante. Prometo pasarme enseguida a conocer el final definitivo del incidente Cooper, ya no sé si podré dormir pensando en cómo acabará la cosa. ¡Un beso enorme, paisano del sur!

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  5. Jo, Eva, yo esperaba a toda costa un final feliz :( Supongo que los buenos relatos no siempre acaban bien, pero mi romanticismo a prueba de bombas se quedó "enganchado" del penúltimo párrafo, antes de que todo se fuera a la porra.

    No sé si fue por el día, por el número, por el gato negro o por pasar bajo una escalera, pero está claro que la mala suerte aprorreó con ímpetu la puerta de tu pobre protagonista.

    Un gustazo leerte, como siempre.

    ¡Un beso!

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    1. Ya, Julia, a mí también me gusta que las historias acaben bien, pero a mi homenajeado amigo le va el drama que no veas, y me apeteció engañarlo un poco hasta el final, a ver qué le parecía la escenita de marras... y la verdad es que a mí me encanta que se amen así sin más, que se mueran al mismo tiempo es accesorio, ¿cuela como disculpa? Espero que sí, jajaja, pero tú tampoco hables demasiado que estás sacando tu lado oscuro en tu nuevo blog ;)
      Un besazo y muchísimas gracias por leerme, compartir y aun encima comentar, ¡eres un sol!

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  6. Jeje, no esperaba este final, Eva. La verdad es que me estaba resultando tan entretenido y divertido con las situaciones que estaba sufriendo el pobre hombre (en todo caso llevaderas), que no sabía que iba a ser su fin. De todos modos, lo haces con tal ironía y humor que hasta el mismo acepta la muerte con cierta naturalidad, jaja.
    Estupendo relato, guapa.
    Un besazo muy grande.

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    1. Pues me alegro de que te lo hayas pasado bien leyéndolo, de eso se trataba en definitiva, y lo cierto es que tienes razón, se lo toma con auténtica filosofía el hombre, jeje. ¡Muchas gracias por pasarte a leerme y comentar, Ziortza, además de compartir! Guapa tú, besazo :)

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  7. Eva, yo también esperaba un final feliz, pero aún así me ha encantado. Además sale un gato y yo,en estos momentos,tengo dos.
    Pese a lo trágico de la historia lo cuentas con tal naturalidad y humor, que hasta me he reído al leerlo ¿se puede pedir más?
    Fantástico!
    Un abrazo.

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    1. Pues no veas cuánto me alegro de que te hayas reído, Ana, yo ya no pido más, desde luego :) Agradezco tu lectura, porque sé que te van más otro tipo de historias, si me lo permites, te adelanto que la de mañana será de tu estilo (o eso creo), también hay animales... y hasta ahí puedo leer, jajaja. Un placer que me leas, de verdad, y muchísimas gracias por visitarme. ¡Un abrazo de vuelta!

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  8. ¡Menudo carrusel de emociones y sensaciones que nos has preparado, Eva! Como ha comentado Jorge, la historia va transitando distintos escenarios, una serie de catastróficas desdichas, pero el lector las lee con una sonrisa, esperando que el destino le tenga preparado al personaje un dichoso desenlace. Una recompensa que parece alcanzar en ese mugriento callejón y cuando ya nos tienes, a los lectores, levantados de la butaca ¡zas! ese golpe brutal e inesperado que nos deja ese mal cuerpo. Entonces, consigues que el relato nos deje resonancia, que se nos quede pegado. Ese contraste entre la tragedia, pero también el momento de dicha máximo de ambos personajes es el que nos deja noqueados.
    Siempre he pensado que los finales felices quedan muy bien en novelas, pero en los relatos nada mejor que un final que despierte sensaciones, que te quedes con los ojos clavados imaginando esa escena. Fantástico, Eva. Un fuerte abrazo!!

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    1. Pues estamos de acuerdo en lo de los finales, David, a mí también me parece que los trágicos se llevan mejor en los relatos, en las novelas necesito ese poso de esperanza que recordar pese a las vicisitudes de la trama... Es estupendo para mí que me leas, en serio, porque compartimos puntos de vista semejantes, o eso me parece sacar en limpio de nuestros comentarios a propósito de las entradas en tu blog o el mío. Un honor que te pases por aquí, como siempre, y te lo agradezco el doble porque sé que eres un hombre sumamente ocupado. ¡Muchísimas gracias y un abrazo de oso!

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  9. Hola Eva, tu relato me ha gustado mucho.Tus descripciones, el gato, el final.Me ha encantado una vez más te lo digo.Me lo llevo con tu permiso. Un abrazo.

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    1. ¡Todo tuyo, Betty! ;) Muchas gracias por el comentario tras la lectura, de verdad, es a mí a quien le encanta que te pases por aquí. ¡Abrazo enorme!

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  10. Un relato con cierta ironía cáustica contado desde el lado desgraciado del pobre protagonista. Solo escuchamos su voz, nada se entromete, nos ponemos (me pongo) en su lugar y a través de él, de manera rápida casi vertiginosa vamos (voy) de una desgracia a otra y no queda otro remedio que ponerse de su lado. Dan ganas de gritarle: ¡Ehhh chico… no vayas por ahí, ni por allá, cuidao con las escaleras, el gato negro, los tropiezos, los yonkis, los jefes, el casero, el salario bajo, la vida…! Y encima el hombrecito va de Quijote, si ej que meterse en berenjenales parece que es lo suyo.
    El ritmo es rápido, conociendo a la autora y su modo de escribir es precipitado con voluntad de que así sea.
    Y a mi que me encantó la pregunta de él “¿Estás sola?” Y la respuesta de ella “ya no”, y como él le separó el mechón de su frente. Una historia de amor en el callejón cutre... y su cabecita loca, la de él, imaginando futuros perfectos, aunque todo divergió en un requiem in pace por los siglos de los siglos amén.

    Las cosas que se te ocurren Eva :)


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    1. Bueno, ¡menos mal que alguien repara en la frase crucial! Ahí precisamente estaba el quid de la cuestión, querida Isabel, y me alegro muchísimo de que hayas reparado en ella, así como en la delicadeza con la que le separa el mechón... pues que sepas estas cosas se me ocurren tras una conversación con mi amigo Ilya, una igual a esas que tenemos tú y yo... sobre el tiempo ;) En fin, que te agradezco la atenta lectura, la empatía con mi protagonista, y que le hables como si lo estuvieras viendo, que yo no puedo meterme que si no... jajaja.
      ¡Que te mando un beso, guapa!

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