jueves, 4 de enero de 2018

El rocambolesco caso de la falsa Cenicienta



“GRAN CENA BAILE”, releyó sin querer por culpa de las enormes letras de molde, y guardó de inmediato las entradas en el bolsillo interior de su americana de terciopelo azul noche, porque se estremeció de nuevo al reparar en el “cotillón incluido” de la frase final. “Con lo bien que estaríamos aquí los tres viendo el especial Resumen del Año del canal de Historia…”, Morris ladeó la cabeza comprensivo emitiendo un sonido gutural y el señor E. suspiró ajustándose los gemelos frente al espejo. No llevaba esmoquin contra su voluntad, por aquello de darle el gusto a C. de estrenar el traje que le regaló por Navidad, con la pajarita y el fajín a juego ligeramente dorados reconoció que estaba a la altura de su elegancia habitual. Así que se despidió de su fiel escudero revolviéndole cariñoso las orejas, mientras el cánido se dejaba hacer complacido. 

El local estaba prácticamente lleno cuando llegaron, C. llevaba parloteando sin parar sobre la excepcional cantante que iba a amenizar la fiesta posterior a la cena. La ahijada del señor E. y su ahora prometido los acompañarían en la mesa que tenían reservada, su compromiso había sido la revelación sorpresa de la pasada Nochebuena. Se casarían el próximo julio y el orgulloso padrino, que también ejercería como tal el día de la boda, sería el encargado de llevarla hasta el altar sustituyendo a su mejor amigo y difunto padre de la novia. El acontecimiento le dio algo en que pensar a nuestro detective particular –ante la ausencia de casos que resolver– y, contra todo pronóstico, salió de él lo de invitarlos en Nochevieja, puesto que tenía en mente atar cabos sueltos que le parecía que iba siendo hora de unir definitivamente.

Acostumbrado ya a la intensa vida social a la que se veía abocado desde que C. formaba parte de la suya –y de la que solo se libraba con una excusa suficientemente contundente como la de estar encamado con fiebre–, ni se inmutó ante el desfile de platos no del todo de su gusto con que los agasajaron, ni con la expectación que levantó entre los comensales la aparición de la conocida intérprete que él pudo apreciar con sus cinco sentidos por primera vez en su hasta hacía bien poco anodina existencia, puesto que tuvo la suerte de que la bella señorita pasara justo por su lado al entrar en el salón cantando entre las mesas en dirección al escenario. También se vio obligado a hacer gala de su caballerosidad innata, al recogerle el chal que se le enganchó en la esquina de su mesa, cosa que ella le agradeció acariciándole la mejilla sin dejar de deleitar al auditorio con su prodigiosa voz. 

La ahijada del señor E. tuvo que llevarse la mano a la boca para no soltar una carcajada, viendo a su padrino poniendo cara de circunstancias ante el revuelo que se montó entre el público por el intrascendente flirteo de la cantante, que demostró sus tablas al resolver la situación sacando provecho de un casual incidente. Del resto de comensales, consiguió arrancar los primeros vítores al terminar su canción en la improvisada tarima que servía de escenario, y del hombre que tuvo tal galantería con ella, que ya no le quitara la vista de encima, intrigado como estaba por saber si entre su repertorio habría algún otro tema que mereciera tanto la pena como el "Blue Velvet" con el que comenzó su actuación. Le dio la razón a su querido C. sobre las tan cacareadas virtudes de la chica, y se alegró de que gracias a ello la velada no se le haría demasiado pesada.


Nunca entendió eso de quedarse despierto hasta medianoche para tomar las doce uvas al unísono de las doce campanadas. De hecho jamás había conseguido lograr tal hazaña, puesto que de niño en el aviso previo de los cuartos se quedaba observando su plato decidiendo cuál sería la elegida para dar el pistoletazo de salida a la desenfrenada lucha contrarreloj, indeciso entre la que le parecía más esférica, o aquella que por su forma ovalada más se asemejaba a la órbita de la luna. Y cuando por fin optaba por coger una sin mirar, para comprobar enseguida cuál había preferido el azar que fuera la escogida, ya escuchaba gritar a su alrededor eso tan absurdo de “¡Feliz Año Nuevo!”, como si el resto del tiempo no se pudiera desear lo mismo. Si por él fuera, en lugar de su cortés “¡Buenos días!”, todas las mañanas diría al encontrarse con algún vecino de camino a la escuela –o incluso en la actualidad cuando saca a Morris a horas intempestivas para que haga sus necesidades antes de ir al trabajo–: “¡Feliz Nuevo Día!”

Por ese motivo, se puso un tanto nervioso cuando les trajeron las copas de cava y los cuencos con las dichosas uvas. Recordó que el año anterior, sin ir más lejos, se había enterado de que había comenzado 2017 por el jaleo de los vecinos, puesto que Morris y él estaban viendo un interesantísimo documental que no quiso poner a grabar cuando le entró sueño a eso de las once y media, de lo contrario a esas horas ya estaría durmiendo a pierna suelta con su pijama de rayas. Sin embargo, nadie pareció percatarse de su incomodidad, achacándolo a la histeria colectiva con la que se vivían aquellos minutos finales, como si no fuera a haber mañana, pensó para sí mismo, sorprendiéndose de las contradicciones intrínsecas a la naturaleza humana, puesto que todos eran adultos y ya habían vivido situaciones semejantes en el pasado. Pero eso es en definitiva lo que le atrae de los demás, la capacidad que tienen para asombrarlo a diario y no dejar de aprender algo nuevo sobre sus congéneres.

No haremos una reconstrucción de su infructuosa –por no decir desastrosa– tentativa de dar cuenta de su cuenco de fruta al son de las campanadas, entre otras cosas porque el desencadenante de los posteriores acontecimientos sucedió nada más empezar el Año Nuevo. El repentino apagón arrancó gritos de pánico real y simulado entre el auditorio que seguía las instrucciones de la cantante para proceder a comer las uvas, al mismo tiempo que los miembros de la banda reproducían el sonido del reloj de manera tan original que hacían las delicias de todos los presentes. Jamás habían asistido a una representación semejante, ni tan lograda, y la absoluta oscuridad en la que se sumió el inmenso salón comedor –ahora dispuesto para el baile– no formaba parte del espectáculo. Como se oyó claramente asegurar a algún encargado del local a viva voz, visto que la luz parecía hacerse de rogar para regresar a calmar los soliviantados ánimos. “Si esto llega a pasar en la Nochevieja del 99 más de uno se muere del susto pensando que lo del fin del mundo era verdad…”, comentó irónico el prometido de la ahijada del señor E. y, justo a continuación, los “Ahhh” de alivio instantáneos una vez que todos recuperaron la visión, se vieron ahogados en el acto por los “¡AHHH!” de horror al reparar en el macabro espectáculo que ofrecía el escenario.


El señor E. se levantó de su asiento raudo y veloz para aproximarse lo más posible de la escena del crimen, pero hete aquí que un hombre más bajo y fornido que él se le plantó delante pisoteando sin rubor el charco de sangre en el que yacía uno de los zapatos de tacón de la cantante. “¡Todo el mundo quieto en donde está!”, clamó haciendo chirriar el micrófono para desgracia de los tímpanos de los oyentes, “¡Soy policía, y desde este momento tomo el mando de la situación!” Haciendo un estropicio de paso, pensó el señor E. a su lado, asistiendo impotente a cómo manoseaba el bastón de sujeción del micro para separarlo de su base, recogiendo el zapato sin guantes ni nada y acercándose a uno de los encargados del establecimiento. “¡Cierren todas las salidas! ¡No quiero que nadie salga ni entre del establecimiento hasta que el asunto esté aclarado!” ¿Y por qué lo dice a través del micrófono, para que el autor de los hechos obtenga ventaja y se escabulla antes de que echen el cerrojo?, volvió a menear la cabeza nuestro peculiar investigador sin dar crédito al despropósito del que estaba siendo testigo. 

“¡Y usted vuelva a su sitio! ¡Despéjeme la escena del crimen, que tengo que avisar a la científica!” El señor E. obedeció en el acto, pero porque ya había visto suficiente como  para empezar a darle vueltas en la cabeza al impactante caso que se le presentó sin previo aviso, y en tan memorable noche. C. lo asió del brazo ansioso y él le dijo que tenía que ir al baño. “Pero, ¡¿tiene que ser ahora?! ¿No ves que ese bruto es capaz de pegarte un tiro si te descubre saliendo de su campo de visión?” El policía lucía su arma enfundada sobre su a-punto-de-saltársele-los-botones camisa blanca, como si con ello quisiera intimidar al personal que iba indicando que se acercara de manera ordenada a su posición estratégica, a fin de realizar un sucinto interrogatorio inicial para ir descartando gente. 

Sobrepasado en número como se veía, entre las mesas más próximas al escenario había mandado que los camareros le ampliaran el espacio para poner a todo el mundo en fila, aunque como ellos también estaban entre los sospechosos le pareció apropiado tener su pistola más a mano para curarse en salud –la suya, por descontado, la del que encañonara no lo tenemos tan claro dado su sospechoso estado de semiembriaguez–. “¿Campo de visión? Me alegro de que vayas aprendiendo la jerga que utilizo yo”, apreció el señor E. orgulloso de su novio, y añadió en voz baja a propósito de tamaña falta de etiqueta –por aquello de no faltarle al respeto al policía en mangas de camisa más que con alguien de su entera confianza–, “Consolémonos con que de esa guisa nos ahorra a nosotros tener que soportar su espantosa chaqueta de confección esperpéntica en el nuestro.”

Ni que decir tiene que ambos se dirigieron juntos a los aseos, C. entusiasmado con que su novio lo considerara digno de ayuda en su emocionante investigación. No obstante, como no estaba familiarizado con sus métodos como sí lo está Morris, le chistó cuando se pasó de largo el pasillo que conducía al baño de caballeros. El señor E. se giró para advertirle con un gesto que guardara silencio, C. lo siguió con el alma en un puño al ver que se acercaban a una zona restringida al público, que contaba con varias dependencias sin duda destinadas a oficinas, donde al parecer habían improvisado un camerino para la estrella invitada y su banda. La adrenalina le golpeaba las sienes, inexperto como era en esas lides, ante el inminente peligro que intuía en la escrutadora mirada de su amado. Tanto se enfervorizó su sangre, que cuando estaban a punto de alcanzar su objetivo, el “¡Policía! ¡Alto o disparo!” casi le provoca un infarto, mientras que a su lado el señor E. se resignó a subir los brazos en señal de rendición, pese a que su sonrisa de satisfacción contrastaba bastante con la situación a la que tenían que  hacer frente. El par de agentes debidamente uniformados que les apuntaban con sendas 9 mm. parabellum procedieron a su detención, esposándolos con hirientes bridas de plástico, y les leyeron sus derechos entre los gimoteos del pobre C., quien por primera vez en su vida se veía conducido a comisaría sin tener ni idea de qué delito había cometido. “Si ni siquiera me han puesto ni una triste multa de tráfico”, se lamentaba al agente que le pareció que hacía de poli bueno, porque la cara de pocos amigos de su compañero no le inspiraba tanta confianza, aquel era el que hacía de malo, seguro.


El comprimido efervescente se deshacía lentamente en el vaso a medio llenar que tenía encima de su escritorio el comisario de policía. “¿Sabía usted que la velocidad con la que se disuelve depende de la cantidad de sodio que contenga el agua decantada?” “¡Peláez, haga el favor de traerme un descafeinado!” “¿Para tomar con la aspirina, jefe?” “¡Peláez, coj…! ¡Quieres traerme el café de una puta vez!” Pasando por alto su erudita intervención, el comisario intentó sin demasiado éxito moderar su lenguaje delante del rostro inescrutable del señor E. Aquel tipo lo tenía algo mosca, su sangre fría le daba mala espina, sin embargo, tenía que reconocer que su corrección a la hora de expresarse le generaba una extraña confianza, vamos, que se le hacía cuesta arriba tratarlo con la rudeza habitual que utilizaría con cualquier otro delincuente. Al que había sido detenido con él sí que le daría un par de tortas para que dejara de lloriquear, la maldita jaqueca iba a hacerle estallar la cabeza de un momento a otro, y como no pusiera fin a su molesta llantina inmediatamente lo que iba a conseguir era que le reventara la cara, en su mente, claro, él es de los que considera que la violencia policial debe ceñirse únicamente a la de carácter verbal, la física solo consigue darle mala imagen al cuerpo.

Peláez le trajo el café enseguida y él se tomó su tiempo para echarle el azúcar y revolver antes de retomar el diálogo con el sujeto que centraba su atención. El par de agentes que los detuvieron informaron de que estaban merodeando por la parte trasera del escenario, lo que quizás indicaba que eran los asesinos que volvían a la escena del crimen. A decir verdad, al comisario no le cuadraba demasiado todo aquel jaleo que se había montado por un poco de sangre y un zapato. Además, Bermúdez no estaba de servicio e igual iba algo cargado cuando llamó a la central pidiendo refuerzos, lo conoce bien y sabe que se le va la pinza. Ese con tal de hacerse el héroe es capaz de tratar a una anciana acusada de robar un tomate en el mercado como si fuera culpable de asesinato, pensó ensimismado. Y tampoco había cadáver, por lo tanto no se podía hablar ni de homicidio siquiera. En fin, que la noche iba a ser larga de coj…, volvió a morderse la lengua mentalmente de tanto que le imponía tener delante al señor E. Le dio un sorbo al descafeinado y se la escaldó, recordó al instante que su madre le diría que era un castigo merecido por malhablado y optó por tomar el analgésico para paliar en algo el efecto de la quemazón.

“¿Y dice usted que iba en dirección al camerino de la cantante en busca de pruebas?”, le preguntó al señor E., que distraído observaba los recortes de prensa enmarcados que rellenaban las paredes. C., asustado ante la demora en contestar, le dio un suave codazo para traerlo de vuelta y el comisario agradeció que por fin cesara su molesto lagrimeo. “Por supuesto, señor comisario,” se apresuró a responder el interpelado haciendo gala de su facilidad para hacer dos cosas a la vez, “en realidad no hay caso, podríamos decir que el supuesto crimen pasional se ha quedado en arrebato nada más.” El comisario pestañeó incrédulo ante la amable sonrisa del avezado detective amateur. “Podría hacer el favor de explicarse”, consiguió decir haciendo acopio de toda su buena educación, esa que yacía olvidada en su subconsciente, pero que indudablemente su madre se esforzó por que adquiriera de niño. “Oh, será un placer, señor comisario, sólo se lo comento por si le parece razón suficiente para que sus agentes dejen de perder el tiempo interrogando a ciudadanos inocentes, cuando a estas alturas imagino que la señorita desaparecida –que tuvo a bien amenizarnos la velada de manera exquisita tras nuestra copiosa cena– y su novio u/o amante deben de haber puesto punto final al momento de evasión pasional que decidieron tomarse durante el intervalo de la caída de tensión que propició el apagón general.”

“¿Y usted cómo ha llegado a semejante conclusión, si puede saberse?”, el comisario y C. lo miraban con idéntica expresión de desconcierto. “Con el debido respeto, señor comisario, me gustaría ponerlo al corriente de que el agente que decidió ponerse al frente de la investigación no protegió la escena del crimen como es debido, de hecho pisoteó la sangría que derramó el joven que tocaba la batería en el frenesí por abalanzarse sobre su amada para llevarla en brazos al camerino. Al aproximarme al escenario el inconfundible olor a vino me alertó de que aquella mancha no podía ser sangre, y el zapato que quedó como prueba de la prisa que tenían por aprovechar la interrupción del espectáculo me lleva a creer que tal vez fuera algo premeditado por el joven músico, puesto que –junto a las baquetas que yacían en el suelo bajo los platillos– también había unos alicates con mango de plástico de esos típicos que utilizan los electricistas profesionales. Ante tal descubrimiento, como podrá comprender –creo no errar al afirmar que usted mismo haría lo mismo si estuviera en mi lugar–, desobedecí expresamente la orden que su agente nos dio de no abandonar el salón, con el único afán de verificar mi teoría, por supuesto. Y sus otros dos agentes llegaron a tiempo de encontrarnos in fraganti, cuando en realidad ya me disponía a regresar a nuestros asientos, tras comprobar que de la puerta del camerino de la cantante procedían sonidos inequívocos de que, además de poseer unas cuerdas vocales envidiables, gozaba de inmejorable salud cuando la dejamos, es de suponer que disfrutando entre los brazos de su amado, a juzgar por sus reiteradas expresiones de placentero júbilo.”


El comisario se había ruborizado hasta las cejas al asistir a semejante declaración, viéndose incapaz de corregirle ni una coma, descolgó el teléfono para soltar toda una serie de improperios que preferimos no reproducir por no forzar más la escasa tolerancia hacia el lenguaje soez propia del señor E., pero que en definitiva tenían por objetivo desmontar el operativo desplegado en el establecimiento en cuestión, que continuaba mermando agentes mucho más necesarios en otros puntos calientes de la ciudad que en aquel lujoso salón de baile. En el que, por otra parte, los asistentes todavía no se habían recuperado de la impresión al ver reaparecer a la presuntamente asesinada con otro atuendo completamente diferente a fin de justificar su larga ausencia. Ni que decir tiene que, entre medias, Bermúdez recibió una considerable reprimenda a voz en grito por parte de su jefe, además de una sanción por pasarse de listo, y que tanto C. como el señor E. fueron puestos en libertad sin cargos de inmediato, con el consiguiente ofrecimiento hacia este último de que si podía hacer algo por él no dudara en comunicárselo.

“Lo cierto es que sí”, no dudó ni un segundo el señor E. en tomarle la palabra a su  sinceramente agradecido interlocutor, el comisario aguantó la respiración esperando un tanto inquieto qué sería lo que aquel hombre de admirable inteligencia y extraño comportamiento le pediría, y expiró mucho más tranquilo ante su: “Ya que estoy aquí, si no le supone demasiado inconveniente, tengo curiosidad por ver los calabozos.” “¡Ramírez!” clamó al punto poniéndose en pié satisfecho, “Acompañe a estos caballeros a los calabozos, pero de visita, eh, que son… ¡cómo rayos se dice…! VIPs de esos…” “¡Ahora mismo, señor comisario!”, respondió la joven agente cuadrándose ante su jefe, pero este ya no vio su disciplinario gesto, ocupado como estaba abriendo otro informe que esperaba paciente su lectura sobre la mesa, contento de haber resuelto la papeleta más rápido de lo que contaba.

“¿Y tú eres…?”, le preguntó la agente Ramírez de modo más informal a C. en vista de su juventud. “Su-su novio,” titubeó el aludido sin haberse recuperado del susto, “pero conmigo no cuentes para la visita al calabozo… mejor te espero fuera”, continuó dirigiéndose ya al señor E., y este asintió algo afligido. No porque pretendiera que C. lo acompañara ni mucho menos, conociendo su delicadeza de espíritu, sino porque al final con la emoción ante el inesperado caso no había podido llevar a cabo sus planes. La chica lo observó entrecerrando los ojos y él carraspeó antes de admitir: “En realidad a estas alturas me hubiera gustado que le respondiera que es mi prometido, no obstante, he de admitir que estadísticamente hablando tampoco estoy seguro al cien por ciento de que fuera a darme el sí.” C. casi se desmaya por segunda vez en una misma noche, aunque esta vez en lugar de por un amago de infarto porque el corazón iba a salírsele del pecho tras escuchar aquello. Su desmesurada sonrisa insufló esperanzas en su abatido pretendiente, y este sacó la caja del anillo hincando la rodilla en el suelo allí mismo.   

El “¡Sí quiero!” resonó por los pasillos semivacíos y la agente Ramírez enjugó alguna lágrima menos que el exultante C. a quien le corrían por las mejillas de nuevo, aunque en esta ocasión de pura felicidad. Al señor E. se le quedó la sonrisa congelada durante su interesante visita a los susodichos calabozos, su guía aprovechó para interrogarlo a respecto del caso ya denominado de la falsa Cenicienta y él colmaba su curiosidad respondiéndole encantado sin que se le escapara ni un solo detalle de su recorrido, ni dejara de pensar en ningún momento en el halagüeño futuro que le esperaba junto a su esposo en ciernes, haciendo gala con ello de que no es una leyenda urbana que los hombres capaces de hacer dos –e incluso tres– cosas a la vez existen, son ejemplares escasos, eso sí. Al mismo tiempo, a las puertas de la comisaría, su ahijada acosaba a preguntas a C. sobre cuándo, cómo y de qué manera tendría lugar el sorpresivo enlace. Mientras su prometido sopesaba quilates comparando anillos, reconociendo que el señor E. se había rascado el bolsillo bastante más que él.   


40 comentarios:

  1. Un fantástico relato de detectives a la manera clásica con ese elemento original como es la relación de E y C. Me ha encantado el tono que empleas y el razonamiento tan argumentado del señor C. ¡Ay, adoro este género! Un fuerte abrazo!

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    1. Yo sí que te adoro, David, eres un encanto diciéndome esas cosas después de tener la amabilidad de leerme... Estamos en nuestra salsa con este género, ya lo sabes, cada vez me encuentro más cómoda, ahí coincidimos...
      ¡Muchas gracias por tido un enorme abrazo!

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  2. Creo que ha desaparecido un comentario. Posible caso para el ser E.

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  3. Se publica uno y desaparece el anterior . ¡Haber, háilas! Jjj

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    1. Sí, ha desaparecido el primero, Don, esto es un desastre, pero corto y pego del mail que me llegó, a continuación...

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  4. Don Kendall ha dejado un nuevo comentario en su entrada "El rocambolesco caso de la falsa Cenicienta":

    Joooder! Tengo que empezar a leer la serie del señor E. Vamos, que don Hércules Poirot un “piolín”. Me gusta mucho el estilo. Humor inglés cepillado con la finura del ácido gallego. Más activo que la propia pastilla de acetilsalicílico del comisario jeje... Me gusta mucho el narrador, es un nuevo estilo de omnisapiencia ��, es el narrador cotilla que «lo sé todo pero no te digo porque si supieras pero algo si te lo voy a decir aunque ahora no quieras...» muy bien, muy bien....es un placer.
    ¿Me recomiendas comprar los libros de esta autora?
    Un abrazo

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    1. Antes de nada, Don, muchísimas gracias por insistir, continúa habiendo problemas con la públicación de los comentarios, así que me veo obligada a practicar la técnica del collage... El señor E. debería ponerse manos a la obra e investigar el caso, como me sugirió en una ocasión anterior Suso, otro al que le desapareció algún que otro comentario.
      Eres muy generoso conmigo, aunque me encanta que me consideres digna de recomendar cuando compartes mis relatos, es un honor, la verdad, y sí te recomiendo que leas la serie del señor E. al completo, porque creo que non tiene desperdicio (es famoso entre los que me siguen desde los inicios de mi blog).
      En cuanto a mis novelas, qué te voy a decir yo, mejor te remito a las reseñas que circulan por el mundo virtual (Amazon, Google Play, Google Books, o cualquier otra plataforma digital donde se encuentre a la venta y algún lector amable haya tenido la paciencia de dejar su opinión al respecto), o bien en la entrada que aparece sobre Predestinados aquí mismo, en la que Isabel (Tara-Tirma Tiatula) también ha tenido la bondad de ir incorporando sus impresiones a lo largo de su lectura.
      Abrazo enorme, Don, para comenzar el año de inmejorable manera ;)

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    2. ¡Madre mía! Una de detectives... con lo mala que soy deduciendo, que siempre le echo la culpa al mayordomo ¡ah! ¿Qué no hay mayordomo? ¡Vaya!
      Pues nada... este año empezaré leyéndote la serie, eso sí, poco a poco.
      Felices Reyes Magos Eva.
      Muacks.

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    3. Pues ánimo con la lectura, que estamos en la séptima aventura ya... jajaja. Ya ves que me tomo la libertad de citarte como referencia, Isabel, eso te pasa por ser tan buena lectora ;) ¡Muchas gracias por pasarte y felices Reyes Magos! Millones de besos :)

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  5. ¡Genial! Puro suspense. Irónico y muy divertido.

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    1. Gracias, Marta, me alegro de que lo hayas disfrutado tanto como yo al escribirlo ;)

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  6. El nuevo señor Monk,pero con más elegancia.
    Una preciosa serie,camino de convertirse en personaje imprescindible.
    De todas formas,yo de quien estoy enamorado es del perro.
    Gracias,Eva,por estos relatos tan bien elaborados.

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    1. Pues tendré que ver la serie para poder comparar, ya que desconocía la existencia del tal Monk. ¡Gracias por la recomendación! Y estás en lo cierto, Morris es un amor, tengo tal debilidad por los secundarios que a veces acabo haciéndolos protagonistas... ya veremos ;)
      ¡Gracias a ti por leerme y comentar!

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  7. Me encanta tu estilo detectivesco tan particular, Eva. Son un ferviente admirador de la señora Christie y sus peculiares detectives, sean profesionales o aficionados como la adorable Miss Marple. No conocía esta faceta tuya, pero me fascina.

    Besos de año nuevo y abrazos de los grandes.

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    1. Agatha es la reina, Sherlock otra fuente de inspiración, y mi señor E. va haciendo lo que puede, que ya es bastante en un mundo que le resulta harto extraño... Gracias a ti por leerme y comentar, y encantada de que te guste esta otra de mis facetas narrativas ;)
      Abrazo enorme y besos añonuevunos :)

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  8. Viendo el título,que me hace de magdalena,recuerdo en Tv a Nicolás Dueñas haciendo "Rocambole".Muy evocadora para mi esa palabra,ese nombre (aparte de estar enamorado de su hija Lola).
    Y pienso,viendo al señor E,en los minerales cuando se estudia su grado de pureza.El señor E. tiene un grado de pureza muy elevado.Eso trae complicaciones en la vida.
    Estoy enganchado a los casos de este hombre,que en este episodio se ha colocado a un nivel ligeramente superior al señor C.
    Gracias,eva,por entretenerme,que es básicamente de lo que se trata.
    Me gustan tus relatos,su construcción,sus ingredientes y el punto de equilibrio que eres capaz de lograr.

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    1. Tú sí que me haces evocar cosas, Suso, eres lo más... ¡Muchísimas gracias por tus poderosas aportaciones! (Esa Lola Dueñas...;)) Orgullosa de que me leas, y de conseguir entretenerte qué te voy a decir, es de lo que va al fin y al cabo este oficio de escribir, no tengo mayores aspiraciones, la verdad. Y coincido contigo en eso de la pureza del señor E., C. es diferente, quizás por eso le atrae tanto, precisamente, porque no es como él, y eso le llama la atención. En cuanto al equilibrio, no veas lo que me emociona que lo digas, porque creo que si soy algo en esta vida es malabarista, jajaja, y ahora echa a volar tu imaginación para descubrir a qué me refiero... aunque igual ya lo sabes, que tú saber sabes un rato...:)
      Gracias por estar ahí, querido amigo. ¡Besos!

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  9. Un relato bien elaborado, personajes tremendos y una historia que te atrapa . Me saco una risa el final.

    Gran trabajo. Saludos.

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    1. Hola, Frank,
      Bienvenido a mi rincón, te agradezco encarecidamente que hayas dejado huella en él después de leerme, un placer conocerte. Qué decir de tu comentario además de muchas gracias... solo me queda esperar que vuelvas a pasarte por aquí. Saludos de año recién estrenado :)

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  10. Esa pasión desatada... la que ha liao!!!!

    Un besito

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    1. Ya ves cómo anda el patio... ¡Gracias por pasarte, dejar huella y compartir, David!
      Besos a montones ;)

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  11. Curiosa la forma de conducir este cuento, desde la narración, los escuetos nombres de los personajes, los diálogos encajados en los párrafos... un estilo muy personal que lo hace diferente. El ambiente y la trama tiene cierto aire a lo Sherlock Holmes, con un señor C. en el papel de Watson (se ha escrito sobre la posible relación de ambos en ese sentido). Original y bien hilada la trama, no exenta de cierta dosis de humor y surrealismo en lo que parece esconder cierta parodia del género detectivesco, ocupados los detectives en resolver cuestiones tan banales (la lectura de los títulos de la serie es todo un canto a las causas perdidas).
    No se me ha pasado inadvertido que todos los nombres de los agentes en comisaría acaben en -ez, o que siendo los protagonistas E. y C., el perro, Morris, si tenga nombre.
    Simpático relato Eva. Feliz año!, con algo de retraso.

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    1. De retraso nada, Jorge, feliz año para ti también, por cierto, muchas gracias por pasarte y dejar un comentario tan jugoso ;) Encantada de que te haya gustado, ya me han soplado que tú también le das al género en tu serie sobre Lorca, así que seguro que me paso por tu blog para echar un vistazo :) El señor E. es un tipo un tanto peculiar, por decirlo de una manera sutil, jajaja, por eso se ocupa de "resolver casos" en su vida cotidiana que, evidentemente, no tiene mucho de particular... de hecho esta es la primera vez que aparece la policía en acción (me reservo mis motivos como autora para hacerlo hasta la siguiente entrega), por lo que como comprenderás, su idea de emular al famoso detective inglés es como la del resto del común de los mortales, ¿quién no se ha imaginado a sí mismo haciendo gala de inteligencia y capacidad de observación para solventar un enrevesado acertijo de investigación? Lo de la parodia no es algo premeditado, ni mucho menos, es solo que mi sentido del humor me puede y a veces reconozco que se me va la mano... pero lo que sí te diré, es que si en la historia alguien puede compararse a Watson no sería C., por diversos motivos, sino Morris, que vino a suplantar a la ahijada del señor E. en sus labores de ayudar a llevar a buen puerto la elucubración cuando su mente se atasca en algún punto (si alguna vez te pica la curiosidad y lees algún capítulo más de la serie lo entenderás). En cuanto a tu referencia a los apellidos y los nombres de mis personajes, siempre digo lo mismo, en mis textos todo es intencionado, y hasta ahí puedo leer ;)
      ¡Gracias de nuevo, Jorge!

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    2. Vaya parece que tengo un agente comercial que me promociona jeje muchas gracias Isabel! Sin compromiso ninguno Eva, es una serie larga pero se puede leer por capítulos. Por mi parte echaré un ojo a las aventuras del misterioso señor E. a ver en que líos anda metido. Saludos!

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    3. De compromiso nada, Jorge, un placer, me encanta cómo escribes, así que le agradezco a Isabel la recomendación, puesto que sabes que siempre devuelvo la visita, y así ya tengo un nuevo incentivo ;)
      ¡Saludos!

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    4. ¡Ehhh Jorge!Quiero mi diez por ciento como habíamos quedado, un trato es un trato ;)

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    5. ¡Eres la bomba! Yo ya he cumplido, que lo sepáis, que ya he empezado a buscar los restos de Lorca ;) Jorge, apoquina, no te queda otra, jajaja.

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    6. Perooo no era un 5%? y condicionado a que Eva los encontrara? (los restos de Lorca se entiende) tendré que revisar el contrato :/-

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    7. Jajaja. Para eso os recomiendo de nuevo la susodicha escena de “Una noche en la ópera”, por aquello de: la parte contratante de la primera parte... ;)

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  12. Hola Eva. No me dirás que no hago los deberes... leí toda la serie de tu señor E. Te comento la última“GRAN CENA BAILE”

    Lo primero, una lección magistral de la herramienta de la ironía y el sentido del humor seco “policial”. El uso del lenguaje seco, incluido los “improperios”. El poli bueno y el malo, el eficaz y el inútil. La expectación y sentido de la escena (el apagón y el posterior suceso), la hábil muestra de sapiencia profesional detectando los errores de los colegas y sacando conclusiones acertadas.

    Por ponerte una ligera pega Eva, (y que atrevimiento el mío, que lo único que he escrito de un policial, pueses un género que se me da fatal, es una parodia de policial, a ver si la subo)…ya que dices “puta vez” con todas las letras, el “¡coj...! También debería ser completo, además las palabrotas no las dice la señorita autora que es muy educada, sino los polis, así que ya que existen los necesarios e inevitables tacos, que sea al completo.

    Algo de lo mucho que admiro de ti por los relatos que te llevo leído y el libro de “predestinados” (pendiente nubes rosas), como ves tengo hecho un master sobre tu forma de escribir ;) y es como sabes orquestar “las multitudes”, los personajes que entran y salen del escenario (la Sala de baile), el señor E, el señor C, Morris, la ahijada, el prometido la cantante, Peláez, Bermúdez (por las series y pelis que he visto de detectives, casi todos los polis tienen apellidos terminados en “ez”) No solo mueves a los personajes que nombras, sino también a los anónimos... el señor bajo y fornido que pisa el charco de vino, los músicos, los camareros, los invitados la dimensión de la sala... todo da la impresión de muchedumbre, y sin embargo, se distinguen perfectamente los unos y los otros porque la batuta de Eva Loureiro los dirige con acierto, con sentido del ritmo, inteligencia narrativa y acertadas dosis de sarcasmo que impregna todo el relato y la serie en general.
    Enhorabuena querida compañera.

    Yastá, fin, chimpún.

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    1. Bueno, bueno, Isabel, anonadada me dejas, ¡eres una campeona en toda regla! No sabes cómo te agradezco el esfuerzo, porque sé que has asistido a la evolución del personaje principal, el señor E. de ahora no es el mismo que resolvió su primer caso, pese a que haya cosas en las que nunca cambie, como todo buen ser humano que se precie...
      Te agradezco también tus cumplidos, pero a partir de ahora iremos por partes, ya sabes, como en el caso de las cláusulas del contrato de "Una noche en la ópera" de los hermanos Marx, jajaja.
      Bien, antes de nada, quiero dejar claro que no me importa en absoluto que pongas pegas, al contrario, me emociona que lo hagas, porque es una inmejorable excusa para afinar la tecla a la hora de argumentar mi respuesta. Por eso, he de decirte que no comparto tu opinión, no me cuesta adecuar el lenguaje a los diversos personajes, como buena lectora que eres, incluso en mi novela Predestinados aparecían tacos y comentarios soeces, pese a estar tamizados por el pudor de Beatriz, la protagonista y única narradora, en Cuando las nubes... encontrarás esa manera de expresarse de primera mano, puesto que son los propios personajes los que narran su discurso, ya lo verás (y me lo cuentas, ¡por favor!). En este relato, si te fijas hay un par de alusiones a los motivos por los que ese "coj..." aparece así:
      En el primero se dice que "el comisario intentó sin demasiado éxito moderar su lenguaje delante del rostro inescrutable del señor E.", es decir, consiguió evitar decir cojones, coletilla suya habitual, pero se le escapó ese "de una puta vez".
      En el segundo, en realidad se corrige dentro de su cabeza: "volvió a morderse la lengua mentalmente de tanto que le imponía tener delante al señor E."
      Espero que haya servido de algo la explicación, puesto que acostumbro a tener cuidado con esos niveles estilísticos, ya me dirás si te ha convencido, o si sigues pensando lo mismo...
      Y por último, Groucho y sus hermanos son un filón, creo que no soy la única que se ha reído hasta límites insospechados con sus ocurrencias, y precisamente mi escena preferida es la más surrealista, la del camarote abarrotado de gente... quizás me viene de ahí, no lo sé, pero sí que es cierto que las multitudes me llaman, tal vez por el gran poder evocador que tienen, además de porque mi humor tiende a la exageración en grado extremo, y me lo paso tan bomba escribiendo, como leyendo vuestros comentarios al respecto, por eso jamás me cansaré de daros las gracias por leerme y sobre todo por dedicarme unas líneas (cuantas más más ilusión me hace, por supuesto) para comentar lo que os ha parecido.
      Gracias, corazón, de todo corazón, eres un amor de persona.

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    2. Convencidísima¡cómo no!
      ;)

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  13. Acabo de leer el acertado comentario del amigo Jorge, él también es muy bueno con relatos detectivescos, entre ellos uno de la supuesta tumba de Lorca. Te la recomiendo.

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    1. Pues recomendación anotada, en cuanto pueda me paso a leer a nuestro amigo Jorge.
      Gracias de nuevo, Isabel ;)

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  14. Me maravilla lo largo que escribes...aparte de eso

    me has gustado
    tu pluma tiene el salero e las letras que nos llevan a lugares que ni pensamos

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    1. Hola, Recomenzar,
      Un placer que hayas disfrutado de la lectura, si te gusta que sea largo con la serie del señor E. podrás resarcirte, y si quieres más tengo un par de novelas publicadas, por si te apetece ;)
      Gracias por leerme y comentar. ¡Saludos de inicios de año!

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  16. Oye Eva...que por lo visto te han dedicado un policial. Yo de ti iría corriendo no sea que la policía lo borre, ya sabes, la poli no es tonta ;

    http://alzapalabra.blogspot.com.es/2018/01/parodia-sobre-un-policial.html

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    1. ¡Caramba, menudo honor! ¡Muchísimas gracias, Isabel, eres un amor! Allá me voy... ¡no me lo pierdo ni loca(abajo) ;)!

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