jueves, 18 de enero de 2018

El golpe perfecto


Supongo que los nervios me jugaron una mala pasada al final, de ahí que no me saliera redondo, pero rocé la perfección, de eso estoy bien orgullosa. Me inspiré en la saga de Danny Ocean, él y su cuadrilla sí que lo logran siempre, incluso cuando parece que las cosas van a torcerse salen airosos del paso. No sé cuántas veces habré visto la trilogía, y no porque salga Brad Pitt, ni mucho menos el viejales de Clooney, esos le van más a mi madre, o a mi hermana, algo que no entiendo, porque están los dos mayorcitos que no veas. Mamá me dice que debería ver la versión de Frank Sinatra y Dean Martin, y que tampoco tienen ni punto de comparación con El golpe. Se puso tan pesada con el tema que al final le llamé así a mi plan: el golpe perfecto. Porque lo cierto es que me llevó lo suyo llevarlo a cabo.

Mi hermana es cuatro años mayor que yo, ya va a la universidad y apenas la vemos. Vuelve a casa casi exclusivamente en vacaciones, o algún fin de semana que haya puente, porque se ha echado novio y prefiere quedarse con él todo lo que puede. A mí no me parecería tan mal sino fuera porque también se lleva toda su ropa y no puedo cogerle nada prestado. Aunque a decir verdad siempre se enfada si me pongo algo suyo. Mamá dice que salió a la familia de papá, por eso está más lisa que una tabla. Yo a mis catorce no tengo que usar pañuelos de papel para rellenar el sujetador, como hacen mis compañeras del instituto. Por eso se pone como una loca si le uso sus camisetas. “¡Es que me las estira! ¿No lo veis?”, les grita a mis padres pidiéndoles dinero para comprarse otras nuevas. Lo peor de todo es que se lo dan, y así me quedo yo con las suyas usadas y sin ninguna para estrenar. 

En el fondo me lo merezco, que conste, pero es que no puedo evitarlo, ella tiene mucho estilo para vestirse y yo ninguno. Cuando voy con mi madre a comprar no tengo ni idea de lo que me puede sentar bien o no, si me lleva ella vuelvo siendo otra. Hace magia la muy puñetera. O tiene clase, como dice el pelma de su mejor amigo. Robbie es gay y sabe vestirse igual que mi hermana, como si fueran a estar en el front row de la semana de la moda de Nueva York. ¡Les tengo una envidia a los dos! Él no es que me caiga mal, lo que pasa es que habla por los codos y acabo estresada cuando viene a casa. Ahora que la ve tan poco es aún peor, no se calla hasta que no la ha puesto al día de todos sus rollos. ¡Pero si ya se los has contado por teléfono, pesado!, me dan ganas de gritarle. Lo bueno es que así me enteré de dónde escondía mamá la llave.

No se preocuparon de que estuviera yo delante, siguieron a lo suyo cuando aparecí en la cocina para prepararme un sándwich y se le escapó sin querer. “¡Eso es tan estúpido como guardar la llave de un cajón en el de abajo, Roberto!”, le soltó medio enfadada, porque a veces discuten por tonterías y ella lo llama por su nombre de verdad, porque sabe que le fastidia. A punto estuvo de escapárseme un ¡anda!, pero me contuve. Aunque mi sonrisa se ensanchó de tal manera que Robbie le dijo todo ofendido: “¿Y esta idiota de qué se ríe?” Mi hermana se encogió de hombros metiéndose un par de patatas fritas en la boca. “Ya sabes, está en la edad del pavo…” Ambos soltaron un par de risitas tontas, y yo me fui a merendar al salón. Después soy yo a la que toman por una cría, pensé escuchándolos parlotear totalmente reconciliados.

Encendí la televisión por inercia, sin embargo ni siquiera miré para la pantalla. En mi mente solo veía el objeto de mi deseo. En Navidad papá le regaló a mamá un jersey de mohair rojo de manga corta. Alucinante viniendo de él, que siempre le compra la primera tontería que encuentra. Esa vez una dependienta de los grandes almacenes tuvo la amabilidad de ayudarle, imagino que la comisión que se embolsaría por semejante venta le serviría de estímulo. Porque es de esos caros, caros. Y precioso. Se me caía la baba al pensar en poder ponérmelo yo, aunque a quien se le dejó probar fue a mi hermana. En ese momento vi claramente que a mí me quedaría perfecto, puesto que tengo la misma delantera que mi madre, y aun encima no se notaría que se lo cogí prestado.

El problema vino cuando lo guardó en su cómoda. Tiene una muy antigua de madera noble en su dormitorio, de esas en las que el primer cajón tiene cerradura. De pequeña recuerdo haber visto la llave puesta, una gruesa de hierro con forma de nubes o cómo sea que se llamen los adornos que tiene en la parte de arriba. En cuanto crecí la sacó, y nunca supe en dónde la metía hasta ahora. Tampoco se me ocurrió investigar, la verdad, porque no tenía demasiado interés en saber lo que guardaba allí dentro. Ropa interior, supuse, y poco más. Aunque al verla dejar el jersey fuera de mi alcance, empecé a creer que igual escondía algo más que prefería que no supiera. ¿Mi hermana lo sabría? Ella estaba enterada de dónde tenía la llave, así que me entró curiosidad por descubrir qué era lo que me ocultaban. A mí sola, porque papá seguro que estaba al tanto.


Aquella tarde empecé a darle vueltas, y esa misma noche volví a ver Ocean´s Eleven para inspirarme. Esperé a que se acabaran las vacaciones mientras pulía mi estratagema.   Con mi hermana fuera resultaría más sencillo, así que me armé de paciencia. Mi madre es enfermera y apunta sus turnos en el calendario de la alacena. La primera tarde que tuvo que trabajar entre semana me colé en su cuarto al venir de clase de inglés para buscar la llave, papá todavía no había llegado de trabajar y fui corriendo a hacer una copia antes de que regresara. Fui lista, la encontré enseguida y no me paré a abrir el cajón en ese momento. De lo contrario me habría pillado, porque en cuanto la coloqué en su sitio lo escuché saludarme desde la entrada. La mía la escondí en mi hucha. Ellos no lo saben, pero tiene truco y se abre el orificio de abajo. Lo justo para sacar una moneda, que es lo que hago cuando ya no me queda nada de la paga para comprarme alguna golosina. 

Sí, también me las tienen tasadas con el cuento de que uso corrector. Bueno, la verdad es que ahora ya no me da por ahí… desde que conocí a Mario solo quiero que se fije en mí, y sé que creerá que soy una niñata si me ve comiendo chucherías. Es por él por quien me emperré en ponerme el jersey. El sábado quedamos todos para pasar la tarde juntos. Una de mis amigas está saliendo con uno de sus amigos y sería la oportunidad ideal para conseguir que me haga caso si me ve con el jersey entallado. Mi hermana me regaló una falda negra ajustada estupenda para combinarla con él. A mis padres no les hizo gracia verme con ella puesta, dijeron que me hacía mayor. Ella puso los ojos en blanco y yo me eché a llorar cuando mamá zanjó el asunto diciendo que tendría que supervisar con qué me la ponía antes de salir de casa. 

Es una injusticia esto de no ser mayor ni pequeña. Mi hermana tiene un morro que se lo pisa, hace lo que le da la gana y no le dicen nada. En cambio a mí me regañan por esto y por lo otro. Día sí, día también. Me dice que tenga paciencia, que ella también pasó por lo mismo, pero no me lo creo. Yo al menos no me acuerdo de eso. De lo que sí me acordé fue de devolver la llave a su sitio exactamente igual que estaba, y de entrar descalza. Porque las alfombras de lana de su cuarto son traicioneras, mamá siempre se entera de si entro por las huellas de mis pisadas. Esta vez no me cazó, porque a la mañana siguiente no me dijo nada durante el desayuno. Eso me dio ánimos para seguir adelante. El viernes tenía doble turno, papá estaría viendo la tele y no se enteraría de nada. Para cuando mamá volviera a casa el sábado por la noche, su jersey ya estaría bien dobladito en su sitio.  

Lo que sí calculé fue muy bien los tiempos, hice un esquema y todo. Tendría que venirme antes de lo normal, por si el bus se retrasaba y llegaba más tarde de lo previsto. No me importaba, si Mario se fijaba en mí igual hasta venía él a acompañarme para que no volviera sola. Al sentarme en el sofá junto a mi padre el corazón me latía a mil por hora. Me preguntó si quería palomitas y se extrañó de que me sobresaltara. “¿Estás muy pálida? ¿Te ocurre algo, cariño?” Negué con la cabeza, incapaz de responderle y me metí un buen puñado en la boca para disimular. En realidad se me estaba haciendo cuesta arriba engañarlos de aquella manera. Ellos confían en mí, y son buenos conmigo. Recordar que mamá no me dejaría ni en broma estrenar mi falda al día siguiente, me obligó a cambiar de opinión y estarme calladita. Su jersey estaba escondido en el altillo de mi armario dentro de un bolso que me regalaron mis amigas y tampoco me deja usar. 

Tenía pensado salir con la ropa escondida en él. Si papá de casualidad se fijaba y me preguntaba a dónde lo llevaba, le mentiría diciéndole que iba a prestárselo a Sofía. Es la que mejor le cae, así que estaba segura de que no me pondría pegas. Estuvimos viendo una película de esas de tiros que tanto le gustan hasta tarde, por lo que me desperté pasadas las once y me fui directa a la ducha. Pensaba lavarme el pelo y alisármelo, que es como dice mi hermana que me queda mejor. Aunque como tenía hambre primero quise desayunar, con la melena húmeda recogida en una toalla. Al llegar a la cocina creí que estaba soñando, bueno, mejor dicho, pensé que aquello era una pesadilla. Mi madre me dio los buenos días, dormilona, sonriendo de oreja a oreja. “¡Ni que hubieras visto un fantasma, hija!”, exclamó mi padre, “Lleva así de pálida desde anoche, será mejor que le tomes la temperatura a ver si va a tener fiebre.”


Mi madre se acercó a ponerme la mano en la frente. “¡Uy! Tienes razón, está ardiendo, lo siento mucho, no podrás salir así, vas a tener que quedarte en casa…” “Pe-pero si no me pasa nada, mamá, de verdad”, balbuceé mirándola incapaz de contener las lágrimas. “¿No me engañas?” “¡Que no, mamá, jolin!” “¿Y no tienes algo que contarnos?” En ese instante me di cuenta de que me estaban tomando el pelo. Sí, mojado y todo. ¿Cómo se habrían enterado? ¡Si estaba completamente segura de no haber cometido ningún fallo! No sé qué me dio más rabia, si saber que ya no podría impresionar a Mario, o que me hubieran pillado como a una principiante. Porque mira que había visto veces esas películas, y me había asegurado de no dejar ni rastro de mis maquinaciones. “¿Hija? Estamos esperando una respuesta…”, insistió mi padre con cara de risa y me dejé caer en mi silla enfurruñada. “¿Qué he hecho mal, si puede saberse?”

“Para empezar no confiar en nosotros” me reprochó mamá y resoplé preparándome para uno de sus sermones, “¡Mírame cuando te hablo, Clara!” Obedecí a regañadientes y me puse triste al ver sus ojos húmedos. “¿Sabes que si me lo hubieras pedido te lo habría dejado poner encantada? ¡Y con la falda, por supuesto! ¡A mí también me gustaban los chicos a tu edad, qué te crees!” Papá carraspeó incómodo y mi madre puso especial énfasis en su siguiente frase, “¡Tu padre el que más, claro!” No sé si fue por lo falso que sonó aquello que los tres estallamos en carcajadas. Pero en cuanto pude parar de reír me puse a llorar y me lancé al cuello de mi madre pidiéndole perdón. Ella me llenó de besos como hacía cuando era pequeña, y por una vez me dejé hacer sin protestar porque sé lo mucho que lo echa de menos.  

“¿Tú no tenías guardia hasta esta noche?”, le pregunté sentada en su regazo. Así le llevo casi una cabeza y tuve que mirar hacia abajo para verle la cara, noté sus esfuerzos por aguantar con mi peso y le acaricié la mejilla. Hay que ver lo que son capaces de hacer por sentirme cerca, papá todavía me lleva al caballito si se lo pido. Aunque sólo se lo digo cuando estoy segura de que no nos verá nadie, como cuando nos vamos a dar un paseo de los largos montaña arriba. “Y tú deberías ver El golpe, así evitarías dejar cabos sueltos…” “¿Qué fue lo que me delató?”, le pregunté ansiosa. “Tu edad”, respondió sonriendo y puse los ojos en blanco. “¡Mamá, por favor!”, protesté. “Olvidarte la copia de la llave encima de tu mesilla de noche, boba”, intervino papá entre risas. 

Y así fue como estrené falda y jersey rojo esa misma tarde. Con permiso, aprobación paterna y materna, e incluso un poco de rímel de propina tras prometer no volver a hacer nada parecido, además de soportar un maratón de cine antiguo todo el domingo. Mereció la pena, la verdad, al final no estoy segura de si Mario se fijó en mí, el que sí lo hizo fue otro de sus amigos que me cayó genial, no será tan guapo como él, pero es más divertido. Mis padres me hicieron comprender que si pido las cosas por favor, conseguiré muchas más de las que podría imaginar. Además de que me encanta que todavía me mimen como antes y vengan a arroparme cuando me quedo dormida, aunque yo no me entere, porque papá así se enteró de lo que andaba tramando y avisó a mamá para que pidiera un cambio de turno. Porque mi hermana y yo somos lo más importante del mundo. Mucho más que el trabajo, el dinero, o que cualquier otra cosa. Me quitaron un peso de encima, la verdad, porque se me estaba haciendo muy cuesta arriba mentirles. Y sí, mi golpe fue perfecto, puesto que gracias a mi plan me di cuenta de que ellos tres son lo más importante para mí. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


20 comentarios:

  1. Qué adorable tu pequeña maquinadora, Eva. Al principio pensaba que podría tratarse de un asunto truculento, pero me ha parecido una historia deliciosa. Tú y ella os hacéis querer.

    Besos de colores.

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    1. Tú sí que te haces querer, Juan Antonio, muchas gracias por asomarte por aquí y dejar huella, me alegro de que te haya gustado.
      Millones de besos :)

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  2. Eres especialista Eva en hacer de asuntos sencillos y cotidianos un asunto de intriga, misterio y hasta crimen organizado. La mente de una adolescente tramando el golpe de su vida, a su edad la pobre no piensa más que en chicos y en trapitos. Así se inicia un juego del gato y el ratón con sus padres y con su propia conciencia, que termina con la delincuente arrestada aunque como es menor de edad se libra de la cárcel y sólo cumple una tarde de domingo viendo cine antiguo. Creo que nuestra niña seguirá tarde o temprano los pasos del inefable señor E., de renombrado nombre por éstos lares. Lo que no parece es que vaya a convertirse en una delincuente peligrosa, salvo en cuestión de amores donde ya apunta maneras. Simpático relato, muy en tu línea humorístico-detectivesca. Un abrazo.

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    1. Hola, Jorge, como ves me gusta jugar al despiste, pero creo que así resulta más divertido, jajaja. En realidad intento hacer un retrato de nuestra cotidianidad, en la que no pasa nada trascendente y en el fondo todo lo es ;) Estás en lo cierto, por otro lado, su manera de maquinar el asunto recuerda a los casos del señor E., sobre todo en que se resuelve de manera simbólica, como los del avezado detective... Te agradezco de corazón que me leas, porque tus comentarios no tienen desperdicio, Jorge, muchísimas gracias por pasarte. Yo te dejo que tengo asuntos pendientes, la búsqueda de unos restos me tienen en ascuas, ya ves :) Abrazo enorme.

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  3. ¡Qué relato tan tierno, Eva! Por una vez la adolescente no es una rebelde díscola e imposible de tratar, sino simplemente una niña que puede hacer alguna travesura de vez en cuando pero que es "buena". Creo que al final el episodio del jersey rojo ha terminado bien para todos, y eso es lo más importante.En lo que a mí respecta, lo he pasado muy bien leyéndote :))

    ¡Un beso grande de jueves!

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    1. Hola, Julia, gracias por tu amable comentario, porque sí que tiene un lado tierno esta adolescente, de lo contrario no sentiría ningún remordimiento, pero lo tiene, y me inclino a pensar que la educación que recibe de sus padres tiene mucho que ver... Me encanta que te lo hayas pasado bien, de eso se trata al fin y al cabo, y te reitero mi agradecimiento por leerme y compartir mi relato :) ¡Besos y feliz fin de semana!

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  4. En primer término, la prosa. Ése vértigo especial que arrasa al lector en una corriente, o mejor dicho, en un río de palabras. Mantienes el ritmo sin concesiones. O para ser más exactos, sin la menor de las concesiones. Eso le otorga estructura al relato. Me ha gustado mucho que no me des respiro Eva, como lector lo agradezco mucho. Y luego, claro está, esa pre-adolescente anhelando lanzarse a los inexplorados territorios que sus mayores llaman "vida". Tiene agitación, y también tiene mucha ternura, en especial sobre el final. He disfrutado mucho de este primer texto que leo de tu pluma. Intentaré ser consecuente.

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    1. ¡Bienvenido, Néstor!
      Es un placer que además de leerme hayas tenido la amabilidad de dejar un comentario, muchísimas gracias por ambas cosas. Te agradezco también tus palabras, puesto que lo único que pretendo es enganchar al lector, así que me alegro de haberlo conseguido en tu caso. Solo espero que este sea el primero de mis relatos que leas, y por supuesto no el último. Encantada de conocerte, un saludo de inicios de año.

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  5. La voz de la adolescente perfectamente lograda, con los pequeñas incidencias de su mundo (grandísimos problemas para ella)
    El tono, el modo, la ligereza, el trepidante ritmo... haces que veamos su universo con sus mismos ojos, olvidándonos que la coherencia de los adultos pertenecientes a otra galaxia a mil años luz que el epicentro de la niña-mujer-niña, que al final siente que sin ellos (su familia) nada tendría sentido.
    Nada Eva, que lo has bordado.
    Besossssssss

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    1. Muchísimas gracias, Isabel, no sé si lo he bordado, pero al menos intenté meterme en la mente inquieta de esta mujercita en construcción, me alegro de que lo hayas captado así, puesto es precisamente lo que pretendía. Y ya sabes que no puedo evitar que me salga la vena sentimental en relación a la "familia" (como me comentaron en Facebook a propósito de este relato, con acento italiano al más puro estilo de El Padrino, jajaja). Tú sí que bordas tus comentarios, con tanto primor como ilusión me hace que te pases por aquí y dejes tu incomparable huella. Besos a montones ;)

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  6. Oooooooooooo!!!! Si es que desde pequeñas ya no sois de fiar!!!
    No es fácil meterse en la mente de una niña de 14 años (aunque la llevemos dentro) pero si que es divertido!

    Un beso dominical

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    1. ¡Muy bonito! ¡¿Así que eso es lo que piensas de nosotras?! Jajaja, bromas aparte, menudo concepto tienes de las chicas... ;) En lo que sí te doy toda la razón, es en que es divertidísimo meterse en la mente de una adolescente, o de un aprendiz de hombrecito, que también lo he probado en anteriores ocasiones... Muchísimas gracias por leerme, comentar y compartir, David, eres un sol :) Besos de domingo de vuelta.

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  7. Eres una gran narradora, Eva. Una historia cotidiana que podría ser un cuento, con su moraleja, un relato policial, uno costumbrista, de humor... O reunir un poquito de cada en un relato que consigue que desaparezca nuestra realidad mientras acompañamos a ese pequeña pícara en sus ocurrencias y devaneos. Sin palabras raras, sin adornos florales, la magia de saber contar una historia, una excelente historia como son aquellas que se pueden contar de manera oral. Un abrazo!!

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    1. Caramba, David, muchísimas gracias por la parte que me toca, la verdad es que es un cumplido en toda regla, viniendo de quien viene además, que estás curtido en el oficio de narrar... Lo que sí te diré es que me ha hecho especial ilusión que compares la oralidad con la escritura, porque al fin y al cabo, intento que mis textos resulten naturales, como alguien que está contando una historia –su historia la mayoría de las veces– y no hay nada más verosímil que imitar la manera que tenemos de expresarnos al hablar. Eso es lo que pretendo, y no sabes lo que me alegra saber que se nota, David, por eso te agradezco de nuevo tu amable comentario. Gracias, además de por leerme, también por tener la generosidad de compartir mi relato. Abrazos :)

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  8. Tierna, bonita y estupendamente contada. Me ha encantado la historia. Gracias por compartirla. Un abrazo.

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    1. Gracias a ti, Ana, por pasarte y dejar huella con un comentario tan generoso. Un abrazo de vuelta :)

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  9. Difícil la movida adolescente, te lo sigo yo que tengo tres en casa. Lo bueno de la literatura es ese punto de encuentro entre al lector y la historia. Cuando ambos comienzan a recorrer la calzada juntos, ahí está el momento conexión, entonces el escritor ya ha hecho bien su trabajo, tal y como ocurre en este relato, no hay ninguno de nosotros que no haya hecho algún que otro estropisio igual o al menos parecido al de tu adorable adolescente.

    Abrazo y seguir contando cuentos.

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    1. Gracias, John, tengo muy en cuenta tu opinión en este caso concreto, porque tu experiencia en estas lides está más que demostrada ;) Me alegra saber que he conectado contigo, al menos metiéndome en la piel de esta chiquilla atolondrada, como bien dices, todos hemos hecho alguna de las nuestras a su edad, así que creo que nos identificamos bastante con sus peripecias. Reitero mi agradecimiento por tu comentario, por leerme y por compartir mis relatos como haces siempre. Un abrazo, poeta, y muchos besos :)

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  10. Hola Eva:
    Un relato en el que muestras el mundo de las chicas adolescentes, y todo lo que se nos pasa por nuestra cabecita a esa edad. En la que no eres niña, ni mujer. Cuando se es la menor de dos hermanas, la rivalidad está servida. Lo de coger la ropa, el maquillaje, perfume a la mayor creo que lo hacen todas las hermanas pequeñas.

    Nos muestras en tu relato el misterio, de algo que parecía muy trascendente, en el que el lector sospecha de qué hay en el cajón.

    El final, como debe ser. Tiene su recompensa.

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    1. Muchísimas gracias por pasarte y comentar, Lola, me alegra que te haya gustado, porque es de lo que se trata, al fin y al cabo, de que disfrutemos un poco de esta historia que nos recuerda nuestra adolescencia... y ese cajón tiene misterio, sí ;) Besos :)

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