jueves, 21 de diciembre de 2017

La vendedora de cerillas


Un frío amanecer plomizo es testigo de su carrera, la prisa por alcanzar la parada no se explica porque llegue con retraso, sino por su desesperación por ahogar la ansiedad que lo corroe. Los minutos pasan demasiado lentos, incrementando su ritmo cardíaco hasta límites insospechados. Pero todo llega, el bus antes de lo acostumbrado esa mañana. Le reconforta saber que madrugar tiene sentido, y su vida parece cobrarlo durante el entrecortado trayecto en dirección a la oficina, donde todavía conserva un precario empleo que apenas le alcanza para subsistir.

El tijeretazo a su salario, justificado por la ley marcial del jefe, no supuso una disminución de su jornada, por lo que no puede buscarse otra alternativa para compensar, ni dejar el que tiene por si no encuentra nada mejor. Se resigna a base de recortes. Primero fue prescindir de su diminuto apartamento de un solo cuarto interior, a continuación reducir gastos de lo prescindible de lo imprescindible, y seguir apretándose el cinturón hasta que se quedó sin agujeros y se vio obligado aumentar alguna cosa haciéndole más. Desde su cuarto de la pensión más barata que encontró bien podría ir andando a trabajar si se levantara todavía más temprano, pero ahorrarse el desayuno en la cafetería de enfrente tiene sus ventajas, y prefiere no caminar con el estómago vacío para aguantar más tiempo sin comer nada. 


A media mañana se toma el vasito de café de la máquina del descansillo, le sale más barato que en cualquier otro sitio, pese a saber peor que en ninguno. De paso mata el gusanillo hasta mediodía llevándose algo caliente a la boca, y también es el único momento de vida social del que dispone. En realidad sus compañeros lo ignoran por completo, pero allí de pie junto a su corrillo de charlas se siente acompañado, casi igual que cuando el bus va lleno. Ellos salen a comer fuera, continuando sus conversaciones interrumpidas. Él se trae la comida de casa. A lo sumo un sándwich de pan duro con embutido de oferta del súper, alguna fruta pasada, y con suerte un yogur, si es que le hicieron descuento por estar a punto de caducar. A veces se pregunta si solo le bajaron el sueldo a él por ser el único extranjero, o es que al resto no les afecta tanto la crisis al contar también con el de sus parejas.    

Es tan pobre que no puede permitirse tener amigos. Ni salir a cenar, ni al cine, ni hacer nada que conlleve cualquier tipo de desembolso por nimio que sea, para cuanto más invitar, como tanto se estila, para su desgracia. Tampoco es que disponga de alguno para hacerlo, pero esperaba que sus colegas le hicieran algo más de caso. El de la mesa de enfrente se dirige a él en contadas ocasiones. “¿Qué código de acceso le has puesto a los dosieres del mes pasado?” “Akhmatova65” “¡Caramba! ¿De dónde te sacas semejantes contraseñas?” “Es una de las grandes poetas de mi país” “¿Y el número?” “El año en que mereció obtener el Nobel de literatura” “¿De dónde me dijiste que eras?” “De Ucrania” “Eso es… perdona que se me olvide siempre, ya ves, me falla la memoria.” Y continuó redactando su informe con una hierática sonrisa, poniendo punto final a toda la interacción. Con suerte hablará de nuevo con él la semana siguiente, o el mes próximo, dependiendo de cuándo necesite volver a consultar los archivos.

¿Crees que nos espera algo más allá de esta rutinaria esclavitud?, le pregunta él mentalmente. El otro ni parpadea ante su pantalla. Sí, tienes razón, ¿quién sabe lo que nos deparará la muerte? Más frío del que siento no, por favor, piensa ya para sí mismo. Y se concentra en teclear más rápido para hacerse el valiente. La sopa boba y la soledad de su cuarto es lo único que precederá a la oscuridad de la noche. Un libro de la biblioteca mitigará su amargura durante un par de horas, antes de caer rendido en un profundo sueño sin sueños. No obstante, tiene que reconocer que algo comenzó a cambiar. Sí. Lo nota en su interior. Aunque todavía no se atreva a ponerle nombre. El de ella también lo desconoce.


Los fines de semana son como las autopistas alemanas, monótonos e interminables. Aprovecha para adecentar sus dos trajes para espaciar al máximo la inevitable visita a la tintorería. Las camisas las lava a mano en el lavabo de su dormitorio y lucen espléndidas, un poco desgastadas por cuellos y puños, es cierto. Sus corbatas al menos vuelven a estar de moda. Las tonalidades grises de su vestuario se confunden con la de su piel desde que sigue la dieta forzosa. Eso del hombre gris lo inventaron por mí, admite observando su reflejo en la ventanilla del autobús. Recién afeitado se le nota menos, pero como lo hace en días alternos, en el que le toca ahorrar en cosméticos su rostro envejece a ojos vista. Sus iris de un azul desvaído tampoco ayudan a alegrar el conjunto. Da con todo le dijo la dependienta, y ese fue el motivo por el que se compró todo del mismo color. 

Es lunes y les toca su conductor preferido, ese que los deleita sintonizando Radio Clásica, es famoso ya, algunos pasajeros le comentan cosas sobre ello entre felicitaciones. Él no, no es de los que se acerca a alguien si no se lo han presentado previamente. Se entretiene verificando si han bajado las temperaturas, el hielo en los bordes de la acera le preocupa. ¿Y si se ha resfriado? Su corazón da una nueva vuelta de tuerca, trastabillando le anda desde que sonó el despertador. Hoy hace cinco semanas, constata al ver la fecha en el móvil del que está leyendo las noticias enlatadas hombro con hombro. La décima de Mahler le da esperanzas. Para él la música es incluso mejor anestesia que la literatura. Y, como por arte de magia, el autobús se convierte en un oasis de paz en la aridez hiriente de la gran ciudad. Es lo que más echa en falta de su país. Tocar el violín que tuvo que vender para poder emigrar, y escuchar más a menudo a sus compositores favoritos por doquier. Su radio no le quedó más remedio que empeñarla el mes pasado. Un día de estos enviará un correo desde la oficina para pedir algo en “Música a la carta”, por aquello de darle las gracias al melómano que lo lleva al trabajo esa mañana.


Siguiente parada. Cruza los dedos. ¿Viene? Sí. Ahí viene. Su pecho palpita al vislumbrarla desde donde está, a su gorro en realidad, por lo bajita que es, allí afuera en la fila. La primera vez que la vio le llamó la atención por la cantidad de ropa que llevaba encima. Él espanta el frío con un fino abrigo raído. Pero lo de ella le pareció exagerado. Casi no se le veía la cara bajo la bufanda. Se sacó un grueso guante para pagar y lo entendió. Su temblorosa mano aterida no acertaba con el cambio. De una finura y delicadeza exquisita, reparó entonces en el resto de su fisionomía. De rostro afilado y cuello esbelto, sus estilizados miembros se movían al compás con estudiada elegancia. Es bailarina, se dijo al verla caminar hacia él. Con los auriculares puestos, se deshizo del montón de lana para poder respirar, pasó por su lado en dirección a la puerta trasera. Tres paradas más y se bajó. Una antes que yo, sube una después. Ni falta le hizo memorizarlo.

La escena se repitió a diario casi sin variación durante tres semanas, salvo por el diverso colorido de sus capas de cebolla. Él era el que permanecía igual. Absorto al verla desfilar ante sus ojos. Sus miradas se cruzaron en alguna ocasión, por eso el cuarto lunes se obró el milagro. Le pareció intuir una sutil curvatura en la comisura de sus labios, que finalmente se convirtió en plena exhibición de dientes bien alineados. Sí, le sonreía a él. Un anónimo rostro conocido a fuerza de tanta vista, cuya expresión destilaba semejante tristeza que inspiraba compasión. Y al día siguiente también, y al otro... y, sucedió. Sin más. Del mismo modo que cuando reconoce los primeros acordes de una de sus melodías preferidas, y se ilusiona ante lo que le depara el futuro inmediato. Como ese instante fugaz en el que un fósforo se rasca y prende, extinguiéndose en el acto, en milésimas de segundo. Esa efímera sonrisa de cortesía que le insufla un ápice de calor a su atribulado espíritu. No es de extrañar entonces que la haya bautizado como la vendedora de cerillas. 

by Eva Loureiro Vilarelhe         


31 comentarios:

  1. Hola.
    Repito mi comentario,pues el que he puesto hace un par de horas ha desaparecido (por lo que leo esto empieza a ser muy frecuente.Eva,ya es hora de que pongas al eficiente Señor E. (¡me recuerda tanto a Mr. Hulot!) a resolverlo.
    Me ha gustado mucho,decía,este relato,de los que más he dsifrutado.De los mejores,en mi opinión (y no viene mal la alusión a Andersen en este tiempo).
    Siempre me ha fascinado el contraste entre el mundo vivido y el mundo pensado,qu no simper coinciden (me viene a la memoria,al respecto "Bella dcel señor").
    Muchas gracias Eva.
    PS.
    Estoy entusiasmado con el señor E.; por favor dale bastante vida.

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    1. Caramba, Suso, me sonrojas, aparte de por la cantidad de referencias que citas, porque tener la amabilidad no solo de comentar después de leerme, sino de corregir y aumentar tu extraviado eligio anterior. Muchísimas gracias por todo, antes de más, y que sepas que comparto contigo el interés por la contraposición entre la vida interior y la exterior. Cuando me pongo seria y dejo de lado mi vena humorística también me gusta tocar temas como el de esta triste historia, pero ya me conoces, soy incapaz de no dejar en el aire un atisbo de esperanza. Cuando la literatura y la música clásica no bastan, no hay nada mejor que recurrir al calor humano para combatir el invierno que es nuestra existencia. Reitero mi agradecimiento, ya digo, ruborizada, y no temas, el señor E. regresará en breve con una nueva entrega de sus aventuras... igual te hago caso y lo pongo a investigar la misteriosa desaparición de comentarios en los blogs ;) Ah, y recuerda, gracias a ti, siempre :) Besos.

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  3. Y una simple sonrisa puede cambiar nuestro día, incluso nuestra vida!!! Que sepas que, indirectamente, de este relato tuyo va a salir otro para mi blog. Te mantendré informada :)

    Besitos invernales!

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    1. Estoy intrigada ya, David, estaré atenta yo también ;) Muchas gracias por dejar tu opinión tras leer mi relato, y por compartirlo también, por supuesto ;)
      ¡Besos de Navidad!

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  4. El poder de una sonrisa, la magia de los pequeños gestos, influencias e ilusiones que generamos sin darnos cuenta... Muy muy bonito, Eva y muy bien construido el personaje.

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    1. Muchas gracias por dejar un comentario, Marta, además de por tus amables palabras. Me alegro muchísimo de que te haya gustado. Un abrazo

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  5. NO es que te haya leído mucho, pero de lo que te llevo leído creo que es el primero que escribes en tercera persona, por eso desde las primeras líneas se me hizo raro en tu estilo. Toda la potencia de este relato está volcada en inducir en nuestra menta la imagen de un ser desvalido, pobre material y socialmente, que lo ha tenido que dejar todo atrás para buscar una vida mejor que la que deja atrás. Y sin embargo es un hombre sensible de espíritu, le gusta la música, es una persona culta y es capaz de enamorarse de una quimera. Al final recibe su premio, que para alguien que tienen tan poco debe de ser como un tesoro. Una sonrisa puede a veces marcar la diferencia. Un abrazo.

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    1. Estás en lo cierto, Jorge, suelo optar por el monólogo interior, pero tengo más textos escritos con narrador externo, como este. Quería reflejar la desvalida situación en la que se encuentran muchas veces los inmigrantes, que dejan todo para conseguir algo mejor y no siempre lo consiguen. No solo se trata de la precariedad económica a la que tienen que hacer frente, sino a la enorme falta de afectividad que padecen si no encuentran alguna amistad que supla sus carencias afectivas. Sin familia, sin amigos, ¿cómo son capaces de seguir tirando para adelante? Eso me pregunto. Y es lógico que al protagonista de esta historia la ilusión le sea devuelta a través de una "simple" sonrisa. Un abrazo para ti también, Jorge, y muchísimas gracias por leerme y comentar mis relatos.

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  6. Eva Loureiro loco-loco me tienes con tu cháchara.


    No creo yo que este sea un relato triste, al menos para mí que hoy por hoy soy ante la adversidad todo terreno por todo lo vivido. Yo diría que es un cuento de solos para solos, hay muchas cosas provechosas cuando uno aprende a vivir en ese estado de soledad máxima. Fíjate, hay una chispa, una llama, una hoguera más grande que esa que hace la peña en la noche de San Juan, noche en la que nací yo, por cierto, que hace al prota de tu historia, y al lector, cuando la historia ed buena uno es ambas cosas, ilusionarse por la vida.

    Sí. Todos tenemos una tabla de salvación en los naufragios a los que somos condenados.


    Nada que decir en los aspectos técnicos. Es que tienes la ventaja de hechizar con tu brujería, y además: yo no soy narrador, soy de esa manada bautizada por los buenos literatos como patitos feos, soy poeta.

    Un placer, autentico, no es frase hecha, venir a verte.

    Abrazo, y un poquito de leña para ahuyentar el frío navideño.

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    1. Hola, John John
      Creo que a estas alturas estamos los dos loqueando el uno con el otro, jajaja.
      La soledad cuando es una opción personal no es triste, ahí coincido contigo, y me encanta que lo veas de ese modo, puesto que hay muchas maneras de interpretar un mismo texto. Por cierto, te recomiendo "Noche de San Juan", una entrada antigua de mi blog, por aquello de ser tu día, y también por las ilusiones que prenden en noches mágicas como esa.
      Para mí la poesía es la reina, John, así que nada de patito feo, te leeré entonces para darte mi opinión sobre tus versos.
      Abrazos de finales de diciembre, cálidos como deben ser en la Navidad bien entendida.

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  7. Vengo a guardar tu relato para leerlo y comentarlo con tiempo y calma.
    Desde que pueda vuelvo Eva. Besossss

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    1. Tómate tu tiempo, Isabel, que también me tomo yo el mío para responder ;) Besos de esos que ya tú sabes :)

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  8. Eva, me gusta conocer a través de tus letras otro estilo en ti. Como buena escritora que eres, pasas del humor irónico, ácido a otro registro diferente. Por la cercanía de la Navidad, y la soledad del protagonista bajo una existencia gris, anodina me recordó vagamente a Dickens, aunque las comparaciones son odiosas, cada escritor tiene su sello personal, su estilo.
    Bueno, soy mera aprendiz en busca de un estilo.
    Feliz Navidad, y muchas ventas en la presentación de tu libro hoy.

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    1. Querida Lola, estoy segura de que encontrarás el tuyo, mi estilo es el que he ido forjando por el camino de las letras, y los registros varían porque soy un poco cabra loca y me encanta tocar todos los palos que puedo. Dickens es un clásico, ojalá mis escritos lleguen a ser una infinitesimal parte de queridos como son los suyos. Gracias por tus elogios, pero sobre todo te doy las gracias por leerme, y tener la infinita amabilidad de comentar. Sé el trabajo que lleva, así que tienes buena parte del que conlleva escribir hecho en ese sentido. No tires la toalla, llegará como todo llega.
      Feliz Navidad para ti también, y las ventas son lo de menos, recibir el cariño de gente anónima que lee mis novelas es lo que merece realmente la pena. Gracias por todo. Besos.

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  9. Hola Eva qué bien expresada la desesperanza de aquellos que llegan buscando una vida mejor y se encuentran con la dureza del día a día. Y una sonrisa siempre abre mundos y en el caso de tu protagonista, se le reconoce como persona, no es una sombra, es una persona más. Las sonrisas hacen sentir tan bien al que las emite como al que las recibe, qué bonitas son las sonrisas.

    Un beso enorme Eva y muy felices fiestas.

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    1. Hola, Conxita,
      Estás en lo cierto, qué bonitas son las sonrisas, y qué importantes en determinados momentos para algunas personas, dices bien, personas, no sombras. Muchas gracias por tan precioso comentario, de verdad, y te deseo una feliz Navidad. Besazo, guapa

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  10. Deliciosa tu historia, querida Eva. Una versión muy personal y realmente preciosa de un clásico navideño que tú actualizas con la maestría y el saber hacer al que ya nos tienes acostumbrados.
    Me encanta además que cites esa mítica sinfonía "inacabada" de Mahler, con la que iluminas el viaje en autobús en una anticipación de la luminosidad de la sonrisa de la misteriosa bailarina.

    Un fuerte abrazo, querida amiga.

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    1. Deliciosos tus comentarios, Juan Antonio, muchísimas gracias por leerme con tu atención acostumbrada, y sobre todo por dejar tu huella al acabar. Tengo debilidad por la música clásica, qué quieres que te diga, y Mahler tenía que estar...
      Gran abrazo de Nochebuena y feliz Navidad, corazón

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  11. A mí si me parece triste, muy triste, hasta penoso, este mundo nuestro, individualista y cruel.
    Pero destaco, del realismo del relato, el valor de esa sonrisa cálida e inesperada, un gesto automático de nuestro rostro, al que no damos la mayor importancia, pero que en un momento dado puede ser fundamental para otra persona. Has dado en el clavo Eva, como muchas otras veces.

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    1. En clavo das tú, Fina, con tu comentario, en las circunstancias que está viviendo el protagonista esa simple sonrisa es su tabla de salvación, es más, al repetirse cada día es la ilusión que lo lleva a levantarse y correr hacia el autobús en busca de su dosis diaria de renovada ilusión por la vida. La vida es muy dura, tienes razón, por eso las sonrisas nos llegan al corazón. Y en estas fechas creo que todavía más ;)
      Muchísimas gracias, por leerme y tener la amabilidad de dejar un comentario.
      Besos y feliz Nochebuena :)

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  12. Como ya dijo alguien en un comentario anterior,una sonrisa puede significarlo todo para alguién que tiene tan poco,me ha gustado eso y me ha encantado tu relato eva,muy bonito muy real,cuantas personas se podrán sentir reflejadas en tu relato y además es algo que lo pone a uno a pensar justamente en estas fechas tan especiales donde mucha gente como el protagonista de tu historia tiene a sus seres queridos tan lejos,te repito me ha encantado tu relato,gracias por compartirlo y espero seguir leyendote,saludos a la distanciaaa...

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    1. Gracias, Pedro, me alegro de que te haya gustado, pero sobre todo me encanta que hayas dejado un comentario después de leerlo. Espero que sigas haciéndolo y aprovecho para desearte una feliz Navidad, desde la distanciaaaa...

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  13. De cada una de tus historias me queda algo grabado que se transforma en una etiqueta en mi memoria y de ese modo queda archivada. De éste me llevo la imagen de la chica que con tanto abrigo sube al autobús. No sé por qué. Tal vez su aparición es la luz que ilumina el texto, la soledad de la nostalgia, la lejanía de la tierra del protagonista. Buenos Aires es una ciudad que está repleta de inmigrantes y este relato me ha transportado a sus vidas. Ayer nomás, venía yo viajando en un autobús y al lado mío escuchaba a un muchacho que hacía desde su celular, llamada tras llamada, a los amigos y familiares de su patria, con nostalgia, repitiendo la misma frase "en la próximas fiestas espero estar con ustedes", como si quisiera de ese modo asegurarse un compromiso para combatir la tristeza. Es muy conmovedor cuando uno participa, aunque sea un rato, de la melancolía del inmigrante.
    Un hermoso relato, Eva, que me ha llevado hasta ese lugar del corazón de las personas que están lejos de su lugar en el mundo.
    Ariel

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    1. Hola, Ariel,
      Tus comentarios sí que se me quedan grabados por su hermosura, imagino que es tu intrínseca manera de escribir la que los contagia, como la melancolía es tu debilidad. Coincido contigo en que me conmueve el desarraigo al que se ve expuesto el inmigrante, desde mi punto de vista hay que hacer un acopio enorme de valor para salir de tu país dejando atrás todo lo que conoces y a todos los que quieres, por eso que alguien haga un gesto hacia ellos, por nimio que sea, resulta tan gratificante como la más cálida de las sonrisas. La humanidad tiene su lado positivo, de eso no me cabe la menor duda, por eso nunca pierdo la esperanza, y abogo por el optimismo, siempre, algo que trasciende mi manera de ser, y de escribir. Feliz estoy por haber sabido de tu lectura al encontrarme con tu posterior comentario, los gestos son muy importantes, y yo te agradezco de corazón cada uno de los que tienes conmigo, amigo Ariel. Un beso.

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  14. Qué hermoso relato Eva,...a mí, si me permites el atrevimiento, me sugiere más una "vendedora de ilusiones". Feliz Año Nuevo!

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    1. Atrévete, por favor, que me encanta conocer tu opinión sobre mi relato, es un placer saber qué os ha parecido, porque el texto ya no es mío, es vuestro, porque vosotros le dais vida con vuestras diversas lecturas. Yo estoy contigo, creo que es ilusión lo que le insufla en el espíritu esta chica a mi protagonista... Gracias por comentar, compartir, y sobre todo, por leerme, Baile, siempre. ¡Feliz Año Nuevo para ti también!

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  15. Es precioso Eva, y es triste, y es real. ¡Cuántas anónimas personas pasarán a nuestro lado sin que nos percatemos de sus cotidianos duros días!
    Se agradece este chute de realidad en unas fechas “edulcoradas” en que la mayor parte de las veces parece que es obligatorio ser solidario con los demás.
    También hay delicadeza en el protagonista, culto, amante de la música y la literatura, tímido, anodino, con un riquísimo mundo interior. Y la forma en que te las has apañado para meter con una sola frase a la friolera vendedora de cerillas, y de paso al clásico cuento de Andersen, haciéndola sonreír en un instante luminoso y mágico.

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    1. Isabel, no sabes lo mágicas que suenan tus palabras en mis oídos... encantada de que te parezca bonito mi relato, además de que agradezcas un poco de "reality", sin trampa ni cartón, en un mundo hipócrita que prefiere los actos para la galería a la afectividad sincera. Mi protagonista es un ser de esos anónimos que merece la pena pararnos a conocer, si somos capaces de ver en él un rostro amigo, como hace la bailarina que le sonríe por inercia, prendida de esa afable manera de fijarse en ella. Son historias instantáneas como las llamo yo, de esas que suceden ante nuestros ojos a diario, y que pasan desapercibidas si no prestamos la atención necesaria. Ariel relató una experiencia que vivió en un autobús en su maravillosa tierra, pero cualquiera de nosotros podríamos ser testigos de alguna semejante. Es lo que más aprecio de la vida, esos efímeros momentos de solidaridad que nos convierten en mejores personas.
      Besos atlánticos, para superar una distancia que se me antoja menor cuando nos leemos ;)

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  16. ¡Ay! Todo por esa sonrisa... Como te han comentado no veo que sea un relato especialmente triste, de hecho la situación rutinaria ese deambular mecánicamente, y creo que poco varía que se tenga más o menos dinero, por la vida, sin ilusión.
    Él la tenía y recibió uno de esos regalos que iluminan. Un relato muy navideño aunque no se mencione.
    Aprovecho para desearte un maravilloso 2018, Eva.
    Un abrazo!!

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    1. Estás en lo cierto, David, el regusto navideño planea por todo el relato, incluso en esa sonrisa que ilumina más que los adornos que se extienden por doquier...
      Ojalá que el 2018 sea próspero y generoso contigo, porque tú lo eres al leerme y comentar, David. Muchísimas gracias por todo y un abrazo calentito de esos que ayudan a correr el frío de este diciembre que se agota :)

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