jueves, 7 de diciembre de 2017

La niña que fui


Una inesperada sensación de vértigo se apoderó de mí al ver desaparecer mi carta por la ranura del buzón, imagino que pensando en lo lejos que debería viajar, me acongojaba su desamparo y me aterraba la idea de que no la recibiera. ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar a su destino? Acostumbrada a la inmediatez de los correos electrónicos, a los mensajes de los móviles, y a los chats de internet; se me antojaba que una eternidad. En ese sentido no se había avanzado mucho, desde luego, había leído en algún lugar que hace más de un siglo se tardaba apenas un par de días en recibir una misiva desde el extranjero, ¿cómo era posible que ahora no se hiciera más rápido? Por falta de interés, seguramente, tuve que reconocer. 

Yo misma ni recordaba cuándo había utilizado por última vez el correo postal. Tendría que haber sido por algo relacionado con el banco, ¿o sería por culpa de la compañía telefónica? Que me había visto obligada a hacerlo, vamos. De lo contrario iba a lo práctico, a lo rápido, si te equivocas te llega un email en el acto anunciándote el fallo en la comunicación, aunque en este caso sí que tiene ventajas usar el correo tradicional. Un cartero siempre se esforzará por no tener que devolver nada a su remitente, por muy ilegible que sea la letra, o por muy errónea o incompleta que presente la dirección del destinatario. La mía le llegará, me dije más tranquila, harán todo lo posible para entregársela en mano si es preciso, de eso no me cabía la menor duda. Lo que sí me preguntaba era cómo sería recibida, porque me costó lo suyo escribirla.


Hacía tanto tiempo que no me dirigía a él que dudé hasta en cómo tratarlo. “Estimado” me pareció demasiado distante, “Apreciado” un tanto frío, y opté por el clásico “Querido”, además de continuar tuteándolo como hacía antaño. Comencé disculpándome por osar escribirle de nuevo al cabo de tantos años, ¡y a mi edad! Me embrollé en exceso, lo sé, porque se me mezclaban un cúmulo de sentimientos que me veía incapaz de expresar. Necesitaba contarle cuál era mi objetivo, qué buscaba con aquello, y creo que acabé por decírselo de la manera más pueril. No le hablé de la mañana en que me miré al espejo y no me reconocí. Sí, tenía delante las facciones que veo a diario, mis incipientes arrugas, las escasas canas que van clareando mis sienes… era yo, por supuesto, pero me dio la impresión de que me faltaba algo para serlo realmente.

Era una mañana luminosa, la luz que se colaba por los cristales traslúcidos de la puerta provenientes de mi dormitorio alegraban la mortecina claridad del baño. Y en ese momento me di cuenta, en el preciso instante en que un rayo de sol rebotó en el espejo haciéndome entrecerrar los párpados, lo vi. O mejor dicho, no lo vi. Efectivamente, eché en falta ese brillo. Mis ojos habían perdido su brillo característico, y me pareció que no era yo quien me miraba. Entorné la puerta para bloquear el efecto deslumbrante, y observé su reflejo detenidamente durante un buen rato. Pestañeé incrédula, a sabiendas de que ya no había nada que hacer. Lo había perdido. Al mismo tiempo que las ilusiones se me fueron anquilosando, mientras me fui amoldando a la repetición del correr de los días –todos iguales uno tras otro–, sin ser consciente de ello –ahora sí lo soy–, se me empañó también la nitidez de mi pupila. O dicho de otra manera, la rutina se zampó la desmedida curiosidad que ostentaba de cría. 


Todo esto no se lo expliqué, ya digo, convencida de que solo él me entendería sin más, me limité a resumirle mi deseo en una ingenua frase: “Quiero recuperar a la niña que fui.” Un par de sutiles golpecitos en la cadera me despertaron de mi ensimismamiento, me giré aturdida, encontrándome con unos enormes ojos castaños que me miraban fijamente. Su propietario me preguntó esgrimiendo una sonrisa equiparable a la calidez de sus iris: “¿Puedo?”, agitando nervioso su sobre atestado de sellos. Asentí, permitiéndole acceder a la ranura del buzón, sorprendida porque tuviera que alzarse sobre sus talones para introducir su carta. “¿Crees que es necesario ponerle tantos?”, le dije de pronto insegura. “No sé, es que de esas cosas sabe mi abuelo, de sellos y monedas antiguas lo sabe todo, pero como está en el hospital… por eso este año no pido juguetes, quiero que haga que se ponga bueno, para que venga a recogerme al salir del colegio como siempre.” Volví a asentir con cara de circunstancias, y él se encogió de hombros un tanto apenado, continuando con su aclaración.

“¡Total! Últimamente se equivocaba trayéndome regalos que no le pedía, mamá me dice que es que está muy estresado, y es normal que a veces cometa errores… pensé en enviarle una foto del abuelo para que no hubiera fallo, aunque al final le pedí que curara a todos los abuelos enfermos, para que ninguno deje solos a sus nietos.” “Igual es demasiado para él…”, aduje tratando de mitigar su decepción si no veía realizado su sueño. “¡Oh, no, qué va! ¡Tiene que ser pan comido para él! Si es capaz de repartirles juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche…” Sonreí entonces con mayor convicción y me devolvió la sonrisa alegre. “¿Te vienes al parque?”, no esperó por mi respuesta y salió disparado hacia los columpios al grito de “¡Tonto el último!” La milésima de segundo que tardé en reaccionar le otorgó una clara ventaja, seguí sus pasos rápidamente sin preocuparme lo más mínimo por el gorro que dejé atrás con mi carrera.   


“¿Tú qué le has pedido a Papá Noel?”, quiso saber elevando las piernas para conseguir igualar la altura que alcanzaba yo con mi impulso. “Ya me lo ha concedido”, admití entre risas notando el calor en mis mejillas pese al intenso frío vespertino. Volvió a abrir los párpados desmesuradamente para fijar sus iris de refresco de cola en los míos, y exclamó procurando alzar su vocecita sobre el chirriar de las cadenas: “¡Caramba, qué rápido! ¿Crees que mi abuelo estará en casa cuando yo regrese?” Mi sonrisa se ensanchó en esa ocasión, iluminando mi mirada y la suya al unísono. De ilusión es de lo que se alimenta el espíritu, y ya no iba a ser yo quien le aguara la fiesta. 


by Eva Loureiro Vilarelhe

32 comentarios:

  1. Ternura, ilusión, magia... Un cuento de Navidad precioso.

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  2. Seguro que después de eso tu mirada ha vuelto a brillar como siempre. Como debe ser. La ilusión se extravía a veces por caminos oscuros e intransitados, pero vuelve al fin y nos acaricia con una ternura que nunca acabamos de olvidar.

    Me alegras esta fría tarde de diciembre con tu deliciosa historia, querida Eva. Un besazo y muchos abrazos.

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    1. ¿Tú también? Jajaja, ¿por qué será que me identificáis siempre con la protagonista? Yo nunca le he escrito a Papá Noel, incluso recuerdo vagamente haberlo hecho a los Reyes Magos (prefiero cartearme con quien tenga a bien responder a mis misivas...), y tampoco he dejado atrás a la niña que llevo dentro. Espero que jamás me ocurra, pero en tal caso igual sí que pediré con todas mis fuerzas que vuelva, porque esa ternura es tan inherente a mi manera de ser que tampoco me reconocería a mí misma si pan perdiera.
      Me alegras el día con tu comentario, Juan Antonio, feliz de que me leas y te haya gustado. Gracias además por comentar y compartirlo. El sol de Granada te debe mucho ;)

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  3. Un cuento de Navidad con los ingredientes imprescindible de ilusión, fantasía, y sobre todo, ternura. Me gusta ese cambio de "voz" de la mujer a adulta a la niña atemporal.
    P.D. Estoy convencida que la autora de este delicioso cuento no ha perdido el brillo en su mirada (ni en su pluma)
    Todo mi cariño, escritora.

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    1. Tú, ternura personificada que tienes a bien leerme, sí, a ti me dirijo, recibe todo mi cariño de vuelta, por conocerme tanto através de mis escritos. He dicho. Y ahora paso a modo festejo para celebrar que no sólo me leas, comentes y compartas, sino que también escribas como lo haces, escritora. ¡Besos!

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    2. Besuconas somos jeje

      Hace un año que tengo el blog y lo inauguré con un cuento de navidad, de una niña y un abuelo también. Te pongo el enlace por si te apetece leerlo Eva.

      http://alzapalabra.blogspot.com.es/2016/12/el-garoe-cuento-de-navidad_23.html

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    3. Pues es precioso, que lo sepas, y también que yo te he dejado otro mío por si te apetece, jajaja. Vamos a acabar como si nos comiéramos unos cuantos polvorones, empachadas de Navidad ;)

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  4. Hermoso, tierno y sobre todo mágic,... como la navidad!

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    1. Hermoso comentario, Norte, gracias por leerme y compartir. Eres un sol :) Besos prenavideños ;)

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  5. Estos días son para leer cuentos con mucha magia y fantasía. Y como no, retroceder en los pensamientos creyendo ser la niña que eras. Un abrazo

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    1. Muchísimas gracias por leerme, Mamen, me alegro de que te haya gustado. Abrazos de diciembre.

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  6. ¡Qué relato tan tierno, Eva! Está claro que Papá Noel tiene sus trucos para conceder deseos, aunque no se atenga siempre a fechas exactas :)) Me ha encantado el giro que ha dado el relato, creí que la protagonista se dirigía en su carta a un antiguo amor. Lo dicho, un relato precioso y más en estas fechas que se aproximan.

    ¡Un beso de viernes!

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    1. Ahí estaba el pequeño juego de palabras ;), Julia, me alegro de que te haya gustado, y también que hayas sido tan amable de leerme, dejar un comentario y compartir mi relato. Eres muy generosa. Besos de fin de semana, corazón.

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  7. Sobrecogedor relato donde la protagonista logra verse implicada en esa magia de la Navidad y Papá Noel, pues gracias a esos recuerdos de su infancia, vuelve a sentir la necesidad de pedirle ahora de adulta un regalo nada material, pero muy trascendental para ella, como recuperar la niña que fue. Y como en Navidad todo está lleno de magia, también para ella se obró el milagro a través de su hijo, quien le cuenta lo que le ha pedido ese año a Papá Noel: recuperar la salud de su abuelo y de todos los abuelos del mundo, para que ningún niño se quede sin su abuelito. ¡Quien no se identifica con ese niño, recuperando de golpe la inocencia y la bondad!
    Un abrazo y que Papá Noel, te traiga, como a la protagonista, toda su magia por Navidad.

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    1. Muchas gracias por tus amables palabras, además de por tus buenos deseos, que comparto contigo, por supuesto, en estas fechas y fuera de ellas, también ;) Una salvedad en tu comentario, Estrella, el niño no es su hijo, se han encontrado junto al buzón en el que se queda ensimismada al meter su carta y, como vuelve a ser la niña que fue, no duda en irse con él a jugar al parque :) El pobre también necesita compañía al faltar su abuelo, ¿no crees?
      ¡Abrazos prenavideños y muchas gracias de nuevo!

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  8. Ains Eva, pero qué bonito y qué dulce, me ha encantado, de verdad!! Es pura magia, muy navideño. La figura del abuelo es muy importante en los niños, o al menos en mi generación. Yo viví una relación muy estrecha con los míos y por eso me ha parecido tan dulce.
    Por cierto, acabo de ver que para Sant Jordi 2017 firmaste en Barcelona. Aixxx que pena no haberte descubierto antes, guapa, te habría hecho una visita.
    Un besito!! :)

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    1. Gracias a ti, María, por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario, además de compartir mi relato con una presentación tan bonita. Los abuelos y la Navidad creo que van de la mano, así que me pareció buena idea juntarlos en un cuento, me alegro de que te haya gustado.
      Sí, estuve en Sant Jordi por tu tierra y espero regresar este 2018 para presentar la tercera parte de mi trilogía, así que a ver si coincidimos y nos conocemos en persona, sería estupendo, la verdad, ojalá puedas acercarte...
      ¡Un besazo enorme, guapísima! ;)

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  9. Precioso!! Hace poco me decías que no perdiese ese Peter Pan que llevo dentro. No es necesario decir que debes dar ejemplo ;)

    Por cierto, nunca escribí carta a Papa Noel (en casa somos de Reyes Magos)

    Un abrazo

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    1. Ya ves que lo doy, David, me encanta seguir siendo la niña que fui, y que tú sigas siendo un niño me emociona... como ves, a los cuarentones nos da por ponernos sentimentales de vez en cuando, jajaja.
      Bromas aparte, muchísimas gracias por leerme, comentar y compartir, eres un sol. Entre tú y yo, me da que lo de escribir a Papá Noel nos cogió mayores a los dos... pero bueno, aún estamos a tiempo ;)
      Un abrazo enorme, corazón.

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  10. Tierno, esperanzador y cosquilleante relato, incluso para una Ms Scrooge como yo.
    Totalmente de acuerdo contigo en que la ilusión es el motor de la vida, aunque la vayamos dejando aparcada por los recovecos en el tránsito vital, y lleguemos a acostumbrarnos a su ausencia.
    Gracias por el brillo en la mirada, Eva.
    Un beso!!

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    1. Vaya, no me puedo creer que te haya tocado la fibra... jajaja. Es bueno dejarse llevar por la magia de la Navidad, por mucho que nos reviente, en estas fechas toca. La esperanza es inherente a mi manera de ver la vida, algo que se refleja en mis relatos –por muy macabros que sean–, así que en uno como este no podía faltar. La ilusión debería ser lo último que se pierde, porque, como bien dices, es el verdadero motor de la vida y debemos revelarnos contra su ausencia.
      Gracias a ti por leerme, María, y por seguir siento tú también la niña que fuiste.
      ¡Besos prenavideños!

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  11. Que relato tan tierno y tan bonito, sobre todo por esa ingenuidad del niño con la mejoría de su abuelo y ese regalo que es el único que le importa, y la sobrevenida ingenuidad de la protagonista que se contagia de la sencillez del niño. Que pena que esa sencillez no sea tan contagiosa en la vida real. Y es cierto, la ilusión conforma gran parte de lo que nos mueve, no la perdamos nunca. Abrazos.

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    1. Muchísimas gracias por la gentileza de tu comentario, Jorge, además de por tener la amabilidad de escribirlo después de leerme. La ingenuidad es una virtud poco valorada en los tiempos que corren, y sin embargo a mí me parece encomiable, sobre todo si son los adultos quienes hacemos gala de ella... estás en lo cierto, es una lástima que esa sencillez no sea más contagiosa. Reitero mi agradecimiento por tu visita y abrazos prenavideños de vuelta :)

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  12. Y con este relato ¡podemos dar por iniciada la Navidad! Y te prometo que soy muy navideño, Eva. Me ha encantado. Debemos alimentar siempre al niño que está dentro de nosotros, a esa personita curiosa, ilusionada, alegre, traviesa, vital, imaginativa... En ocasiones pienso que la madurez no es otra cosa que una vuelta a nuestra esencia. Cuando somos adolescentes renegamos de la infancia, cuando somos adultos la olvidamos por completo. Pero cuando maduramos, cuando empezamos a valorar qué es importante y qué no, sentimos la llamada de nuestra infancia, cuando todo lo teníamos por descubrir. Bueno, ya me pongo en plan Navidad... Pero la culpa es tuya y de tu fantástico relato. Un abrazo!!

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    1. Muchas gracias, David, por dar el pistoletazo de salida de la Navidad con mi relato, jajaja, me siento halagada, que conste, y eso que no contaba empezar con el tema todavía, pero me salió sin querer... será que yo también soy muy navideña ;) Estás en lo cierto, creo que comenzamos a valorar la infancia cuando estamos más cerca del otro lado, como le comentaba a tu tocayo David, a los cuarentones nos da por ponernos nostálgicos... y con razón, todo hay que decirlo, porque no hay nada más hermoso que la mirada inocente de un niño. Gracias a ti, siempre, por leerme y tener la gentileza de dedicarme además un precioso comentario como el que acabas de hacer. Un abrazo prenavideño :)

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  13. A criança que fui chora na estrada.
    Deixei-a ali quando vim ser quem sou;
    Mas hoje, vendo que o que sou é nada,
    Quero ir buscar quem fui onde ficou.

    Gracias, gracias por este relato. Semblanza del genio de Pessoa. Cada vez más cerca para algunos, esta infancia reinventada.
    Un abrazo

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    1. Gracias a ti, Don, por supuesto, creo que compartimos admiración por el gran poeta luso, porque lo primero que me llamó la atención de tu blog fue precisamente la figura de Sargadelos que le brinda homenaje. Un cálido abrazo por rememorar unos versos tan queridos, y por tener la cortesía de dejarte caer por aquí.

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  14. Un precioso y tierno relato, Eva.
    Es muy, muy bonito. La ilusión y el brillo en la mirada no debería perderse, y con un cuento como este, que es un soplo para el lector nos has regalado mucha de esa magia.
    Un besote.

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    1. Precioso es tu comentario, Irene, te agradezco sinceramente tus palabras. Gracias también por leerme, comentar y compartir, eres un encanto. Un beso enorme :)

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