jueves, 2 de noviembre de 2017

¡Va por ustedes!



Pese a que las corridas llevaban años prohibidas, la plaza continuaba suscitando interés por su fachada de mampostería color calabaza adornada de filigrana mozárabe. El ayuntamiento decidió seguir haciendo caja permitiendo las visitas al público, o realizar conciertos multitudinarios de estrellas del pop a las que les parecía cool cantar allí. O incluso que el director rarito de moda pusiera en escena la enésima adaptación del Don Juan Tenorio, la misma noche de Difuntos. Subida de tono, eso sí, para espolear a los críticos teatrales y que el morbo estuviera servido, todo con el afán de colgar el cartel de “NO HAY ENTRADAS”.

Los actores agradecieron que el efecto invernadero mantuviera las temperaturas al alza y que, por descontado, no lloviera. De lo contrarío se les haría más duro subirse a un escenario a la intemperie tan ligeros de ropa, rayando ya noviembre. Ni que decir tiene que el éxito estaba asegurado de antemano, el calentón previo en todos los medios locales ayudó a que los espectadores aplaudieran a rabiar nada más caer el telón. Es un decir, claro, porque no había cortinaje alguno y simplemente se apagaron las luces. El apoteósico efecto final fue casual, la luna llena –cual cañón expresamente dirigido hacia ese punto– iluminó a la pareja protagonista, desnuda y hecha un ovillo sobre la tarima. Y la ovación no se hizo esperar, con el coso al completo en pie. 

Borracho de alabanzas en aquel caldeado ambiente, el actor principal se desmaquillaba a solas sin prisas en el camerino improvisado en la antigua enfermería. Los tramoyistas le habían advertido que se quedaría a oscuras, pero no le importó. Esperaba a la actriz que sustituía a Doña Inés, una joven bastante más agraciada que la elegida como protagonista, aunque con menos talento y experiencia sobre las tablas. “Yo que tú me largaba antes de las doce”, le advirtió uno de los técnicos de sonido que cerraba la comitiva. “¡Paparruchas!”, le hacía gracia esa palabra –la usaba siempre que podía–, y ahora le venía al pelo. “¿No irás a decirme que crees en esas historias?” El otro se encogió de hombros haciendo un mohín. “Prefiero no tentar la suerte.” “¡A mí de eso me sobra!”, se jactó el galán, y su carcajada se confundió con el estruendo del motor del camión.

La chica apareció armada con la linterna del móvil, le temblaban las piernas y se quejó de que no la había avisado de que ya no quedaría nadie. “No sabía que te gustaría tener mirones, lo tendré en cuenta la próxima vez…”, le dijo él desnudándola con la mirada, y acto seguido se lanzó a hacerlo con las manos. Era tan fácil como insinuarles que podía conseguirles un papel mejor, pan comido, teniendo en cuenta que las remataba con su estudiada y arrebatadora caída de ojos, que resaltaba más si cabe sus llamativos iris azules. En toda su carrera, tan solo un par de chicas no habían accedido a sus deseos. Lesbianas, seguro, se decía él altivo, incapaz de reconocer que tuvieran principios, o que fueran más de dos, ya puestos. 


Ella se apresuró a salir de allí antes que él, aparte de porque aquel sitio le daba escalofríos, no quería retrasarse demasiado en llegar a la fiesta que daba el director en su ático, para celebrar por todo lo alto –nunca mejor dicho– que se había convertido en el enfant terrible del momento. Sería el lugar idóneo para hacer contactos –o liarse con alguien todavía más importante–, no se fiaba demasiado de que fuera a sacar algo en limpio del reciente revolcón. En fin, qué se le iba a hacer, al menos este estaba lo suficientemente bueno como para que mereciera la pena abrirse de piernas. 

Él continuó con su parsimonia característica, mejor si se retrasaba más de lo normal, todo el mundo estaría pendiente de su llegada. Incluso el director, que bebía los vientos por él, y él se dejaba querer, qué más le daba si le metía mano mientras pasaban el texto en su despacho, o entre las sábanas… Todo sea por amor al arte. Al suyo, claro. El grito desgarrador de la chica lo escuchó subiéndose los pantalones, y todavía se abrochó los botones de su camisa negra entallada con calma. “Una araña se le enredó en la melena, apuesto lo que sea”, dijo en voz alta ante el espejo recordando las gruesas telarañas que adornaban los altos techos, poniendo cara de interesante como cuando acudía a un casting. Le gustaba alardear de su temple en situaciones de peligro, si pudiera hacer una de acción en el cine no querría que lo doblaran en las escenas de riesgo. 

Los aplausos lo cogieron desprevenido y apuró un poco el paso adentrándose en el callejón. No dio crédito a lo que veían sus ojos. La plaza volvía a estar igual de abarrotada que durante la función, solo que su aspecto se le antojó bien distinto. Quizás es por el brillo de la luna, pensó admirado de que toda aquella gente tuviera un extraño halo plateado. ¿Estaré favorecido?, eso era lo más importante. Al acercarse se admiró de sus ropas, la mayoría pasada de moda, muchos hombres con boina de visera y puros humeantes, algunas mujeres con peineta y mantilla. Parecía tan real que era imposible que fuera un sueño, ¿serían los extras de otra representación de la que no tenía noticia? De serlo, estaban muy metidos en su papel, porque aplaudían, vaya si aplaudían. Solo entonces se fijó en el animal. El toro más grande que había visto en su vida daba la vuelta al ruedo al son de los vítores.

¿Será posible que le estén aplaudiendo al bicho?, se preguntó asombrado, y a continuación vio al torero aproximarse al burladero. Su fina estampa favorecía la apostura con que caminaba, igual que él –experto como era en la materia–, dejando constancia de la elegancia con que se movía ante su entregado público, su traje de luces refulgía bajo la luna llena. 
— ¡El figura nos honra al fin con su presencia! — dijo a viva voz dirigiéndose a él, y buena parte del tendido prorrumpió en carcajadas, el resto no lo hizo porque no llegó a oírlo.
Sonrió sin venir muy a cuento, confundido como estaba por no entender a qué demonios venía todo aquello.
— Aquí tiene —le dijo tendiéndole un par de banderillas.
— ¿Qué quiere que haga con esto? —consiguió preguntar a duras penas, su arrojo para las escenas de acción parecía mermar en ese momento.
— Ya sabe, ¡clavárselas! —le indicó al morlaco con el mentón.
— ¿Y-… y-… yo? —balbuceó sin rastro de valor alguno.
— ¡Claro, hombre, no se me achique ahora, con lo bien que le salieron las dos faenas!
— ¿Cu-… cuáles?
— ¡La de la obra de teatro esa, hombre! ¡Y después con la chica… ya me entiende! —le guiñó un ojo cómplice y él trago saliva asiendo las banderillas.
— Pero… ¿no iré a hacerle daño? —su pregunta iba más bien por el miedo que tenía de salir al ruedo a enfrentarse a ese pedazo de monstruo, aunque algo le decía que era mejor hacerlo, la mirada torva de aquel torero no le hacía ni pizca de gracia.
— ¿Daño? ¡¿Pero cómo va a hacerle daño si ya está muerto?! —las carcajadas del público no se hicieron esperar— ¡Si no es más que un ectoplasma, hombre! ¡Ea, un fantasma, para entendernos…! ¡Como el resto! —el matador fue quien prorrumpió en carcajadas esta vez— ¡No me sea cobarde, y compórtese! ¡Salga ahí con dos coj…! 
Los vítores ahogaron su última frase, lo cogió por el hombro para sacarlo de detrás del burladero entre la fervorosa ovación de los asistentes, ahora era a él a quien le temblaban las piernas al verse sobre la arena.
— Pero antes, repita conmigo: —le dijo en un susurro blandiendo su montera para saludar a sol y a sombra— ¡Va por ustedes!
— ¿Va por ustedes? —le preguntó en el mismo tono de voz.
— ¡Sí, hombre, pero grite más, sino no le van a escuchar en los palcos! ¿No ve que ambos nos debemos al público? ¡Ni que fuera un principiante, ea!
Su orgullo se resintió ante ese comentario y recuperó en parte la compostura, se irguió adoptando un aire triunfal y alzó una mano, sosteniendo las banderillas con la otra.
— ¡Va por ustedes!
El torero, sonriendo satisfecho como si estuviera orgulloso de su pupilo, le dio un par de palmadas en la espalda, al mismo tiempo que los espectadores jaleaban para que se reanudara la función de una vez.

El toro se encontraba a bastante distancia, al sentir el griterío se giró hacia el que osaba entrometerse en su territorio. Bramó pateando el suelo, y se lanzó en dirección al aterrorizado galán venido a menos. Este alzó las banderillas sobre su cabeza, como si aquello fuera a proporcionarle algún tipo de protección. “Coja carrerilla”, le aconsejó el matador a pocos pasos de él blandiendo su capote. Obedeció pese a que el tembleque le hacía doblar las rodillas al correr, y –a punto de cruzarse con el toro–, separó la vista para no ver cómo lo embestía. Y entonces la vio. Completamente despanzurrada en un lateral. 


Su espalda permanecía erguida de milagro contra las tablas, una pierna por un lado, la otra girada de manera grotesca, todo indicaba que se la habían seccionado a la altura de la femoral y colgaba de un resquicio de pellejo. Clavado en la raíz del cabello tenía el estoque del torero, como si aquel, jugando a dárselas de Guillermo, no hubiera alcanzado la manzana por los pelos, nunca mejor dicho. Por eso estaba todavía levantada, porque sus sesos se desparramaban por doquier cual caramelos de una piñata reventada. No pudo evitar vomitar tras reparar en el macabro espectáculo, lo que propició que bajara los brazos y se clavara la parte trasera de la banderilla en uno de sus preciosos ojos. 

El globo ocular entero saltó al ruedo sin tanto miedo como su propietario. Los aplausos se reduplicaron –silenciando sus aullidos de dolor–, los pañuelos blancos se multiplicaron en los asientos, y el torero hizo los honores. Le cortó una de las orejas de cuajo, antes de que se diera cuenta siquiera de que el toro había esquivado con arte su cuerpo, antes de precipitarse al suelo.
— ¡Bartolo, remátalo! —lo increpó el matador, y al astado se le adivinó una especie de sonrisa en sus ojos de azabache.
Utilizó su cornamenta para alzarlo sobre su cabeza, el actor volvió en sí en mal momento, porque uno de sus pitones le rajó el abdomen y la fuerza de la gravedad propició que sus intestinos brotaran de golpe, en vano trató de sostenerlos. Fue a caer justo junto a la chica desvencijada, destripado, tuerto y sin oreja, esperaba el golpe de gracia sin miedo ya, consciente de su destino. 
— ¡Espera, Bartolo! —el toro frenó en seco y se giró hacia el torero— Que vea para lo que se ha construido este templo, ahora que ya sabe lo que les espera a los que lo profanan…

El maltrecho galán había perdido demasiada sangre para aguantar la demostración al completo, le dio tiempo a presenciar unas cuantas verónicas de “El Niño de la Estampita”, y poco más, antes de que su único ojo se cerrara para siempre. Escasos minutos después de rayar el alba la plaza quedó desierta, tan solo la difunta pareja yacía junto a un burladero haciéndose compañía en su desgracia. En el coso resonaba el eco de una conversación entre otra pareja fallecida hacía mucho más tiempo. 
— ¡Ay, Manolo, lástima que no podamos comernos a Bartolo después de la lidia! ¡Con lo que echo de menos el guiso de rabo de toro! 
— ¡Mujer, no digas eso, con el cariño que le he cogido yo ya al Bartolo…! ¡Además, ahora tampoco podrías ni catarlo!
— En eso llevas razón, Manolo, aunque mi culo sigue igual de gordo pese a no probar bocado… 
— ¡Mejor, que así es que como a mí me gusta, Paca!
Y el manotazo que le propinó en el trasero resonó en el albero de camino a los toriles.
  

by Eva Loureiro Vilarelhe

18 comentarios:

  1. Ja, ja, ja... Una historia de puro humor negro, sobre todo, en esa parte final. Desde luego el tipo se merecía ser empitonado como metafóricamente hacía él con sus partenaire. Un estupendo relato de fantasmas perfecto para estas fechas. Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por pasarte y tener la amabilidad de compartir y comentar mi relato, David. Me alegro de que te hayas reído, esa fue mi intención al escribirlo, a propósito de Halloween creo que también se puede tomar a broma algo tan macabro, y los fantasmas siempre se prestan a ello... ;)
      Abrazos otoñales :)

      Eliminar
  2. ¡Hola Eva! Derroche de imaginación, en esta corrida de toros tan original por sus protagonistas "ausentes", es digno relato de contar a la luz de la luna llena ensangrentada en una oscura noche acompañada en un frío Día de Difuntos, junto a una chimenea.

    Curiosa forma de morir el galán de teatro. Un abrazo literario

    (Lola)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Lola!
      Se agradece el comentario, de corazón, es como el calor de la lumbre que le falta a la fría noche que describes. Muchísimas gracias por leerme y ser tan amable de dejar un comentario tan bonito. Tu abrazo literario va de vuelta, acompañado de un besazo enorme, pasa buen fin de semana y dedícalo a mimar a quien se merece tus mimos ;)

      Eliminar
  3. Estoy de acuerdo con Tertulia, Eva: tu relato es un derroche de imaginación. Me pongo en la situación de que pudiera haber una mínima parte de realidad en esa corrida de toros y se me ponen los pelos de punta. Si no fuera porque me había reído antes, durante la primera marte, y me ha costado algo cambiarme el chip, yo creo que habría quedado francamente "acongojada" jajajaja. ¡Muy bueno, enhorabuena!

    ¡Besos de sábado, guapa!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario, Julia. Yo en tu lugar haría lo mismo, aunque más que “acongojada” igual me quedaría muerta directamente al ser testigo de semejante corrida... jajaja. Me alegro de que te haya gustado. ¡Un besazo!

      Eliminar
  4. Un relato fantástico, nunca mejor dicho, pues partiendo de un hecho real se da rienda suelta a todo un ejercicio surrealista que se superpone a la acción ya contada, para hacer posible ese giro al más puro estilo de humor negro, que con buen manejo de tu pluma, fluye con total naturalidad y deja en el aire esa sátira del galán o del chulo pu.. engreído y cobarde, al que le espera una gran "faena" sin ojo, ni oreja, ni memoria para el recuerdo.
    Como te decía al principio, Eva,lo has escrito muy bien y te felicito por esa habilidad que tienes con las letras, compañera.
    Un besote grande.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchísimas gracias por leerme, Estrella, y dejar un comentario tan amable. Estás en lo cierto, al galán le han hecho una faena en toda regla, mira que estropearle la fiesta que le esperaba en casa del director... jajaja. Hay que tomárselo con humor, de lo contrario nos morimos de miedo. Agradezco tus felicitaciones, que van de vuelta, compañera, ya que tú tampoco le das nada mal a la tecla ;) ¡Un besazo!

      Eliminar
  5. Un relato muy divertido Eva, imaginativo y original, donde las tornas se cambian entre el toro y el protagonista. Adivino cierta crítica al arte del toreo, deslizada de forma sutil. Muy buenos los diálogos, fluidos y convincentes, mostrando rasgos de los personajes como ese "ea!" deslizado como por casualidad en algunas frases. El protagonista te encargas de que nos caiga mal desde un principio con ese retrato que haces de él, pagado de sí mismo y prepotente, no sentiremos pena después por su final, al contrario veremos como se lleva su merecido. Me fijo también en que haces un buen uso de la coma, algo no tan habitual en el mundo bloguero donde su abuso es una de las cosas que más se observan.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por tener la gentileza de pasarte por aquí y leerme, además dejando un comentario, Jorge. Cómo podrás imaginar las cosas no suceden por casualidad, ni tampoco suelo dejar nada al azar en mis relatos ;) La sutilidad y la ironía son mis armas, me alegro de que sepas apreciarlas, al igual que el uso de una correcta puntuación. Agradezco cada una de tus apreciaciones una vez más y te deseo una feliz comienzo de semana.
      Un abrazo.

      Eliminar
  6. ¡Hola, Eva!
    Te acabo de leer en la comunidad, ay, ay... que bueno, siniestro eso sí y que provoca pavor, pero a las advertencias uno les debe hacer caso, sino pasa lo que pasa como en tu estupendo relato. Pero bueno el protagonista como tampoco termina de caernos bien, pues tampoco es tan grave, jejeje
    Besos, :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Hola, Irene!
      Muchísimas gracias por pasarte, por duplicado ;) y además ser tan amable de dejar un comentario. Lo peor es que la chica tampoco es que haya hecho nada grave, pero bueno, como que pasa más desapercibida, es lo que tiene actuar de secundaria, jeje. Pero tienes razón, la culpa es de ellos por haber hecho oídos sordos a las advertencias...
      Un besazo, compañera :)

      Eliminar
  7. Eva muy bueno tu relato, veo que eres una buena escritora que no se le pasa nada por alto. Gente como tu da mucho gusto leer. Espero que no sea lo último que lea y me tendrás incondicional
    en tu blog. Con escritores como tú sé aprende, eres muy buena. Un abrazo

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Caramba, Maria del Carmen, me ruborizas con tus halagos. Pero me alegro de que te animes a pasarte más a menudo, yo haré lo mismo por tu blog, por supuesto, que leyendo es como mejor se aprende, como bien dices. Abrazos otoñales ;)

      Eliminar
  8. ¡Torera! Terrorífico y divertido a la vez. Si es que ya lo dice el dicho: Manolete, si no sabes torear, pa que te metes...
    Gracias por el buen rato

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajaja, olé David, ya que estamos con jerga taurina... Me alegro de que hayas pasado un buen rato, de eso se trataba, de ponerle algo de chispa a esto del terror... Abrazos otoñales ;)

      Eliminar
  9. ¡Qué Dios reparta suerte! / La vida mancha.
    Extraordinario,Eva.
    Gracias.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. ¡Y tanto que mancha, Suso! La suerte está echada de fábrica, creo, jajaja, y que cada palo aguante su vela...
      Muchísimas gracias a ti por leerme y dejar un amable comentario. Saludos ;)

      Eliminar