jueves, 5 de octubre de 2017

La maté porque era mía


Sí, lo reconozco, la maté porque era mía… pero en realidad fue sin querer. Eso sí, ¡me tenía harto! ¡Hasta las narices de escucharla todo el santo día! ¡No, no, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra! ¡No puedes decir algo así! ¡Ni lo pienses! En fin, que pueden hacerse una ligera idea de cómo me tenía… Amargado con tanta prohibición. Así que un buen día le planté cara, o mejor dicho, empecé a hacer lo que me daba la gana.

¡No vean qué alivio! Por fin podía resarcirme después de tantos años aguantándome. También es cierto que sucedió por casualidad, una mañana el jefe me gritó más de la cuenta, el genio pudo conmigo y le solté cuatro frescas. ¡Qué a gusto me quedé, por Dios! Me largué pitando de la oficina, y me dieron exactamente igual todos sus reproches. ¡Cómo se te ocurre hacer algo así! ¡¿Te has vuelto loco, o qué?! No, estoy más cuerdo que nunca, así vete acostumbrando, bonita.

No lo hizo, porque cada vez se enfurecía más con mis salidas de madre. Sí, tengo que admitir que me pasé tres pueblos, cinco ciudades y hasta una metrópolis… pero es que ya puesto, me lié la manta a la cabeza. Esto es, me liaba con la primera que se ponía a tiro. Bebí todo lo que se puede beber y más, tras tantos años de ley seca. Empecé a fumar como un carretero. Malversé todos los fondos públicos a mi alcance como el que más –lo que tampoco es que tenga mucho mérito en los tiempos que corren–, pero a mí me sirvió para fastidiarla, porque ella se escandalizaba igual que del resto de barbaridades que me dio por cometer. Vamos, que no delinquí más porque el día apenas tiene veinticuatro horas, que sino, tendrían que detenerme a cada segundo.

Y la gota que colmó el vaso fue cuando me quedé con la paga que acababa de sacar una anciana de su cartilla de ahorros, que se le cayó del bolso justo al lado del taburete de la cafetería en la que me estaba tomando un café leyendo la prensa relajadamente –durante media hora larga, en lugar de los cinco minutos escasos que nos permite el jefe–. Un ápice de compasión me hizo dudar, pero, al comprobar que el camarero estaba ocupado sirviendo cortados en la otra esquina de la barra, el resto de la parroquia a lo suyo, y que nadie se iba a enterar, me guardé el sobre en el bolsillo disimuladamente sin decir ni mu. Qué quieren, ya me estaba percatando de que los vicios salen muy caros y a mí no me sobra ni un euro a fin de mes, además, me hacía ilusión tener un sobre repleto de billetes de esos que están tan de moda. 

Entonces ocurrió. Al principio creí que se le había quebrado la voz de tanto desgañitarse poniendo el grito en el cielo. Después me di cuenta de que no, de que tenía que haberse quedado patidifusa o algo, de un infarto de miocardio, o a causa de un ictus cerebral –que también se estila mucho últimamente al parecer en gente de nuestra edad–. El caso es que no me sentí culpable –al menos en un primer momento–, al contrario, como ya les he dicho antes, supuso un verdadero alivio. El silencio que reinaba en el ambiente resultó de lo más agradable, tanto que me eché una larga siesta y me desperté a las dos horas. Le mentí una vez más al jefe inventando una burda excusa por no haber ido por la tarde a la oficina, y me quedé en casa hasta el día siguiente tan tranquilo.


Los síntomas comenzaron a ser evidentes de ahí a unos días, yo seguía incrementado en número y volumen mis fechorías, pero al no tener a nadie que me censurara con la vehemencia con que lo hacía ella, dejó de parecerme divertido. Fue a partir de ese momento cuando noté un atisbo de arrepentimiento en mi interior, intenté pasarlo por alto porque justo estaba disfrutando de una de mis visitas al club de alterne en el que ya me cobran con descuento las consumiciones, por considerarme VIP –no vean cómo le hacen sentir a uno de importante tres simples letras–, pero no hubo manera. Acabé llorando entre los pechos de una de las chicas –les recomiendo encarecidamente la postura, es mucho más agradable que consolarse en el hombro de alguien, la verdad–, y regresé a casa hecho un trapo, porque es precisamente donde siempre me siento más solo que la una, al faltarme las agarradas que teníamos estando los dos a solas.     

Como comprenderán, acabé por retractarme. No obstante, no quise hacerlo dejando asuntos pendientes, y no me importó incrementar mi lista de malas acciones añadiendo una más. Cegué la cámara del cajero de la esquina con un spray, jaqueé la salida de billetes para que no pudiera contar los que escupía, y le rellené el sobre a la viejecita, dejándole algo de propina por las molestias de la semana que se pasó comprando de fiado en las tiendas del barrio. Total, el banco tiene dinero de sobras y sabe bien cómo cubrir sus números rojos, el resto de los mortales lo tenemos crudo si esperamos que nos rescaten como hacen con ellos. ¿Qué se creían, que uno no tiene su corazoncito? Pues ya ven, hasta se me resbaló una lágrima cuando se lo metí de nuevo en el bolso sin que se percatara siquiera de mi presencia –la pobre está tapia y ni me oyó acercarme a su lado–. Aunque no fue porque me diera lástima la anciana, me apiadaba más de mí mismo ya que estaba dando por terminado mi período de vacaciones inmorales, como lo llamo yo. 

En definitiva, no es que me arrepienta, porque lo que viví estos dos meses de enajenación transitoria, como alegó mi abogado de oficio en mi defensa para evitar que mi jefe me despidiera –que tuviera que pagarme una indemnización de aúpa por el porrón de años que llevo dejándome la piel en la oficina, podría ser otro modo de entender que no lo llevara a cabo, ya saben, uno de oficio no puede considerarse abogado, con todos mis respetos hacia los intérpretes de la ley–, pues eso, que todo lo que experimenté me lo guardo en la memoria, y apenas puedo decir una cosa: ¡que me quiten lo bailado! 

Ahora bien, no se lo recomiendo, no, por su bien. Porque al final acabarán matando de un susto a su conciencia como hice yo, y se lo aseguro, por experiencia, vivir sin ella es un sinvivir –pregúntenselo a Pinocho sino me creen, que mira que echaba de menos a su Pepito Grillo cuando se enfadó con él–. Y es que ya me dirán qué gracia tiene pecar si nadie se entera. Ninguna. Y no me vengan con que lo harían delante de todo el mundo, porque eso se paga con la cárcel y de allí no hay muchas probabilidades de salir bien parado. Así que háganme caso, cuiden a su conciencia y no la hagan sufrir demasiado, que si se les muere como le sucedió a la mía, ya no tendrán ganas de salir de juerga ni en Nochevieja. 


by Eva Loureiro Vilarelhe

14 comentarios:

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    1. Te doy la bienvenida a mi blog, gracias por leerme y ser tan amable de dejar un comentario. Me alegro de que te haya gustado, un saludo.

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  2. Algo me decía que la historia terminaría así. Hay veces que me dan ganas de quitar la mía del medio, pero reconozco que la jodida es fuerte y, muy a mi pesar, que casi siempre tiene razón.

    Un saludo.

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    1. Pues sí, David, estás en lo cierto, casi siempre tiene razón, así que es más recomendable dejarse guiar por su juicio por mucho que nos pese... Gracias por leerme y tener la suficiente paciencia para dejar un comentario. Saludos y feliz fin de semana

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  3. Qué contradictorios podemos llegar a ser los seres humanos: malo si nos impiden hacer las cosas y malo si nos dejan hacer todo lo que queramos. ¡A ver quién nos entiende! :D

    Qué relato más divertido, Eva, a la vez que reflexivo (bueno, a mí al menos me ha dado por reflexionar qué pasaría si yo no tuviera conciencia). Creo que debemos seguir el consejo de tu prota y cuidarla, no sea que luego lo tengamos que lamentar.

    ¡Un beso!

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    1. Es parte de nuestra naturaleza, Julia, tienes razón, supongo que por eso precisamente la vida es tan interesante —al menos para mí—, porque no hay quien nos entienda, jajaja.
      Gracias por pasarte una vez más y tener la amabilidad ni solo de dejar un comentario sino también de compartirlo. Besos y te deseo un feliz fin de semana ;)

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  4. Qué estupendo relato Eva. He disfrutado de cada reglón y me has arrancado más de una carcajada. Somos temibles y complicados, jeje
    Pero sí, en estos tiempo más vale tener un poquito de conciencia y conocimiento de lo que se hace, no por los demás más bien por uno mismo, para dormir tranquilos por lo menos, ;)
    Un beso y feliz fin de semana.

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    1. Muchas gracias por leerme, Irene, tu entusiasmo es contagioso y celebro que te hayas reído tanto, pero sobre todo que hayas dejado un comentario.
      Coincido contigo, deberíamos sopesar las cosas por nuestro bien, no por el castigo o la reprimenda que podamos tener al obrar de manera inadecuada. Al menos uno así sí que se puede dormir tranquilo, como bien dices.
      Otro besazo para ti y feliz fin de semana :)

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  5. Un relato que escarba en la contradictoria conducta humana. Vamos acumulando odio, rencor, frustración... hasta que explotamos y en ese momento nos viene la conciencia a decirnos que no es correcto. Vamos y venimos sin encontrar nuestro lugar. Un relato divertido y ameno pero que trasciende, explica muchas cosas de nuestro comportamiento por lo general contradictorio sobre todo en el juicio respecto a las conductas de otro, severo, y las propias, relajado. Muy bien narrado. Saludos!

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    1. Gracias por pasarte, David, y por tener la amabilidad de dejar un comentario. Generalmente me valgo del humor para tocar temas que me importan en algún sentido, y creo que nuestra contradictoria naturaleza humana —como bien comentas— da mucho juego, porque al final escribir no deja de ser un juego en el que tratamos de implicar al lector y, si funciona, podemos interactuar por medio de este tipo de comentarios, por eso agradezco tanto aportaciones de personas como tú, que leen más allá. Muchísimas gracias y feliz fin de semana ;)

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  6. ¡Qué divertido Eva! Lo cierto es que yo pensé que la cosas iba por otros derroteros, jeje... Pero creo que lo que hace tu protagonista no gustaría hacerlo muchas veces (hombre con un límite). Es que además lo de la conciencia es una paranoia, porque está basada, en ocasiones, en convenciones sociales o en el que dirán. Lo malo es que el prota no tenía muy claros los límites, jeeje. ¡Qué bueno!
    Un besazo, Eva, y feliz sábado.

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    1. Me alegro de que te lo hayas pasado bien, de eso se trataba, de tocar un tema que nos afecta a todos —de una manera u otra— con un poco de sentido del humor. Muchísimas gracias por seguir leyéndome y tener la gentileza de dejar un comentario, Ziortza, un besazo y feliz domingo :)

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  7. Me parece muy acertado el uso de la fina ironía a lo largo del desarrollo de este introspectivo relato tan duro, puesto que lo convierte en todo un texto ameno y divertido. También has sabido construir partiendo de la idea acerca de la naturaleza contradictoria del ser humano, toda un relato de estilo neorrealista, que nos muestra esa compleja actitud del protagonista, desde sus más bajos instintos hasta su noble arrepentimiento, con obras que lo demuestran.

    Me ha encantado, amiga Eva, disfrutar como una enana de tu fantástica historia, pues me has hecho reir y descubrir la facilidad que tienes para atraparnos con tus letras.

    Un beso y un abrazo fuerte.

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    1. Estrella, agradezco tu atenta lectura y tu elaborado comentario, además de que tengas la amabilidad de pasarte por mi blog de vez en cuando. Me alegro de que te haya gustado, el humor es una de mis armas preferidas para abordar temas espinosos, creo que es una manera divertida de quitarle hierro al asunto, por decirlo de alguna manera, ya que en realidad el asunto en cuestión es peliagudo y daría para una reflexión a conciencia, nunca mejor dicho.
      Espero seguir disfrutando de tus letras como hasta ahora, tanto como ojalá yo te haga disfrutar a ti con las mías.
      Besos y un abrazo enorme.

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