jueves, 26 de octubre de 2017

¡A la mierda la dieta!



Advertenciaeste relato está basado en una historia real, los elementos ficticios que puedan aparecer se  deben  a las licencias que se tomó la autora a la hora de escribirlo. Dedicado con cariño a la pelirroja de bote que se merece el  futuro   que   le aguarda   al  doblar  la  esquina  de  la inmediatez.                                                                       


Carta abierta a toda la gente de bien a quien le pueda servir de ayuda o interés mi experiencia,  
(a la de mal, preferiría no dirigirme, pero si insisten en leerme, qué se le va a hacer)

El día 1 de julio de 2016 llovió. Este dato no sería en absoluto relevante si tenemos en cuenta que sucedió en mi ciudad, famosa en su día por ser punto estratégico militar debido a su inigualable situación en el Noroeste de la Península Ibérica. Es decir, que estamos hablando de Ferrol, por lo que a nadie le extrañará que llueva en pleno verano, es más, ese verano se caracterizó precisamente porque las precipitaciones fueron  bastante escasas. Aquel mes de julio apenas lo hizo tres días, uno de ellos el susodicho primero de mes, que se convertiría fatídicamente en el que dio inicio a una larga serie de tribulaciones que pretendo relatarles.

Pero vayamos por partes. Aquella mañana me vestí para ir a trabajar haciendo caso omiso a la climatología: blusa fresca, pantalones Capri, y unas preciosas sandalias planas nuevas. Perfectas para completar mi atuendo veraniego, aunque no imaginaba que –gracias al suelo mojado de granito pulido, a mis prisas por no retrasarme, y a sus finas suelas deslizantes– también serían perfectas para hacer aquaplaning cual bólido que pierde el control sobre su tracción trasera, cayéndome de bruces justo delante de la entrada de mi oficina. El dolor agudo que sentí en el tobillo izquierdo me indicó que, pese a haber tenido la suerte de salvarme por los pelos de partirme la crisma, algo iba mal, pero que muy mal… y en el hospital me lo confirmaron.

Fractura de maleolo. Supongo que alguna universidad de origen sajón habrá realizado un concienzudo estudio estadístico sobre el cálculo de probabilidades que tiene un adulto, en función de su sexo y complexión, de romperse ese saliente del peroné –al parecer es bastante común–; y lo único que saqué en limpio fue no acostarme sin saber una cosa más ese día, ya que acababa de descubrir una parte de mi anatomía completamente desconocida para mí. Ni que decir tiene que me hice una experta en la materia –a base de documentarme como nos recomiendan los médicos siempre que NO hagamos–, buscando en internet los dimes y diretes sobre la problemática que conlleva una rotura de este tipo. No entraré a darles datos exactos para no aburrirlos con las segundas, terceras y hasta vigésimas opiniones que llegué a consultar; me limito a resumirles las consecuencias que acarreó mi lesión: tres meses de escayola y once más de rehabilitación, tras resistirme a ser intervenida quirúrgicamente.     

El alta definitiva me la dieron otro día primero de mes, concretamente el de septiembre del presente año, y reconozco que yo estaba igual de mareada y perdida que cuando me quedé patidifusa en el suelo nada más resbalar contra todo pronóstico. Porque sí, contra todo pronóstico –ejem, la ironía camufla la evidente mala leche que se me puso al darme la noticia– la mutua decidió que iba siendo hora de abandonar el tratamiento para recuperar la movilidad de mi tobillo, y que si notaba agujas punzantes cada vez que apoyaba el pie para caminar, eso ya era cosa mía, que me las arreglara como bien pudiera, que ya estaba bien de aprovecharme de la sanidad pública en mi propio beneficio –sí, que fuera mi primera baja en veinticinco años dando el callo yendo a trabajar hasta con fiebre, no parecieron tenerlo en cuenta–. Y que si los mareos se debían a la medicación que tomaba bajo prescripción facultativa para aliviar el dolor –además de las pastillas para dormir que me veo obligada a utilizar desde que mi porvenir se puso tan negro–, pues que me quedara en casa reposando, porque no tenía nada mejor que hacer. Y, para mi desgracia, en cuanto a esto último, estaban en lo cierto, porque por el calamitoso camino de mi lenta y desesperante recuperación, me quedé sin trabajo y sin posibilidad de conseguir otro.

Mi antigua jefa tuvo la maravillosa idea de enviarme la carta de despido cumpliendo con el mes de antelación que estipula la ley con que debía avisarme. ¿Quién me mandaría a mí nacer en diciembre?, puesto que me llegó el día de mi cumpleaños, para que se hiciera efectivo a partir de enero. Empecé el año deprimida y sin perspectivas laborales, puesto que seguía inmovilizada en mi quinto sin ascensor, del que a duras penas conseguía bajar a hacer la compra. Me dediqué a leer, a hacer cursos online, a seguir mejorando mi buen inglés, y a perder amigos a cuyas llamadas ni respondía, puesto que no me apetecía tener que repetirles que mi rutina diaria se resumía a aguantar el dolor y desear con todas mis fuerzas que mi maleolo se fuera al infierno, porque no podía alegrarme de saber de su existencia, una vez comprobada su resistencia a recuperarse.

Entremedias, tuve que rechazar un par de ofertas de empleo por estar de baja médica, y también desplazarme en tren a Madrid en repetidas ocasiones para continuar con mi rehabilitación. El cúmulo de catastróficas desgracias continuaba haciendo mella en mi amor propio, porque si no me quedaba atrapada en el tren por una inusitada avería, me daban la habitación equivocada, o me cambiaban el viaje de regreso sin previo aviso ni compensación de ningún tipo. Lo único que saqué en limpio fue conseguir mantener a raya mi paulatino aumento de peso tras tantos años atada a una silla de oficina, sí, parece mentira, porque mi continua inmovilidad auguraba todo lo contrario; sin embargo, desde aquí aconsejo a los gurús de las dietas que incluyan entre sus artimañas el desempleo, no hay nada que estilice tanto la silueta como los quebraderos de cabeza que provoca no saber cómo va una a llenar el plato en un futuro demasiado inmediato.


Pero llegó el día del alta y mi ímpetu por comenzar a olvidar todo lo sucedido me llevó a matricularme en un curso de posgrado, ansiosa por enriquecer mi formación además de incrementar mis posibilidades de acceder de nuevo al mercado laboral. Supongo que a estas alturas ya se las habrán imaginado: nulas. Mujer, auxiliar administrativa y cincuenta años cumplidos. ¡Los empresarios se pelean por hacerse conmigo! Mi sarcasmo no  resiste un nuevo escollo, que viene a dejar mi autoestima por los suelos, ¿qué digo por los suelos?, ¿la habré perdido en el subsuelo? Debió de haberse sumido por la alcantarilla el lluvioso día que me caí, quizás un cocodrilo se la zampó de un bocado, alimentando así la leyenda urbana que habla de su existencia en los canales por los que discurren las aguas fecales, y sus lastimeras lágrimas se me contagiaron desde entonces.  

Porque ¡horror!, descubro que no estoy a la altura de los requisitos del posgrado en ningún sentido. Conducir es un martirio con un pie dolorido sin acabar de reponer, la universidad queda lejos y yo ya estoy mayor para estos trotes, por no decir para codearme con compañeros que me dan mil vueltas en el manejo de las nuevas tecnologías, por mucho que yo pueda enseñarles a ellos cómo utilizar la cabeza para algo más aparte de llevar peinados a la última. Y acabo por tirar la toalla, mi barco zozobra tras un mes desde mi alta médica, sin pescar ni una triste raspa de sardina en el agitado mar de las colas del paro. Aunque mi consejera laboral me dice que no me rinda, que reúna las precarias fuerzas que me restan todavía para adecentar mi currículum, y que me arme de valor para ir entregándolos allá donde crea que puedan requerir de mis servicios (el todo vale, tú déjalos y listo, se lo intuyo yo en su entrenada mirada compasiva).

Así lo hago, una triste mañana fría y soleada arrastro mis pies de plomo hasta un polígono industrial salpicado de todo tipo de empresas, salvo industrias, donde consigo deshacerme de tres de los diez que imprimí antes da salir de casa. Regreso cabizbaja, nadie se ha dignado a mirarme a la cara al entregarle en mano toda mi vida –frustraciones, esperanzas, desilusiones, anhelos, devaneos, conquistas, traspiés, logros y decepciones– resumida en una carilla coronada por mi foto, esa en la que tampoco se han fijado, y eso que estoy guapa y todo, sonriente, arreglada y maquillada, para dar buena impresión a primera vista. Me despojo de la ropa elegante y del maquillaje, de la sonrisa no hizo falta, ya la perdí en el trayecto de vuelta, y me voy directa a la cama consciente de que al día siguiente me espera más de lo mismo.


Pero no. Mi móvil sin datos arde al conectarme a la wifi. Tengo mails, WhatsApp, y hasta llamadas perdidas de dos números desconocidos. El primero en la frente. Un hombre efervescente solicita mi presencia inmediata en sus oficinas, y allá me voy sin saber a qué se debe tanta urgencia. Al vuelo me pongo las pilas para adaptarme a su ritmo frenético, y al despedirme todavía no me creo que tenga la intención de contratarme, no me fío del ya te llamaré para confirmártelo, me suena a un no encubierto. La segunda en el corazón. Una mujer amable me pide ayuda y acudo solícita, le han hablado de mí y le doy el par de consejos que necesita para gestionar su negocio, y se levanta para darme un abrazo. En cuanto hable con la gestoría te confirmo cuándo empiezas. ¿Un abrazo? Ah, ¿pero esto es una entrevista de trabajo? Debe de ser un flechazo entre pelirrojas, me digo a mí misma, juraría que usa el mismo tono rojo ciruela que yo. 

Regreso de nuevo a casa, esta vez pisando huevos, procurando no romper nada, o al menos no despertarme del sueño que estoy viviendo. La realidad me golpea con contundencia al día siguiente, y por partida doble. “¡Vente, que ya si eso vamos hablando de las condiciones mientras trabajas!”, me dice el hombre con sus prisas características. Y la mujer dulce me llama para decirme que empiezo a primeros de mes. El resto de detalles sobre la redacción de mi contrato quedaron diluidos por la explosión de alegría que sufrió mi mente en ese instante. Colgué y grité rabiosa para mis adentros: ¡A la mierda la dieta! ¡Hoy me pego un homenaje en toda regla! Y mientras cavilaba sobre los múltiples manjares que servirían para celebrar que en breve tendría dos mini-jobs como cualquier joven que se precie hoy por hoy de estrenar historia laboral, pensé también, tengo que buscar la forma de ponerlo por escrito. Para dar fe de que si una cincuentona sobradamente preparada pese a estar algo oxidada, es capaz de encontrar trabajo en una ciudad en sempiterna crisis, eso quiere decir que en este mundo todavía quedan algunos retazos de esperanza. 

Sinceramente se despide,

            Una víctima más de las vueltas que da la vida. 


P.S.: Así que en definitiva tendré que añadir otro día uno a la lista, esta vez de noviembre, en el que podré poner fin al calvario que viví estos dieciséis meses, porque ya ven, a mí me ha tocado ejemplificar en mis propias carnes el mismísimo colmo de un desempleado: que tras entregar solo tres CV me contraten en dos sitios a la vez, sin que haya dejado allí ninguno. Si me lo permiten, ya para terminar, les daré un consejo de última hora sobre el tema de las dietas. Una cacerola repleta de puré de calabaza es una baza a tener en cuenta: alcanza para cenar durante una semana entera; aparte de vitaminas y demás, depura el organismo por sus propiedades diuréticas; y, qué duda cabe, resulta la mejor opción para economizar en épocas en las que toca apretarse el cinturón (además de ser estupendo para llevarse algo caliente a la boca cuando estás hasta arriba de trabajo y no das hecho). Gracias por su paciencia y atención, y buen provecho, hipocalórico.

by Eva Loureiro Vilarelhe

14 comentarios:

  1. Bien está lo que bien acaba!! Ahora a disfrutar el presente.
    Por cierto, me encanta el puré de calabaza...

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    1. Y a mí, David, prefiero tomarlo al mediodía, pero me encanta, jajaja. Gracias por ser tan amable de dejar un comentario, ¡y de compartirlo! Un beso.

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  2. Jajaja, excelente relato Eva. Me he estado riendo casi con cada frase. No sabía que existiera huesos o similares con esos nombres, aunque llamándose así, no augura nada bueno...
    Hoy en día parece que hay que alegrarse aunque sea con dos pequeños minijobs y encima hay que dar las gracias y hacer reverencias, jeje. Qué se le va a hacer. Eso sí con tantos disgustos que da la vida, mantenemos el figurín.
    Gracias por este buen rato, guapa.
    Un besazo y feliz fin de semana.

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    1. Hola, Ziortza, un placer que tengas la amabilidad de venir y reírte conmigo de las desgracias inherentes a estar vivos... Sí, con humor se nos hace el trago más llevadero, porque a veces es tan terriblemente cruel lo que nos sucede que mejor lo adornamos un poco para contarlo, porque de tan surrealista parecería irreal si no fuera cierto que lo estamos viviendo. En fin, que mejor encarar la vida con una sonrisa, y que si ahora necesitamos tener dos trabajos en lugar de uno para completar la jornada, ¡pues qué se le va a hacer! Nos volveremos un poco más locos de lo que estamos y listo. Como bien dices, todo sea por mantener el figurín... Gracias a ti por dejar un comentario, y seguir ahí, guapa. ¡Un besazo dominguero!

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  3. Fantástico relato, Eva. Un tono cercano y conversacional que engancha enseguida. Además, se lee con una sonrisa, nada mejor que el humor para afrontar una serie de catastróficas desdichas. Desde luego, nos puede ahorrar mucho gasto de psiquiatras. Un abrazo!

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    1. Muchísimas gracias por pasarte, David, y además de leerme dejar un comentario. Estoy de acuerdo contigo, no hay nada cómo contarle a un amigo (amiga en este caso) lo que te pasa para sacarle punta a base de humor, consiguiendo con ello minimizar el efecto demoledor que puede tener en cualquiera verse yendo cuesta abajo y sin frenos con un paredón de hormigón como horizonte. Bueno, al final me ha salido una metáfora para ejemplificar esa serie de catastróficas desdichas, jaja. Reitero mi agradecimiento, un placer, David, contar con tus visitas. Feliz final de domingo y un abrazo.

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  4. Como suele decirse, la esperanza es lo último que se pierde, en este caso hasta con razón :)) Mi marido también se partió el maleolo hace dos años, pero se operó, le pusieron sus clavitos y sus tornillitos y en tres meses estaba de nuevo trabajando. Lo digo porque a lo mejor no operarse no fue la mejor opción para tu prota.

    Por lo demás me alegro mucho de que todo terminara bien. Aún ocurren pequeños milagros que nos devuelven la creencia de que las malas rachas terminan y el sol acaba por salir siempre :)) ¡Bien por tu pelirroja súper esbelta!

    Un beso, Eva, y gracias por un relato divertido y positivo.

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    1. Gracias a ti por leerme y hacer un comentario tan bonito. En cuanto a las cuestiones médicas, nunca se sabe, operarse o no es una lotería, porque también hay quien sufre complicaciones tras la cirugía... En todo caso, me alegro de que a tu marido no se le hubiera convertido en una agonía la fractura de maleolo, a mi amiga sí, ya lo has leído, con mucho humor para compensar tanta desgracia junta... Es un placer que te haya gustado el enfoque positivo que quise darle, mejor eso que ponerse a llorar, sobre todo teniendo en cuenta que el esperanzador final es lo fundamental tras la amarga experiencia. Un besazo dominguero, y gracias a ti de nuevo por pasarte.

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  5. ¡Holaaa Eva, por aquí de nuevo!
    Me parece genial transformar tantas inoportunas desgracias en un relato chispeante y divertido.
    El auténtico sentido de humor precisamente se basa en hacer de la desgracia propia (no de la ajena, pues eso sería burla o sarcasmo) la oportunidad para reirnos de nosotros mismos, digamos que se produce una buena catarsis psicológica de equilibrio mental y al final nos quedamos "tan anchos". En mi caso personal suelo hacerlo con frecuencia y de hecho me monto esas películas en blanco y negro, porque tampoco me inspiran "color", pero ciertamente me quedo como nueva y liviana como una pluma sin mochilas en la espalda. Buen somnífero y vitaminas por descontado suman la importancia, no de llamarse Hernesto o Hernesta, pero si de llamarse Humor.

    Bromas aparte, el tema del desempleo, asi como estas frivolidades con que se lo toma el gobierno de turno, pues recuerdo que la ahora ministra de empleo, llegó a decir que gracias a la Virgen del Rocío, España empezaba a salir de la crisis... Lo que no dijo es que sería para su familia, allegados y demás próceres, porque para el resto de españolitos 'na de na' que dicen por el sur. Decía antes que estas frivolidades de los políticos de turno, respecto a tomar medidas concretas, pues tampoco son efectivas, ya que somos los "parias" de Europa y las directrices obedecen a la U.E. o al Banco mundial y un puente colgante de etcéteras. Vamos, que esto no se arregla ni con pelicilina.

    Un gran abrazo y que tu amiga pueda seguir disfrutando por mucho tiempo de esos dos minijobs.

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    1. ¡Hola, Estrella!
      Me alegra saludarte, es un placer que te tomes tu tiempo no solo para leerme, sino para dejar un comentario tan extenso.
      El humor es algo inherente a mi manera de ver la vida, yo también me monto películas, no creas, aunque las mías sí que son en color, y expresionistas, podría decirse, porque exagero la percepción de la realidad para hacer reír hasta al más pintado... o eso intento, al menos.
      En cuanto a la situación laboral, considero que es un craso error que se minusvalore a las personas a partir de cierta edad. Ya no entro a valorar cómo está el patio, porque bien ejemplificas tú misma que el horno no está para bollos... pero sí que me parece muy triste que personas cualificadas, con experiencia y que pueden ayudar en la formación de las nuevas generaciones –sobradamente preparadas tecnológicamente, aunque no tanto mentalmente–. Por eso trato de sacarle punta a la situación, porque si a base de humor se entiende mejor que es un sinsentido, pues por lo menos he puesto mi granito de arena para que la gente comprenda que hay que darle la vuelta al sistema, y que depende de nosotros plantarle cara, porque nadie va a venir a sacarnos las castañas del fuego... a la vista está lo ocurrido con mi amiga.
      En fin, me quedo con la esperanza de que así sea, siempre prefiero ver el vaso medio lleno. Un abrazo para ti también y feliz fin de semana.

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    1. No te preocupes, hay gazapos hasta en la sopa... yo misma acabo de desearte “feliz fin de semana” en lugar de “feliz semana”, jajaja

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  7. Excelente relato, Eva, con la chispa y el vértigo a los que nos tienes acostumbrados.

    Eres capaz de abordar conflictos domésticos, cuitas amorosas, misterios vecinales o sucesión de surrealistas acontecimientos con tu pincel de colores y tu sonrisa :)

    Gracias por darle voz y luz al colectivo de exiliados laborales que pululan desorientados e incrédulos por las inoperantes oficinas de empleo, buscando esa oportunidad que les proporcione recursos económicos y una pizca de autoestima. Vivimos tiempos confusos e injustos, de supervivencia 2.0.

    Se dice (se decía cuando los refranes estaban en boca de todos) que las desgracias, con pan, son menos. Contigo las desgracias, con tu crema de calabaza, son incluso apetitosas ;)

    Un abrazo.

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    1. Querida María, va por ti, por todas las Marías a las que humildemente quise dar voz con este relato. Divertido, sí, porque, como bien dices, las penas si no hay pan ni queda puré de calabaza en la nevera, al menos son menos con una sonrisa puesta. Y puestos a hablar de dichos, mi padre repetía a menudo una frase de un buen amigo en aquellos lejanos tiempos del hambre: “comer no comeremos, pero reír nos reímos más...” Así que intento seguir su ejemplo, pintar la vida de colores para que parezca más bonita y nos saque esa sonrisa que necesitamos para sobrellevar las catastróficas desdichas a las que nos enfrentamos tan a menudo.
      Un abrazo enorme, María. Siempre :)

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