jueves, 26 de octubre de 2017

¡A la mierda la dieta!



Advertenciaeste relato está basado en una historia real, los elementos ficticios que puedan aparecer se  deben  a las licencias que se tomó la autora a la hora de escribirlo. Dedicado con cariño a la pelirroja de bote que se merece el  futuro   que   le aguarda   al  doblar  la  esquina  de  la inmediatez.                                                                       


Carta abierta a toda la gente de bien a quien le pueda servir de ayuda o interés mi experiencia,  
(a la de mal, preferiría no dirigirme, pero si insisten en leerme, qué se le va a hacer)

El día 1 de julio de 2016 llovió. Este dato no sería en absoluto relevante si tenemos en cuenta que sucedió en mi ciudad, famosa en su día por ser punto estratégico militar debido a su inigualable situación en el Noroeste de la Península Ibérica. Es decir, que estamos hablando de Ferrol, por lo que a nadie le extrañará que llueva en pleno verano, es más, ese verano se caracterizó precisamente porque las precipitaciones fueron  bastante escasas. Aquel mes de julio apenas lo hizo tres días, uno de ellos el susodicho primero de mes, que se convertiría fatídicamente en el que dio inicio a una larga serie de tribulaciones que pretendo relatarles.

Pero vayamos por partes. Aquella mañana me vestí para ir a trabajar haciendo caso omiso a la climatología: blusa fresca, pantalones Capri, y unas preciosas sandalias planas nuevas. Perfectas para completar mi atuendo veraniego, aunque no imaginaba que –gracias al suelo mojado de granito pulido, a mis prisas por no retrasarme, y a sus finas suelas deslizantes– también serían perfectas para hacer aquaplaning cual bólido que pierde el control sobre su tracción trasera, cayéndome de bruces justo delante de la entrada de mi oficina. El dolor agudo que sentí en el tobillo izquierdo me indicó que, pese a haber tenido la suerte de salvarme por los pelos de partirme la crisma, algo iba mal, pero que muy mal… y en el hospital me lo confirmaron.

Fractura de maleolo. Supongo que alguna universidad de origen sajón habrá realizado un concienzudo estudio estadístico sobre el cálculo de probabilidades que tiene un adulto, en función de su sexo y complexión, de romperse ese saliente del peroné –al parecer es bastante común–; y lo único que saqué en limpio fue no acostarme sin saber una cosa más ese día, ya que acababa de descubrir una parte de mi anatomía completamente desconocida para mí. Ni que decir tiene que me hice una experta en la materia –a base de documentarme como nos recomiendan los médicos siempre que NO hagamos–, buscando en internet los dimes y diretes sobre la problemática que conlleva una rotura de este tipo. No entraré a darles datos exactos para no aburrirlos con las segundas, terceras y hasta vigésimas opiniones que llegué a consultar; me limito a resumirles las consecuencias que acarreó mi lesión: tres meses de escayola y once más de rehabilitación, tras resistirme a ser intervenida quirúrgicamente.     

El alta definitiva me la dieron otro día primero de mes, concretamente el de septiembre del presente año, y reconozco que yo estaba igual de mareada y perdida que cuando me quedé patidifusa en el suelo nada más resbalar contra todo pronóstico. Porque sí, contra todo pronóstico –ejem, la ironía camufla la evidente mala leche que se me puso al darme la noticia– la mutua decidió que iba siendo hora de abandonar el tratamiento para recuperar la movilidad de mi tobillo, y que si notaba agujas punzantes cada vez que apoyaba el pie para caminar, eso ya era cosa mía, que me las arreglara como bien pudiera, que ya estaba bien de aprovecharme de la sanidad pública en mi propio beneficio –sí, que fuera mi primera baja en veinticinco años dando el callo yendo a trabajar hasta con fiebre, no parecieron tenerlo en cuenta–. Y que si los mareos se debían a la medicación que tomaba bajo prescripción facultativa para aliviar el dolor –además de las pastillas para dormir que me veo obligada a utilizar desde que mi porvenir se puso tan negro–, pues que me quedara en casa reposando, porque no tenía nada mejor que hacer. Y, para mi desgracia, en cuanto a esto último, estaban en lo cierto, porque por el calamitoso camino de mi lenta y desesperante recuperación, me quedé sin trabajo y sin posibilidad de conseguir otro.

Mi antigua jefa tuvo la maravillosa idea de enviarme la carta de despido cumpliendo con el mes de antelación que estipula la ley con que debía avisarme. ¿Quién me mandaría a mí nacer en diciembre?, puesto que me llegó el día de mi cumpleaños, para que se hiciera efectivo a partir de enero. Empecé el año deprimida y sin perspectivas laborales, puesto que seguía inmovilizada en mi quinto sin ascensor, del que a duras penas conseguía bajar a hacer la compra. Me dediqué a leer, a hacer cursos online, a seguir mejorando mi buen inglés, y a perder amigos a cuyas llamadas ni respondía, puesto que no me apetecía tener que repetirles que mi rutina diaria se resumía a aguantar el dolor y desear con todas mis fuerzas que mi maleolo se fuera al infierno, porque no podía alegrarme de saber de su existencia, una vez comprobada su resistencia a recuperarse.

Entremedias, tuve que rechazar un par de ofertas de empleo por estar de baja médica, y también desplazarme en tren a Madrid en repetidas ocasiones para continuar con mi rehabilitación. El cúmulo de catastróficas desgracias continuaba haciendo mella en mi amor propio, porque si no me quedaba atrapada en el tren por una inusitada avería, me daban la habitación equivocada, o me cambiaban el viaje de regreso sin previo aviso ni compensación de ningún tipo. Lo único que saqué en limpio fue conseguir mantener a raya mi paulatino aumento de peso tras tantos años atada a una silla de oficina, sí, parece mentira, porque mi continua inmovilidad auguraba todo lo contrario; sin embargo, desde aquí aconsejo a los gurús de las dietas que incluyan entre sus artimañas el desempleo, no hay nada que estilice tanto la silueta como los quebraderos de cabeza que provoca no saber cómo va una a llenar el plato en un futuro demasiado inmediato.


Pero llegó el día del alta y mi ímpetu por comenzar a olvidar todo lo sucedido me llevó a matricularme en un curso de posgrado, ansiosa por enriquecer mi formación además de incrementar mis posibilidades de acceder de nuevo al mercado laboral. Supongo que a estas alturas ya se las habrán imaginado: nulas. Mujer, auxiliar administrativa y cincuenta años cumplidos. ¡Los empresarios se pelean por hacerse conmigo! Mi sarcasmo no  resiste un nuevo escollo, que viene a dejar mi autoestima por los suelos, ¿qué digo por los suelos?, ¿la habré perdido en el subsuelo? Debió de haberse sumido por la alcantarilla el lluvioso día que me caí, quizás un cocodrilo se la zampó de un bocado, alimentando así la leyenda urbana que habla de su existencia en los canales por los que discurren las aguas fecales, y sus lastimeras lágrimas se me contagiaron desde entonces.  

Porque ¡horror!, descubro que no estoy a la altura de los requisitos del posgrado en ningún sentido. Conducir es un martirio con un pie dolorido sin acabar de reponer, la universidad queda lejos y yo ya estoy mayor para estos trotes, por no decir para codearme con compañeros que me dan mil vueltas en el manejo de las nuevas tecnologías, por mucho que yo pueda enseñarles a ellos cómo utilizar la cabeza para algo más aparte de llevar peinados a la última. Y acabo por tirar la toalla, mi barco zozobra tras un mes desde mi alta médica, sin pescar ni una triste raspa de sardina en el agitado mar de las colas del paro. Aunque mi consejera laboral me dice que no me rinda, que reúna las precarias fuerzas que me restan todavía para adecentar mi currículum, y que me arme de valor para ir entregándolos allá donde crea que puedan requerir de mis servicios (el todo vale, tú déjalos y listo, se lo intuyo yo en su entrenada mirada compasiva).

Así lo hago, una triste mañana fría y soleada arrastro mis pies de plomo hasta un polígono industrial salpicado de todo tipo de empresas, salvo industrias, donde consigo deshacerme de tres de los diez que imprimí antes da salir de casa. Regreso cabizbaja, nadie se ha dignado a mirarme a la cara al entregarle en mano toda mi vida –frustraciones, esperanzas, desilusiones, anhelos, devaneos, conquistas, traspiés, logros y decepciones– resumida en una carilla coronada por mi foto, esa en la que tampoco se han fijado, y eso que estoy guapa y todo, sonriente, arreglada y maquillada, para dar buena impresión a primera vista. Me despojo de la ropa elegante y del maquillaje, de la sonrisa no hizo falta, ya la perdí en el trayecto de vuelta, y me voy directa a la cama consciente de que al día siguiente me espera más de lo mismo.


Pero no. Mi móvil sin datos arde al conectarme a la wifi. Tengo mails, WhatsApp, y hasta llamadas perdidas de dos números desconocidos. El primero en la frente. Un hombre efervescente solicita mi presencia inmediata en sus oficinas, y allá me voy sin saber a qué se debe tanta urgencia. Al vuelo me pongo las pilas para adaptarme a su ritmo frenético, y al despedirme todavía no me creo que tenga la intención de contratarme, no me fío del ya te llamaré para confirmártelo, me suena a un no encubierto. La segunda en el corazón. Una mujer amable me pide ayuda y acudo solícita, le han hablado de mí y le doy el par de consejos que necesita para gestionar su negocio, y se levanta para darme un abrazo. En cuanto hable con la gestoría te confirmo cuándo empiezas. ¿Un abrazo? Ah, ¿pero esto es una entrevista de trabajo? Debe de ser un flechazo entre pelirrojas, me digo a mí misma, juraría que usa el mismo tono rojo ciruela que yo. 

Regreso de nuevo a casa, esta vez pisando huevos, procurando no romper nada, o al menos no despertarme del sueño que estoy viviendo. La realidad me golpea con contundencia al día siguiente, y por partida doble. “¡Vente, que ya si eso vamos hablando de las condiciones mientras trabajas!”, me dice el hombre con sus prisas características. Y la mujer dulce me llama para decirme que empiezo a primeros de mes. El resto de detalles sobre la redacción de mi contrato quedaron diluidos por la explosión de alegría que sufrió mi mente en ese instante. Colgué y grité rabiosa para mis adentros: ¡A la mierda la dieta! ¡Hoy me pego un homenaje en toda regla! Y mientras cavilaba sobre los múltiples manjares que servirían para celebrar que en breve tendría dos mini-jobs como cualquier joven que se precie hoy por hoy de estrenar historia laboral, pensé también, tengo que buscar la forma de ponerlo por escrito. Para dar fe de que si una cincuentona sobradamente preparada pese a estar algo oxidada, es capaz de encontrar trabajo en una ciudad en sempiterna crisis, eso quiere decir que en este mundo todavía quedan algunos retazos de esperanza. 

Sinceramente se despide,

            Una víctima más de las vueltas que da la vida. 


P.S.: Así que en definitiva tendré que añadir otro día uno a la lista, esta vez de noviembre, en el que podré poner fin al calvario que viví estos dieciséis meses, porque ya ven, a mí me ha tocado ejemplificar en mis propias carnes el mismísimo colmo de un desempleado: que tras entregar solo tres CV me contraten en dos sitios a la vez, sin que haya dejado allí ninguno. Si me lo permiten, ya para terminar, les daré un consejo de última hora sobre el tema de las dietas. Una cacerola repleta de puré de calabaza es una baza a tener en cuenta: alcanza para cenar durante una semana entera; aparte de vitaminas y demás, depura el organismo por sus propiedades diuréticas; y, qué duda cabe, resulta la mejor opción para economizar en épocas en las que toca apretarse el cinturón (además de ser estupendo para llevarse algo caliente a la boca cuando estás hasta arriba de trabajo y no das hecho). Gracias por su paciencia y atención, y buen provecho, hipocalórico.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 19 de octubre de 2017

Hubo una vez


El sudor corre por mi frente como el agua en la desembocadura de un río, sin nada que lo retenga de alcanzar el mar. Me gusta que se note que me esfuerzo. La última serie de cincuenta fondos procuro hacerla más rápido, que la maquinaria parezca que va a reventar. Pero no. No reviento. Lo sé porque llevo años haciendo lo mismo, quemándome en el gimnasio para conseguir una figura que roza la perfección. La alimentación es fundamental, y el cuidado en los detalles. Comer cualquier alimento no estipulado en mi dieta puede costarme echar a perder una semana entera de trabajo, no es que tenga que recuperar la forma, pero mi metabolismo lo nota. La química es una ciencia exacta.

Al acabar me dedico a estirar cada músculo de mi cuerpo, lentamente. La prisa es mala consejera, como se suele decir, y en cuestión de fitness, lo peor. Un movimiento en falso significa una lesión. Y uno ya tiene una edad en la que es imprescindible andarse con ojo. Los cuarenta no perdonan. Pero me mantengo. Sigo siendo el ejemplo a seguir. El único que respeta a rajatabla los tres pilares. Ejercicio personalizado, dieta estricta e hidratación milimétrica. En realidad serían dos, si contásemos la bebida como parte de la alimentación, sin embargo es tan fundamental que merece un capítulo aparte. Tonto de aquel que toma esas estúpidas bebidas energéticas, azúcar directo en vena sería menos dañino. Agua. Es lo que necesita un buen deportista. Cuanto más pura, mejor. Importada de Japón la única que bebo yo.

El vaho que desprende mi espalda sobre la esterilla se evapora nada más incorporarme. Y pienso en ella. Desapareció tan rápido como apareció en mi vida. Y todavía la recuerdo. Estábamos hechos el uno para el otro. Polaca me dijo que era. No me importó. Me crucé con ella al salir del gimnasio, ante la puerta del salón de belleza donde trabajaba. Impresionante. Melena rubia impecable. Ojos azules de infarto. Labios rojos a juego con sus uñas, idénticas al brillo metalizado de la carrocería de mi descapotable. Manicura y pedicura de profesional. A eso se dedicaba. Pero lo que más me impresionó fue su escultural silueta. De portada de revista como mínimo. Abrí con el mando desde donde estábamos para que se fijara en mi Z4S. Lo hizo. Porque su sonrisa se ensanchó en el acto, y se mostró solícita a responderme en nuestra primera y breve conversación: 
— ¿Te llevo?
— ¿A tu casa?
— Claro.
— Tengo mi cepillo de dientes en el bolso.
— Eso explicaría su blancura.
— También que me esté tirando a mi dentista. 
— ¿Sabes que eres perfecta para mí?
— ¿Acaso lo dudabas?


No. No hubo dudas. Ni titubeos. Ni contemplaciones. Fuimos uña y carne durante dos semanas. No sé cómo se las arreglaba para estar siempre arreglada según la ocasión. En mi apartamento apenas tenía un par de prendas, eso sí, su bolso era como un cajón de sastre. Supongo que estaría acostumbrada a llevar de todo encima, por si acaso. Y lograba con creces no pasar desapercibida. Un bombón ante la puerta de un colegio llamaría menos la atención que ella a mi lado, y eso que siempre he estado con chicas dignas de mí. Pero ella era especial. La única que consiguió que la respetara más que a mi propio coche. Bueno… casi.

Un descuido lo echó todo a perder. Mío además. Aunque ella tuvo la culpa. Se subió al coche agitando los dedos de un modo singular, me hizo gracia verla soplárselos apurada. “Demasiadas clientas esta tarde, no me dio tiempo a pintarme las mías hasta el final…” No pudo bajarse la falda ajustada para sentarse y se le veía el lunar que tiene en el interior del muslo izquierdo. Me ponía mucho, porque sabía que si una falda se lo dejaba al descubierto al agacharse se le verían las bragas, o el tanga, o todo, si no llevaba ropa interior –como cuando aprovechaba para hacer la colada en la peluquería–. Al quedármela mirando tanto rato no vi a tiempo al imbécil que se incorporó al carril sin poner el intermitente, cuando conseguí levantar la vista de sus piernas al retrovisor, ya lo tenía encima, y me vi obligado a dar un volantazo.


Sucedió tan rápido que ninguno de los dos fuimos conscientes de lo que ocurrió, hasta que soltó un gritito de rabia, asustada al comprobar que a una de sus uñas se le había estropeado la fina y brillante capa de laca. Ni la miré, por el rabillo del ojo vislumbré la diminuta mancha roja en la tapicería de cuero y cambié de dirección. Se extrañó de que parara en aquel descampado. No le dije ni una palabra. La besé en los labios para dejárselos a juego con la uña despintada. Y entretanto su tráquea reventó entre mis manos con la misma facilidad con la que se arruga un pañuelo de papel. 

Un compañero del gimnasio me recomendó el taller de limpieza. “Son profesionales, te lo dejarán mejor que nuevo”, me dijo convencido, y confié en su criterio. Él siempre se duchaba con agua hirviendo, para que en su piel no quedara ni rastro de las bacterias a las que estamos expuestos al compartir las máquinas. La tapicería quedó impoluta, y yo ya había desinfectado a conciencia el maletero, tras deshacerme del cuerpo meticulosamente envuelto en film transparente arrojándolo al pantano. Sin papeles, sin contrato, sin más conocidas que las chicas de la peluquería, su jefa ni se dignaría a mirar la foto que le enseñaría el policía de turno desganado –por tener que ocuparse de un caso menor habiendo tantas chicas de aquí desaparecidas–, y eso si con suerte su familia se acordaba de preguntar por ella, acostumbrados a no tener noticias suyas en meses.

Yo en cambio la recuerdo más de lo que me gustaría. Porque hubo una vez en que llegué a sentir por alguien algo parecido a eso que llaman amor. Que por lo que he leído debe de ser semejante al apego que me tengo a mí mismo. E indudablemente ese alguien fue ella. Aquella rubia despampanante de impresionantes curvas, capaz de reconocer cualquier pieza de Chopin al segundo compás, que se ganaba la vida adecentando las manos de mujeres mucho más feas e incultas que ella, a las que se veía obligada a hacer la pelota en aras de una mísera propina. Fue una pena, la verdad, una verdadera lástima, que tuviera que acabar matándola por estar tan buena. 

by Eva Loureiro Vilarelhe 





jueves, 12 de octubre de 2017

Bajo esta luz de luna



Te miro y me reflejo en la penumbra de tus ojos de barro,
tu mirada fija en la ventana, horizonte de incertidumbres.
De repente me abrazas, como si mi cuerpo sirviera de ancla…
¡Iluso! Al paso del tiempo, inexorable, volátil sucumbe,
Y no nos queda otra que apurar lo que la vida nos regala. 
Pero ¿quién puede encontrar placer cuando apenas tenemos una? 
Si es eterno este camino hacia la sabiduría y tu amor no
alcanza para mitigar mi dolor, por mucho que me funda
contigo, como el fango maleable bajo esta luz de luna.



                                                                        by Eva Loureiro Vilarelhe





Poema escogido para formar parte de la antología del III Concurso de Poesía "Luz de luna", organizado por Diversidad Literaria, que se publicará en Noviembre



jueves, 5 de octubre de 2017

La maté porque era mía


Sí, lo reconozco, la maté porque era mía… pero en realidad fue sin querer. Eso sí, ¡me tenía harto! ¡Hasta las narices de escucharla todo el santo día! ¡No, no, no lo hagas! ¡Ni se te ocurra! ¡No puedes decir algo así! ¡Ni lo pienses! En fin, que pueden hacerse una ligera idea de cómo me tenía… Amargado con tanta prohibición. Así que un buen día le planté cara, o mejor dicho, empecé a hacer lo que me daba la gana.

¡No vean qué alivio! Por fin podía resarcirme después de tantos años aguantándome. También es cierto que sucedió por casualidad, una mañana el jefe me gritó más de la cuenta, el genio pudo conmigo y le solté cuatro frescas. ¡Qué a gusto me quedé, por Dios! Me largué pitando de la oficina, y me dieron exactamente igual todos sus reproches. ¡Cómo se te ocurre hacer algo así! ¡¿Te has vuelto loco, o qué?! No, estoy más cuerdo que nunca, así vete acostumbrando, bonita.

No lo hizo, porque cada vez se enfurecía más con mis salidas de madre. Sí, tengo que admitir que me pasé tres pueblos, cinco ciudades y hasta una metrópolis… pero es que ya puesto, me lié la manta a la cabeza. Esto es, me liaba con la primera que se ponía a tiro. Bebí todo lo que se puede beber y más, tras tantos años de ley seca. Empecé a fumar como un carretero. Malversé todos los fondos públicos a mi alcance como el que más –lo que tampoco es que tenga mucho mérito en los tiempos que corren–, pero a mí me sirvió para fastidiarla, porque ella se escandalizaba igual que del resto de barbaridades que me dio por cometer. Vamos, que no delinquí más porque el día apenas tiene veinticuatro horas, que sino, tendrían que detenerme a cada segundo.

Y la gota que colmó el vaso fue cuando me quedé con la paga que acababa de sacar una anciana de su cartilla de ahorros, que se le cayó del bolso justo al lado del taburete de la cafetería en la que me estaba tomando un café leyendo la prensa relajadamente –durante media hora larga, en lugar de los cinco minutos escasos que nos permite el jefe–. Un ápice de compasión me hizo dudar, pero, al comprobar que el camarero estaba ocupado sirviendo cortados en la otra esquina de la barra, el resto de la parroquia a lo suyo, y que nadie se iba a enterar, me guardé el sobre en el bolsillo disimuladamente sin decir ni mu. Qué quieren, ya me estaba percatando de que los vicios salen muy caros y a mí no me sobra ni un euro a fin de mes, además, me hacía ilusión tener un sobre repleto de billetes de esos que están tan de moda. 

Entonces ocurrió. Al principio creí que se le había quebrado la voz de tanto desgañitarse poniendo el grito en el cielo. Después me di cuenta de que no, de que tenía que haberse quedado patidifusa o algo, de un infarto de miocardio, o a causa de un ictus cerebral –que también se estila mucho últimamente al parecer en gente de nuestra edad–. El caso es que no me sentí culpable –al menos en un primer momento–, al contrario, como ya les he dicho antes, supuso un verdadero alivio. El silencio que reinaba en el ambiente resultó de lo más agradable, tanto que me eché una larga siesta y me desperté a las dos horas. Le mentí una vez más al jefe inventando una burda excusa por no haber ido por la tarde a la oficina, y me quedé en casa hasta el día siguiente tan tranquilo.


Los síntomas comenzaron a ser evidentes de ahí a unos días, yo seguía incrementado en número y volumen mis fechorías, pero al no tener a nadie que me censurara con la vehemencia con que lo hacía ella, dejó de parecerme divertido. Fue a partir de ese momento cuando noté un atisbo de arrepentimiento en mi interior, intenté pasarlo por alto porque justo estaba disfrutando de una de mis visitas al club de alterne en el que ya me cobran con descuento las consumiciones, por considerarme VIP –no vean cómo le hacen sentir a uno de importante tres simples letras–, pero no hubo manera. Acabé llorando entre los pechos de una de las chicas –les recomiendo encarecidamente la postura, es mucho más agradable que consolarse en el hombro de alguien, la verdad–, y regresé a casa hecho un trapo, porque es precisamente donde siempre me siento más solo que la una, al faltarme las agarradas que teníamos estando los dos a solas.     

Como comprenderán, acabé por retractarme. No obstante, no quise hacerlo dejando asuntos pendientes, y no me importó incrementar mi lista de malas acciones añadiendo una más. Cegué la cámara del cajero de la esquina con un spray, jaqueé la salida de billetes para que no pudiera contar los que escupía, y le rellené el sobre a la viejecita, dejándole algo de propina por las molestias de la semana que se pasó comprando de fiado en las tiendas del barrio. Total, el banco tiene dinero de sobras y sabe bien cómo cubrir sus números rojos, el resto de los mortales lo tenemos crudo si esperamos que nos rescaten como hacen con ellos. ¿Qué se creían, que uno no tiene su corazoncito? Pues ya ven, hasta se me resbaló una lágrima cuando se lo metí de nuevo en el bolso sin que se percatara siquiera de mi presencia –la pobre está tapia y ni me oyó acercarme a su lado–. Aunque no fue porque me diera lástima la anciana, me apiadaba más de mí mismo ya que estaba dando por terminado mi período de vacaciones inmorales, como lo llamo yo. 

En definitiva, no es que me arrepienta, porque lo que viví estos dos meses de enajenación transitoria, como alegó mi abogado de oficio en mi defensa para evitar que mi jefe me despidiera –que tuviera que pagarme una indemnización de aúpa por el porrón de años que llevo dejándome la piel en la oficina, podría ser otro modo de entender que no lo llevara a cabo, ya saben, uno de oficio no puede considerarse abogado, con todos mis respetos hacia los intérpretes de la ley–, pues eso, que todo lo que experimenté me lo guardo en la memoria, y apenas puedo decir una cosa: ¡que me quiten lo bailado! 

Ahora bien, no se lo recomiendo, no, por su bien. Porque al final acabarán matando de un susto a su conciencia como hice yo, y se lo aseguro, por experiencia, vivir sin ella es un sinvivir –pregúntenselo a Pinocho sino me creen, que mira que echaba de menos a su Pepito Grillo cuando se enfadó con él–. Y es que ya me dirán qué gracia tiene pecar si nadie se entera. Ninguna. Y no me vengan con que lo harían delante de todo el mundo, porque eso se paga con la cárcel y de allí no hay muchas probabilidades de salir bien parado. Así que háganme caso, cuiden a su conciencia y no la hagan sufrir demasiado, que si se les muere como le sucedió a la mía, ya no tendrán ganas de salir de juerga ni en Nochevieja. 


by Eva Loureiro Vilarelhe