jueves, 28 de septiembre de 2017

La feroz mirada de un asesino


Ocurrió un día nublado. Demasiado nublado. El dato es relevante porque suelo mirar por la ventana cada vez que se me atraganta algún proyecto. Mi apartamento dispone apenas de una que da a un callejón poco transitado. Lo alquilé precisamente por eso, porque resulta un lugar tranquilo donde poder trabajar a mi aire. Realizo encargos como freelance para un estudio de arquitectura, también otros que me pasan algunos compañeros que no dan a basto, y se supone que un día me estableceré por mi cuenta. A veces llego a dudarlo, porque en realidad me siento cómoda haciendo las cosas sin demasiadas prisas,  así que no tengo muy claro que lo haga, sigo ahorrando, de todas formas, nunca se sabe, quizás cambie de idea. 

Aquella mañana me levanté de mi silla suspirando para acercarme a observar la vida pasar ante mis ojos. No es que pase mucho la verdad, el tráfico es más bien escaso al ser de dirección única, y me entretengo mirando al barrendero –que ya es uno más del barrio de tanto recoger hojas por aquí a diario–, suele cruzar algunas frases con la vecina que vuelve de la compra, o saludar al anciano que pasea a su perro sin ganas. Poco más, aunque lo suficiente para conseguir relajarme dando pequeños sorbos a mi descafeinado. Pero el caso es que no se veía nada, absolutamente nada, de casualidad logré vislumbrar unos faros entre la espesa masa blanquecina que me privaba de mi rutinaria vista. Era inútil intentarlo, ¿a alguien se le habría ocurrido gastarme una broma pesada con un cañón de humo para impedirme desestresarme?

De repente un gorrión aterrizó en mi alféizar. Estaba de espaldas a mí y lo miré sonriendo, deleitándome con sus gráciles saltitos. Parecía entretenido picoteando migas, tan ajeno como yo a lo que se le venía encima. Rápido y sigiloso cual fugaz relámpago, se abalanzó sobre él un enorme gato gris, desapareciendo al instante con su presa en la boca. Del susto que me llevé derramé parte de mi tazón en el parqué, fui incapaz de moverme del sitio, todavía aterrada por lo que acababa de presenciar. 


Me estremecí al recordar el cuerpecillo lánguido del pájaro entre las fauces de su depredador. Sus afilados dientes lo mataron en el acto de un golpe certero, y tuve que reconocerle al menos la precisión y habilidad con la que había evitado el sufrimiento de su víctima. En cuanto me recuperé de la impresión, me dirigí a la cocina en busca de un trapo y me agaché a secar la madera mientras recapacitaba sobre la plasticidad del ataque felino. Su agresividad se me antojó mitigada por la elegancia de sus movimientos, lo que me llevó a decantarme por el segundo boceto. 

Me urgía entregarlo porque mi indecisión me estaba costando retrasar otros encargos que ya debería haber terminando. El interior estaba listo, lo había hablado con el cliente y no había mayor problema, ahora bien, la fachada no acababa de convencerme. Le había enseñado las tres opciones que me parecieron más adecuadas y tampoco él lo tenía demasiado claro, por lo que me pidió que fuera yo quien la eligiese. “Lo único que quiero es que no desentone con la plaza, no me gustaría que destacara en exceso.” Al salir de su despacho me senté en uno de los bancos y entendí a qué se refería. 

En un lateral de la explanada pavimentada con enormes losas de granito pulido –ideal para dar vueltas con la bicicleta o practicar con el monopatín–, había un parque infantil junto a un jardín con dos robles. Los abuelos se sentaban a la sombra viendo a los críos corretear a su alrededor, ahogando con sus gritos el gorgoteo de la fuente. Aquella sensación de familiaridad se veía incrementada por las neutralidad de colores de los edificios que la rodeaban, semejaban parte del paisaje y casi daba la impresión de que iban a mecerse con la brisa como las ramas de los árboles. 


Por eso me estaba costando tanto darle carpetazo, ninguno de mis proyectos acababa de llenarme, no casaban, y la reconstrucción que hice de la antigua fachada que se quemó en el incendio me parecía un tanto agresiva, como si fuera a quebrar la armonía del conjunto. No obstante, después de haber visto al gato en acción, lo contemplaba con otros ojos. Su elegancia distante me pareció ya menos fría, y en todo caso podría quedar mejor si se igualaba el tono de la piedra con el de las fachadas de los edificios colindantes. 

Sí, por fin lo tenía claro. Me puse manos a la obra y recuperé buena parte del tiempo perdido, parando apenas a mediodía para tomar un sándwich. Por la noche me dolía la cabeza, como me ocurre siempre que tengo que esforzarme para concentrarme en algo. Satisfecha me puse a preparar la cena para intentar aliviar la repentina jaqueca, de reojo admiraba de cuando en cuando todo lo que tenía en la entrada para el mensajero. Al día siguiente me quitaría de encima unos cuantos encargos y me daría tiempo incluso a tomarme parte del fin de semana libre. 

Picando las verduras para el sofrito me vino a la mente la imagen de la muerte del gorrión. Has sido testigo de un asesinato, me dije y me dio la risa. ¡Qué exagerada, si solo era un pájaro! Además se trataría de un homicidio, ya que es el alimento del gato… Un momento, no, no… Mi razonamiento llegó al punto de ir más rápido de lo que conseguía asimilar lo que cocinaba en mi cabeza. El collar verde que había pasado por alto echaba por tierra semejante teoría. Un gato casero disponía de suficiente comida como para evitar matar, por tanto, o lo hacía a merced de su impulso animal, o por simple diversión. ¡Solo era una persona!, pensará un asesino tras complacer sus instintos más bajos sonriendo de puro placer. 

El olor a quemado me alertó de que me había equivocado. Tras separar lo poco aprovechable para condimentar la pasta, me sequé las manos al delantal y fui directa a buscar el tubo. Desenrollé el plano y lo extendí de nuevo en mi mesa suspirando. Prefería volver a revisarlo, no me apetecía que aquella escena bucólica de la que fui testigo se viera amenazada por la feroz mirada de un asesino. Mi fachada no sería la culpable de alterar las apacibles tardes del vecindario en la plaza… ¡La culpa es de la niebla!, refunfuñé masticando el sabor amargo de los espaguetis, zapeé desesperada en busca de una película decente para olvidarme del tema. ¡Como mañana no se despeje el día no sé qué voy a hacer!, me dije a mí misma malhumorada. El baile de Bande à part me hipnotizó logrando que una sonrisa aflorase a mis labios a pesar de todo.         


by Eva Loureiro Vilarelhe

10 comentarios:

  1. Genial Eva. A veces ponemos la maquinaria a funcionar y empezamos a liarnos de tal manera que convertimos en asesino psicópata a un gato. Me ha gustado mucho como la protagonista primero contempla la escena con cierta indiferencia, después la idealiza hasta el punto de considerarlo casi artístico, para finalmente convertirla en una escena de horror. Y todo pasa en su cabeza.
    Muy bueno Eva, ¡enhorabuena!
    Un besazo.

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    1. Muchas gracias por pasarte, Ziortza, y sobre todo por ser tan amable de dejar un comentario. Me alegro de que te haya gustado, la mente es lo que tiene, da vueltas y más vueltas y nunca se sabe cuándo ni cómo va a acabar la cosa... además, todo es una cuestión de perspectivas, como en la arquitectura ;) Un besazo, guapa y feliz día :)

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  2. Seguro que no era gato, era gata... No, ahora en serio, una vez más haces que nos metamos en la piel del protagonista. Posiblemente la opción que había elegido era buena, pero el recuerdo le hacía verlo diferente.
    Me gustó!!
    Feliz fin de semana!!!

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  3. Jajaja, si tú lo dices... será gata, y ella no estaría muy equivocada... Muchas gracias por leerme y sobre todo por dejar un comentario, además tan divertido como siempre... Un besazo y feliz fin de semana para ti también ;)

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  4. Estupendo Eva, como siempre. A mi me ha parecido genial como manejas dos situaciones aparentemente dispares, aderezadas con unos espaguetis quemados y finalizas con la escena extraordinaria de Jean Luc Godarden, en la que una hermosísima Odile baila mientras decide si convertirse en ganster,... jajaja, buenísimo.

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    1. Muchas gracias por pasarte, Norte, y por dejar un comentario, tan amable además. Creo que Odile no tendrá nunca una feroz mirada de asesina, por mucho que se convierta en gánster ;) Me alegro de que te haya gustado, y que continúes leyéndome siempre, un honor :)

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  5. Buen relato, Eva. Me ha encantado comprobar que no soy la única que tengo "paranoias raritas" cuando estoy mucho tiempo sola, dispersa e indecisa respecto a lo que tengo que hacer. Es genial el pretexto que desencadena todo el proceso mental de ella: esa desagradable escena en el alféizar de la ventana. Muy original, me ha gustado mucho :)

    ¡Un beso!

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    1. Me parece que todos tenemos algo de paranoicos cuando entramos en barrena por múltiples motivos... no somos las únicas ;) Muchísimas gracias por pasarte y sobre todo por haber dejado un comentario, un beso, corazón.

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  6. Hola Eva:

    Me ha parecido muy ocurrente tu relato, desarrollado a través de esos tres tiempos donde la introspección de la protagonista analiza el inesperado suceso de diferentes formas, las cuales a su vez, se materializan en otros tres planteamientos del boceto.

    Creo que no será la primera ni la última vez que te visite, ya que me ha gustado como escribes.
    Desde aqui también te agradezco tu amabilidad de acercarte por mi perfil y compartir mi soneto.

    Un abrazo.

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    1. Hola de nuevo, Estrella:
      Sí, lo cierto es que nos seguimos en la distancia, porque ya nos hemos leído en alguna ocasión, y eso es lo bueno, que volvamos a hacerlo, porque creo que merece la pena seguir cómo evolucionan nuestros respectivos escritos.
      Me alegro de que te haya gustado la estructura del relato, así como que te haya parecido ocurrente, y por supuesto agradezco tu gentileza para ponerlo por escrito en un comentario.
      Un abrazo y hasta pronto :)

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