jueves, 14 de septiembre de 2017

Dúo dinámico: dos relatos enamorados (sin saberlo, al parecer)




Lagarto, lagarto

Mi madre solía decir eso de “lagarto, lagarto” cada vez que las cosas no le salían como quería. Ahora conozco el verdadero significado de la expresión, pero de niña pensaba que tenía que ver con el jabón que utilizaba para intentar sacar las manchas de la ropa sucia antes de meterla en la lavadora. Después comprendí que las cosas no se solucionan tan fácilmente. Mamá no estaría muy de acuerdo con esto último, me diría que mis manos dejan claro que nunca he frotado demasiado, y que no tengo ni la más remota idea de lo que cuesta limpiar el vino de una camisa blanca, así que me voy concienciando de lo que me queda por sufrir. 

En realidad me quejo de vicio. El único y verdadero quebradero de cabeza que tengo es que mi existencia es tan anodina como la de cualquiera. Mi trabajo me aburre soberanamente, no tengo pareja –ni perspectiva a la vista–, detesto la idea de compensarlo compartiendo piso con una mascota, y las vidas de mis amigas se parecen tanto a la mía como ellas se esfuerzan por disimularlo. Lo que sucede es que siempre hay días en los que estoy de bajón, y me desespero. Entonces intento alejar los males a mi manera: mirando por la ventana. 

No asomada como una vieja chismosa, no, que una tiene más clase. Ni siquiera como el hijo de la vecina del primero, que como no tiene oficio ni beneficio se pasa el día fumando apoyado en el alféizar, y cuando algún transeúnte lo increpa por dejarle caer ceniza al pasar, rezonga algo ininteligible sin soltar el cigarro de entre los labios, logrando con ello que le caiga el resto encima al interpelado. No. Yo miro por la ventana de mi oficina disimuladamente, como si estuviese concentrada buscando la palabra exacta para redactar de una manera más primorosa mi informe. La única pega es que a veces acabo tan abstraída, que mi compañero de al lado tose más fuerte de lo habitual para lograr que vuelva a la realidad, o sea al tajo, que para eso estamos aquí encerrados ocho horas diarias.   

Mi ventana es mi vía de escape. Esta tarde estuve un buen rato contemplando el reflejo de nuestra sucursal, que se vislumbra en los negros ventanales del complejo financiero de enfrente. Por culpa del cambio de hora oscurece antes y me da pereza ver tantas luces encendidas. Con lo bien que estaría yo tirada en la playa leyendo un libro como durante las vacaciones… Aunque a decir verdad me aburro casi igual que cuando estoy trabajando. Si estuviese casada con un millonario sería diferente. 

Cada día podría pasearme por una recóndita cala del Mediterráneo, con una copa de champán y un buen puñado de fresas al alcance de mi mano en su enorme yate. O mejor aún, sería su amante, porque igual con los años me cansaba de ser su mujer. Que de todo se harta una, sólo hay que ver la cara de Paris Hilton cuando sale en las revistas. Hasta el moño tiene que estar de tanto ir de fiesta en fiesta sin dar palo al agua. Yo después de un tiempo me separaría. Eso sí, sacándole un buen pellizco para poder viajar. ¡Total a él qué iba a suponerle un poco menos! Además tampoco sería demasiado, que no le veo mucho sentido a eso del lujo, porque un descapotable normalito vale igual que uno de esos que cuestan un riñón, para conducir por la Riviera Francesa con gafas de sol y pañoleta atada al cuello a lo Grace Kelly.

Sí. Me iría a ver mundo. Y hasta no me importaría trabajar de guía turística en algún país de Europa, por ejemplo. Que hace poco vi un reportaje sobre Roma y me pareció lo más, allí hay tanta ruina que visitar que seguro que siempre hay algo nuevo por descubrir. O puede que me vaya a la India, a ver si me funciona eso de reconciliarme con mi karma… A ser posible teniendo una aventura con un atractivo desconocido –tan romántica como efímera–, porque es lo que tiene el amor a primera vista, ¡en cuanto se te acostumbra el ojo, ya lo pones en otro! Pero por allí no habría problema, hay tanta gente que seguro que encuentro a mucha interesante con la que vivir experiencias reales, ¡y en vivo y en directo! No que me entere por el Facebook de cosas que ni me van ni me vienen, y que cuarto y mitad son falsas.

Sí. La India estaría bien. O cualquier otro país superpoblado de esos me valdría. Así podría contárselo todo a las cotillas de mis amigas… para que se mueran de envidia cada vez que ponga al día mi muro, repleto de fotos en lugares exóticos junto a tipos de quitar el hipo. O mejor se lo cuento por el Skype, para poder ver la cara que se les queda. ¡Eso estaría genial! De repente, una hoja marchita se estrella contra el cristal quedándose pegada justo a mi altura, resbala temblando imperceptiblemente durante un segundo ,hasta que otra ráfaga de viento se la lleva, y en ese momento caigo en la cuenta de que me estoy haciendo mayor. Otra vez otoño. Llueve y me he dejado olvidado el paraguas en casa. 

Mi compañero regresa trayendo el café que le pedí hace diez minutos. Cada vez estoy más convencida de que fuma a escondidas en los aseos, porque vuelve apestando a colonia. En el fondo no lo juzgo, debe de ser su manera de evadirse de este martirio. Se lo agradezco con una sonrisa, y me giro inmediatamente hacia mi pantalla. Me da que un día de estos voy a ser yo quien lo invite a ir al cine. Cuando me lo insinúa me hago la loca, o le digo que ya he quedado. Y la verdad es que hasta me parece sexy con sus gafitas y todo. Qué más dará si se le marca la barriga bajo la corbata, yo también estoy sacando culo desde que dejé el gimnasio. Por lo de siempre. Harta de estar metida entre cuatro paredes al salir de esta caja. Para eso mejor voy y vengo andando a trabajar y, con el dinero que me ahorro de la cuota y del metro, me doy algún que otro capricho. Lo malo es que está empezando a dejar huella en mis pistoleras. En fin, ¡qué le voy a hacer si me pirro por el hojaldre! Lo único que me tira para atrás es el aliento, mi primer novio fumaba y me daban arcadas cada vez que nos besábamos. No, si al final va a tener razón mamá… si les sigo poniendo tantos reparos voy a acabar más sola que la una. Lagarto, lagarto.  



Amarillo limón (o verde lima)

La cabeza me da tantas vueltas como el ventilador que escucho ronronear sin cesar. Me da pereza abrir los ojos para verlo girar tan monótonamente como mi vida. Pero el ruido me está matando y voy a tener que levantarme a apagarlo. Y a tomarme una aspirina mientras me preparo un café. Me pondré en pelotas para sudar menos, y listo.  ¡A principios de noviembre y con el frío que hace fuera, hay que joderse! Ni siquiera me compensa por lo que me ahorro en calefacción. Quién me mandaría a mí comprarme este trasunto de oficina para vivir, sabiendo que tenía debajo un horno clandestino de pan congelado –que funciona 24 horas al día–, y una academia de peluquería que cierra solo los domingos justo encima. Mi madre, por supuesto. Que si el entresuelo es lo ideal para ti, porque primero lo usas como vivienda mientras juntas un poco más de dinero para poner el despacho, y en cuanto te forres compras un pisazo en el que quepan todos los nietos que tienes que darnos, porque como tu hermano es gay, y no quiere saber nada de adoptar, tienes que compensarnos a mí y a tu padre, ¡me oyes! Menos mal que madre no hay más que una, que si no... En fin.

Estaba claro que no iba salirse con la suya, es el eterno cuento de la lechera. Sigo currando en mi oficina haciendo informes como si fuera un simple gestor, porque con la crisis y la subida de tasas ¿a quién se le va a ocurrir acudir a un abogado que no sea de oficio? Solo a los ricos, ¡y esos no contratan a abogaduchos de tres al cuarto como yo! Así que cerré el chiringuito casi antes de tenerlo montado. ¡Y lo de verse rodeada de nietos lo tiene crudo! Como mucho podré alimentar a uno, dos si mi mujer tiene un salario equiparable al mío –o sea uno de mierda–, pero a ellas aún encima les pagan menos… No sé cómo no la montan y se rebelan, en plan, ¡mujeres al poder! Y por si fuera poco tendríamos que vivir en este zulo, o algo semejante, porque las ventas de viviendas caer caerían en picado, pero los precios bajaron tanto como nuestra capacidad adquisitiva, ¡y estamos igual que antes! Para que después hablen de la pobreza en los países subdesarrollados… Ellos todavía lo tienen peor, por supuesto, pero la clase media española es que ya no tenemos ni clase, ni media. ¡Habría que armar una buena! 

Al abrir la ventana del patio de luces se me cae el alma al suelo. Está más negro que un agujero de esos del espacio, y como todo lo que cae también desaparece, creo que aquí hay tema para Stephen Hawking. Pero me resigno a asomarme, porque detesto el humo del cigarro. Hace poco que he vuelto a fumar y estoy cabreado conmigo mismo. ¡Hala! ¡Otro gasto tonto más! Y yo que quería dar la entrada para el piso en las afueras de una vez… a este paso cumplo cuarenta viviendo como un estudiante. Y también porque sé que a ella no le gusta que fume. Ella… ¡si ni siquiera la llamo por su nombre! Cuando empezamos a trabajar juntos me equivoqué. La busqué en el directorio, y pensé que se llamaba María José. Yo ya llevaba cinco años en la oficina y al acabar el periodo de pruebas la trasladaron a mi departamento. ¡Y a mi lado! ¡No me lo podía creer! Y menos que me dijera que se llamaba Clara. Clara Amor, dijo sonriendo al estrechar mi mano, y el corazón se me desbocó. Desde entonces lo noto palpitar descontrolado en cuanto oigo sus pasos, o huelo su perfume al pasar junto a mi sitio para ir al baño… 

Creo que se la apreté demasiado por los nervios, la mano, digo, en aquel primer saludo, y la cagué, porque hizo una mueca extraña y se me escurrieron las gafas. Patético, pensé para mí, eres patético. Pero al subirlas con el dedo índice me fijé en su blusa y me quedé sin respiración. ¡Ay, mi madre! Siempre viste muy sobria. Decente, vamos, no como algunas que van como si fueran a concursar en algún reality. Ella no. Su blusa, su falda y sus tacones. O su pantalón y su camisa. Y siempre de americana. Que no falte la chaqueta para pasar desapercibida. Pero en agosto se la quita al llegar, porque la empresa nos lo permite para ahorrar en aire acondicionado. Y aquel día su blusa blanca dejaba entrever su precioso sostén de encaje. De esos que me vuelven loco. Así que me senté en mi sitio inmediatamente y me puse a teclear sin mucho sentido. Desesperado porque dejara de mirarme como a un bicho raro. 

¡Es verla y me excito, no puedo remediarlo! Ella no me hace ni caso, lo sé. Lo asumo. Aunque no puedo evitar fantasear con nuestra boda. Mi hermano dice que soy demasiado chapado a la antigua, y que me he buscado una que se viste como una vieja. ¡Qué vieja, ni qué niño muerto! Es su ropa de trabajo, que él nada más que la vio un momento que vino a tomarse un café conmigo, un día aprovechando que estaba en el centro. Además, ¿porque no lleve el pelo a la última, o no se vista como una adolescente, es una vieja? ¡Ni hablar! ¡Es una señora! Como a mí me gustan. De las que aparentan la edad que tienen, ni más ni menos. Los fines de semana tampoco usa vaqueros, porque está ganando peso y con falda disimula más las cartucheras. Que se lo escuché decir el otro día hablando por teléfono con una de sus amigas. 

Un viernes me las encontré al salir del cine en Callao. Todas igualitas, con sus bolsos de marca falsificados y sus pintas de quinceañeras. Menos ella. Muy digna con su vestido negro –un little black dress, de esos– y su cazadora vaquera. Y los mocasines planos. Que me encantan. Era lo único atractivo que tenía Audrey Hepburn, y sus ojos, claro. ¡Pero si era un palo, por favor, qué iba a encarnar ella la femineidad…! ¡Una mujer con curvas como debe ser es la verdadera femineidad! Como mamá, que la pobre se queja de que no encuentra talla en ningún sitio, y no por estar gorda, eh, ¡qué culpa tiene la pobre de tener una buena delantera! 

Deberían levantarse contra el imperio textil, en plan, ¡rebelión de las mujeres! Y ya puestas reivindicar lo de los salarios… ¡y todas y cada una de las putadas a las que se ven sometidas por culpa de los hombres! Sí. Ya me gustaría a mí verlas. La cafetera silba y me da la risa. Me las imagino a grito pelado. Lo de quemar sujetadores en los setenta sería moco de pavo comparado con esto. Lideradas por una Marianne con un pecho al descubierto, a lo Revolución Francesa global. Alguno se quedaría mirando embobado sus atributos y ellas, ¡zaca!. Aprovecharían el descuido para darnos la somanta de palos que nos merecemos…

Yo incluido, que soy el primero en entonar el mea culpa. Ayer sin ir más lejos, no podía dejar de mirarle al escote a la chica del vestido amarillo limón. ¿O era verde lima? No lo recuerdo, la verdad… Ya estaba un poco perjudicado de más a esas horas. Solo sé que era idéntico a la rodajita de limón de mi gin-tónic, aunque es que no estoy muy seguro… igual estaba tomándome un mojito, y en ese caso sería verde lima. Bueno, de lo que sí me acuerdo es de sus pechos meneándose al compás de la música, me quedaría toda la noche observando sus delicados movimientos. ¡Son lo más bonito del mundo! Ni paisajes exóticos, ni gatitos haciendo tonterías, ni nada de eso. ¡Tetas! Es lo más buscado en internet. ¡Pongo la mano en el fuego! 

Lo que pasa es que a mí me gusta adivinarlas primero, no que me las enseñen a la primera de cambio…. por eso las prefiero recatadas. Tampoco es que me parezca mal que ellas tomen la iniciativa, en absoluto, es más, a mí me viene de perlas, porque soy un patán a la hora de ligar. Pero que no me vengan con el género a la vista, sino más bien discretas, para poder imaginármelas y después llevarme una agradable sorpresa. A veces te sale rana y no es como esperabas, claro. Pero bueno, no me quejo, que yo tampoco tengo lo que se dice un tipazo, vamos, porque mi tableta de chocolate está derretida y en taza. 

Los tíos siempre igual, nosotros las queremos así o andando, y no nos molestamos en mirarnos al espejo. Mi amigo Juan, por ejemplo. Es un tío simpático, de eso no hay duda, pero es más feo que pifio, y siempre tiene más que decir de las tías. Que si las tiene caídas. Que si mira qué culo más gordo. Que si tiene las piernas torcidas. ¡Pues anda que las tuyas!, le digo yo entre risas, y me mira raro. Ya me estoy hartando de salir con él… Nos conocemos del instituto, y hace un par de meses me lo encontré por casualidad, llevábamos años sin vernos, y empezamos a quedar…


El problema es que al tío le va la marcha que no veas, y me estoy pasando bebiendo… Que me vino bien para olvidarme de la mierda de existencia que llevo, es verdad, que estaba muy de bajón últimamente… pero ya hasta me resulta cansino. ¡Y al salir tanto de noche he vuelto a caer, que es lo que más rabia me da! El próximo fin de semana le digo que no puedo quedar, a ver si así dejo de fumar… Porque sé que a ella no le gusta, y sus pechos son infinitamente más atrayentes que los de la de ayer. Me acabo el café y apago el pitillo a medias para ir directo al baño, que me la estoy imaginando con el escotazo del vestido amarillo limón (o verde lima), y necesito una ducha fría, ¡ya! ¡Es mi último cigarrillo! Lo juro, por mi madre.      




by Eva Loureiro Vilarelhe

2 comentarios:

  1. ¡Hola Eva! Estupendo relato repleto de humor (y amor por cierto) sobre las elucubraciones de dos personas que se atraen y que han vuelto a la rutina diaria del trabajo gris y aburrido. ¡Imaginación al poder! Lo que puede llegar a pensar una persona, esos pensamientos a veces absurdos e incluso contradictorios que se aplastan unos a otros... Me ha encantado el relato, ágil y con esa gracia ya tan característica en tu narrativa. ¡Enhorabuena!
    Un besazo.

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    1. Muchas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario, Ziortza. Me alegro de haber conseguido que te dé esa sensacion, los dos relatos encadenados, o conjuntados, ya que van de la mano, al ser dos compañeros de trabajo sus protagonistas, en los que se dejan llevar por sus monólogos interiores... y el toque de humor que no falte, ya lo sabes ;) Gracias por seguir leyéndome y ¡un besazo, guapa!

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