jueves, 29 de junio de 2017

Personal Trainer


Recostada sobre la hamaca, la puesta de sol me dejó un regusto melancólico y me incorporé de inmediato para darle otro pequeño sorbo a mi mojito. Siempre bebo muy despacio para que no se me suba a la cabeza, detesto perder el control incluso cuando estoy completamente sola, como ahora. Le dije a Rosita que podía retirarse por hoy tras traerme la cena afuera, y lo cierto es que preferí llenar la sensación de vacío que me invade con la bebida, antes que con la ensalada y el filete de pavo a la plancha que se enfriaba sobre la camarera. Llevo ya un par de semanas prácticamente sin salir de casa, el único ejercicio que hago son unos cuantos largos en la piscina, más que por ganas, porque este final de junio está siendo tan caluroso que me achicharro incluso a la sombra de las palmeras. Tengo épocas así, de bajón, en las que no me apetece ni mover un dedo aparte de para marcar el número de mis clientes y, como puedo permitirme el lujo de contribuir a engrosar los ceros de mi cuenta bancaria a distancia, me regodeo en la apatía más absoluta. 

Igual que cuando lo conocí. Los tres kilos de más en la báscula me alertaron de que no podía seguir sin pisar el gimnasio que ocupaba la mayor parte del semisótano de nuestra mansión de Barcelona, utilizaba más la otra parte, que albergaba mi Maserati GranCabrio y el Lamborghini Huracán de mi marido, además del McLaren 650S y el Audi R8 que teníamos de adorno. Me lo recomendaron como el mejor personal trainer de la ciudad, pese a que en realidad se dedicaba a dar clases de spinning en gimnasios por hobby, al parecer era óptico de profesión, y la curiosidad pudo más que mi escepticismo sobre sus pobres referencias. Bajito, moreno y no muy agraciado, lo hice pasar directamente a la tarima de madera de fresno que relucía de lo impoluta que estaba por falta de uso. La sala de squash que hizo construir Nathan apenas la había usado para cerrar un par de negocios, por lo que me preguntó si acabábamos de mudarnos. “Hace seis meses”, le comenté sin poder evitar sonreír ante sus pupilas dilatadas por el asombro en cuanto le abrí las puertas de nuestro domicilio.

En realidad llevábamos ya ocho en la ciudad, no obstante preferimos instalarnos en un hotel mientras buscábamos una vivienda acorde a nuestras necesidades. A Nathan le encanta alardear de sus ingresos, en cambio yo prefiero la discreción en lo que a mi fortuna se refiere, supongo que será porque en mi familia no han faltado jamás toda clase de lujos durante generaciones. Mi padre me enseñó que no hay nada más grosero que hablar de dinero con desconocidos, y para él lo son todos los que no conviven en nuestro hogar, de hecho ni con sus abogados se digna a hablar de cifras, son perfectamente capaces de estimar la que pasa por su cabeza a la hora de orquestar un contrato, y las raras veces en las que se equivocan, simplemente les escribe una nota a lápiz a modo de corrección en la esquina del informe preliminar que le presentan. Yo hago igual con los inversores que me confían sus ahorros, les aconsejo y les dejo decidir sobre el tipo de riesgo que quieren correr, y a continuación me encargo de gestionar los fondos según mi parecer, ellos saben que soy infalible, entonces, ¿para qué rebajarse a discutir sobre números cuando se tiene de sobras para despreocuparse por el tema?

Como ya me había informado sobre sus honorarios, le extendí un cheque doblando la cantidad que cobraba por hora antes de empezar. Me lo devolvió perplejo: “Tengo otra clase esta tarde, lo siento, pero no podré quedarme tanto tiempo.” “Es por las molestias,” aduje negándome a corregirlo, “a partir de ahora quiero que se centre en mí, vaya haciéndose a la idea...” “¡Si todavía no sabe si le convencerá lo que voy a proponerle!”, exclamó visiblemente sorprendido. “Lo sé, no se preocupe, estas cosas se saben de antemano, no es el primer PT que tengo.” Sonreí indicándole que estaba dispuesta a comenzar y se encogió de hombros guardándolo en su mochila. He de decir que me impresionó su marcada musculatura, pese a su estatura estaba muy bien proporcionado, y en cuanto entró en el gimnasio examinó cuidadosamente todos los elementos de los que disponía, se acercó a la elíptica sin estrenar y frunció los labios al reparar en las esterillas. Muy profesional. Reconoció enseguida que no estaban a la altura del resto del material, porque se trataba de un regalo por parte de la empresa que nos vendió las máquinas, al verlas pensé lo mismo que él, si racaneas con algo así tratándose de una compra de alto nivel, olvídate de que vuelvan a encargarte nada más. 


Ni que decir tiene que acabé extenuada. Tras tantos meses sin moverme, comencé a sudar desde el primer minuto, y ya no dejé de hacerlo hasta completar la hora y media de intenso entrenamiento a la que me sometió. “Suave, para empezar”, dijo observando mi complexión atlética, y menos mal, porque estaba absolutamente oxidada. En cuestiones genéticas también soy agraciada de nacimiento, alta, rubia y de ojos azules, pecho voluminoso, todavía en su sitio a mi edad, cintura de avispa, caderas sinuosas y piernas largas. No me puedo quejar, únicamente cojo peso cuando me paso demasiado con la comida, y entre el pà amb tumàquet, la butifarra, el jamón ibérico y la crema catalana, tenía bastante con lo que compensar lo transparente que me había vuelto para mi marido. Nos habíamos instalado en Barcelona debido a su trabajo, para que pudiese desplazarse cómodamente por toda Europa. A mí me interesó conocer la ciudad, aburrida ya de París o Londres, y a él le daba exactamente lo mismo, pudiendo como podía ir acompañado de sus diferentes amantes en sus continuos viajes de negocios. Yo siempre preferí trabajar desde casa, porque nunca sé cuándo entraré en uno de los que denomino mis períodos de letargo, hastiada de la insípida e insustancial vida que llevo. Si al menos tuviese un hijo... 

Esa es mi desgracia, alguna tenía que tener, claro. Descubrir mi esterilidad me llevó a mi primera gran depresión, y desde entonces encadeno una tras otra. Adoptar nunca estuvo entre en mis planes, horrorizada con las experiencias de las que soy testigo a mi alrededor. Tampoco quise saber nada de técnicas de reproducción asistida, desafío pretencioso del hombre hacia la voluntad divina, si no me quedaba embarazada de manera natural no lo haría de ningún otro modo. Y mi primer divorcio se desencadenó precisamente porque el hombre al que todavía amo quería tener descendencia. Nathan tiene tres hijos de sus dos matrimonios anteriores, por lo que no le pareció ningún problema, al contrario. “Así no tendremos que preocuparnos por la custodia cuando nos divorciemos”, comentó divertido cuando mi padre le presentó el acuerdo prematrimonial, y papá me miró sopesando si me merecía la pena casarme con semejante capullo. Disfrutaba de lo lindo en la cama con él, al menos al principio, y después de cansarse de mí me compensaba con su procaz sentido del humor. Es cierto que a veces se deja llevar por el sarcasmo, pero en el fondo lo pasamos bien juntos y me utiliza como consejera en sus negocios. Yo a cambio le fundo su tarjeta de crédito sin dignarme a gastar ni un solo céntimo de mi cuenta corriente, a sabiendas de que será todo lo que saque en limpio de él. 

Todo lo contrario que con Marc. Me entrenó en exclusiva durante dos semanas, es de pocas palabras, pero se reía a mandíbula batiente al escucharme jurar hasta en catalán, porque los tacos es lo primero que aprendo cuando estoy en el extranjero, no vaya a ser que no me entere de que me toman por una americana estúpida. Rubia y estadounidense sí, pero de tonta no tengo ni un pelo, que en Louisiana hay que aprender a torear a mucho macho alfa para llegar a donde llegué yo. Sobre todo si eres la niña de papá, tienes que demostrar el doble que vales para el puesto. Ser mujer es lo que tiene, y si eres guapa peor, solo te imaginan desnuda y no dando órdenes en un despacho. Por eso prefiero hacer las máximas gestiones por teléfono, mi voz es de resaca permanente desde que tengo uso de razón, y eso que nunca me llevé un cigarrillo a los labios. Una tarde de bochorno infernal le aconsejé que enfriásemos las bebidas isotónicas con hielo y al ver el frigorífico le dio la risa. “Es que mi piso entero es la mitad de esta cocina”, comentó al reparar en mi ceja arqueada y le acaricié la mejilla sin decir nada.

A la semana siguiente lo llevé a ver las vistas desde mi dormitorio, dos adultos perfectamente conscientes de cómo iba a acabar la cosa. Por eso me dejó claro que volvería a atender a otras personas: “Vendré al acabar, si estás sola.” Asentí en silencio, ambos sabíamos que rara vez no lo estaba, y entendí sus motivos, tampoco quería hacerle sentirse como un objeto, es más, me gustó que no se dejase comprar tan fácilmente. En lugar de los cheques abultados le daba regalos que aun así aceptaba a regañadientes. Material técnico por su afición a la montaña, entradas para conciertos o partidos para él y sus amigos, perfumes, algún que otro reloj, un traje y una camisa para acompañarme a una cena benéfica... Niñerías sin importancia para mí, que él evidentemente no se podía permitir. El sexo era tan intenso como nuestras sesiones de fitness, y en poco tiempo mejoré mi figura y mi piel resplandecía para envidia de mis amigas. “¿Quién es?”, me preguntaban ávidas por arrebatármelo en cuanto me despistase, y yo jugaba precisamente al equívoco sin soltar prenda. Me gustaba estar con él, y no sólo físicamente hablando. Poco a poco se fue abriendo y empezó a responder a mis preguntas. “Tus iris tienen un par de manchas grises muy curiosas”, me confesó al mismo tiempo que me explicaba lo aburrido que le resultaba su trabajo en la óptica. Y entendí por qué se dedicaba a dar clases en los gimnasios cuando me daba cuenta de la cantidad de gente de las altas esferas que conocía. Le interesa el arte en general, por eso trata de entablar conversación con escritores, pintores o músicos que requieren sus servicios. Lo escuchaba rodeando su cintura por detrás con mis piernas mientras apoyaba el mentón sobre su cabeza, en horizontal no había mayor problema con nuestra diferencia de altura.


Tardé en reconocerme a mí misma lo enamorada que estaba, en realidad fue por casualidad. Nathan regresó antes de lo previsto de una visita a Rusia y me fastidió tener que cancelar nuestros planes para el fin de semana. Demasiado. Tanto que caí en la cuenta. Fui impulsiva, no medí la repercusión que podrían tener mis palabras y lo estropeé todo. Ahora que ya pasó el suficiente tiempo soy consciente de ello. Entonces no. En aquel momento me enfadé muchísimo al descubrir que él no estaba por la labor. Había encargado que nos trajesen una cena especial de su restaurante favorito y me arreglé para la ocasión, salón de belleza, depilación completa y melena, pese a saber que acabaríamos en la piscina. Bikini de infarto y caftán transparente que apreció efusivamente al llegar, tarde y un poco cansado. Mal día en el trabajo, así que lo mimé hasta que conseguí hacérselo olvidar por completo. Jugueteando con los rizos húmedos de su nuca, observaba el sutil brillo de su piel tostada bajo la luna y, al ver su expresión relajada admirando la vista nocturna sobre la ciudad, me acerqué a su oído para susurrarle: “No temas, no me quedaré sin dinero tras el divorcio, podríamos vivir holgadamente en mi casa de Malibu.”

Y fue el final. Reconozco que no me comporté como debería, reaccioné de modo infantil e insolente. Terminamos mal, distanciándonos de manera brusca. Eso sí, en algo no me equivoqué, el divorcio me salió casi regalado gracias a las condiciones que había dispuesto mi padre. No le afectó tanto como el primero, a decir verdad, supuso un alivio para él que regresase a casa. Está mayor y mamá lleva años encamada, le gusta que aparezca de visita sin avisar en el rancho que le compró para que disfrutase de los caballos cuando aún podía montar. Ella sigue siendo tan dulce y cariñosa como la recuerdo desde pequeña, aunque haya días en los que me confunda con el ama que la crió. No se lo tengo en cuenta, la admiro por ser capaz de aguantar junto a su marido haciendo oídos sordos a los comentarios sobre sus escarceos amorosos. “Siempre me respetó, y sigue haciéndolo como el primer día,” me dijo cuando al volver del instituto fui a contarle furiosa las habladurías que circulaban por doquier, “no debes darle mayor importancia de la que tiene para mí. Ninguna. Sé que tu padre me quiere, y que me cuidará como nadie si me hace falta en la vejez.”

Quizás sea eso lo que más admiro de él. De todo lo que me enseñó sobre el mundo de los negocios, me quedo con su trato hacia los demás. Su cortesía está por encima de todo, por mucho que sea implacable en cuestiones monetarias. Por eso me arrepiento del comportamiento que tuve con Marc. Al caer la noche sobre mi piscina infinita que se confunde con el mar cuando está en calma, siempre me entran ganas de llamarlo para disculparme, rememorando aquellos atardeceres que pasamos juntos en Barcelona. La diferencia horaria o que no me coja el teléfono, son excusas que cada vez tienen menos fuerza para impedírmelo. Estaría bien sentir de nuevo la calidez de su voz, y miré de reojo el móvil junto a la toalla. Descolgó cuando estaba punto de desistir, somnoliento respondió con un monosílabo ininteligible, y sonreí recordando lo ridículo que estaba por las mañanas sin peinar. “Espero que la vida te esté tratando mejor de lo que lo hice yo en su día”, fue todo lo que se me ocurrió decirle para romper el hielo, y suspiré aliviada al seguir escuchando su pausada respiración a poco más de seis mil millas de distancia.  

by Eva Loureiro Vilarelhe
    

8 comentarios:

  1. Nos traes una reflexión sobre el sentido de la vida y aquello que nos llena como seres humanos, muy bien planteada a través de la historia de esta chica de clase alta que vive inmersa en un lujo exagerado. Acostumbrada a que nunca le falte de nada vive para el tener y el disfrute, en una vida desprovista de sentimientos. Cuando al fin se enamora, o se encapricha, es víctima del propio mundo que ha creado a su alrededor. Muy revelador cuando ella "se enfadó muchísimo" al descubrir que él no estaba por la labor de afianzar su relación, como si Marc fuese una posesión más puesta ahí para satisfacer todos sus caprichos.
    La psicología del personaje está muy conseguida, ese hastío y falta de rumbo, la desazón por no encontrar la estabilidad emocional a pesar de vivir sin ninguna carencia material, la misma frialdad en los negocios que en sus relaciones personales y esa búsqueda del amor sin llegar a entenderlo realmente.
    Muy bien escrita la historia por otro lado, se lee con facilidad y llega a atrapar al lector. Un saludo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Antes de nada, bienvenido, Jorge. Quería decirte que me he deleitado leyendo tu extenso comentario, además de analizar lo que te ha llamado más la atención del relato, no dudas en expresar las opiniones que despierta en ti su protagonista, para acabar sacando conclusiones sobre su comportamiento... Me alegro de que te haya gustado, he tratado de reflejar el vacío interior enquistado de esas personas que al parecer no les falta de nada, cuando en realidad carecen de lo esencial, como bien dices, así que me satisface enormemente haberlo sabido plasmar de alguna manera. Muchísimas gracias por leerme y ser tan amable de dejar un comentario. Saludos :)

      Eliminar
  2. Me ha encantado Eva. Cómo has retratado el ambiente de la clase alta insustancial y sin más actividad que aburrirse en la hamaca de la piscina. Gente que no se percata de lo que es importante en la vida hasta que de repente surge y se quedan descolocados sin saber como comportarse, que creo que es el caso de la protagonista del relato.
    Me ha gustado mucho la manera en que has descrito a la chica, una auténtica "pija" de la alta sociedad.
    Un placer leerte como siempre, Eva.
    Un besazo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Tienes razón, cuando se dan cuenta de lo que de verdad importa no saben cómo reaccionar, acostumbrados a su insustancial existencia dejan pasar las oportunidades por su falta de hábito... Un placer que te hayas pasado por aquí y que tengas la amabilidad de dejar un comentario después de leerme. Me alegro de que haya gustado, un fuerte abrazo, Ziortza ;)

      Eliminar
  3. Me ha gustado Eva,... creo que has logrado retratar muy bien esa "desgana glamurosa", si me permites el término, de alguna gente de clase alta hacia todo lo material que hace más fácil su existencia. Es un placer leerte!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muy bien pensado el término, Baile, y no hace falta que me pidas permiso para usarlo, al contrario, te agradezco que seas tan amable de dejar un comentario cada vez que pasas por aquí. Me alegro de que te haya gustado y feliz semana ;)

      Eliminar
  4. Hola Eva. He disfrutado mucho leyendo el relato al modo de primer lectura para disfrutar de la historia y luego en segunda lectura para saber cómo está escrita. Al personaje principal lo has modelado tan bien por dentro y por fuera que parece una amiga de la alta sociedad a la que uno conoce. Porque al terminar la lectura uno ya sabe todo: cómo piensa, cuál es el breve límite de sus emociones, el valor que ocupa el dinero en su vida, el tamaño de la contribución al amor recibido de su madre, la magnitud de los bienes materiales, la relación cómoda con el contrato matrimonial bajo el brazo, un retrato completo de su biografía. Una mujer a la que no le falta nada, ni siquiera belleza. Hasta que se hace presente el personal trainer y se produce la zozobra. Pequeño suceso en su vida que, un tiempo después, le hace mirar de reojo al móvil y suspirar de alivio cuando logra oír su voz, aunque sea a muchas millas de distancia.
    Brillante historia Eva. Como todas las que nos cuentas. Un beso.
    Ariel

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias, Ariel, por duplicado, o mejor dicho, por triplicado, por ser tan amable de dejar un comentario después de leer no una sino dos veces el texto para poder hacerlo con mayor conocimiento de causa, y por tantas otras cosas que debería dártelas, en realidad... Tu gentileza es infinita y lamento no poder resarcirte en estos momentos con toda la presteza que me gustaría. Los personajes y las historias a veces llegan a desbordarme porque me faltan horas al día para poder plasmarlas todas como me gustaría, es por eso que me he tomado un tiempo de descanso en las publicaciones de mis blogs para poder centrarme en escribir una novela que tenía pendiente, como explico en le vídeo que colgué en las redes (https://youtu.be/mkDZCAts-Tg), así que ando bastante desconectada de las publicaciones de los demás, pero espero poder pasarme por tu blog un día de estos para leer uno de tus maravillosos relatos. Un beso, Ariel, y gracias siempre.
      Eva

      Eliminar