jueves, 25 de mayo de 2017

¡Maldita primavera!


Mi aversión por esta época del año no es debida a una rinitis alérgica ni a nada por el estilo, como suele sucederle al común de los mortales. No. Lo mío es mucho peor. Los síntomas resultan igual de molestos, he de reconocer, pero por desgracia no hay medicación que pueda prescribirse para paliarlos. ¡Ya me gustaría! Porque, al fin y al cabo, soy el principal perjudicado por mi dolencia, como se darán cuenta en cuanto les ponga al corriente de lo que me ocurre. 

Me gano la vida como dentista, soy médico estomatólogo en definitiva, con muchos años de experiencia a mis espaldas y, gracias a mi buen hacer, la lista de espera en mi consulta es considerable, en ese sentido por descontado que no puedo quejarme. Casado también desde hace casi tres décadas con una eficiente enfermera que me ayuda en la clínica, y con dos hijos mayores que se han decantado por seguir mis pasos. Hasta ahí todo correcto, sin embargo las palpitaciones, los sudores fríos y los agobios por los sofocos que me dan, para mi desesperación, llegan a ser continuos en cuanto los primeros calores hacen acto de presencia. 

“¡Maldita primavera!”, reniego constantemente en lugar de alegrarme de que el frío invernal pase de una vez y todo parezca renacer, porque quienes más y mejor florecen en esta estación son precisamente las mujeres. Jóvenes, maduras e incluso ancianas, da igual su edad o condición, en cuanto los termómetros ascienden unos cuantos grados, mudan su indumentaria radicalmente cual piel de serpiente. Las faldas se acortan, los escotes se pronuncian y las prendas disminuyen, provocando con ello que mi temperatura corporal aumente de manera inversamente proporcional. Dirán ustedes, ¿y cuál es el problema? En la calle ninguno, faltaría más, soy un caballero y me limito a contemplar con cierto disimulo el florido paisaje. Embelesado, eso sí. Ahora bien, cuando las tengo recostadas en el sillón de la consulta la cosa cambia...

¡Y tanto! Con los escotes me apaño cubriendo todo lo que descubren con el babero. Pero mi debilidad son las piernas, y ¡ay! poco puedo hacer yo para taparlas... ¡Y si aun encima las tengo extendidas en todo su esplendor a escasos centímetros, ya me contarán! En eso tiene razón mi querida esposa, como en tantas otras cosas, por supuesto, soy incapaz de apartar la vista, complicando con ello sobremanera la intervención que esté llevando a cabo en ese momento. De ahí la transpiración repentina que mis asistentes se ven en la necesidad de secarme reiteradamente durante todo el procedimiento, mientras yo me excuso aduciendo que el aire acondicionado no es aconsejable para las afecciones de garganta y que por eso lo tengo desconectado. Lo que tampoco me ayuda demasiado con la mía, puesto que los abanicos se multiplican en la sala de espera, otorgándoles a sus portadoras esa gracia tan seductora que me apasiona, haciendo revolotear sus melenas al mismo ritmo que se agita mi corazón. 


Y esto, como comprenderán, se convierte en un sinvivir durante los meses de calor, de hecho, en alguna ocasión me he llegado a plantear trasladarme a tierras más septentrionales para evitar los períodos estivales, pero los ojos azules de las escandinavas me vuelven loco, así que por aquellos lares tendría alterado el pulso todo el año. En consiguiente no me queda más remedio que aguantar el tipo, puesto que las situaciones embarazosas se suceden una tras otra, poniendo en peligro mi indiscutible profesionalidad a la hora de realizar mi trabajo. El otro día sin ir más lejos, atendí a una paciente cuya luna de miel se vio postergada por la rotura de una pieza durante el banquete nupcial. Acudió de urgencia acompañada de su flamante esposo, preparada para aterrizar en el caribe, creo yo, a juzgar por la camiseta de tirantes y los minúsculos shorts que traía. Mi mandíbula fue la que se desencajó al reparar en sus pantorrillas, suerte que tenía la mascarilla puesta y no se notó demasiado... 

Recurrí a enumerar todos los músculos de las piernas como solía hacer durante las clases de anatomía de primero de carrera, ¡pero es que hasta los isquiotibiales de esta jovencita eran dignos de admiración! Y mi ritmo cardíaco se aceleraba a medida que confundía cuádriceps con femorales, intentando entretanto substituir la corona rota por otra de porcelana. Menos mal que, justo cuando la concentración se me fue por completo, irrumpió en la sala mi ángel salvador. Mi venerada esposa venía a informarme sobre un paciente que había cambiado la cita de fecha a última hora, y su cara de pocos amigos me dejó claro lo que me esperaría en casa.

“¡Es que se te van los ojos, Fermín! ¡Eres un caso! ¿Por qué te crees que te saco las gafas cuando vamos a la playa? ¡Es que te pones en evidencia, hombre! ¡A tu edad, además, babeando por cuanta mujer se cruza en tu campo de visión!”, y yo me limitaba a asentir cabizbajo aguantando el chaparrón, saboreando la tortilla con ensalada que aun así tuvo la gentileza de prepararme para cenar. Puesto que gracias a ella podía masticar sin problemas, ya que el marido de la paciente alzó la vista del periódico justo al mismo tiempo en que mi mujer me obligó a levantarla a mí de las piernas de la suya, consiguiendo con ello que mis dientes continúen en su sitio, dado que, seguramente, con semejantes bíceps y tríceps, bien sería capaz de arrancármelos de raíz de un puñetazo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


22 comentarios:

  1. Como participante que soy del reto sobre Maldita primavera, me he permitido venir a leerte y me ha encantdo tu relato, está fenomenal, con mucha chispa y también realista, enhorabuena. Y, con tu permiso, aquí me quedo en tu casa.
    Un beso, Eva.

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    1. ¡Bienvenida, Chelo, agradezco que te hayas molestado en pasar y dejar un comentario! Estás en tu casa, por supuesto, me alegro de que te haya gustado y suerte con el reto, tu relato también está genial. Besos

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  2. Jajaja Eva,
    Pobre hombre qué tormento tiene, pero mira viendo las torturas a las que someten los dentistas a los pacientes, ya le está bien sufrir un poquito.
    Besos

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    1. Me alegro de que te hayas reído de sus desgracias, Conxita, y tienes razón, no le viene mal probar un poco de su propia medicina...
      Besos

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  3. Aún no se me quita la sonrisa de la boca... ¡este buen hombre es un caso! jajajaja. Menos mal que tiene una esposa comprensiva y bastante suerte, porque en otro caso no sé yo cómo le iría la vida.

    Un relato muy divertido, Eva, y creo que también con su toque de realidad para algunos. Si es que ya se sabe, la primavera la sangre altera :)) Me ha encantado.

    ¡Un beso!

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    1. Muchas gracias por pasarte y ser tan amable de dejar un comentario, Julia. Sí, la primavera tiene esa facultad de alterar el ánimo de las personas, unas en un sentido y otras en otro... y tienes razón, Fermín tiene mucha suerte de estar casado con una mujer tolerante que no le da mucha importancia a sus desmanes. Me alegro de que te haya gustado.
      ¡Un beso!

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  4. Eva, me sentí en la piel, en los zapatos y en la mirada de tu protagonista y te aseguro que me han venido muchas cosas a la cabeza, algunas que puedo decir y otras que no. Y es que las mujeres son los seres más maravillosos que existen sobre la tierra, y si la ropa que visten es escasa, bueno, mejor todavía, no lo digo por mi, sino porque felices de ellas que se pueden sentir más cómodas. Y además porque me encanta escucharlas, me gusta oír sus voces, me gusta cómo piensan, en fin, que me gustan. Pero por sobre todas las cosas me encanta estar con ellas para poder participar de su mundo, en el que saben enhebrar emoción con inteligencia y, en ese momento, es cuando me deslumbran y me dejan embelesado. Y qué decir cuándo se enamoran, no debe haber nada más fantástico que una mujer se enamore de mí. Bueno, por supuesto que estoy hablando de mi esposa. Creo que está claro. Y hablando de tu historia, de más está decir que me ha sacado una sonrisa. Es fantástico leerte cuando escribes con humor, Eva, no sé si me vas a creer, pero es así, disfruto una enormidad de tus textos. Es un placer venir por aquí.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Ariel, eres un encantador de serpientes, permíteme la licencia literaria a propósito de tu comentario. Es bonito lo que confiesas sobre ti mismo, porque es un poco eso lo que he tratado de transmitir con este texto, que el protagonista adora a su esposa, pese a no poder resistirse al apelo de la belleza femenina del resto de las mujeres que se cruzan en su vida. Ella lo entiende y hasta parece que únicamente le preocupa que él se ponga en evidencia en público. Me encanta eso de los matrimonios bien avenidos, que acepten los defectos y las debilidades del otro sin más... Y por supuesto que he querido retratar esa pasión contemplativa con sentido del humor, puesto que al resultar absolutamente inofensiva es como debe tomarse, creo yo, sin aspavientos. Me alegra muchísimo que te haya gustado, Ariel, y que consideres un placer pasarte por aquí me da esperanzas de que sigas haciéndolo, puesto
      que para mí también lo es que lo hagas y que seas tan amable de regalarme tus palabras. Un beso.
      Eva

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  5. http://annasolerescritora.blogspot.com.es/2017/05/somos.html

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  6. Qué quieres que te diga Eva?,... que el pobre hombre bastante tiene con mantener el tipo, en todo caso cuando está a punto de perderse por la presión del instinto,... la tortilla y la ensaladilla viene en su ayuda ;-)

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    1. Jajaja, muy bueno, Baile, dí que sí, es lo que tiene la primavera que saca el animal que llevamos dentro... ;) ¡Muchas gracias por tu comentario y un abrazo!

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  7. ¡Qué bueno Eva!!!
    Un relato divertidísimo, lo he disfrutado de principio a fin.

    (Sin) tu permiso me quedo y te sigo, ;)
    Un abrazo.

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    1. Bienvenida, Irene, me alegro de que te lo hayas pasado bien, es de lo que se trata al fin y al cabo ;) ¡Muchas gracias por ser tan amable de dejar un comentario! Un abrazo :)

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  8. Complicado trabajar así!!! No se si hasta ese punto, pero creo que todos comprendemos un poquito a Fermín... Me provocaste una sonrisa!

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    1. La verdad es que sí, resulta difícil concentrarase, jajajja. Me alegro de que te haya gustado, David, y bienvenido, por cierto, gracias por tu comentario ;)

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  9. ¡Hola Eva! Qué tarde llego esta vez..., jeje. Pero nunca es tarde si la dicha es buena, como se suele decir. Me ha gustado mucho el relato, me he reído de lo lindo con el pobre hombre. Me da que no es el único, eso de los tirantes en las mujeres es algo común a casi todos, jajaja. Has hecho un relato con un ritmo increíble, que me he leído de un tirón, qué difícil es eso...
    Felicidades, Eva, por tu humor y por tus letras.
    ¡Un besazo!

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    1. Nunca es tarde, guapa, yo también ando un poco lenta con vuestras publicaciones últimamente, será la primavera, que viene cargada de actividad ;) Me alegro de que te haya gustado y de que te haya provocado al menos una sonrisa... De eso se trata, de disfrutar con lo que hacemos. ¡Muchas gracias por pasarte y por el comentario! Besos

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