jueves, 25 de mayo de 2017

¡Maldita primavera!


Mi aversión por esta época del año no es debida a una rinitis alérgica ni a nada por el estilo, como suele sucederle al común de los mortales. No. Lo mío es mucho peor. Los síntomas resultan igual de molestos, he de reconocer, pero por desgracia no hay medicación que pueda prescribirse para paliarlos. ¡Ya me gustaría! Porque, al fin y al cabo, soy el principal perjudicado por mi dolencia, como se darán cuenta en cuanto les ponga al corriente de lo que me ocurre. 

Me gano la vida como dentista, soy médico estomatólogo en definitiva, con muchos años de experiencia a mis espaldas y, gracias a mi buen hacer, la lista de espera en mi consulta es considerable, en ese sentido por descontado que no puedo quejarme. Casado también desde hace casi tres décadas con una eficiente enfermera que me ayuda en la clínica, y con dos hijos mayores que se han decantado por seguir mis pasos. Hasta ahí todo correcto, sin embargo las palpitaciones, los sudores fríos y los agobios por los sofocos que me dan, para mi desesperación, llegan a ser continuos en cuanto los primeros calores hacen acto de presencia. 

“¡Maldita primavera!”, reniego constantemente en lugar de alegrarme de que el frío invernal pase de una vez y todo parezca renacer, porque quienes más y mejor florecen en esta estación son precisamente las mujeres. Jóvenes, maduras e incluso ancianas, da igual su edad o condición, en cuanto los termómetros ascienden unos cuantos grados, mudan su indumentaria radicalmente cual piel de serpiente. Las faldas se acortan, los escotes se pronuncian y las prendas disminuyen, provocando con ello que mi temperatura corporal aumente de manera inversamente proporcional. Dirán ustedes, ¿y cuál es el problema? En la calle ninguno, faltaría más, soy un caballero y me limito a contemplar con cierto disimulo el florido paisaje. Embelesado, eso sí. Ahora bien, cuando las tengo recostadas en el sillón de la consulta la cosa cambia...

¡Y tanto! Con los escotes me apaño cubriendo todo lo que descubren con el babero. Pero mi debilidad son las piernas, y ¡ay! poco puedo hacer yo para taparlas... ¡Y si aun encima las tengo extendidas en todo su esplendor a escasos centímetros, ya me contarán! En eso tiene razón mi querida esposa, como en tantas otras cosas, por supuesto, soy incapaz de apartar la vista, complicando con ello sobremanera la intervención que esté llevando a cabo en ese momento. De ahí la transpiración repentina que mis asistentes se ven en la necesidad de secarme reiteradamente durante todo el procedimiento, mientras yo me excuso aduciendo que el aire acondicionado no es aconsejable para las afecciones de garganta y que por eso lo tengo desconectado. Lo que tampoco me ayuda demasiado con la mía, puesto que los abanicos se multiplican en la sala de espera, otorgándoles a sus portadoras esa gracia tan seductora que me apasiona, haciendo revolotear sus melenas al mismo ritmo que se agita mi corazón. 


Y esto, como comprenderán, se convierte en un sinvivir durante los meses de calor, de hecho, en alguna ocasión me he llegado a plantear trasladarme a tierras más septentrionales para evitar los períodos estivales, pero los ojos azules de las escandinavas me vuelven loco, así que por aquellos lares tendría alterado el pulso todo el año. En consiguiente no me queda más remedio que aguantar el tipo, puesto que las situaciones embarazosas se suceden una tras otra, poniendo en peligro mi indiscutible profesionalidad a la hora de realizar mi trabajo. El otro día sin ir más lejos, atendí a una paciente cuya luna de miel se vio postergada por la rotura de una pieza durante el banquete nupcial. Acudió de urgencia acompañada de su flamante esposo, preparada para aterrizar en el caribe, creo yo, a juzgar por la camiseta de tirantes y los minúsculos shorts que traía. Mi mandíbula fue la que se desencajó al reparar en sus pantorrillas, suerte que tenía la mascarilla puesta y no se notó demasiado... 

Recurrí a enumerar todos los músculos de las piernas como solía hacer durante las clases de anatomía de primero de carrera, ¡pero es que hasta los isquiotibiales de esta jovencita eran dignos de admiración! Y mi ritmo cardíaco se aceleraba a medida que confundía cuádriceps con femorales, intentando entretanto substituir la corona rota por otra de porcelana. Menos mal que, justo cuando la concentración se me fue por completo, irrumpió en la sala mi ángel salvador. Mi venerada esposa venía a informarme sobre un paciente que había cambiado la cita de fecha a última hora, y su cara de pocos amigos me dejó claro lo que me esperaría en casa.

“¡Es que se te van los ojos, Fermín! ¡Eres un caso! ¿Por qué te crees que te saco las gafas cuando vamos a la playa? ¡Es que te pones en evidencia, hombre! ¡A tu edad, además, babeando por cuanta mujer se cruza en tu campo de visión!”, y yo me limitaba a asentir cabizbajo aguantando el chaparrón, saboreando la tortilla con ensalada que aun así tuvo la gentileza de prepararme para cenar. Puesto que gracias a ella podía masticar sin problemas, ya que el marido de la paciente alzó la vista del periódico justo al mismo tiempo en que mi mujer me obligó a levantarla a mí de las piernas de la suya, consiguiendo con ello que mis dientes continúen en su sitio, dado que, seguramente, con semejantes bíceps y tríceps, bien sería capaz de arrancármelos de raíz de un puñetazo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 18 de mayo de 2017

¿Ligar? ¿Qué es eso?


Miré de reojo el minutero del reloj y me estremecí de nuevo. Paula resopló a mi lado, más bien porque le sacaba de quicio mi actitud, y no porque estuviese acelerando el proceso de secado del esmalte de uñas. “¡Perfectas!”, exclamó satisfecha al cabo de unos instantes. Me incorporé ligeramente para observar incrédula lo maravillosos que relucían mis dedos coronados de rojo, para inmediatamente dejarme caer sobre la cama extenuada. Tanto preparativo, ¿para qué, a fin de cuentas? Si en menos de media hora me tendría calada y acabaría de cenar lo antes posible, alegando cualquier indisposición para librarse de mí nada más terminar. Pero vayamos por partes. El agobio me entró esta mañana, sí, bueno, lo que pasa es que todo empezó hace un par de semanas, durante la pausa para el café. 

Paula, además de ser mi mejor amiga, es mi compañera de trabajo. Nos pasamos ocho horas diarias sentadas una al lado de la otra en una oficina delante de un ordenador. Nos vamos juntas al gimnasio al salir, y después la acompaño a recoger a sus hijos a las actividades extraescolares. Tiene suerte, su madre es diabética como ella y la obliga a hacer ejercicio, por eso puede permitirse el lujo de bailar zumba mientras los abuelos se encargan de llevar a Jaime y a Pepe a fútbol, a inglés, o a lo que se tercie. Son gemelos y dan más guerra que si fuesen quintillizos. Ella siempre quiso una niña y al saber que eran niños, y dos, casi le da algo. En cambio a mí ya me gustaría tener alguno, por mí como si me viene una rana, vamos, aunque a mi edad ya he tirado la toalla. 42 castañas y sola, lo tengo crudo. 

Bueno, a lo que íbamos, que esa mañana se metieron conmigo los chicos de contabilidad, nosotras estamos en nóminas y ellos se dedican a cuadrar las cuentas, hay un par de chicas nuevas que están en prácticas, pero el resto en realidad son carcamales que llevan aquí desde que abrió la empresa. Me estaba quejando de que no tenía planes para el fin de semana, Paula se tenía que quedar en casa con Fran y los niños, que andaban con mocos, y suelo irme de fiesta con un par de amigas que conservamos del instituto, las únicas sin pareja como yo, las dos divorciadas (el resto o casadas, o fuera de juego) y, como que no nos apetece ir a cenar con las parejitas, nos lo montamos las tres por nuestra cuenta. Pero justo esa semana ellas estaban también con gripe, y en esas metió baza uno de los viejos: “A ver cuándo te echas novio de una vez para que te saque a pasear, Berta, que con ese culo que tienes no entiendo cómo no te tiran más los trastos...” “¡Los jóvenes de ahora, que no tienen ni idea, dicen que están rebuenas y cuando miras para ellas son palos con melena!”, le respondió otro, y casi acaban por tirar sus cafés entre carcajadas. Suspiré sin hacerles ni caso al quedarnos solas, y noté cómo me miraba. “¿Qué?”, le pregunté al ver que no reaccionaba, “¿No irás a decirme que necesito un tío para que me saque? ¡Vamos, ni que fuera un perro!” “No, mujer, no es eso”, puso los ojos en blanco, “¿Hace cuánto que no tienes una cita?” Entonces los puse yo en blanco. “No empieces, Paula que te conozco...” 


Al día siguiente se abalanzó sobre mí en el ascensor: “¡Este fin de semana no puede, que trabaja, pero el siguiente sí!” “¿Quién puede qué?”,  le pregunté aturdida, me sienta mal madrugar y hasta bien entrada la mañana no soy realmente yo, sino más bien un autómata que maneja mi cuerpo a su antojo. “Diego, un amigo de Fran, que está libre desde hace unos meses y nos enteramos ahora.” “¿Libre? ¡Ni que fuera un taxi!”, mi sarcasmo la hizo sonrojarse. “Bueno, ya me entiendes, no está con nadie, tuvo una novia, pero rompieron en Navidad. Lleva ya divorciado varios años, tiene una hija de seis, ¡más linda! ¡Para comérsela, de verdad! La ve poco, eso sí, porque la madre se volvió al pueblo de sus padres al quedarse en paro. Él estuvo algo perdido al principio, ya sabes, a saco con todo lo que usaba faldas a menos de diez kilómetros a la redonda... Ahora está más calmado, un par de chicas después de dejarse con su novia y poco más. Dice que está mayor para andar de flor en flor, y que prefiere encontrar a una decente.” “Ya. ¿O sea que la decente ésa soy yo? ¿Pero a Fran y a ti se os ha ido la pinza o algo? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Cómo voy a quedar con un desconocido?” “Se llama cita a ciegas, ¿te suena?” “¡Sííí, claro! ¡Si hasta hay un programa en la tele y todo! ¡Anda, no me hagas reír!”

Ni que decir tiene que se pasaron el resto de la semana convenciéndome para que fuera. Diego reservó mesa para el sábado por la noche en un coqueto restaurante del centro y tuvo la gentileza de enviarme la localización por Whatsapp. ¡Genial! ¡No lo he visto en mi vida y ya tiene mi número! “Se lo he dado yo, claro, pensé que no te importaría...”, se disculpó Fran mientras le ayudaba a ponerle el pijama a los gemelos. Yo les metía las mangas y las perneras en su sitio mientras él se afanaba porque no nos diesen patadas con sus saltos entre risas, litera arriba, litera abajo. Su cara de exagerado arrepentimiento me hizo olvidar el enfado y asentí claudicando. “Es un buen tipo, de verdad”, me dijo sonriendo de oreja a oreja al instante, “lo conozco desde ya ni me acuerdo y es de fiar, sino no te lo emplumaríamos... Esto... quiero decir... Que sino no te lo recomendaríamos, ¿sabes? Lo pasó mal con el divorcio, no se lo esperaba, su mujer le puso los cuernos y tal... Así que mejor no toques el asunto durante la cena, ¿vale?” Asentí de nuevo en silencio perpleja, pensando en cómo iba a ocurrírseme sacar semejante tema en una primera cita. 

¿Una cita? El sábado el ataque de pánico al salir de la ducha y mirarme al espejo, me obligó a meter la cabeza entre las rodillas y respirar hondo a fin de no perder el conocimiento. Llevo tanto tiempo sin comerme un rosco que ni recuerdo el último pol..., bueno, la última vez que estuve con alguien. Los gemelos tienen siete años y creo que cuando eran bebés no podía quedarme nunca con ellos los fines de semana porque solía estar inservible. De resaca, vamos, y muchas veces amanecía con un tipo que no reconocía a mi lado. Llamaba a Paula procurando no gritar por la histeria, y Fran aparecía al poco en mi apartamento para ayudarme a echarlo, sin armar escándalo para que mi casera ni se enterase. Vive justo debajo y se supone que no puedo llevar hombres a casa, solo novios formales, me dijo inflexible al darme las llaves, y de hecho todavía cree que Fran es mi primo, primo hermano para ser exactos, por aquello de no dejar lugar a dudas. A mis amigos les devolví los favores con creces, que conste, quedándome con los críos muchísimas noches para que pudiesen salir a cenar, o al cine. Aunque ahora los gemelos tienen tanta vida social que se dedican a quedar con los padres de sus amigos y ya no me necesitan tanto. “¡No puedo ir, invéntate algo, pero no puedo ir!”, le dije esta vez por teléfono atacada de los nervios. Se plantó en mi casa a media tarde después de dejar a los niños en un cumpleaños, sacó un arsenal de esmaltes de una bolsa de papel y me preguntó convencida: “¿Ya has decidido qué llevarás? Me he traído todos los que tengo, por si acaso.” Me dejé caer en el sofá con el pijama y el pelo todavía sin peinar. 

“Rojo putón”, escribió Fran en el mensaje y me dio la risa. “¡Te lo dije! El negro nos gusta a nosotras porque nos vemos más delgadas, pero a ellos les pone el rojo...” Le había enviado las fotos de los dos vestidos entre los que dudábamos, como hay confianza no me importó que me viese sin maquillar ni nada. Él ni se inmuta, creo que más que por mi primo podría pasar perfectamente por mi hermano, lleva con Paula desde el instituto y ya lo conocíamos de antes, del barrio. Debe ser el único hombre que no me preocupa que me haya visto las bragas de cuando estoy con la regla. “¡Joder, parecen las de mi abuela, Berta, si te ve alguien con esto puesto no se le levanta en la vida!”, me dijo mientras doblábamos la colada. No tengo lavadora y aprovecho que estoy tanto tiempo en su casa para hacerla y no darle más trabajo a mi madre. “Son cómodas”, le dije a modo de disculpa, pero hasta yo reconozco que son horrorosas. Paula sacó del cajón el último conjunto de encaje que me compré en las rebajas y entrecerré los ojos: “¡No pienso acostarme con él en la primera cita!” “Pues antes no tenías tantos reparos a la hora de ligar...”


¿Ligar? ¿Qué es eso? Me pregunté a mí misma ensimismada. Supongo que se referirá a cuando salíamos juntos antes de tener a los niños. A veces incluso ella y yo solas, si Fran se iba con sus amigos. Llegué a dejarla plantada más de una vez por liarme con el primero que pasaba. Borracha siempre, eso sí. Ni recuerdo lo que me decían. Tampoco lo que les decía yo, porque también les entraba si me gustaban. Pero desde que ando con las dos lobas, como las llama Fran, nada de nada. Ellas sí que saben. Al principio desayunaba con ellos los domingos antes de acostarme para contarles sus tácticas de ataque, y nos partíamos de risa tapándoles las orejas a los peques para que no escuchasen las barbaridades que les escenificaba y todo. ¡Le echan el lazo a cualquiera! ¡Es poner el ojo en uno y cae fijo! Jóvenes. Maduros. Altos. Bajos. Guapos. Feos. ¡Les da igual! El caso es no acabar solas la noche. Yo a su lado, una principiante... Tanto es así que ya ni me acuerdo del último con el que estuve. ¿Cómo voy a ligar yendo con ellas, si arrasan con todo hombre sin acompañante que encuentran a su paso? ¡Y hasta acompañados, que éstas no le hacen ascos a nada! Me veo guapa reflejada en el espejo, tanto que no parezco yo, llevo tiempo sin arreglarme como es debido, total, no vale la pena, para el caso que me hacen... Y ahora me siento como una estúpida. Todo fachada. Vestido rojo apretado, taconazo y medias de rejilla. Melena impecable y manicura perfecta gracias a mi amiga. ¿Y qué le voy a decir? Esta semana me di cuenta de que empieza a gustarme. 

De tanto bucear en su perfil de Facebook parece que lo conozco. “¿Sabe cuántos años tengo?”, le pregunté a Paula ingenua y camufló las carcajadas fingiendo un ataque de tos. Después me miró intentando contener la risa, pero nos partimos juntas cuando me soltó: “¡Parece mentira que no conozcas a los tíos a estas alturas! ¡Fran le habrá dicho hasta tu talla de sujetador!” Espero que lo de las bragas de vieja no, por favor, pensé para mí. No retoca mucho las fotos que cuelga, en eso se parece a mí. Los 47 se le echan, sí, pese a que tiene una sonrisa risueña que lo hace más joven. En unas se le nota tanto la barriguita de pasarse horas sentado conduciendo el bus, como a mí las cartucheras de la oficina. En otras sonríe feliz con su niña, y me enternece ver cómo se ve que la quiere. Al principio no me gustó demasiado. Está un poco calvo y tiene unas manos un tanto groseras, de tan grandes. Aunque ahora ya me he ido acostumbrando. Sus amigos lo aprecian, a juzgar por los comentarios que le ponen en las publicaciones, y suele comer los domingos en casa de sus padres. Cuando le toca la niña, siempre, para que la vean. Por eso me preocupa lo que piense de mí. No quiero quedar como una tonta. Y reconocer que no tengo ni idea de cómo comportarme en una cita me hace doler el estómago. ¿A que no voy a poder ni probar bocado, y parezco una de esas que está siempre a dieta? 

Fran me dejó en persona en la puerta del restaurante. Supongo que no se fiaban de que fuese a ir, porque hasta me dio un último empujón antes de entrar. En realidad fue una palmada en el trasero, la confianza da asco en estos casos: “¡Anda, que hoy triunfas, churri! ¡El rojo te favorece!”, y me guiñó un ojo sonriendo socarronamente. Es más alto de lo que aparenta en las fotos, y más calvo también, pero se corta el pelo muy corto y no se le nota tanto. Me gustó su colonia y que sus manos fuesen más suaves de lo que creía. “¿Nerviosa?”, me preguntó tras saludarme y le solté de golpe, “No, lo siguiente”, entre risitas tontas. “Yo también, no creas, se me hace raro,” continuó sin darle importancia a que casi me caigo de la silla al sentarme, “pero de tanto que me ha hablado de ti Fran estos días, hasta creo que te conozco un poco.” Sonreí con cara de circunstancias y me tranquilizó: “Nada malo, eh, que le caes muy bien. A Paula ya no digamos... Estás muy guapa, por cierto, mejoras en persona. ¡Ya veo que no eres de esas que cuando te las encuentras ni las reconoces!” Nos reímos juntos y me alegré de no utilizar filtros, photoshop, ni nada de eso.

Y tras un par de platos me encontré el postre delante, sin darme ni cuenta de que el tiempo había volado y seguíamos sin dejar de charlar. Y que a pesar de mis meteduras de pata, mis nervios y mis caras raras, lo estábamos pasando bien y todo. Porque es un tipo simpático, que le gusta el buen vino y poder mantener una conversación tranquila sobre cualquier cosa. “No soy muy culto, pero últimamente me ha dado por leer, por aquello de darle ejemplo a la niña... ¡Y, claro, la falta de costumbre! ¡Yo es que no tenía ni idea de qué debía leer! Y allá me voy a la biblioteca una tarde que tenía libre. La señora me miró por encima de las gafas y me dijo toda seria: Usted lea el libro de alguna película que le haya gustado, que le aseguro que le da mil vueltas. ¡Así que tienes ante ti a todo un forofo de la literatura de ciencia ficción! Y que sepas que Stephen King es un crack por algo... Pero Asimov es un clásico por lo mismo.” Y las carcajadas resonaron en el comedor de tal manera, que algunos comensales próximos nos miraban sonriendo de medio lado. Sí, se nota que entre nosotros hay química, y me alegro de haberle hecho caso a Paula, porque igual esta noche estreno el conjunto y todo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 11 de mayo de 2017

Romance en hibernación


Dicen que el tiempo todo lo cura. Dicen que toda pasión acaba por agotarse. Dicen que todo pasa. Yo no estoy de acuerdo. Quizás es que soy raro. Tal vez es que jamás me había ocurrido nada igual. No estoy seguro. Tampoco tengo nada mínimamente semejante con qué comparar. Pero creo haber encontrado la fórmula. La manera, digamos, de no sufrir por un amor imposible que me estaba volviendo loco. 

No viene al caso entrar en detalles sobre las diferentes razones por las que lo nuestro no podía ser. No pudo ser y punto. Tampoco deseo resarcirme en el dolor que he soportado desde que la conocí. Ocurrió tan rápido que me cogió desprevenido. Por eso no sentí el pinchazo hasta unas semanas después. Pensaba que los continuos dolores de cabeza eran jaquecas provocadas por el estrés, por el trabajo, por cualquier cosa menos por lo que siento por ella. Y me equivoqué. Como tantas otras veces. La quiero tanto que me dolía saber que nunca sería mía. 

Así que decidí ponerle remedio. La congelé. Resultó más fácil de lo que esperaba, la verdad. Conozco de sobras sus rutinas. Simplemente la esperé cuando se dirigía a hacer los recados y la rapté. Fue sencillo. Vino conmigo de buen grado como si fuésemos a tomar uno de los cafés a los que solía invitarla. Me costó más dormirla. Eso sí. No entendía a santo de qué debía limpiarle una inexistente mancha en la mejilla con un pañuelo empapado en cloroformo. Casi me caigo yo redondo al demostrarle que era agua, poniéndomelo junto a la nariz fingiendo que no sabía de dónde provenía aquel olor tan fuerte. En fin. La pobre confiaba tanto en mí que se dejó hacer. Poniendo caras raras, todo hay que decirlo, porque mi representación teatral no debió parecerle muy convincente. En el colegio descubrí que no tenía madera de actor, habitualmente hacía de árbol. 

Tenerla sin sentido entre mis brazos fue un sueño. Durante unos instantes la contemplé maravillado. Cómo desearía que fuese tras haberla poseído. Pero no. La llevé a mi casa y al atravesar el umbral se me hizo un nudo en la garganta. Le susurré al oído. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. Hasta que frené en seco en el sí, quiero. No podría responderme así que preferí ahorrarme el mal trago. 

Dudé en desnudarla. Su respiración tranquila hacía elevar y descender delicadamente el pecho que asomaba por el escote. Deseaba tanto verla que le desabroché un par de botones de su blusa. El encaje del sostén me obligó a tragar saliva. Tan blanco y puro como su alma. Lo acaricié sintiendo su sedosidad. Su piel era infinitamente más suave. Quería recorrerla entera con mis labios. Sin embargo volví a abotonarla evitando rozar su atrayente cuello. Un mechón de su melena resbaló por un movimiento reflejo y se lo coloqué detrás de la oreja con cuidado. Sabía que era una estupidez. No iba a despertar tan rápido. La miré un par de segundos más para retener su calidez en mi memoria y cerré los ojos suspirando. Su sonrisa viene a mi mente en cuanto pienso en ella. Y su elegancia natural me fascina. Es tan bella siendo imperfecta que no podría imaginar un ser más perfecto. Adorable de trato y carácter. Mágica cuando abre la boca. Sea para hablar o para reír. Es un auténtico imán. Me abracé por última vez a su cuerpo de diosa. Para mí es todo lo que puedo desear que sea una mujer. Y la odio también por el mismo motivo. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¡¿Ser perfecta para mí y no ser mía?! 


Ahora lo es. Le doy los buenos días cada mañana antes de preparar el desayuno. Me abrigo bien y abro la cámara frigorífica que compré a su medida. No fue cara. No es muy alta y no tuve que encargarla de un tamaño especial. Lo que sí quería es que fuese vertical. Nada de tenerla acostada en un arcón. Ni en posición fetal. De pie como está tengo la impresión de que va a echarse a andar en cualquier momento. Tuve la paciencia de esperar a que estuviese semicongelada para abrirle los párpados. No sufrió. Dormida como estaba su pulso se fue ralentizando. Saboreé hasta el último de sus latidos consciente de que ya no importaba que no lo hiciesen por mí. 

Queda siempre a buen recaudo. Cuando vuelvo de trabajar está esperándome. No con la cena preparada por motivos evidentes, pero da igual. La preparo charlando con ella. Suelo bajar los grados del congelador mientras la puerta está abierta para tratar de mantenerla a una temperatura constante. Al parecer eso ayuda a que el cadáver aguante mucho más tiempo incorrupto, o eso dicen en internet. Ella está más fresca que una manzana, desde luego. Incluso conserva el rubor característico de sus mejillas. Reconozco que ahora disfruto más de ella que antes. Nuestras conversaciones son mucho más animadas y amenas, aparte de que no se ven interrumpidas porque tenga que regresar a sus quehaceres cotidianos como pasaba con frecuencia. A veces dudo de si en el fondo no sería una excusa para librarse de mí, pero ya poco importa. 

Nuestro romance en hibernación, como me encanta denominarlo, avanza a pasos agigantados día a día, y al fin me he decidido por el anillo. El del diamante que me recomendaba el dependiente de la joyería me pareció un poco frío, y me decanté por uno con un enorme rubí. Sus labios han adquirido un tono rojizo similar, imagino que a consecuencia de que el carmín está deteriorándose y me gustó comprárselo a juego. Sueño a diario con la noche de bodas. Le he probado el vestido procurando no estropear la ropa que lleva, ya que su estilo a la hora de vestir es infinitamente mejor que el mío. Aún así creo que el velo que recuperé del baúl de la abuela no le desagrada, parece una virgen con él puesto. Mi madre estaría orgullosa de saber que he escogido una buena chica como esposa. Y la respeto. No pienso tocarla hasta que el cura nos de la bendición. Lo que no sé es cómo demonios voy a convencerlo para que oficie la ceremonia, porque cada vez que le quito la mordaza se pone a gritar y me veo obligado a recurrir de nuevo al cloroformo. En fin. Tarde o temprano entenderá que mis intenciones siempre fueron buenas...    

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 4 de mayo de 2017

Aprendiz de fan


“¡Verde!”, exclamó de repente y del sobresalto casi me mancho la mejilla de carmín. La miré por el retrovisor pisando el embrague para dejar atrás el semáforo y le sonreí. “Tranquila, llegamos enseguida”. Apenas la reconozco, ha estado enferma un par de veces en los últimos meses y ha pegado un estirón enorme. Ya no cabe en su sillita del coche y todavía me sorprende verla sin ella, porque le queda perfecto el cinturón del asiento trasero y acaba de cumplir ocho. Juguetea intranquila con el monedero, asomando la cabeza de cuando en cuando para comprobar la hora. He tenido que sudar tinta para escaparme antes del trabajo. Mea culpa, he de reconocer. 

El jueves tenía que haber parado en el centro comercial al salir, pero se me pasó. Llevamos un par de semanas de cabeza en la oficina, el jefe está que muerde y las broncas son constantes. Las ventas no solo no despegan sino que están de capa caída y poco podemos hacer nosotros, la verdad, aguantar el chaparrón y punto, él insiste en que tenemos que ponernos las pilas y nos mira mal si pedimos un día por asuntos personales. Se supone que el sábado no trabajo, pero justo ése se le ocurre hacer una reunión de marketing hasta las cinco con comida incluida. Tendría margen suficiente para llevarla a la firma de discos, si no se me hubiese ido el santo al cielo el jueves. 

Los gritos que le pegó a mi compañero aún resonaban en mi cabeza cuando entré en casa. Ella vino corriendo a la puerta, como habitualmente, salvo que no me dijo lo de “¡Hola, mamá! ¿Qué tal tu día?”, que me obliga a comérmela a besos muerta de hambre como llego. No. En lugar de eso me preguntó excitada: “¿Lo has traído? ¡Déjame verlo, porfa, porfa!” La perplejidad que floreció al instante en mi rostro no le hizo ninguna gracia, obligándola a refunfuñar: “Venga, va, mamá, no bromees...” Pero entonces el pánico que reflejaron mis pupilas al caer en la cuenta de que me había olvidado por completo, la hicieron dar media vuelta igual de rápido que había venido. Sollozando por el camino, dicho sea de paso. Mi marido me reconfortó en el sofá mientras escrutaba la pantalla en busca de algo decente que ofrecerle a nuestros cerebros exhaustos. “No te preocupes, se le pasará, el sábado lo cogéis antes de poneros a la cola, a primera hora no creo que haya tanta gente...” Asentí dejando que se me cerrasen los párpados para no pensar en lo que me esperaba y dormité a su lado semiconsciente de cómo me acariciaba el hombro durante un buen rato. 


Así que me quedé el viernes hasta tarde para que mi jefe no me mirase raro al salir media hora antes de la reunión. Cosa que hizo igualmente, cómo no. Ni se me ocurrió pedirle permiso para acompañarla al centro de salud por la mañana. Ella había rodeado el sábado con un círculo rojo de rotulador idéntico al que utilizo para marcar las consultas en el pediatra, las visitas al dentista, o las revisiones del oculista de su hermano. Su padre sonrió divertido al comprobar que me había olvidado de marcar el viernes, y lo hizo él, justo a continuación de que ella pusiese una estrella para adornar su acontecimiento. “¡No puede ser! ¿Justo el día antes?, gimió lastimosa mientras los hombres de la casa se reían a su costa. “Toca vacuna, cariño, me olvidé de decírtelo, pero no te preocupes, el abuelo irá contigo, yo ya sabes que no puedo.” Se le atragantaron los cereales del desayuno y no volvió a dirigirnos la palabra hasta la hora del almuerzo. Papá me llamó a media mañana para decirme que había ido todo bien, lo conozco demasiado para saber que miente. “Es una campeona, ni un ay... Bueno, uno igual, sí, pero ya está. Le compré una piruleta al salir, pero no te preocupes, se la daré después de comer.” Traducido: los gritos debieron de haberse escuchado al menos dos kilómetros a la redonda y ya se habría zampado un par de chuches como mínimo. En eso no se parece a mí. Es una quejica y le dan pánico las agujas, yo apretaba los dientes y no se me escapaba ni una lágrima. Ella en cambio se asusta por todo, aunque es más simpática y extrovertida que yo, por eso me hace tanta gracia que seamos casi idénticas físicamente, siendo nuestros caracteres tan diferentes.

“Quiero ir tan guapa como tú”, me dijo la víspera y le pinté las uñas porque evidentemente no pensaba maquillarla. Le encantaría, por supuesto, es lo que hace aprovechando que no estoy en casa, y cuando llego me la encuentro disfrazada con lo primero que encuentra en mi armario y la cara tan pintarrajeada que luego me cuesta lo suyo limpiársela en la ducha. El problema era la ropa, yo pasaría a recogerla sin tiempo para mudarme el traje y a ella no sabía qué ponerle. No había tenido tiempo para comprarle nada últimamente y todo le queda raquítico o enorme, así que la noche anterior  le dejé en la silla colocado su jersey preferido. Le di un par de vueltas a las mangas para que no se note que le están cortas, y lo combiné con una camiseta que le va grande por debajo para que no se le viese el ombligo. Le cogí un pantalón que ya no le sirve a su hermano y sonreí al ver que le iba genial. ¿No se llevan los vaqueros tipo boyfriend? Pues esto es más o menos lo mismo. Le dejé su preciosa melena lisa suelta e inmediatamente se la atusó con la soltura de una modelo profesional. Está tan mayor...

Tanto que quiso pagar ella el CD con sus ahorros. El abuelo contribuyó un poco para que no se le agotasen los fondos, por aquello de no dejar la hucha medio vacía. Eso sí, le dio la misma cantidad a su nieto para que no pensase que pretendía interferir en sus asuntos económicos. Su hermano puso los ojos en blanco al verla metiendo semejante cantidad de calderilla en su monedero de Hello Kitty y ella arqueó una ceja ofendida. Vaya par, uno mirándose al espejo durante horas para colocarse el flequillo, y la otra enseñándole a su muñeca de trapo las uñas de los pies pintadas a juego con las de las manos antes de disponerse a dormir. No pegó ojo, la pobre. Vino tres o cuatro veces a nuestra habitación a preguntar si ya era hora de levantarse, y su padre acabó por dejarla meterse en la cama para poder descansar nosotros. Se quedó rendida abrazada a mí casi de madrugada y, de no ser por lo grande que está, me parecería que fue ayer cuando le di el pecho por última vez. 


Ahora devora. Se zampó en un suspiro el bocadillo de la merienda sin darme ni tiempo a mí de coger algo para matar el gusanillo. Cuando regresé del baño ya estaba esperándome en el descansillo, no me quedó más remedio que retocarme el maquillaje en el coche, las ojeras con el rímel reseco imposibles de ocultar, tiré de rojo de labios para disimular. “¡Date prisa! Como haya cola también para comprar el disco ya verás...” Por favor, que el chute de Apiretal le haga efecto ya, o me va a acabar sacando de mis casillas. Es una lástima no haberme tomado otro yo, igual me quitaba este maldito dolor de cabeza... La hilera de gente llevaba el carro hasta los topes. Sábado a primeros de mes, compra gigante. Por lo que no le quedó otra que armarse de paciencia. Cogió ella el disco tan rápido y tiró de mí tan fuerte que casi me caigo. Los señores que nos tocaron delante en caja se compadecieron de ella. “Si lo llegamos a saber te dejábamos pasar, guapa, pero ya nos han empezado a cobrar. Eso sí, los cromos esos de las galaxias te los regalo, que mis nietos no los quieren.” Me los metió en el bolsillo de la americana a toda prisa obligándome a seguirle el paso hasta el tinglado que montaron para la firma. Todavía no había llegado la estrella y me alegré de haber conseguido al menos no defraudarla en eso. 

La fila tampoco daba demasiadas vueltas aún por las cintas que zigzagueaban delante del escenario. Una foto gigante de su ídolo le hacía brillar la cara con la emoción, paré a coger un descafeinado en vaso de cartón a fin de calmar los rugidos de mi estómago y aprovechó para soltarse de mi mano. La vi alejarse segura de a dónde debía dirigirse y un escalofrío me recorrió la espalda. Poco más baja que las adolescentes que tenía delante, las observaba tímida acariciando el sobado CD recién comprado, ellas intercambiaban impresiones a viva voz con otro grupo de chicas que estaban casi de primeras, dando botes y soltando sonoras risitas sin venir a cuento. Parece una aprendiz de fan a su lado, pero reconozco que ya no es mi niña pequeña. Se está haciendo mayor y en cuanto me despiste y la pierda de vista vuelve a mi lado hecha una chica. “Es lo que nos queda,” sentí decir a mi espalda, “peregrinar a las firmas de discos y a los conciertos.” La madre que suspiraba compungida me indicó el lugar idóneo para hacer las fotos y se lo agradecí. “Aquellas dos locas son las mías. Mellizas. Mi marido no quiere saber nada. Está tan harto de que le calienten la cabeza con su música que hasta se pone tapones para poder echar la siesta...”

Y así fue. Esperé pacientemente a que le tocase a ella subir al escenario. Noté lo que le temblaban las piernas, lo bajo que susurró su nombre cabizbaja. Tanto que no la oyó y se lo deletreó como hace siempre con su primo irlandés cuando la llama Claire en lugar de Clara. A la cantante le dio la risa y la miró con la misma ternura que yo, porque en el fondo no es más que una niña. Como demostró al contarme lo que les había escuchado hablar a las chicas que tenía delante. Que si su color del pelo no puede ser natural. Que si es más alta de lo que parece en la tele. Que si en las fotos sale más guapa de lo que es. Hasta que concluyó convencida: “Mamá, a mí me parece maravillosa, ¿sabes? Hoy es el día más feliz de mi vida.” Claro, hija, pensé para mí acariciándole la cabeza, y lo que no sabes es que te quedan muchos todavía por vivir. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

Cuando las nubes están rosas, es que va a llover: segunda parte de la trilogía



"Da igual que esté en el agua, leyendo o durmiendo, su recuerdo me persigue días tras día, haciéndome desquiciar por momentos al no poder volver a verla".
Akira

Akira es un surfista profesional con grandes posibilidades de ganar su primer campeonato del mundo. Tras leer el cuaderno que escribió su madre sobre su pasado, toma la decisión más importante de su vida, emular al capitán Ahab en busca de su particular ballena: una peculiar joven a la que conoció siendo un niño, que apenas ha visto en un par de ocasiones y de la que no sabe nada desde hace siete años. Ser consciente de que está locamente enamorado de ella, lo empuja a llevar a cabo un desesperado último intento para conseguir encontrar al amor de su vida. 

"Con 21 años y una planta que muchos ya quisieran, no es el puto amo del surf porque no le da la gana. ¿¡Y todavía es virgen!? Joder, que alguien me lo explique porque no lo entiendo..."