jueves, 16 de febrero de 2017

El desconcertante caso de la carta sin remitente


El 14 de febrero el señor E. recogió las cartas del buzón sin pararse a mirarlas y las dejó encima del aparador de la entrada, descolgó la correa de Morris para llevárselo a hacer sus necesidades de paso que bajaba a comprar el pan. Desde que su nuevo compañero de aventuras había empezado a formar parte de su vida, sus rutinas se habían visto notablemente alteradas. Antes iba por la panadería al salir del banco, paraba en el súper por si necesitaba algo para completar el menú que habitualmente dejaba listo la víspera, y acababa comiendo más solo que la una. Ahora no. En cuanto pone un pie fuera de la oficina apresura el paso para llegar lo más rápido posible a su piso. Suele escuchar los ladridos de bienvenida desde el ascensor, lo que invariablemente provoca que su sempiterna sonrisa afable se expanda. 

Tras regresar del breve paseo para hacer las compras de última hora, se dispone a preparar una ensalada para acompañar a un buen par de filetes a la plancha, ración que también ha tenido que duplicar, ya que no puede evitar compartirla con su fiel escudero, que atiende al relato sobre su ajetreada mañana relamiéndose al mismo tiempo, debido a los aromáticos vapores procedentes de la carne que el extractor no consigue paliar por mucha potencia que tenga. La naranja que pone fin al banquete es la señal para que Morris le acerque el correo a su amo, blandiendo entre sus dientes la bandeja en la que lo deposita, además del abrecartas que utiliza para perturbar lo más mínimo la integridad de las misivas. Prodigio de equilibrismo que el señor E. elogia ofreciéndole en recompensa un hueso de esos específicos para cuidad la salud dental de los cánidos.

En definitiva, el perro consiguió en los pocos meses que lleva conviviendo con él lo impensable, que su amo se muestre menos reacio a incorporar cambios en su vida sin dramatismo alguno por su parte. Eso sí, lo que no puede evitar es que cualquier novedad le ocasione una sensación de absoluto desconcierto, que fue precisamente lo que le ocurrió mientras revisaba las cartas que le habían llegado. La mayoría las abre por inercia, sin sorprenderse en absoluto por su contenido, puesto que se las remitían desde su propia oficina y no son sino recibos o informaciones relativas a su estado de cuentas. Las de promociones o publicidad no las echa a reciclar sin abrir, porque su cortesía natural le impide no tener en cuenta el esfuerzo y el trabajo de quien se las ha remitido. Por eso su corazón latió desaforado al reparar en un sobre timbrado el día anterior, con su nombre y dirección escritos en letras mayúsculas a rotulador, en el que no aparecía el remitente por ningún lado. 

La inquietud que le provocó semejante descubrimiento no pasó desapercibida para el trasunto de sabueso, que ladró un par de veces procurando que el señor E. mirase para él, a fin de encontrar en su rostro una explicación a su repentina palidez y al sudor que le cubría la frente, además de a sus manos temblorosas. Precisamente a consecuencia de su alterado pulso el sobre fue a parar al suelo, hecho que aprovechó el inteligente can para interesarse por el objeto responsable del estado anímico de su amo, olfateándolo hasta que éste se lo retiró de delante del hocico, recriminándole que con su actitud podía estar destruyendo pruebas. Morris reconoció en el timbre de su voz que no sólo se le había pasado el mal trago, sino que había entrado en fase i (i de investigación). Que es como él denomina al trance de efervescencia mental en el que se sumerge su dueño cuando tiene ante sí otro caso por resolver. En realidad somos nosotros quienes ponemos etiqueta a lo que pasa por la cabeza del perro, pero hay que reconocer que inteligencia no le falta para ser capaz de detectar los cambios de actitud en el ser humano que se ocupa de satisfacer sus necesidades básicas.   

Esa misma tarde durante su paseo diario pudo comprobarlo, puesto que el señor E. se dedicó a comentar con él las diferentes posibilidades que cabrían para explicar semejante despropósito. Cualquiera resultaba probable, sin embargo ninguna se le antojaba lo suficientemente plausible como para decantarse por ella, así que siguió divagando sobre el tema hasta después de la cena. “De poco serviría intentar sacar huellas digitales del papel, o incluso consultar con un experto en grafología,” reconoció mientras se acomodaba en el sofá para ver el canal de Historia con su fiel amigo echado a sus pies, “de todos modos, mañana podremos hacer un experimento antes de irme a trabajar, ¿no te parece?” Morris alzó una oreja para confirmar que estaba de acuerdo, y giró ligeramente el cuello para mirar por última vez la carta intacta y mimosamente colocada en la vitrina que alberga la colección de relojes antiguos de su amo.  

Efectivamente a la mañana siguiente realizaron la prueba que debía ser realizada, no porque esperasen que fuese concluyente, sino por descartar lo más obvio para ver si los conducía a algún sitio, o les proporcionaba otra nueva pista. El señor E. le permitió a Morris impregnar su hocico por segunda vez con el olor que desprendía el sobre, y cúal fue su sorpresa al salir del portal. Puesto que tuvo que esforzarse por retenerlo calle abajo, a fin de no acabar cayendo de bruces en la acera, debido al ímpetu que ponía en perseguir a quien pertenecía. Resultó inútil tratar de contenerlo en cuanto su objetivo estuvo a la vista, por mucho que su amo lo intase a mantener la compostura. Todo fue en balde, se lanzó directo al tobillo de su presa, dipuesto a demostrarle que su olfato era tan infalible como él desmarañando misteriosas tramas. Así que a su dueño no le quedó más remedio que sacar a relucir su experiencia en el trato cortés de atención al público, para disculparse con la cartera que entregaba el correo por la zona. La buena mujer se tomó a broma que el cánido la tuviese inmovilizada por la pernera del pantalón del uniforme, y hasta le acarició la cabeza excusando su excesiva efusividad por ser propietaria de dos gatos. 


Al salir del trabajo, el señor E. dejó a Morris a las puertas del restaurante en el que cada miércoles se reúne con su ahijada. Decidió que lo mejor era comentar el caso con ella, por lo que se llevó consigo la misteriosa carta cuidadosamente protegida en otro sobre más robusto. Lo malo fue que debió esperar a que acabase de describirle la escena que tuvo lugar en la inesperada y romántica invitación para comer que había recibido la víspera por parte de su novio. Inesperada y romántica para ella, por supuesto, porque él pensó que caía de cajón, manteniendo como mantenían una relación estable. No obstante insistió tanto en relatarle con todo lujo de detalles lo cariñoso que se mostró con ella en un día tan especial, que se armó de paciencia para escucharla. El tamborilear nervioso de su padrino mientras se deshacía en elogios por su chico la trajo de vuelta a la realidad, y acabó por preguntarle secamente: “¿De qué se trata esta vez?” Él hizo caso omiso a la cara de pocos amigos que se le puso por haberla privado de explayarse durante unos minutos más, y vació el contenido del bolsillo interior de su americana expectante, ya que de los comentarios de su ahijada sobre sus casos siempre había conseguido sacar algo en limpio. 

Con lo que no contaba en absoluto era con la carcajada que soltó antes de exclamar a viva voz: “¡¡¡Ohhhh, pero si es una carta de amor!!!” El rostro del señor E. pasó del blanco al grana en un segundo, en buena medida por culpa de la atención que despertó entre el resto de los comensales, con risitas indiscretas incluidas. Porque en el fondo no acababa de entender del todo a qué se refería su ahijada con aquello de que se tratase de un asunto amoroso. Ella puso los ojos en blanco, tras reponerse de la risa y reparar en su estupor. “¡14 de febrero, padrino, por favor, San Valentín! ¿Te suena de algo? ¿O es que en tu planeta no se celebra?” Volvió a reírse cuando le escuchó decir extrañado: “¿Acaso estás insinuando que me han enviado una carta de amor, a mí?” Sin responderle cogió el sobre dispuesta a abrirlo, hasta que él se lo quitó de las manos con la destreza suficiente para no arrugar el papel. “¡¿No piensas ni abrirla?!”, casi le gritó. Él asintió en señal de que aguardase un instante y llamó al camarero. 

El cuchillo afilado e impoluto que le trajeron expresamente de la cocina tuvo el honor de hacerlo. Pero fue su ahijada en esa ocasión quien le arrebató el sobre para extraer de su interior una hoja doblada en cuatro, con suma lentitud, eso sí, para demostrarle que pretendía evitar a toda costa interferir en lo más mínimo en la prueba que tenía delante. Su padrino dio el visto bueno cuando le pidió permiso para leerla, entre otras cosas porque el nerviosismo que le provocaba estar personalmente involucrado en la trama le aceleraba el pulso de tal manera, que llegó a comparar el hecho con que un asesino en serie lo retase a valerse de sus conocimientos y experiencia en la investigación para enfrentarse a él en cada nueva escena del crimen.    

“Estimado señor E.”, leyó en un tono suave para no compartir información con las mesas colindantes, “Me he atrevido a enviarle esta carta porque necesito dirimir de una vez por todas si mi estimación por usted es un mero espejismo, o realmente siento lo que parece indicarme mi ritmo cardíaco cada vez que lo veo. Me he mudado a esta calle hace unos meses, y debo reconocer que de no ser por su perro no me habría fijado en usted. No me malinterprete, por favor, es que sé que lo tiene desde hace poco tiempo y antes no lo había visto pasar. Trabajo en casa, y suelo tomarme un café a media tarde para reponer energías, cuando necesito inspiración me acerco a la ventana. Me gusta observar a transeúntes anónimos, incluso el ruido del tráfico me tranquiliza, por eso lo vi paseando a su mascota. Parece simpático, me refiero a él, usted me pareció el colmo de la elegancia, su porte y su manera de saludar a los conocidos es tan sumamente cortés, que me dio por pensar que es usted un caballero de otra época.”

“A estas alturas he de admitir que me aproximo a la ventana también al mediodía, para verlo venir a la vuelta de comprar el pan. Y que cuando llueve y su paseo vespertino es más breve me entristezco, y no puedo remediarlo. Así que necesito saber si esto es sólo un capricho, o en realidad siento algo por usted que va más allá de la atracción física. Por eso me he decidido a proponerle que nos conozcamos. Sé que es una osadía por mi parte, y le pido que me disculpe de antemano por ello, pero es que me devano los sesos preguntándome cómo sonará su voz. Estaré el sábado a las seis en punto en el café de la esquina, con un cuaderno verde y rotuladores sobre mi mesa. Si no le agrada mi aspecto, o no le inspira la suficiente confianza, entenderé que dé media vuelta, de lo contrario, siéntese a tomar algo conmigo, sólo le pido eso, un encuentro y una conversación, breve si está a disgusto. Lamento una vez más haber irrumpido en su intimidad de semejante manera, y espero que sepa no juzgar con demasiada severidad mi atrevimiento, puesto que únicamente proviene del interés que despierta usted en mí. No pierdo la esperanza de que me conceda la oportunidad de decírselo en persona. Atentamente, C.”   

Los repetidos “tienes que ir, tienes que ir” que profirió acto seguido su ahijada a viva voz, lograron deshacer el efecto cautivador de semejante misiva. El señor E. no podía salir de su asombro, no esperaba en absoluto que se tratase de algo así, antes habría imaginado un anónimo con letras de imprenta recortadas de diferentes revistas en el que se le instaba a resolver algún enigma indescifrable. Tampoco es que estuviese defraudado, no, es que jamás se le habría  pasado por la imaginación que fuese capaz de despertar la más ligera inclinación en ese sentido. Su vida amorosa no es que sea escasa, es que es absolutamente inexistente, y lo más parecido a un amigo que ha tenido en su vida, aparte del difunto padre de su ahijada, espera pacientemente a la entrada del restaurante. Por otro lado, hay que reconocer que no es un hombre que se de cuenta de ese tipo de cosas, ya que la secretaria del director de su sucursal tiene tendencia a colocarse las medias durante el cuarto de hora de descanso en la sala de relax cuando están ellos dos a solas, mientras él sorbe su descafeinado sin prestarle la más mínima atención. 


El sábado por la mañana decidió por fin que acudiría a la cita. Tras haberse pasado lo que quedaba de semana inspeccionando con lupa la carta en cuestión, tenía que reconocer que le picaba la curiosidad. El papel y el sobre le llamaron la atención desde un principio por su grosor, peso y tono ahuesado, muy agradable al tacto y a la vista, según su opinión. Por las letras mayúsculas de fuera daba la impresión de que se trataba de una persona de ideas tan claras como su espléndida caligrafía, algo que corroboraba la perfecta alineación del texto a mano en aquella hoja primorosamente doblada. Fueron las aes tan redondeadas las que le recordaron a una antigua compañera de pupitre del colegio. Una niña tímida que rara vez levantaba la cabeza de su mesa, pero cuya preciosa letra despertaba elogios no sólo por parte del profesorado sino también entre sus compañeros, incluido él mismo. La releyó una y otra vez con gran detenimiento, fijándose en cada frase con sumo cuidado, y llegó a la conclusión de que se expresaba de un modo tan irreprochable como estaba escrita.

Después del almuerzo dudó como un adolescente a la hora de vestirse, no sabía por cuál de sus trajes decantarse, y llegó a probarse varios mirándose reiteradamente en el espejo. Morris asistía al insólito ir y venir de su amo un tanto incrédulo, puesto que jamás lo había visto dudar antes sobre un tema que acostumbraba a dejar resuelto la noche anterior, colocando en su galán la ropa que llevaría a trabajar. En una de esas ocasiones el señor E. reparó en el reflejo de su compañero, que lo miraba intrigado a la espera de averiguar a dónde conduciría tanto cambio de prendas, y asintió. “Tienes razón, la americana de tonos tostados que combina con tus manchas es la mejor opción, es más informal que las demás, es cierto, pero al fin y al cabo es fin de semana, y voy a una cafetería, no necesito esmerarme en demasía con la etiqueta.”

Ni que decir tiene que a las seis menos cinco era un puro manojo de nervios. Su puntualidad suiza lo obligó a dar varias vueltas a la manzana, para no llegar antes de lo acordado, pero al mismo tiempo no deseaba retrasarse, por lo que acabó llegando con tres minutos de antelación, exactamente igual que cuando llega al banco. No había demasiada clientela a aquellas horas, el día estaba claro y pese a que hacía frío la gente prefería pasear a resguardarse en el café. Saludó a un vecino que se disponía a salir justo en el momento en que dejaba a Morris atado en la entrada, y entonces sus ojos repararon en el cuaderno verde y los tres rotuladores que destacaban sobre una de las mesas del fondo junto al ventanal. 

Al aproximarse, tuvo que reconocer que no contaba con la cazadora de cuero entallada sobre una sugerente camiseta ajustada, por lo que bajó la vista para encontrarse con los vaqueros rotos y  las All-Star altas verde botella, a juego con las gafas de pasta semi cubiertas por un desenfadado flequillo. Los diminutos ojos azules le dieron la impresión de que eran capaces de penetrar en sus entrañas, y evitó su mirada fijándose en lo que más le gustó de todo. Su irremediablemente atractiva sonrisa amable, que estaba enmarcada por una cuidada barba recortada de manera impecable. Separó la silla procurando no arrastrarla para no hacer ruido, y tomó asiento, no sin antes presentarse: “Soy el señor E., ¿a quién tengo el placer de conocer?”

by Eva Loureiro Vilarelhe

La serie del señor E. 

12 comentarios:

  1. ¡Vaya Eva, me has dejado en ascuas..., ya veía yo a medida que finalizaba la lectura que me iba a quedar con las ganas. ¿Se enamorará el señor E.? Hay que esperar, me temo. Le veo muy cambiado con Morris, algo más relajado, y es que los animales es lo que tienen. Estupendo como siempre, Eva, con el humor y suspense que caracteriza a la serie, enhorabuena.

    ¡Un abrazo!

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    1. Bastante ha sido ya para él decidirse a acudir a la cita... Sabes bien que necesita su tiempo para asimilar las novedades ;) Muchísimas gracias por el comentario, me alegro de que te haya gustado. Seguiremos con la serie del señor E. no te quepa duda. Gran abrazo

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  2. Hola! Menudos prejuicios tenemos! Hasta la última frase he dado por hecho de que se trataba de una chica. Me encanta la idea de una pareja formada por un gentelman y un hipster, por llamarlo de alguna manera :))
    El señor E debería relajarse un poquito, y tratar de disfrutar de las cosas bonitas de la vida.
    Precioso cuento, me ha gustado mucho :))

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    1. Muchísimas gracias por pasarte por aquí y ser tan amable de dejar un comentario. Tienes razón, he tratado de despistar hasta el final, pero no creas, el señor E. está muy suelto últimamente ;) Si lees sus anteriores aventuras lo comprobarás... Un saludo y gracias de nuevo

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  3. Hola. Es increible lo que el subconsciente hace, leyendo el relato crees hasta el último momento que es una mujer la que espera alli.
    y cuando lo lees por segunda vez, en efecto ves que nada, absolutamente nada te dice que sea una mujer quien pide la cita.
    Muchas veces nos llevamos impresiones equivocadas sobre las cosas, por malas pasadas de ese subconsciente que da por hecho cosas que no son.
    Me ha encantado, con una sola frase, que puede resultar insignificante, cambias todo al final.
    Enhorabuena.

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    1. Así es. Ahí radica la importancia que tienen las palabras. Muchas gracias por dejar un comentario :)

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  4. Eva.
    Es una delicia pasear por tus historias. En este caso parece que se trata de un tal señor E. que ya es un personaje conocido. Deberé enterarme con más detalle, y de a poco, leyendo las entregas anteriores. De todas maneras he de decirte que me ha fascinado tu cuento, en este caso por la habilidad que muestras para hacernos creer que la remitente de la carta es una mujer. A mi también me has atrapado con el prejuicio de creer que era así, quizás reforzado por la exclamación de la ahijada cuando dice que se trata de una carta de amor. Pero muy fácil es decirlo cuando ya está escrito, mucho más difícil es hilar la trama para que eso suceda, y eso se debe a tu presteza para lograr el cometido. Un magnífico relato, es un placer leer tus textos, es muy agradable dejarse llevar por tu narrativa tan cuidada. Mis felicitaciones, Eva.
    Un beso.
    Ariel

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    1. Muchísimas gracias, Ariel. En primer lugar por leerme, porque una vez que lo haces tus comentarios nunca defraudan. Es un honor recibir semejantes elogios y espero ser realmente merecedora de ellos. El señor E. se está convirtiendo en un personaje entrañable para mí, ya que disfruto mucho relatando sus aventuras, porque el sentido del humor que destilan es inherente a mi forma de ver la vida. Y también es cierto que ya va siendo hora de que nos libremos de ciertos prejuicios en pleno siglo XXI... Gracias por seguirme, ya sabes que yo ando leyendo tus maravillosos relatos, procurando hacerlo con el suficiente tiempo para poder disfrutarlos como es debido. Un beso enorme, Ariel.

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  5. Hola Eva
    No conocía al Sr. E pero es cierto que tu relato me ha hecho darme cuenta de que te anticipas y esperas algo y debes volver a leerlo para percatarte que no es una mujer la cita que espera al Sr. E.
    Muy buena manera de poner al descubierto esos perjuicios que a veces tenemos los lectores sin darnos cuenta.
    Saludos

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    1. Bienvenida a bordo, Conxita. Gracias por leerme y ser tan amable de dejar un comentario. Me alegro de que esta historia del señor E. sirva para despertar conciencias, y también de que me ofrezca la oportunidad de conocer gente interesante como tú. Saludos

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  6. María José López Venancio7 de marzo de 2017, 21:33

    Por los comentarios anteriores, el Señor E es protagonista de más historias que, poco a poco, iré leyendo y descubriendo.
    Me encanta cómo relatas la relación entre Morris y el Señor E, cómo los animales pueden hacer cambiar los hábitos de vida de las personas.
    El final ha estado genial porque desde un primer momento también me he imaginado que se trataba de una mujer. Y de la reacción del Señor E qué decir...un canto a la eliminación de prejuicios dándole valor a lo que realmente lo tiene: un gesto, un sentimiento...
    Maravilloso relato!!!

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    1. Muchas gracias, María José, por pasarte y por tus amables palabras. Te recomiendo la saga del señor E, porque es interesante cómo va evolucionando el personaje sobre todo, como bien dices, a raíz de su relación con Morris. Me alegro de que te haya gustado tanto el final, creo que no deja indiferente, y coincido plenamente contigo, lo importante son los gestos en cuestión de sentimientos. ¡Un abrazo!

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