jueves, 2 de febrero de 2017

El del mío es más rojo que el del tuyo


Me han gustado los coches desde que tengo uso de razón. Recuerdo concretamente una reproducción de un cuatro latas amarillo, que tenía desconchado de tan trasteado que estaba el pobre, por el que lloré desconsolada cuando se me perdió. Principalmente porque no tenía muchos más, en mi época a las niñas nos daban muñecas y yo no sabía qué hacer con ellas, así que las sentaba en fila como si fuesen el público de las carreras que improvisaba con mis bólidos por el pasillo. Mi serie preferida de dibujos era Autos locos y siempre soñé con tener un Tiburón aparcado delante de casa. 

De adolescente tuve más suerte. A mi novio del instituto le iban las motos y gracias a él aprendí a manejarme con la mecánica de los motores, pero su mejor amigo creo que es la persona más obsesionada por los automóviles que he conocido en mi vida. Decía que no le interesaban las chicas, que él sólo se excitaba con el olor de la gasolina, y fui testigo de que no era una exageración. Era el jefe de nuestra escudería de Scalextric en la que yo conducía un Porsche 911 Carrera azul celeste, el color no me entusiasmaba demasiado, lo que sí me encantaba era que trazase las curvas con tanta sutileza, un verdadero espectáculo que montábamos en su casa todos los fines de semana en un cuarto enorme repleto de chicanes. 

Acabé casándome con otro forofo del motor, por lo que no es de extrañar que nuestros hijos reconozcan modelo y año de cualquier marca del mercado con sólo intuir el sesgo de un faro en un anuncio de seguros. Todavía no sé cuál será el coche que marcará su infancia, pero yo siempre recordaré el Renault 9 TSE de mis padres con especial cariño. Creo que el rojo es mi color favorito por su culpa, era tan brillante y llamativo que lo miraba extasiada cada vez que papá lo lavaba. Refulgía bajo el sol de tal manera que no había otro que tuviese un tono tan vivo, y no exagero, era diferente a todos los demás del mismo modelo y color por una azarosa razón. 


Mis padres fueron a buscarlo a Valladolid en persona en 1982, precisamente cuando fue coche del año, les costó franco fábrica un millón de las antiguas pesetas y emprendieron el viaje desde Ferrol en su achacoso 850 con la ilusión de dar un salto cualitativo en su calidad de vida. No les defraudó en absoluto, al contrario, lo habían visto por catálogo y les encantó nada más verlo. A la vuelta hicieron noche en León aprovechando la ocasión para visitar a unos amigos, sin imaginarse siquiera lo que se encontrarían al día siguiente. 

“¿Por qué lo destrozaron?”, le pregunté incrédula a papá cuando me lo contó años después. “Imagino que por la matrícula de Coruña”, admitió encogiéndose de hombros con aire ausente, y en su rostro pude ver la impotencia y frustración que sufrió aquella aciaga mañana al descubrir cómo se lo habían dejado. En el taller del único concesionario Renault que había entonces en nuestra ciudad no daban crédito cuando lo vieron aparecer, al flamante coche de estreno le habían arrancado de cuajo los limpiaparabrisas, roto todas las lunas, además de rayado de tal forma la chapa que hubo que pintarlo entero de nuevo, lo que supuso un problema, porque al ser un modelo tan reciente todavía no tenían disponible la pintura original e intentaron imitarla como pudieron, por eso quedó diferente para siempre. 

Yo era muy pequeña y no recuerdo lo sucedido, lo que sí no olvidaré era lo bonito que me pareció. Era enorme comparado con el anterior y su tapicería beige claro tan suave y esponjosa que me encantaba acostarme en el banco trasero estirando brazos y pies todo lo que podía, para ver si llegaba a rozar con mis dedos ambas puertas a la vez. Disponía de lo último en tecnología, toda una novedad en aquellos años, aire acondicionado, elevalunas eléctricos y, lo más divertido de todo, cierre centralizado. El curioso mecanismo disponía de una pequeña cápsula transparente donde aparecía un cilindro rojo cuando se cerraba con llave, por lo que en cuanto me sentaba esperaba atenta a que subiese el seguro junto a mi ventanilla, o le pedía a mi padre que lo accionase en repetidas ocasiones para poder verlo subir y bajar a mi antojo. 


La única pega fue que unos vecinos se compraron otro poco después, aunque con el acabado TS que no incluía todos aquellos extras. Sabiendo de mi devoción por el coche, su hijo se dedicaba a meterse conmigo cuando nos encontrábamos jugando en la plaza, se pasaba la tarde diciéndome que no me hiciese la chulita, que salvo por un par de cosas el de su papá era exactamente igual. A mí me daba una rabia tremenda, porque en ningún momento se me hubiese ocurrido restregarle por las narices semejante cosa, es más, mi timidez me impedía contestarle como se merecía, limitándome a ponerme como un tomate. Un día, su insistencia me sacó tanto de quicio que me envalentoné y, sacándole la lengua, le solté convencida: “¡Ya, pero el del mío es más rojo que el del tuyo!” Zanjando la discusión para siempre, por supuesto, porque aquello no podía negarse. 

El uso y el paso del tiempo lo fueron ajando, he de admitirlo, sin embargo a mí me seguía gustando. Sobretodo el ruido de su motor, porque era perfectamente distinguible desde la distancia, cosa que me resultaba muy práctica para saber cuándo venía papá a recogerme si llovía. En cuanto escuchaba su característico ronroneo, me apresuraba a salir a la calle, abrir el paraguas y aproximarme a la calzada para que no tuviese que entorpecer mucho el tráfico por mi culpa. Hace poco volví a reconocerlo y antes de que apareciese doblando la esquina delante de nosotros les dije a mis hijos completamente segura, “Ahí viene un Renault 9 antiguo”. Para ellos cualquier modelo anterior al 2010 es un clásico, así que me miraron asombrados al verificarlo con sus propios ojos, con esa cara de mamá-es-lo-más que seguramente dejaré de ver una vez sean adolescentes.     

“Mis padres tuvieron uno”, admití para que no me tomasen por adivina y al preguntarme qué fue de él, sonreí triste, relatándoles que por caprichos del destino un imprudente que se saltó un stop se estrelló contra su lateral derecho el mismo día que salía del taller recién pintado. Cuando se lo llevó la grúa papá meneaba la cabeza compungido despidiéndose del fiel compañero que nunca lo dejó tirado, acababa de reparar todos los desperfectos que su paulatina falta de visión le habían ido ocasionando, y se lamentaba amargamente, consciente de que después de semejante golpe ya no serviría para reparar. Intenté consolarlo diciéndole que lo importante era que no le hubiese sucedido nada ni a él ni al resto de sus ocupantes, pero entendía perfectamente el cariño que le tenía a aquel coche. Doce años en total pudimos disfrutarlo y, al verlo desaparecer, procuré esconderle mi sonrisa, al menos lo recordaría tan rojo y brillante como el primer día.

by Eva Loureiro Vilarelhe

4 comentarios:

  1. Un buen relato sobre recuerdos de la infancia, Eva. Es muy emotivo, y también un ejemplo de como sucesos de la niñez marcan nuestra vida adulta y como esos detalles aparentemente intrascendentes se nos quedan grabados. Me ha encantado, enhorabuena. Me queda la duda de si es autobiográfico. ¡Un abrazo!

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    1. Muchas gracias por el comentario, Ziortza. Creo que vamos construyendo la vida a base de recuerdos, que ficcionamod en buena medida al reconstruirlos subjetivamente a partir de nuestra memoria, por eso, aunque se traten de experiencias vividas en nuestra piel, merece la pena darles forma y que cobren vida propia de alguna manera. ¡Enorme abrazo!

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  2. Un relato entrañable, Eva, y escrito con una sencillez y fluidez que hacen que nos sintamos aún más identificados con la historia. Yo no soy muy de coches, lo confieso, pero tu historia me ha encantado.
    ¡Un saludo!

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  3. Muchas gracias por tu comentario, Julia, sobre todo teniendo en cuenta que el tema de esta semana no te atrae especialmente. Bienvenida a mi rincón ;)

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