jueves, 23 de febrero de 2017

Ferrol mola




Advertencia: Los personajes que aparecen
en este relato son ficticios, todo parecido con

la realidad es mera coincidencia. Ahora bien, 
la historia está basada en la de un madrileño
afincado recientemente en Ferrol, al que se le
echará en falta cuando tenga que marcharse.




—¿Y ahora qué tripa se te ha roto?
—Mujer, no me sueltes algo así sin más que parece que no te alegras de que te llame...
—Todavía tengo la oreja caliente de la última hora y media que me has tenido al teléfono, así que no me vengas con milongas. ¿Se puede saber qué quieres ahora?
—Nada, nada. Ya veo que no está el horno para bollos... 
—¡Quieres soltarlo de una vez y dejarte de estupideces!
—Bueno, porque insistes, eh, que sino podía estar perfectamente sin preguntártelo.
—¡Antonio no me saques más de quicio, suéltalo ya!
—¿Tú estas segura de que el jefe me escogió a mí porque lo valgo?
Se escuchó un suspiro al otro lado del auricular, que resonó de tal manera en el habitáculo del coche a través del bluetooth, que el conductor dio un respingo pensando que le había reventado una rueda. 
—¿María estás bien? – le preguntó preocupado al darse cuenta de que había sido ella.
—Estaría mejor si me dejaras tranquila – murmuró en voz baja.
—¿Cómo dices? – le subió el volumen a la radio – ¡Habla más alto que no te escucho! ¿Eres tú? O eso, o que al entrar en la provincia de Lugo ya no hay antenas para los móviles... 
 El tono de pánico con el que hizo su último comentario consiguió que su mujer elevase el tono irritada.
—¡A ver, Antonio, no digas tonterías, anda! No vas a tener ningún problema para comunicarte conmigo, ¿o es que ahora los gallegos viven en la Edad de Piedra? Y sí, tú lo vales, como la modelo del anuncio, por eso tu jefe te dijo el otro día: “Peláez, eres el único que vale para el puesto, tendrás que sacar adelante el proyecto sí o sí. No me falles, que ya les he dicho a los de arriba que está hecho.”
—¿Y entonces por qué sudo a mares cada vez que lo pienso?
—Porque en realidad es un marrón. Ya lo sabes. Si no lo fuese no te habrían mandado a ti. Por eso es cierto que vales para el puesto, y no vas a conseguirlo, cariño, pero es que nadie puede luchar contra molinos al estilo D. Quijote.
 —¡Qué bien hablas! Ves ya estoy mucho más tranquilo... Me quedan menos de doscientos kilómetros para llegar y todavía no ha llovido, ¿te lo puedes creer?
—¿Qué pensabas? Que te iban a nacer escamas, ¿o qué? Tú y los tópicos, en fin... ¿Algo más? ¿O puedo ocuparme ya de nuestro hijo?
—Pásame al enano, que así me despido de él.
—Ya lo hiciste ayer, veinte veces, y hoy otras tantas, así que déjalo en paz, que para una vez que está jugando en su cuarto tranquilamente...
—Bueno, vale, ya veo que molesto. Me callo. Pero que sepas que os echo mucho de menos... Y que irse tan lejos da vértigo.
Esta vez resopló en lugar de suspirar.
—Por favor, Antonio, te pido que dejes de hacerte la víctima, porque estás empezando a sacarme de mis casillas. 
—¡Para ti es fácil decirlo, como te quedas ahí!
—Sí, organizando la quinta mudanza desde que nos casamos, así que cállate la boca, que estoy hasta el moño de meter cosas en cajas. ¡Y tú no te quejes tanto! Que estarás solo poco más de quince días, después ya me encargo yo de todo, como siempre. Y no te vas a la Cochinchina, sino a Ferrol, ¡así que déjate de gaitas! Nunca mejor dicho, mira. 
Se oyó un clic y la radio retomó la emisión interrumpida durante la llamada.
—¿Me ha colgado? – dijo en alto hablando para sí mismo y suspiró compungido.

...

—¿María? ¡Hola, cari! Me ha saltado el buzón de voz, ¿estás durmiendo ya? Bueno.. sólo quería decirte que he llegado bien. Mañana te llamo, ¿vale? Que no me gusta hablar para estos chismes, es como hablar solo y me da mal rollo. Un beso. 

...


—Dime.
—¡Por fin! Es la cuarta vez que te llamo esta mañana... ¿Dónde estabas?
—De recados, ¿qué quieres? Tengo prisa, que todavía tengo que hacer un par de cosas más. 
—Bueno, vale. Es que ni siquiera me has contestado al mensaje que te dejé ayer... – al intuir que iba a seguir sin hacerle comentario alguno al respecto, siguió con lo suyo – Pues, nada, esto es un horror, que lo sepas... Peor de lo que me habían contado.
—¿Te refieres a la tienda o al pueblo?
—Las dos cosas, pero ¡ojo! Ni se te ocurra decirles que es un pueblo, es una CIUDAD, así con mayúsculas, da lo mismo si en cualquier barrio de Madrid vive más gente que aquí. Tiene mucha historia y tal, pero ayer me llevaron de visita al centro y se me cayó el alma a los pies. Para que te hagas una idea, me encontré una pintada que dice “Ferrol mola”, con un muñeco amarillo muy simpático, y pensé, molar debió molar, pero en el siglo XVIII por que lo que es ahora... Está todo tan, tan descuidado, hay casas antiguas muy chulas, no creas, pero sin rehabilitar, ¿sabes? Una pena, la verdad.
—Pero la tienda es nueva, ¿no?
—Sí, sí, es un centro comercial nuevo y está muy bien. Lo que pasa es que queda como en un descampado todavía, y ya te imaginas, hay que conseguir que la gente venga hasta aquí. En fin, ¡qué te voy a contar que no sepas, ya! Después de la de tumbos que llevamos dado juntos por media España. 
—¿Y la gente?
—Pues no te sabría decir, mira. Es que son un poco raros estos gallegos. No veas cómo hablan, a veces no les entiendo, y no porque me hablen en su lengua, no. No sé, ¿sabes eso que dicen de que no se sabe si suben o bajan si te los encuentras en una escalera? ¡Pues ni en un ascensor, ni tampoco en plano, si me apuras! Eso sí, son buena gente. Raros, pero trabajadores. Si les pido algo para esa misma tarde me lo hacen para ayer. Así da gusto. Ahora que de gritarles me harto, porque esa es otra, a veces les entra por un oído y les sale por el otro lo que les digo...
—Tú también es que eres un poco bruto hablando, Antonio, tienes que reconocerlo.
—Ya me lo han dicho, oye. Un niñato que tengo a mi cargo, le suelto cuatro tacos y me mira alucinado. Le pregunto qué le pasa y me dice todo pancho. “Es que ni mi padre me habla tan mal.” ¡Joder, tengo pinta de ser tu padre! Y va y me dice, “oi que carallo”, o algo así. ¿Te lo puedes crees?
—¿Pero tú qué le dijiste?
—¡Que no me tocase más los cojones y que hiciese las cosas como le decía yo, y se dejase de hostias! ¡Hasta ahí podíamos llegar! ¡Y no sé por qué le molesta tanto si “carallo” también es un taco!
—Ya, pero resulta más suave. Mi abuelo era gallego y la verdad es que cuando hablaba en español nunca decía palabrotas, sólo “carallo”, y no sonaba nada mal viniendo de él. 
—Sí, tú encima dale la razón... Bueno, por lo menos si sirve para que te vayas aclimatando no digo nada. Anda, te dejo que me llaman, a ver qué cojones pasa ahora.
—Antonio, ves como eres un bruto... – pero esta frase ya no llegó a escucharla.

...


—¡Pásame al enano, anda!
—¡Hola, papi! 
—Oye, ¿adivina a dónde te voy a llevar el primer día que vengas?
—¿Al zoo?
—No, hijo, no, aquí no hay, pero...
—¿En Ferrol no hay zoo?
—No, Toni, no, no hay zoo. Escúchame, esto es muchísimo mejor que el zoo. ¡Ya lo verás!
—¡Al parque de atracciones!
—Que no, tampoco hay parque de atracciones...
—¿Entonces que hay?
—¡Playa! !Hay millones de playas, para que te enteres! 
—¿Millones?
—Bueno, tantas no, pero hay muchísimas. ¡Y más bonitas todas, que no veas! Hoy estuve en S. Jorge, y es preciosa, ya lo verás. La arena es blanca, pero blanca y suave de verdad, como la del Caribe, hijo, y el mar hasta parece verde y todo.
—¿Verde?
—Más bonito, en mi vida había visto yo una costa tan linda como ésta. Te voy a llevar todos los días a la playa, al agua no sé porque está más fría que yo que sé, pero da gusto lo limpia y clara que está. 
—¡Mamá, papá va a llevarnos a la playa!
—Anda, pásamela, que se lo cuento a ella también.
—¿Has estado haciendo turismo?
—¡Qué va! Aquí mismo, mujer, si está todo tan cerca que se llega en una patada... Y no veas cómo se come, marisco del bueno, pero del bueno, bueno, cari. ¡Te vas a hartar!
—¡Vaya, hoy parece que estás más contento!
—Es que ya falta menos para que os vengáis, y las cosas empiezan a funcionar... Ya tengo colegio para el crío, me arreglaron todo por teléfono y cuando fui ya tenían listos los papeles, firmé y listo, ¡no veas qué alivio! Aquí la gente es eficiente, si pueden te facilitan la vida... Sólo falta que escojas la casa que te guste más, ya he estado mirando varias, y también, todo facilidades, sin preocupaciones. Mejor, que bastante tengo con lo mío.
—¿Cómo lo llevas?
—De eso prefiero no hablar, que sino se me pasa el buen humor, pero bueno, no me quejo, en peores plazas he toreado... 
—¿Entonces ya no te desagrada tanto que nos tengamos que quedar ahí unos años?
—¡Qué va! Al contrario, es un sitio tranquilo, la gente es maja cuando se la conoce, parecen cerrados, pero si hay confianza son muy hospitalarios. Hasta ya no me parece tan horrible la ciudad, porque los alrededores son impresionantes, de verdad, me han llevado a dar una vuelta por las playas y los acantilados, y son de quitar el hipo. Vamos a estar bien, cari, que te lo digo yo...

...

—¡¡¡¡Maríaaaaa!!!! – el grito aterrador resonó por todo el dormitorio despertando a la interpelada en el acto. 
—¡Ay qué susto me has dado, Antonio! ¿Qué te pasa? ¿Otra pesadilla? – el hombre asintió con el rostro desencajado – ¿Y por qué ha sido esta vez? ¿El balance de cuentas?
—No, no, nada de eso – le dijo con la voz entrecortada – Soñé que me destinaban a otro sitio y nos teníamos que ir de Ferrol.
—Hombre, no sé por qué te pones así, sabes que un día pasará...
—Es que yo ya no me quiero ir de aquí, cari, ya no... – y se echó sobre la almohada llorando desconsolado.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 16 de febrero de 2017

El desconcertante caso de la carta sin remitente


El 14 de febrero el señor E. recogió las cartas del buzón sin pararse a mirarlas y las dejó encima del aparador de la entrada, descolgó la correa de Morris para llevárselo a hacer sus necesidades de paso que bajaba a comprar el pan. Desde que su nuevo compañero de aventuras había empezado a formar parte de su vida, sus rutinas se habían visto notablemente alteradas. Antes iba por la panadería al salir del banco, paraba en el súper por si necesitaba algo para completar el menú que habitualmente dejaba listo la víspera, y acababa comiendo más solo que la una. Ahora no. En cuanto pone un pie fuera de la oficina apresura el paso para llegar lo más rápido posible a su piso. Suele escuchar los ladridos de bienvenida desde el ascensor, lo que invariablemente provoca que su sempiterna sonrisa afable se expanda. 

Tras regresar del breve paseo para hacer las compras de última hora, se dispone a preparar una ensalada para acompañar a un buen par de filetes a la plancha, ración que también ha tenido que duplicar, ya que no puede evitar compartirla con su fiel escudero, que atiende al relato sobre su ajetreada mañana relamiéndose al mismo tiempo, debido a los aromáticos vapores procedentes de la carne que el extractor no consigue paliar por mucha potencia que tenga. La naranja que pone fin al banquete es la señal para que Morris le acerque el correo a su amo, blandiendo entre sus dientes la bandeja en la que lo deposita, además del abrecartas que utiliza para perturbar lo más mínimo la integridad de las misivas. Prodigio de equilibrismo que el señor E. elogia ofreciéndole en recompensa un hueso de esos específicos para cuidad la salud dental de los cánidos.

En definitiva, el perro consiguió en los pocos meses que lleva conviviendo con él lo impensable, que su amo se muestre menos reacio a incorporar cambios en su vida sin dramatismo alguno por su parte. Eso sí, lo que no puede evitar es que cualquier novedad le ocasione una sensación de absoluto desconcierto, que fue precisamente lo que le ocurrió mientras revisaba las cartas que le habían llegado. La mayoría las abre por inercia, sin sorprenderse en absoluto por su contenido, puesto que se las remitían desde su propia oficina y no son sino recibos o informaciones relativas a su estado de cuentas. Las de promociones o publicidad no las echa a reciclar sin abrir, porque su cortesía natural le impide no tener en cuenta el esfuerzo y el trabajo de quien se las ha remitido. Por eso su corazón latió desaforado al reparar en un sobre timbrado el día anterior, con su nombre y dirección escritos en letras mayúsculas a rotulador, en el que no aparecía el remitente por ningún lado. 

La inquietud que le provocó semejante descubrimiento no pasó desapercibida para el trasunto de sabueso, que ladró un par de veces procurando que el señor E. mirase para él, a fin de encontrar en su rostro una explicación a su repentina palidez y al sudor que le cubría la frente, además de a sus manos temblorosas. Precisamente a consecuencia de su alterado pulso el sobre fue a parar al suelo, hecho que aprovechó el inteligente can para interesarse por el objeto responsable del estado anímico de su amo, olfateándolo hasta que éste se lo retiró de delante del hocico, recriminándole que con su actitud podía estar destruyendo pruebas. Morris reconoció en el timbre de su voz que no sólo se le había pasado el mal trago, sino que había entrado en fase i (i de investigación). Que es como él denomina al trance de efervescencia mental en el que se sumerge su dueño cuando tiene ante sí otro caso por resolver. En realidad somos nosotros quienes ponemos etiqueta a lo que pasa por la cabeza del perro, pero hay que reconocer que inteligencia no le falta para ser capaz de detectar los cambios de actitud en el ser humano que se ocupa de satisfacer sus necesidades básicas.   

Esa misma tarde durante su paseo diario pudo comprobarlo, puesto que el señor E. se dedicó a comentar con él las diferentes posibilidades que cabrían para explicar semejante despropósito. Cualquiera resultaba probable, sin embargo ninguna se le antojaba lo suficientemente plausible como para decantarse por ella, así que siguió divagando sobre el tema hasta después de la cena. “De poco serviría intentar sacar huellas digitales del papel, o incluso consultar con un experto en grafología,” reconoció mientras se acomodaba en el sofá para ver el canal de Historia con su fiel amigo echado a sus pies, “de todos modos, mañana podremos hacer un experimento antes de irme a trabajar, ¿no te parece?” Morris alzó una oreja para confirmar que estaba de acuerdo, y giró ligeramente el cuello para mirar por última vez la carta intacta y mimosamente colocada en la vitrina que alberga la colección de relojes antiguos de su amo.  

Efectivamente a la mañana siguiente realizaron la prueba que debía ser realizada, no porque esperasen que fuese concluyente, sino por descartar lo más obvio para ver si los conducía a algún sitio, o les proporcionaba otra nueva pista. El señor E. le permitió a Morris impregnar su hocico por segunda vez con el olor que desprendía el sobre, y cúal fue su sorpresa al salir del portal. Puesto que tuvo que esforzarse por retenerlo calle abajo, a fin de no acabar cayendo de bruces en la acera, debido al ímpetu que ponía en perseguir a quien pertenecía. Resultó inútil tratar de contenerlo en cuanto su objetivo estuvo a la vista, por mucho que su amo lo intase a mantener la compostura. Todo fue en balde, se lanzó directo al tobillo de su presa, dipuesto a demostrarle que su olfato era tan infalible como él desmarañando misteriosas tramas. Así que a su dueño no le quedó más remedio que sacar a relucir su experiencia en el trato cortés de atención al público, para disculparse con la cartera que entregaba el correo por la zona. La buena mujer se tomó a broma que el cánido la tuviese inmovilizada por la pernera del pantalón del uniforme, y hasta le acarició la cabeza excusando su excesiva efusividad por ser propietaria de dos gatos. 


Al salir del trabajo, el señor E. dejó a Morris a las puertas del restaurante en el que cada miércoles se reúne con su ahijada. Decidió que lo mejor era comentar el caso con ella, por lo que se llevó consigo la misteriosa carta cuidadosamente protegida en otro sobre más robusto. Lo malo fue que debió esperar a que acabase de describirle la escena que tuvo lugar en la inesperada y romántica invitación para comer que había recibido la víspera por parte de su novio. Inesperada y romántica para ella, por supuesto, porque él pensó que caía de cajón, manteniendo como mantenían una relación estable. No obstante insistió tanto en relatarle con todo lujo de detalles lo cariñoso que se mostró con ella en un día tan especial, que se armó de paciencia para escucharla. El tamborilear nervioso de su padrino mientras se deshacía en elogios por su chico la trajo de vuelta a la realidad, y acabó por preguntarle secamente: “¿De qué se trata esta vez?” Él hizo caso omiso a la cara de pocos amigos que se le puso por haberla privado de explayarse durante unos minutos más, y vació el contenido del bolsillo interior de su americana expectante, ya que de los comentarios de su ahijada sobre sus casos siempre había conseguido sacar algo en limpio. 

Con lo que no contaba en absoluto era con la carcajada que soltó antes de exclamar a viva voz: “¡¡¡Ohhhh, pero si es una carta de amor!!!” El rostro del señor E. pasó del blanco al grana en un segundo, en buena medida por culpa de la atención que despertó entre el resto de los comensales, con risitas indiscretas incluidas. Porque en el fondo no acababa de entender del todo a qué se refería su ahijada con aquello de que se tratase de un asunto amoroso. Ella puso los ojos en blanco, tras reponerse de la risa y reparar en su estupor. “¡14 de febrero, padrino, por favor, San Valentín! ¿Te suena de algo? ¿O es que en tu planeta no se celebra?” Volvió a reírse cuando le escuchó decir extrañado: “¿Acaso estás insinuando que me han enviado una carta de amor, a mí?” Sin responderle cogió el sobre dispuesta a abrirlo, hasta que él se lo quitó de las manos con la destreza suficiente para no arrugar el papel. “¡¿No piensas ni abrirla?!”, casi le gritó. Él asintió en señal de que aguardase un instante y llamó al camarero. 

El cuchillo afilado e impoluto que le trajeron expresamente de la cocina tuvo el honor de hacerlo. Pero fue su ahijada en esa ocasión quien le arrebató el sobre para extraer de su interior una hoja doblada en cuatro, con suma lentitud, eso sí, para demostrarle que pretendía evitar a toda costa interferir en lo más mínimo en la prueba que tenía delante. Su padrino dio el visto bueno cuando le pidió permiso para leerla, entre otras cosas porque el nerviosismo que le provocaba estar personalmente involucrado en la trama le aceleraba el pulso de tal manera, que llegó a comparar el hecho con que un asesino en serie lo retase a valerse de sus conocimientos y experiencia en la investigación para enfrentarse a él en cada nueva escena del crimen.    

“Estimado señor E.”, leyó en un tono suave para no compartir información con las mesas colindantes, “Me he atrevido a enviarle esta carta porque necesito dirimir de una vez por todas si mi estimación por usted es un mero espejismo, o realmente siento lo que parece indicarme mi ritmo cardíaco cada vez que lo veo. Me he mudado a esta calle hace unos meses, y debo reconocer que de no ser por su perro no me habría fijado en usted. No me malinterprete, por favor, es que sé que lo tiene desde hace poco tiempo y antes no lo había visto pasar. Trabajo en casa, y suelo tomarme un café a media tarde para reponer energías, cuando necesito inspiración me acerco a la ventana. Me gusta observar a transeúntes anónimos, incluso el ruido del tráfico me tranquiliza, por eso lo vi paseando a su mascota. Parece simpático, me refiero a él, usted me pareció el colmo de la elegancia, su porte y su manera de saludar a los conocidos es tan sumamente cortés, que me dio por pensar que es usted un caballero de otra época.”

“A estas alturas he de admitir que me aproximo a la ventana también al mediodía, para verlo venir a la vuelta de comprar el pan. Y que cuando llueve y su paseo vespertino es más breve me entristezco, y no puedo remediarlo. Así que necesito saber si esto es sólo un capricho, o en realidad siento algo por usted que va más allá de la atracción física. Por eso me he decidido a proponerle que nos conozcamos. Sé que es una osadía por mi parte, y le pido que me disculpe de antemano por ello, pero es que me devano los sesos preguntándome cómo sonará su voz. Estaré el sábado a las seis en punto en el café de la esquina, con un cuaderno verde y rotuladores sobre mi mesa. Si no le agrada mi aspecto, o no le inspira la suficiente confianza, entenderé que dé media vuelta, de lo contrario, siéntese a tomar algo conmigo, sólo le pido eso, un encuentro y una conversación, breve si está a disgusto. Lamento una vez más haber irrumpido en su intimidad de semejante manera, y espero que sepa no juzgar con demasiada severidad mi atrevimiento, puesto que únicamente proviene del interés que despierta usted en mí. No pierdo la esperanza de que me conceda la oportunidad de decírselo en persona. Atentamente, C.”   

Los repetidos “tienes que ir, tienes que ir” que profirió acto seguido su ahijada a viva voz, lograron deshacer el efecto cautivador de semejante misiva. El señor E. no podía salir de su asombro, no esperaba en absoluto que se tratase de algo así, antes habría imaginado un anónimo con letras de imprenta recortadas de diferentes revistas en el que se le instaba a resolver algún enigma indescifrable. Tampoco es que estuviese defraudado, no, es que jamás se le habría  pasado por la imaginación que fuese capaz de despertar la más ligera inclinación en ese sentido. Su vida amorosa no es que sea escasa, es que es absolutamente inexistente, y lo más parecido a un amigo que ha tenido en su vida, aparte del difunto padre de su ahijada, espera pacientemente a la entrada del restaurante. Por otro lado, hay que reconocer que no es un hombre que se de cuenta de ese tipo de cosas, ya que la secretaria del director de su sucursal tiene tendencia a colocarse las medias durante el cuarto de hora de descanso en la sala de relax cuando están ellos dos a solas, mientras él sorbe su descafeinado sin prestarle la más mínima atención. 


El sábado por la mañana decidió por fin que acudiría a la cita. Tras haberse pasado lo que quedaba de semana inspeccionando con lupa la carta en cuestión, tenía que reconocer que le picaba la curiosidad. El papel y el sobre le llamaron la atención desde un principio por su grosor, peso y tono ahuesado, muy agradable al tacto y a la vista, según su opinión. Por las letras mayúsculas de fuera daba la impresión de que se trataba de una persona de ideas tan claras como su espléndida caligrafía, algo que corroboraba la perfecta alineación del texto a mano en aquella hoja primorosamente doblada. Fueron las aes tan redondeadas las que le recordaron a una antigua compañera de pupitre del colegio. Una niña tímida que rara vez levantaba la cabeza de su mesa, pero cuya preciosa letra despertaba elogios no sólo por parte del profesorado sino también entre sus compañeros, incluido él mismo. La releyó una y otra vez con gran detenimiento, fijándose en cada frase con sumo cuidado, y llegó a la conclusión de que se expresaba de un modo tan irreprochable como estaba escrita.

Después del almuerzo dudó como un adolescente a la hora de vestirse, no sabía por cuál de sus trajes decantarse, y llegó a probarse varios mirándose reiteradamente en el espejo. Morris asistía al insólito ir y venir de su amo un tanto incrédulo, puesto que jamás lo había visto dudar antes sobre un tema que acostumbraba a dejar resuelto la noche anterior, colocando en su galán la ropa que llevaría a trabajar. En una de esas ocasiones el señor E. reparó en el reflejo de su compañero, que lo miraba intrigado a la espera de averiguar a dónde conduciría tanto cambio de prendas, y asintió. “Tienes razón, la americana de tonos tostados que combina con tus manchas es la mejor opción, es más informal que las demás, es cierto, pero al fin y al cabo es fin de semana, y voy a una cafetería, no necesito esmerarme en demasía con la etiqueta.”

Ni que decir tiene que a las seis menos cinco era un puro manojo de nervios. Su puntualidad suiza lo obligó a dar varias vueltas a la manzana, para no llegar antes de lo acordado, pero al mismo tiempo no deseaba retrasarse, por lo que acabó llegando con tres minutos de antelación, exactamente igual que cuando llega al banco. No había demasiada clientela a aquellas horas, el día estaba claro y pese a que hacía frío la gente prefería pasear a resguardarse en el café. Saludó a un vecino que se disponía a salir justo en el momento en que dejaba a Morris atado en la entrada, y entonces sus ojos repararon en el cuaderno verde y los tres rotuladores que destacaban sobre una de las mesas del fondo junto al ventanal. 

Al aproximarse, tuvo que reconocer que no contaba con la cazadora de cuero entallada sobre una sugerente camiseta ajustada, por lo que bajó la vista para encontrarse con los vaqueros rotos y  las All-Star altas verde botella, a juego con las gafas de pasta semi cubiertas por un desenfadado flequillo. Los diminutos ojos azules le dieron la impresión de que eran capaces de penetrar en sus entrañas, y evitó su mirada fijándose en lo que más le gustó de todo. Su irremediablemente atractiva sonrisa amable, que estaba enmarcada por una cuidada barba recortada de manera impecable. Separó la silla procurando no arrastrarla para no hacer ruido, y tomó asiento, no sin antes presentarse: “Soy el señor E., ¿a quién tengo el placer de conocer?”

by Eva Loureiro Vilarelhe

La serie del señor E. 

jueves, 9 de febrero de 2017

El hombre del tiempo


Fuimos a vivir a aquella casa cuando tendría ocho o nueve años, no recuerdo bien si ya los había cumplido, sé que fue en tercero de primaria porque en la mudanza se extravió el libro de matemáticas del banco de libros y mis padres tuvieron que comprarme otro. Era el único completamente nuevo que tenía y me gustaba tanto que lo cuidaba muchísimo para que el siguiente niño que lo fuese a usar lo disfrutase tanto como yo. Lo peor de vivir allí era que tenía que madrugar más porque la escuela quedaba más lejos, mamá me prometió que serían sólo unos meses mientras esperábamos a que les entregasen el piso que habían comprado. “¿Y por qué no podemos seguir viviendo en el nuestro?”, le pregunté bostezando refregándome los ojos. “Pues porque ya no lo es, lo hemos vendido. Se nos hace pequeño ahora que vas a tener un hermanito.” 

Me apresuré a calzarme porque se nos estaba haciendo tarde y bajamos a toda prisa las escaleras. Las luces de la calle todavía estaban encendidas y el cielo parecía que no se decidía a dejar atrás la oscuridad de la noche. Entonces lo vi, allí de pie en la esquina, con el abrigo abrochado hasta arriba frotándose sus enormes manazas, tan grande y tan corpulento que me dio miedo, por lo que me aferré a la mano de mamá y ella me sonrió sin dejar de acelerar el paso. Al pasar por su lado me sorprendió el sonido de su voz, tan fina y aflautada que no parecía suya. “¡Mañana llueve!”, exclamó y mi madre dio un respingo ante su inesperada intervención, sonrió amablemente sin decirle nada y seguimos nuestro camino sin más. 

Seguí observándolo hasta que lo perdí de vista, me pareció extraño que agitase la cabeza al dirigirse a nosotras con tanta intensidad, como si nos estuviese confiando un secreto que debíamos guardar. Pronto lo olvidé, pero al regresar del colegio seguía en el mismo sitio con el abrigo desabrochado. Algunas personas lo saludaban al pasar, otras se apartaban como si les diese alergia. Una señora mayor le dejó una bolsa de plástico, él se lo agradeció y añadió nervioso “¡Mañana llueve!”, “Pues habrá que sacar los paraguas, entonces, que tú nunca te equivocas”, le respondió la anciana, y se inclinó para dejar un par de latas de comida para gatos junto al contenedor. 


Al día siguiente salí con las botas de agua y el chubasquero hacia el colegio, odiaba usar paraguas y mamá me regañó por quejarme. “Ahora tienes que llevarlo, no te das cuenta de que sino nos empaparemos, no estamos tan cerca de tu escuela como antes.” Seguí enfurruñada, pero se me pasó al llegar a la esquina. Él tenía puesto un divertido sombrero de colores impermeable, pero aún así el agua le empapaba las mangas del abrigo. “¡Mañana no llueve!”, exclamó con su voz de pito, mamá volvió a sonreír y yo le di las gracias por la información. “No hables con él”, dijo tajante en cuanto estuvimos lo suficientemente lejos. “¿Por qué no?”, quise saber sorprendida. “Porque le falta un tornillo al pobre.” Pestañeé sin entenderla y puso los ojos en blanco antes de añadir: “Está un poco ido de la cabeza, ¿entiendes?” “¿Loco?” “O algo así, sabes, hay personas mayores que se comportan como niños, que no crecen, ni maduran, él no parece peligroso, pero nunca se sabe, ya me enteraré, de todos modos.” Y siguió hablando más bien para ella misma. 

Al regresar a casa continuaba lloviendo, alguien le había dejado un paraguas roto y me dio pena verlo todo mojado. “Va a enfermar”, le dije a mamá preocupada. Ella no dijo nada, pero su cara me indicó que le daba tanta rabia como a mí que lo pasase mal. Rebuscó en unas cajas que ni siquiera se molestó en vaciar y sacó una gabardina vieja que había sido del abuelo, que papá guardaba porque como dice mi madre es la manía que tiene, no tira nada y a este paso no cabemos en ningún sitio. “Ya tiré un montón de cosas en esta mudanza, en la próxima aprovecho y me deshago del resto.” Comentó convencida, y cuando me hablaba así como a un adulto me daba la risa y le dije que a ella también le faltaba un tornillo. “Tienes razón, hija. En el fondo nos falta a todos, sabes, así que es mejor no juzgar a nadie.” 

Bajamos a la calle sin mudarnos para comer siquiera. Me gustó ver cómo le agradecía el detalle, mamá le pidió su abrigo para lavárselo y secárselo en la secadora. “Se lo devolveré antes de que refresque, no se preocupe.” Él nos sonrió exclamando: “¡Mañana no llueve!” “Has visto, tiene buenos modales, se nota que ha recibido una buena educación. Espero que tú hagas lo mismo cuando no estamos nosotros delante, ¿entiendes?, que hables como te enseñaron tus padres.” “Mami, ¿tú crees que él vive con sus padres?” “No lo sé, la verdad, y todavía no me ha dado tiempo a preguntar por el vecindario, es que no conozco nada más que a la chica que vive en el primero y siempre está fuera, pero no te preocupes, en cuanto llegue tu padre de trabajar investigamos”, y me guiñó un ojo sonriendo. 

Al final fue papá quien se enteró de todo. Su padre había muerto hacía tiempo, su madre tenía Alzheimer y estaba ingresada en una residencia, él vivía solo en la parte de atrás de la papelería que regentaron sus padres durante años y se pasaba el día en la calle, en la misma esquina en la que vigilaba que los niños no robasen los cromos. Llevaba mucho cerrada, pero él seguía fiel a sus costumbres y Asuntos Sociales no lo había ingresado también a él porque cuando lo intentaron le daban ataques de pánico al no reconocer dónde estaba. Recuerdo que entonces no entendí muy bien lo que pasaba, lo que sí no olvidaré es la sensación de tristeza que me invadió al saber que era como un niño grande y estaba completamente solo. 


Durante los pocos meses que viví en aquel apartamento alquilado iba a hablar con él a diario, varias veces. Por eso supe que los vecinos se turnaban para hacerle la comida, para lavarle la ropa, para cuidarlo si se ponía malo. Llegué a conocer a la asistente social que venía a ver cómo estaba en cuanto podía. “Nunca es suficiente y tenemos que valernos de la generosidad de los demás”, le explicaba a mi madre y a ella se le resbalaban las lágrimas acariciando su barriga. Sé que le gustaban los animales y papá le regaló un cachorro por Navidad antes de irnos, para que se cuidasen el uno al otro, le explicó y no estoy segura de que entendiese lo que quería decirle, pero su sonrisa nos demostró que le encantó el regalo. 

Cuando nos fuimos les pedí a mis padres que volviésemos alguna vez, al nacer mi hermano resultó complicado, pero cumplieron su promesa y salté corriendo del coche en cuanto lo vi allí de pie en su esquina. “¡Mañana nieva!”, exclamó al verme y me reí. “Ya lo sé por eso te he traído una bufanda”, le expliqué mientras se la enrollaba alrededor del cuello. Sus enormes manos me acariciaron el pelo y me hizo cosquillas. Mis padres le enseñaron el bebé y él se sorprendió de que fuese tan pequeño. “Pues ya ha crecido, no veas cómo era cuando nació”, le dije y abrió todavía más los ojos. Nos despedimos hasta la próxima vez que pudiésemos hacerle otra visita y nos recordó antes de irnos: “¡Mañana nieva!”

Él tuvo la culpa de que me dedicase a lo que me dedico, desde que me licencié en medicina formo a personal para atender a este tipo de personas en su entorno, para que no sientan el desarraigo que supone dejarlo todo porque ya no hay nadie que se ocupe de ellos como merecen. Murió en su casa, rodeado de toda la gente que conocía y que lo apreciaba tanto como él a ellos, mis padres también fueron a su funeral y entonces me enteré de que se llamaba Agustín, aunque en realidad no me importaba saber su nombre, porque para mí siempre será el hombre del tiempo.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 2 de febrero de 2017

El del mío es más rojo que el del tuyo


Me han gustado los coches desde que tengo uso de razón. Recuerdo concretamente una reproducción de un cuatro latas amarillo, que tenía desconchado de tan trasteado que estaba el pobre, por el que lloré desconsolada cuando se me perdió. Principalmente porque no tenía muchos más, en mi época a las niñas nos daban muñecas y yo no sabía qué hacer con ellas, así que las sentaba en fila como si fuesen el público de las carreras que improvisaba con mis bólidos por el pasillo. Mi serie preferida de dibujos era Autos locos y siempre soñé con tener un Tiburón aparcado delante de casa. 

De adolescente tuve más suerte. A mi novio del instituto le iban las motos y gracias a él aprendí a manejarme con la mecánica de los motores, pero su mejor amigo creo que es la persona más obsesionada por los automóviles que he conocido en mi vida. Decía que no le interesaban las chicas, que él sólo se excitaba con el olor de la gasolina, y fui testigo de que no era una exageración. Era el jefe de nuestra escudería de Scalextric en la que yo conducía un Porsche 911 Carrera azul celeste, el color no me entusiasmaba demasiado, lo que sí me encantaba era que trazase las curvas con tanta sutileza, un verdadero espectáculo que montábamos en su casa todos los fines de semana en un cuarto enorme repleto de chicanes. 

Acabé casándome con otro forofo del motor, por lo que no es de extrañar que nuestros hijos reconozcan modelo y año de cualquier marca del mercado con sólo intuir el sesgo de un faro en un anuncio de seguros. Todavía no sé cuál será el coche que marcará su infancia, pero yo siempre recordaré el Renault 9 TSE de mis padres con especial cariño. Creo que el rojo es mi color favorito por su culpa, era tan brillante y llamativo que lo miraba extasiada cada vez que papá lo lavaba. Refulgía bajo el sol de tal manera que no había otro que tuviese un tono tan vivo, y no exagero, era diferente a todos los demás del mismo modelo y color por una azarosa razón. 


Mis padres fueron a buscarlo a Valladolid en persona en 1982, precisamente cuando fue coche del año, les costó franco fábrica un millón de las antiguas pesetas y emprendieron el viaje desde Ferrol en su achacoso 850 con la ilusión de dar un salto cualitativo en su calidad de vida. No les defraudó en absoluto, al contrario, lo habían visto por catálogo y les encantó nada más verlo. A la vuelta hicieron noche en León aprovechando la ocasión para visitar a unos amigos, sin imaginarse siquiera lo que se encontrarían al día siguiente. 

“¿Por qué lo destrozaron?”, le pregunté incrédula a papá cuando me lo contó años después. “Imagino que por la matrícula de Coruña”, admitió encogiéndose de hombros con aire ausente, y en su rostro pude ver la impotencia y frustración que sufrió aquella aciaga mañana al descubrir cómo se lo habían dejado. En el taller del único concesionario Renault que había entonces en nuestra ciudad no daban crédito cuando lo vieron aparecer, al flamante coche de estreno le habían arrancado de cuajo los limpiaparabrisas, roto todas las lunas, además de rayado de tal forma la chapa que hubo que pintarlo entero de nuevo, lo que supuso un problema, porque al ser un modelo tan reciente todavía no tenían disponible la pintura original e intentaron imitarla como pudieron, por eso quedó diferente para siempre. 

Yo era muy pequeña y no recuerdo lo sucedido, lo que sí no olvidaré era lo bonito que me pareció. Era enorme comparado con el anterior y su tapicería beige claro tan suave y esponjosa que me encantaba acostarme en el banco trasero estirando brazos y pies todo lo que podía, para ver si llegaba a rozar con mis dedos ambas puertas a la vez. Disponía de lo último en tecnología, toda una novedad en aquellos años, aire acondicionado, elevalunas eléctricos y, lo más divertido de todo, cierre centralizado. El curioso mecanismo disponía de una pequeña cápsula transparente donde aparecía un cilindro rojo cuando se cerraba con llave, por lo que en cuanto me sentaba esperaba atenta a que subiese el seguro junto a mi ventanilla, o le pedía a mi padre que lo accionase en repetidas ocasiones para poder verlo subir y bajar a mi antojo. 


La única pega fue que unos vecinos se compraron otro poco después, aunque con el acabado TS que no incluía todos aquellos extras. Sabiendo de mi devoción por el coche, su hijo se dedicaba a meterse conmigo cuando nos encontrábamos jugando en la plaza, se pasaba la tarde diciéndome que no me hiciese la chulita, que salvo por un par de cosas el de su papá era exactamente igual. A mí me daba una rabia tremenda, porque en ningún momento se me hubiese ocurrido restregarle por las narices semejante cosa, es más, mi timidez me impedía contestarle como se merecía, limitándome a ponerme como un tomate. Un día, su insistencia me sacó tanto de quicio que me envalentoné y, sacándole la lengua, le solté convencida: “¡Ya, pero el del mío es más rojo que el del tuyo!” Zanjando la discusión para siempre, por supuesto, porque aquello no podía negarse. 

El uso y el paso del tiempo lo fueron ajando, he de admitirlo, sin embargo a mí me seguía gustando. Sobretodo el ruido de su motor, porque era perfectamente distinguible desde la distancia, cosa que me resultaba muy práctica para saber cuándo venía papá a recogerme si llovía. En cuanto escuchaba su característico ronroneo, me apresuraba a salir a la calle, abrir el paraguas y aproximarme a la calzada para que no tuviese que entorpecer mucho el tráfico por mi culpa. Hace poco volví a reconocerlo y antes de que apareciese doblando la esquina delante de nosotros les dije a mis hijos completamente segura, “Ahí viene un Renault 9 antiguo”. Para ellos cualquier modelo anterior al 2010 es un clásico, así que me miraron asombrados al verificarlo con sus propios ojos, con esa cara de mamá-es-lo-más que seguramente dejaré de ver una vez sean adolescentes.     

“Mis padres tuvieron uno”, admití para que no me tomasen por adivina y al preguntarme qué fue de él, sonreí triste, relatándoles que por caprichos del destino un imprudente que se saltó un stop se estrelló contra su lateral derecho el mismo día que salía del taller recién pintado. Cuando se lo llevó la grúa papá meneaba la cabeza compungido despidiéndose del fiel compañero que nunca lo dejó tirado, acababa de reparar todos los desperfectos que su paulatina falta de visión le habían ido ocasionando, y se lamentaba amargamente, consciente de que después de semejante golpe ya no serviría para reparar. Intenté consolarlo diciéndole que lo importante era que no le hubiese sucedido nada ni a él ni al resto de sus ocupantes, pero entendía perfectamente el cariño que le tenía a aquel coche. Doce años en total pudimos disfrutarlo y, al verlo desaparecer, procuré esconderle mi sonrisa, al menos lo recordaría tan rojo y brillante como el primer día.

by Eva Loureiro Vilarelhe