jueves, 26 de enero de 2017

La vida es como una montaña rusa


Me dirigí a la boca de Banco de España sin tener ni idea de que aquel iba a ser uno de los días más importantes de mi vida. No porque acabase de cerrar un acuerdo que me reportaría un considerable aumento de ceros en mis cuentas, no. Apresuré el paso para procurar protegerme del viento, subí las solapas del abrigo y esquivé una placa de hielo de un salto. “Cuando el grajo vuela bajo...” dije en voz baja. A una chica que estaba lo suficientemente cerca para oírme le dio la risa y me miró. Le dediqué una de mis flamantes sonrisas guiñándole un ojo. Entonces su amiga le dio un codazo, e intentaron ahogar sus risitas nerviosas sin mucho éxito. Se puso colorada y se cubrió la boca con la carpeta, pero en ningún momento me quitó la vista de encima. 

Qué fáciles son las estudiantes. Un par de gestos cómplices, unos cuantos mensajitos subidos de tono, y ya si me paso a buscarlas en mi Continental GT Speed caen redondas a mis pies. Y eso que les doblo la edad. Pero me conservo bien, voy al gimnasio a diario, y a la sauna, me doy masajes y cremas... por el momento nada de Bótox ni retoques, aunque no lo descarto en un futuro si es necesario. En mi mujer sí que llevo gastado un dineral, total, para lo que me sirve, no hay nada como un par de pechos turgentes de adolescente. En fin, porque este fin de semana le prometí a Alexia que la llevaría a Londres, que si no... Aunque su amiga tampoco está nada mal, al contrario, al bajar las escaleras se le ajustó el vaquero y la verdad es que tiene mejor culo. 

Lástima que fuesen en sentido opuesto, yo tenía que ir en dirección Las Rosas hasta Príncipe de Vergara, y allí cambiar de línea para ir hasta Núñez de Balboa. Me apetecía relajarme un poco, había quedado con Gabriel para una buena sesión de squash, el pádel está sobrevalorado.  Descarté el taxi estando como estaba el centro, imposible a aquellas horas, así que no me quedó otra que el metro. No es que no me guste, es que me recuerda a cuando me escapaba de casa de pequeño. Me colaba porque hasta los quince no llevé ni una peseta encima, e intentaba irme lo más lejos posible, sin embargo siempre acababa en el mismo sitio. El chófer venía a recogerme al Retiro, mamá me conocía bien. Solía encontrarme deambulando por ahí, o simplemente dándole de comer a las palomas el bocadillo que había robado de la cocina, con la esperanza de pasar la noche fuera. 

Cuando llegué al andén el tren acababa de salir y me resigné a esperar por el siguiente. Tendría que buscar una excusa para Adela, en el fondo no le importaría en absoluto lo que le dijese, encantada de poder salir por ahí con sus amigas sin tener que darme explicaciones. Me gustaría ver la cara que pondrían si supiesen que mientras se dedican a ponerme a parir suelo estar acostándome con sus hijas. De ellas ya me harté hace años. Están todas pasadas de vueltas. No hay nada como la inocencia de un ser que comienza a descubrir lo que es el sexo. Tengo que reconocer que cuando pienso en Irene me dan nauseas. Todavía es pronto, me digo engañándome a mí mismo. Doce añitos y la tenemos enclaustrada en el mismo internado suizo en el que estuve yo. A veces me pregunto si tiene sentido...

¡Pues claro que lo tiene, yo no habría llegado a donde estoy de no haber recibido la mejor educación! Y ella no va a ser menos. No soportaría que se convirtiese en una insípida y aburrida mujer como su madre. ¿Qué hará en todo el santo día, por favor, si ni siquiera abre un libro? Ni cocina, ni limpia, ni nada de nada. Todo se lo doy hecho. Eso sí, está encantada con su porrón de seguidores en Instagram. Lo dicho. Que no me perdonaría que nuestra hija se pareciese a ella de mayor.  

El tren tardaba demasiado o es que estaba tan acostumbrado a la inmediatez que me enervaba tener que esperar por algo, porque no habían pasado ni unos segundos y no sabía qué hacer allí de pie. Me giré hacia la pared con el afán de que algún anuncio captase mi interés. Las modelos hace tiempo que ni me llaman la atención, demasiado artificiales, pero a veces ponen alguna imagen diferente para epatar y me gusta dejarme seducir. Entonces lo vi allí sentado. Generalmente evito tener contacto visual con los mendigos, o con cualquier persona que esté pidiendo en el metro. Soy alérgico a la suciedad desde niño, me dan asco los malos olores y la mugre que suelen llevar encima los indigentes me provoca ansiedad. Pero él se quedó mirándome del mismo modo que estaba haciendo yo y, contra todo pronóstico, me acerqué.


"Si lo desea le limpio los zapatos, caballero", me dijo con una voz rasposa. Asentí sin dejar de observarlo y sacó sus enseres de un trasteado maletín que tenía a su lado. "Buena elección, si me permite decírselo." "¿Disculpe?", le pregunté sin entender a qué se refería. "Su calzado, señor, es de gran calidad, magnífica elaboración." "Lo suyo me ha costado", admití sonriendo. "No lo dudo, no lo dudo." En ese momento el tren se detuvo y levantó las manos haciendo ademán de dejarme marchar. Negué en silencio, Gabriel podía esperar.

Fueron sus ojos los que me hicieron verlo con otros. Me olvidé de su grasienta melena descuidada, de su barba espesa y sucia, de sus harapos de color indescifrable. Porque nada más verlo recordé quién tenía el mismo semblante sereno e idéntica mirada sabia. El jardinero que mi padre dijo haber contratado para cuidar de los rosales enanos de mamá. En realidad a ella le daban igual, no distinguiría una margarita de un tulipán ni con el nombre escrito al lado. En vacaciones los veía en el jardín cuando regresaba a casa. A veces simplemente permanecían callados y me preguntaba porqué mi padre estaría fumando su habano sentando a su lado. Otras le hablaba durante horas, no recuerdo sobre qué, tampoco estaba lo suficientemente cerca como para oírlos, Rogelio asentía ensimismado y al final le decía algo. Una frase, no más, porque enseguida continuaba con sus tareas como si no fuese con él. Papá lo veía alejarse siguiéndolo con la mirada, y sonreía satisfecho. O bien se despedía de él dándole un par de palmadas en el hombro.

"Tiene un hilo suelto." "¿Cómo?", pregunté una vez más confundido. "Será mejor que se lo asegure antes de que se le descosa de todo." Sin darme tiempo a reaccionar, sacó de su maletín unas gafas, una curiosa aguja torcida y unas tijeras. "Tendrá que descalzarse, lo siento." "No se preocupe." Cogí el pañuelo del bolsillo de mi abrigo, pero lo pensé mejor y abrí mi portafolios en busca de cualquier hoja de la que pudiese prescindir. "Así que es zapatero", afirmé más que preguntar. Sus temblorosas manos me hicieron dudar de que fuese capaz de enhebrar el hilo que aplanó antes entre sus dientes. Sonrió al ver que no le quitaba la vista de encima. “Llevo quince años, nueve meses y tres días sereno. Y sí, lo fui hasta que mi mundo se derrumbó.” Se ajustó la gafas en el puente para concentrarse en su tarea, yo atendía a cada uno de sus movimientos hipnotizado, esperando atento a que continuase hablando. 

“La vida es como una montaña rusa, ¿sabe? Se sube y se baja tanto y tan deprisa que da vértigo. Yo también estuve ahí arriba, no crea. No tan alto como usted, por supuesto, pero llegué a ser sino el mejor zapatero de Madrid, el más solicitado. Principalmente por las familias ricas del barrio de Salamanca, el suyo, si no me equivoco.” Asentí con la cabeza a modo de respuesta, aunque creo que simplemente paró para tomar aire. “Heredé de mi padre y a su vez de mi abuelo, aparte del oficio, mi humilde taller y la pequeña vivienda que tenía justo encima. La fama de mi destreza desde bien joven se extendió como la pólvora, y al ser bien parecido me admitían en muchos sitios en los que mi procedencia no sería igual de bienvenida. Hacía los trabajos a domicilio que mi padre no podía permitirse realizar por no dejar el taller solo, y poco a poco me gané a pulso tanto el reconocimiento masculino por mi trabajo, como la simpatía femenina por mis otras destrezas.” 

“¿Está usted casado?” “Sí.” “Yo también lo estaba, e incluso tenía una hija por entonces, al poco de nacer nos dimos cuenta de que siempre sería un alma inocente. Aquello me destrozó por completo. Conociendo como conozco la vileza del ser humano, no quería ni imaginar lo que le depararía a una niña como ella en un mundo tan cruel.” Durante unos interminables instantes cesó su discurso, atareado como estaba anudando los hilos que acababa de coser. Cuando dio el tijeretazo final para rematar su labor, me miró por primera vez a los ojos. “Fue en esa época cuando comencé a beber. Con el dinero que me pagaban podría haber comprado una casa mejor para mi esposa y mi hija, incluso montar un nuevo taller en un sitio más céntrico. Pero no lo hice. Me dedicaba a vivir como aquellos a los que servía. Vestía trajes semejantes a los suyos, invitaba a cenar a aquellas deliciosas mujeres en restaurantes caros, y a la mía ni le ayudaba con la niña o con las labores domésticas. Por no hacer ni me dignaba a bajar la basura, ella se encargaba absolutamente de todo, incluso de la limpieza de mi lugar de trabajo, que poco pisaba, todo hay que decirlo.” 


“A ella sólo me digné a comprarle unas medias de seda. Me arrepentí enseguida, claro, Paca jamás tendría la clase ni el saber estar de las damas a las que cortejaba, por mucho que intentara vestirla como ellas. Así que en el fondo no me daba lástima despilfarrar el dinero exclusivamente en mi propio disfrute. Al contrario, me regocijaba pensando que ni mi esposa ni mi hija serían capaces de apreciar los placeres a los que tenía acceso gracias a mi privilegiada posición. Hasta que una noche regresé a casa de madrugada y la encontré en llamas. Los vecinos se afanaban por ayudar a los bomberos, pero ya era demasiado tarde. El fuego prendió entre mis enseres y el viejo edificio de madera ardió tan rápido como una pavesa con mi familia dentro. No quedó nada, absolutamente nada pudo salvarse, y si conservo mi maletín es porque salía siempre con él. Me excusaba en que tenía algún encargo y lo dejaba en el bar de un amigo que me lo guardaba hasta la vuelta, abría temprano y se extrañó al verme entrar de nuevo por la puerta. Le pedí que me llenase el vaso y desde ese día no dejé de hacerlo sin parar, hasta que me encontraron medio muerto años después en un portal.”

“Desde que estoy sobrio he sido capaz de afrontar lo que hice. Y no hay día que no desee ahogar el asco que me doy en un buen trago. Pero no lo hago. Por ellas. Por la mala vida que les di. Y porque debo pagar por haber sido un verdadero cabrón egoísta.” Me devolvió el zapato y me lo puse en un acto reflejo, mi mente seguía pendiente de cada uno de sus gestos. “¿Tiene usted hijos?” “Una hija”, conseguí decir. El tercer o cuarto tren que pasaba frenó para recoger a los pasajeros y me hizo un ademán en su dirección: “Pues si no quiere a su esposa, déjela, pero no haga que su hija sea testigo de lo que supone un matrimonio sin amor. Dudo que quiera algo así para ella, siguiendo su ejemplo.” Antes de alejarme le tendí el billete de más valor que tenía, se asustó al verlo e intentó convencerme de que era excesivo por una simple reparación.

Estaba a punto de meterme en el vagón cuando empecé a recuperar la consciencia, giré en redondo y volví sobre mis pasos. “He cambiado de idea”, le dije cogiendo de nuevo la cartera. El anciano sacó el billete del maletín para devolvérmelo, y su noble acción me obligó a reconocer que no me equivocaba. “No, no, perdone, no me he expresado bien.” Le entregué dos más y una de mis tarjetas de visita, diciéndole: “Considérelo un anticipo de su salario. Hágame el favor: vaya a un hotel a asearse, póngase en manos de un buen barbero, y cómprese algo de ropa. Esta noche lo espero en mi domicilio para cenar, vaya antes de las nueve, el mayordomo le indicará cuál es su habitación en la casa de servicio. Podrá vivir con nosotros si le parece bien, se lo recomiendo, le resultará agradable, todos nuestros empleados pueden hacer vida independiente de la nuestra.”

Me miró tan asombrado que sonreí divertido. “Es que no le entiendo, caballero. ¿A qué quiere que me dedique?” “Bueno...”, admití reconociendo que debería haber empezado por ahí. “Durante el día puede ocuparse de la ingente colección de zapatos de mi esposa, o de los míos, si le apetece entretenerse haciendo alguna cosa, no se aburrirá, se lo aseguro, ella sola tiene una habitación repleta. Ahora bien, me gustaría que a diario mantuviésemos una conversación después de cenar, no tiene que acompañarnos si no lo desea, hoy será una excepción, quiero que conozca a mi mujer y me dé su opinión.” Se rascó la cabeza pensativo: “Mi opinión... ¿Sobre qué?” “¡Sobre ella, por supuesto!” “Sigo sin comprenderle, perdóneme...” “Usted limítese a hacer lo que ha hecho ahora mismo.” “¿Y qué acabo de hacer exactamente?”, preguntó tan perdido como lo estaba yo cuando comenzamos a hablar. “Abrirme los ojos.” 

by Eva Loureiro Vilarelhe  

4 comentarios:

  1. Desgarrador relato pero a la vez esperanzador. Aunque es triste tener que encontrarte con gente que lo pasa mal para que te abra los ojos y te des cuenta de lo que verdaderamente importa, pero como bien narras en el relato suele ser así.
    Me ha encantado, ¡genial Eva!
    Un abrazo.

    (P.D.: el otro día tenía problemas con google + y borré sin querer la entrada en la que me habías hecho un comentario ¡perdón!)

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  2. Siempre procuro dejar una ventanita abierta a la esperanza, porque la vida es demasiado dura en tantas ocasiones... Muchas gracias por el comentario, Ziortza, y no te preocupes por haber borrado el mío, lo repito sin problemas ;) ¡Un abrazo!

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  3. La realidad de muchas vidas,
    bonito relato, todos los días aunquen o seamos conscientes pasamos por delante de gente que tiene una vida vivida...y que muchas de ellas podrían contarnos cosas como la que relatas, que la vida es una montaña rusa.
    Corto relato que te pide mas...y cuando mas sumergido estas en la historia, nos dejas con esa miel en los labios.

    cec

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  4. ¡Precioso comentario, muchísimas gracias por leerme, cec!

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