jueves, 5 de enero de 2017

El fatídico caso del roscón de reyes empezado


Ni en sus mejores sueños el señor E. hubiese imaginado que sería capaz de resolver un caso en tan poco tiempo, aunque, por supuesto, sería imposible de no haber contado con la inestimable ayuda de su nuevo compañero de andanzas. Pero no adelantemos acontecimientos, ya que para ponernos en antecedentes, debemos retrotraernos hasta el día de Nochebuena. 

Aquella mañana su ahijada canturreaba ordenando el papeleo en su oficina, dispuesta a salir disparada en cuanto su jefe diese el pistoletazo de salida tras el tradicional brindis de la una. Había venido preparada con un tupper de ensalada y un par de sándwiches, porque los pastelitos de cangrejo y caviar que servían para acompañar al cava le sentaban como un tiro, de hecho, apenas mojaba los labios para simular que bebía de su copa, porque el alcohol es totalmente incompatible con su metabolismo. Cogería el metro y un autobús hasta llegar al refugio de animales a la hora acordada, con la correa de delicada piel vuelta que había encargado expresamente para la nueva mascota de su padrino.

Había decidido cumplir su amenaza. Llevaba semanas hablando por teléfono con el chico encargado de los perros abandonados, le había explicado que debido a la singularidad de su futuro dueño quedaban descartados todos los cachorros y absolutamente todos los adultos que no estuviesen debidamente educados. Por este motivo la búsqueda se demoró más de lo que contaba, ya que incluso cuando pensaron que habían encontrado al adecuado, una hembra de Collie de finos y elegantes andares a la que quiso conocer en persona, no llegó a pasar la criba final, puesto que hacía un desagradable sonido gutural al acabar de comer que no podía dejar de compararse con un eructo.

Sus esperanzas por encontrar el compañero idóneo para regalarle estaban al límite cuando apareció Pancho, un simpático y avispado perro sin raza, blanco con irregulares manchas castañas por todo el cuerpo, que se había quedado huérfano tras un accidente de tráfico, además de sin movilidad en las patas traseras. El bombero que lo llevó al refugio por no poder ocuparse de él, fue precisamente quien le construyó el artilugio con ruedas para poder desplazarse, y la ahijada del señor E. se enamoró en cuanto lo vio. Del perro, por supuesto, del bombero quizás si lo hubiese llegado a ver. 

Su padrino llevaba el día entero trajinando sin descanso para tener todo dispuesto para la cena, sabía que su capón relleno de frutos secos era su plato preferido, por lo que cada año se esmeraba un poco más para que resultase tan jugoso y sabroso como se merecía su única familiar. Lo que no esperaba al abrirle la puerta de su apartamento es que la enorme caja del lazo rojo se moviese. No, definitivamente no le había traído una pajarita a juego con su traje verde seco, como le había sugerido que le regalase, entre otras cosas porque, aparte de no ser muy amigo de las sorpresas, detestaba que ella malgastase su dinero con él, sabiendo de sobras que preferiría gastarlo en caprichos para sí misma.    

“Unicamente he comprado la correa”, le dijo poniéndosela en sus manos para deshacer la lazada y permitirle hacer acto de presencia al protagonista absoluto de la velada. “Hace juego con mi americana de tonos tostados”, pensó en alto el señor E. mirando perplejo aquella tira de piel con asa y collar ajustable. Y al levantar la vista al escucharla exclamar “¡Feliz Navidad, padrino!”, se llevó el susto de su vida al contemplar la cara de aquel bicho que parecía sonreírle satisfecho con la lengua colgando por un lado.

Ya en el sofá, recuperándose del desmayo que sufrió, reconoció que ella tenía razón cuando le dijo, “Es que me recordó a ti en cuanto lo vi”, porque aquella sonrisa canina era semejante a la suya, salvando las distancias. Su aspecto no le desagradó en absoluto, su piel moteada combinaba perfectamente con su vestuario pese a sus irregularidades, y que estuviese motorizado le pareció hasta preferible, puesto que así podrían desplazarse con más agilidad cuando las circunstancias lo requiriesen. 

Lo del nombre no le gustó tanto, Pancho era demasiado vulgar, a quién se le habría ocurrido ponérselo con la refinada mirada que tenía aquel animal. “Morris”, dijo interrumpiendo la retahíla de explicaciones de su ahijada sobre lo que debería concienciarse la sociedad para adoptar mascotas en lugar de comprarlas. “¿Perdón?”, le preguntó confundida. “Que se llamará Morris”, repitió convencido y ella se le lanzó al cuello extasiada, por que fuese capaz de incorporar una novedad a su rutina con tanta facilidad, olvidando al instante su momentánea pérdida de conocimiento.

Morris se envalentonó y le relamió la cara a su nuevo amo, consiguiendo con ello dos cosas. La primera regañina en serio para hacerle entender que la higiene debía ser preservada en todo momento si pretendía convivir con él. Y devolverle su sempiterna sonrisa amable al rostro del hombre que lo consideraría su mejor amigo a partir de entonces. 


Mientras disfrutaban de la comida, la chica decidió aprovechar la coyuntura para sincerarse con el anfitrión. Le confesó que se alegraba tanto de verlo abrirse por fin a alguien que quería hacerle saber que tenía novio, y que pretendía que el próximo año los acompañase para poder deleitarse con sus dotes culinarias. Para su sorpresa el señor E. ni pestañeó, tenía la boca llena y esperó a acabar de masticar su bocado veinte veces, para a continuación beber un sorbo a fin de aclarar la voz, y decirle sonriendo: “Será un honor conocerlo.” “Podemos pasar por aquí a tomar las uvas contigo antes de salir en Fin de Año”, aventuró. “Mejor almorzamos juntos el día de mi cumpleaños”, zanjó él. Y ella disimuló la risa con un repentino ataque de tos al pensar en el 14 de julio, sin embargo recapacitó admitiendo el logro que sería que lo recibiese dentro de siete meses.

La feliz pareja, perro y amo, afianzó su relación a un ritmo meteórico, a decir verdad, gracias a la inteligencia innata del cánido, que se adaptaba a las veleidades del señor E. de tal manera que parecía que se anticipaba a sus exigencias. Recomponía su característica sonrisa deslenguada al instante en cuanto se encontraban con alguien, ya no necesitaba que su dueño le dijese “Compostura, Morris”, para saber que debía sentarse sobre sus ruedas traseras, colocar sus patas delanteras de tal modo que su torso quedase lo más erguido posible y devolver su lengua tan rápido a su sitio como un camaleón que acaba de atrapar una mosca.

Quien los viese pensaría que llevaban juntos desde siempre y por su carácter afable parecían transmitir su buena onda a quien se paraba a saludarlos, por ello la mañana del día de Reyes el señor E. llegó con cinco minutos de retraso a casa de su ahijada. Aún así ella tardó en abrir y su cara somnolienta le indicó que no había pasado la noche durmiendo precisamente. No se equivocaba, de madrugada había acabado discutiendo con su novio precisamente por su culpa. “¿Por qué no voy a quedarme aquí si viene tu padrino? ¿Acaso no compartimos piso desde hace un mes? ¿A quién quieres que  moleste a estas horas para que me deje quedarme en el sofá?” Ganó ella, por supuesto, consciente de que le saldría caro. ¿Por qué siempre me los busco rencorosos?, pensó resignándose a tener que suplicarle durante un par de días que la perdonase, no obstante al acordarse del conjunto de lencería que le regaló él por Navidad, reconoció que al menos habría un modo más rápido de conseguirlo.

El señor E. se limitó a sonreír tratando de disculpar su impuntualidad. “En el fondo es culpa tuya, todo el mundo me para para conocer a Morris y, claro, no podemos resultar descorteses desatendiendo alguna de las peticiones, ¿verdad?”, le dijo dirigiéndose asimismo al chucho y al verlo ladear la cabeza con cara de circunstancias no supo a quién comerse a besos primero. Empezó por el perro, puesto que su padrino fue directo a la cocina para depositar el roscón de reyes que había recogido del horno. Ella no se demoró mucho en seguirlo, puesto que sabía que venía en ayunas y su estómago no estaba habituado un horario tan tardío como el del resto de los mortales.

Sin embargo se quedó petrificada en el umbral al encontrarlo tan pálido y a punto de desvanecerse por segunda vez en tan breve lapso temporal. Comenzaría a preocuparse por su salud, de no ser porque verificó enseguida el motivo de su agonía. La caja de cartón yacía a sus pies intacta al caer nada más abrirla, pero al preciado dulce navideño le falta un trozo. No es que hubiese sufrido algún tipo de desperfecto tras su elaboración, no, le faltaba una buena ración y había sido precintado de nuevo como si nada.                   

Morris olfateaba insistentemente su contenido cuando el señor E. pareció recobrar su consciencia y le indicó que no lo tocase. Se dispuso a ir a reclamar a la tahona por semejante escandaloso incidente, e iba comentándole a su compañero las diligencias legales que iniciaría ante las autoridades sanitarias si su demanda no era atendida de un modo satisfactorio. El perro asentía como si estuviese completamente de acuerdo con todo lo que argüía su dueño, y su sobrina les gritó desde el baño para que la oyesen: “Me arreglo un poco y voy con vosotros”, apresurándose a darse una ducha rápida para evitar que su padrino empapelase al pobre panadero.


En el local atendieron sus explicaciones atónitos, cliente desde que abrieron el establecimiento por encontrarse a escasos metros del piso de alquiler en el que vivía su ahijada, además de porque la limpieza y presentación de sus productos habían superado su riguroso examen, les llevaba encargando el mismo tipo de roscón año tras año sin falta. Hasta el chico que se lo hacía era siempre el mismo, el sobrino del dueño, porque sabía que si se variaba lo más mínimo su elaboración recibirían quejas de aquel hombre tan pulcro como maniático con sus costumbres.

El propietario en persona se deshacía en disculpas, sin llegar a explicarse cómo había podido ocurrir, por lo que poco a poco las ínfulas del señor E. fueron sosegándose. Al fin y al cabo, no era un hombre iracundo, sino reflexivo y entendió que se encontraba ante otro misterio que su fino olfato debería resolver sin mayor dilación. Por ello, le pidió permiso para interrogar al personal en busca de pistas sobre el malhechor que había cometido tan deleznable delito. Con tal de librarse de una denuncia accedió al momento, pese a que le acarrearía un considerable retraso en la hora punta de atención a su clientela. 

Tras media hora de declaraciones que no arrojaron mucha luz sobre la investigación, llegó el turno de someter a sus preguntas al empleado que había elaborado el roscón. “Mi sobrino ha salido a repartir con la furgoneta, pero estará al caer”, le respondió a regañadientes arrepentido de haberlo dejado llegar tan lejos. Las continuas protestas porque la cola no avanzaba iban a acabar con la poca paciencia que le quedaba tras atender a las reclamaciones de su cliente más fiel. Pero entonces el olfato del nuevo compañero de andanzas del señor E. demostró que el destino los había unido por un motivo.

Justo en el momento en el que regresó el sobrino del dueño, Morris se lanzó hacia él a toda velocidad desobedeciendo la orden de su amo de permanecer quieto en la puerta. El chico se sorprendió tanto al ver corriendo a aquel chucho en silla de ruedas, que se le escapó de las manos el cajón metálico vacío que venía a rellenar de pan. Cayó a su lado con tal estrépito que logró acallar las quejas de los clientes, principalmente por el grito que profirió el joven que iba junto a él y a quien le destrozó el dedo gordo. El perro se aferraba de tal manera a la pernera de sus pantalones, que a punto estuvo de deshacérselos en jirones, de no ser porque la ahijada del señor E. lo cogió en brazos asombrada. “¿Cariño, estás bien?”, y los presentes dudaron de si se refería al perro o al maltrecho que seguía aullando cual cánido desconsolado.

“No pude resistirme al ver su nombre escrito en el cartón”, reconoció su novio cabizbajo mientras desayunaban todos juntos en una mesa por cortesía del dueño, y le acarició el hombro comprensiva. Al menos no tendría que disculparse ella por haberlo echado de casa con cajas destempladas, lo cual suponía un alivio, tenía jaqueca tras haber pasado la noche en vela y no estaba para saltos de cama. Su padrino le ofrecía satisfecho trocitos de la prueba del delito a su Watson particular, y el sobrino del propietario pagó los platos rotos, por haber dejado entrar a su amigo a echar una cabezadita en la trastienda mientras él vigilaba el horno con un ojo cerrado. “¡¿Y si se hubiesen quemado, qué?!”, le gritaba su tío desgañitándose sin importarle ya el espectáculo que estaban dando ante el vecindario. “No te preocupes, hombre, que el del señor E. ya lo había empaquetado.”         

by Eva Loureiro Vilarelhe

4 comentarios:

  1. Tenemos un amigo nuevo. Morris. Me encanta. Tal para cual. Dueño y perro. Porqué será que las personas que tenemos mascotas, entendemos a la perfección esa relación de complicidad, lealtad, amistad,..... Son capaces de conectar con la persona más seria, sacándole lo mejor. Genial Eva.

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  2. Tienes razón, encajan a la perfección ;) Muchas gracias por el comentario y un abrazo, María.

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  3. Me ha encantado este nuevo caso del señor E. con su nuevo ayudante. Me he reído mucho. El señor E. seguro que nos va a caer mejor con Morris, es lo que tienen los animales. Yo ya le tengo cariño. Excelente cómo manejas el humor, Eva.

    ¡Un abrazo!

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  4. Muchas gracias por el comentario Ziortza, coincido contigo, Morris dará mucho juego en las próximas aventuras del señor E. ¡Gracias una vez más por pasarte, enorme abrazo!

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