jueves, 28 de diciembre de 2017

La fiesta



Extendí la sombra de ojos con pericia, harta de hacerlo con las demás a estas alturas podría pintármelos con los dos cerrados, y no apenas uno para confirmar que el gris perla de mis párpados combina a la perfección con el tono asalmonado de mi conjunto. ¿Vestirme de verano yo en pleno invierno? ¡Ni loca! La falda de tablas de tejido aterciopelado hasta media pierna es bien calentita para las bajas temperaturas que me esperan afuera, y el jersey de angora oversize de idéntico color es de una suavidad pasmosa. El abrigo fino negro y las sandalias serán mi única concesión incoherente con la estación del año en la que estamos, por aquello de que Sara y Mónica no me miren raro si aparezco con mis gastadas botas militares y mi grueso chaquetón de borreguillo.

Sí, mis amigas irán de vestidito de tirantes tiritando, procurando disimular el castañeteo de sus dientes llevándose su bebida a la boca. En conclusión, ellas estarán borrachas mucho antes del amanecer, y yo me aburriré como una ostra mientras hago de canguro para que no les pase nada. El día menos pensado me escaqueo y paso de salir en Añoviejo, con la de fines de semana que podemos hacerlo, ¿para qué gastar más en una sola noche que en todas las del resto del año juntas? No, no exagero, que no bebo alcohol y nunca nos cobran por entrar en ningún sitio, salvo en Fin de Año, claro, que se aprovechan y no solo la entrada, sino también las consumiciones nos salen por un ojo de la cara. 

Los míos están perfectos, ahora que los veo, retoco los labios con una pizca de brillo y le grito a mi hermano que ya estoy lista, guardando el gloss en la ridícula cartera de mano  que solo uso en ocasiones como esta. Desde que se ha echado novia él siempre tiene prisa, yo ninguna, hasta me apetecería quedarme en el sofá dormitando entre papá y mamá, si no fuera porque sé que acabarán viendo uno de esos insufribles programas de relleno. ¡Con la de películas interesantes que dan en otros canales!, pero no, ellos erre que erre con los refritos de canciones horripilantes. En fin, que me resigno a dejarme arrastrar por los gustos ajenos. “¿Vas a ir con esa pinta?”, ni me digno en responderle y me coloco un mechón suelto de mis trenzas en el espejo del ascensor. “¡Pareces una colegiala!”, insiste y suspiro. “¿Pintada como una puerta?”, digo por no estar callada, a sabiendas de que la mayoría van incluso más exageradas que yo, ¡y de día! “Solo te falta subirte la falda dándole vueltas a la cinturilla…”

“¿Lo dices por experiencia?”, le pregunto sarcástica recordándole su etapa tímida en el colegio al que íbamos, de uniforme, por supuesto, cuando ni se atrevía a levantar la vista de sus mocasines en el pasillo, por si se encontraba de frente con la chica que le gustaba. “¿Dónde dices que tengo que dejarte?”, cambió de tema para zanjar el asunto en vista de que no le convenía el giro que estaba tomando la conversación. Le di las señas del apartamento de la fiesta privada, unos amigos de Mónica la habían invitado y ella no se cortó a la hora de pedir si podíamos acompañarla. En realidad sentía curiosidad por saber qué se cocinaba en el ático del lujoso edificio frente al que me bajé del coche de mi hermano. Le deseé suerte y me sonrió nervioso, va a declarársele a Virginia y a mí me hace tanta ilusión como a él, siempre fue un cortado y por una vez osa llevar la iniciativa, se le nota a leguas que la adora. 


A mí en cambio mis amigas van a matarme, llego con más de una hora de retraso, se suponía que tomaríamos las uvas juntas, pero me dio pereza. Ahora me dará más encontrármelas eufóricas y desenfrenadas, y yo que pasé de brindar con champán para evitar el dolor de cabeza… un sorbo es suficiente para provocarme jaqueca. El chico que está soltando juramentos en el vestíbulo me llamó la atención, no había nadie más alrededor y entendí que hablaba solo. Carraspeé para que notara mi presencia y se giró en redondo sorprendido. No dijo nada, me miró de arriba abajo con el ceño fruncido y me pareció que no le desagradó lo que veía, pero no podría jurarlo, como él sí hizo al exclamar: “¡Hostia!” Yo opté por no ponerme a la altura de sus improperios.

“¿Al ático?”, le pregunté pulsando el botón después de que me permitiera entrar a mí primero. “No, suelo alquilar el esmoquin para bajar la basura…” Pestañeé incrédula y se sonrojó, cosa que me causó todavía mejor impresión que su inusitado sarcasmo. “El cava me juega malas pasadas, me desata la lengua,” se disculpó de inmediato, “siento haber resultado grosero desde abajo.” Ya íbamos por el segundo piso de los 38 restantes, me acerqué sonriendo para restarle importancia a su comentario. “¿Puedo?”, le pregunté poniéndome de puntillas para alcanzar su pajarita deshecha, supuse que la principal responsable de su malhumorado desatino. Asintió mirándome a los ojos reticente, ruborizándose de nuevo, y ese detalle acabó por hacerme bajar la guardia. La vulnerabilidad está infravalorada hoy en día, y me encanta verificar que todavía hay personas que la conservan intacta. 

A veces me ocurre en el trabajo, muy de cuando en cuando, entre las modelos que maquillo a diario –casi niñas en su mayoría–, me topo con una chica en la que advierto idéntica reserva, que manifiesta poniéndose colorada ante mi abrupta intromisión en su espacio vital. El ritmo apremia y en ocasiones ni tiempo me da a presentarme, aparezco de repente ante ellas con mi maletín, verificando el croquis que me han dado, y radiografío sus facciones con mirada profesional sin pararme a saludar primero. Suelo sonreírles, por aquello de restar violencia a la premura que me exigen, pero sin poner mi alma en ello e imagino que pareceré más bien gélida, porque necesito acabar rápido y pasar a la siguiente en cuestión de minutos. Es primordial para que no haya retrasos. Sin embargo, como en este caso no es así, me aproximo despacio y le digo algo que no es que me lo haya inventado, es que lo tomo prestado de un diálogo de una escena de esas que se me quedan grabadas, esa del tópico de “suelo hacérsela a mi padre”, cuando la realidad es que las he tenido que anudar a millares en el backstage, a maniquíes tan altos y muchísimo más guapos que él. 

“Creí que esto solo pasaba en las películas”, comenté tras el inesperado frenazo en seco, causante de que nuestros cuerpos chocaran uno contra el otro. Disculpó tartamudeando su repentina mano en mi trasero, tratando de recobrar la verticalidad perdida con el apagón, en lugar de apretarla alrededor de mis nalgas para verificar su consistencia. Otro punto a su favor, pensé observando divertida cómo se intensificaba el color de sus mejillas al volver la luz. “¿Crees que estaremos encerrados mucho rato?”, reprimí una carcajada ante el punto de histeria que rayaba en su voz, tras descubrir que la alarma no funcionaba y estábamos parados entre la planta 25 y la 26. Me miró sospechando lo que pensaba. “No tengo miedo,” su mirada lo corroboraba y me intrigó conocer a qué era debido su nerviosismo, “es que vine aquí de rebote…” Le hice un gesto para que tomáramos asiento, no estaba segura de si aquello iría para largo, o si desde fuera se darían cuenta de que estábamos allí metidos y enviarían a alguien a rescatarnos, pero lo que era indiscutible es que los tacones me estaban matando. Al verme descalza sonrió imitándome, alegando que sus zapatos le resultaban igual de incómodos que a mí mis sandalias. “¡La falta de costumbre!”, exclamamos al unísono y nos dio la risa. 

Entrecerré los ojos y entendió qué deseaba saber. “Vengo por compromiso, mi cuñado es el mejor amigo del que da la fiesta, me envía a mí para cubrir su ausencia porque ayer nació mi sobrino, pero en cuanto pueda me largo pitando al hospital. ¿Quieres verlo? Dicen que se parece a mí…” Metió la mano en su americana antes de que pudiera responderle y sacó la billetera, para mi sorpresa, no su teléfono. Me enseñó una foto en blanco y negro, de revelado casero, y advertí manchas de ácido en sus uñas. “Siempre hay quien le encuentra el parecido a un recién nacido para quedar bien, pero en tu caso es cierto, ha heredado el flequillo de su tío…” Sonrió de oreja a oreja, obviando por completo la irónica manera de meterme con sus prematuras entradas, y la ternura que reflejaba su mirada me conmovió. “Y también he de decir que eres más amante de lo vintage que yo, que debo de ser de las pocas que todavía llevo fotos impresas en la cartera.” “¡Déjame verlas!”, y no pude negarme ante su expresión de felicidad. Nos echamos unas risas con mi pequeña yo, junto a mis mucho más jóvenes padres, y a mi hermano de adolescente.


Hasta que afirmó convencido: “Es una lástima que no nos hubiéramos conocido entonces, siempre me gustaron las niñas con trenzas.” Colocó evitando mi mirada el mechón que se resistió a quedarse en una de ellas, y tuve que ser yo quien le obligara a mirarme a los ojos. Nuestros labios ya no tuvieron tanto reparo en conocerse con mayor profundidad, y jadeante eché mano de mi bolsito desesperada por encontrar lo que llevaba allí guardado desde no recordaba cuándo. Blandí mi tesoro ante su asombrado rostro, y tragó saliva. “¿Me creerás si te digo que no sé en que año caducó?”, le dije tratando de que no creyera que es algo a lo que estoy habituada. “¿Y tú a mí si te digo que hace más de uno que no…?” El sofoco ante tanta sinceridad me obligó a desprenderme de mi abrigo. “¡Espera! No te quites nada más, como en aquella vieja película” Asentí sonriendo emocionada, recordaba la escena a la perfección, mejor vestidos, al menos ella lo prefería así para evitar malentendidos, y me senté sobre sus largas piernas ayudándole a ponerse el preservativo apretando los párpados, por aquello de no estropear el momento de confidencialidad a nuestras respectivas pieles.

Jamás lo había hecho antes en un ascensor, ni en la primera cita con ningún chico, para cuanto más a los diez minutos de habernos presentado. Y lo peor de todo era que ni siquiera nos habíamos presentado, pero por una vez, no sé decir muy bien por qué, no me importó en absoluto empezar la casa por el tejado. “¿Te llamas?”, conseguí gemir. “Guille…llermo, ¿túúú…?” Mi “Lucíííaaa”, sonó unas cuantas octavas por encima de lo necesario, pero él lo repitió incluso más alto que yo. Su nombre en cambio se lo susurré al oído cuando enterró su cabeza en mi jersey. “¿Te sonará muy extraño si te pregunto si lo lavas con Perlán?”, y nuestras carcajadas nos hicieron estremecer por lo que movían a su vez, hasta que nos dimos cuenta de que había algo más en movimiento. “¡Estamos bajando!”, exclamamos de nuevo a un tiempo. Y nos alegramos de no tener demasiadas prendas que hacer volver a su sitio antes de que las puertas se abrieran de par en par en el vestíbulo. 

Sus pantalones lucían tan perfectos como mi abrigo, y no entendimos la cara de risa del par de individuos engominados con pinta de mafiosos que nos encontramos de frente. Un vistazo de reojo en el espejo me lo explicó, mi gloss anaranjado adornaba más el cuello de su camisa que mis labios emborronados, y sus rizos alborotados disimulaban sus incipientes entradas. Le hice un gesto para que viera qué pinta de sexo reciente teníamos, y me cogió de la mano al grito de “¡Corre!”. En la calle no paramos de reírnos hasta que detuvimos nuestra errática carrera al quedarnos sin aliento. Lo recuperamos con otro beso de esos que saben a poco, y me sugirió que pasáramos de la fiesta y nos fuéramos a un garito que conocía. 

“Uno de esos en los que ponen películas antiguas en lugar de música, y se puede charlar o disfrutar del cine con letras mayúsculas.” “¿Cómo de antiguas?”, quise saber suspicaz. Su zapateo sobre el asfalto al estilo de Fred Astaire en Melodías de Broadway 1940 me lo dejó claro, y le di la réplica emulando a Eleanor Powell, feliz de que el vuelo de mi falda estuviera a la altura de la diva, pese a que mis pasos de baile ya no tanto. “¿Sabes que tienes muchas papeletas para ser el hombre de mi vida?”, afirmé más que preguntar y sonrió tan enternecido como cuando me habló de su sobrino. No dijo nada, cogió de nuevo mi mano para conducirme a aquel paraíso nocturno, pero lo detuve al alzar el brazo para pedir un taxi. “Creo que antes podíamos hacer una parada en el hospital”, le sugerí expectante. Sus ojos brillaron tanto como la madrugada estrellada al decirme: “¿Sabes que tú las tienes todas para ser la madre de mis hijos?”


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 21 de diciembre de 2017

La vendedora de cerillas


Un frío amanecer plomizo es testigo de su carrera, la prisa por alcanzar la parada no se explica porque llegue con retraso, sino por su desesperación por ahogar la ansiedad que lo corroe. Los minutos pasan demasiado lentos, incrementando su ritmo cardíaco hasta límites insospechados. Pero todo llega, el bus antes de lo acostumbrado esa mañana. Le reconforta saber que madrugar tiene sentido, y su vida parece cobrarlo durante el entrecortado trayecto en dirección a la oficina, donde todavía conserva un precario empleo que apenas le alcanza para subsistir.

El tijeretazo a su salario, justificado por la ley marcial del jefe, no supuso una disminución de su jornada, por lo que no puede buscarse otra alternativa para compensar, ni dejar el que tiene por si no encuentra nada mejor. Se resigna a base de recortes. Primero fue prescindir de su diminuto apartamento de un solo cuarto interior, a continuación reducir gastos de lo prescindible de lo imprescindible, y seguir apretándose el cinturón hasta que se quedó sin agujeros y se vio obligado aumentar alguna cosa haciéndole más. Desde su cuarto de la pensión más barata que encontró bien podría ir andando a trabajar si se levantara todavía más temprano, pero ahorrarse el desayuno en la cafetería de enfrente tiene sus ventajas, y prefiere no caminar con el estómago vacío para aguantar más tiempo sin comer nada. 


A media mañana se toma el vasito de café de la máquina del descansillo, le sale más barato que en cualquier otro sitio, pese a saber peor que en ninguno. De paso mata el gusanillo hasta mediodía llevándose algo caliente a la boca, y también es el único momento de vida social del que dispone. En realidad sus compañeros lo ignoran por completo, pero allí de pie junto a su corrillo de charlas se siente acompañado, casi igual que cuando el bus va lleno. Ellos salen a comer fuera, continuando sus conversaciones interrumpidas. Él se trae la comida de casa. A lo sumo un sándwich de pan duro con embutido de oferta del súper, alguna fruta pasada, y con suerte un yogur, si es que le hicieron descuento por estar a punto de caducar. A veces se pregunta si solo le bajaron el sueldo a él por ser el único extranjero, o es que al resto no les afecta tanto la crisis al contar también con el de sus parejas.    

Es tan pobre que no puede permitirse tener amigos. Ni salir a cenar, ni al cine, ni hacer nada que conlleve cualquier tipo de desembolso por nimio que sea, para cuanto más invitar, como tanto se estila, para su desgracia. Tampoco es que disponga de alguno para hacerlo, pero esperaba que sus colegas le hicieran algo más de caso. El de la mesa de enfrente se dirige a él en contadas ocasiones. “¿Qué código de acceso le has puesto a los dosieres del mes pasado?” “Akhmatova65” “¡Caramba! ¿De dónde te sacas semejantes contraseñas?” “Es una de las grandes poetas de mi país” “¿Y el número?” “El año en que mereció obtener el Nobel de literatura” “¿De dónde me dijiste que eras?” “De Ucrania” “Eso es… perdona que se me olvide siempre, ya ves, me falla la memoria.” Y continuó redactando su informe con una hierática sonrisa, poniendo punto final a toda la interacción. Con suerte hablará de nuevo con él la semana siguiente, o el mes próximo, dependiendo de cuándo necesite volver a consultar los archivos.

¿Crees que nos espera algo más allá de esta rutinaria esclavitud?, le pregunta él mentalmente. El otro ni parpadea ante su pantalla. Sí, tienes razón, ¿quién sabe lo que nos deparará la muerte? Más frío del que siento no, por favor, piensa ya para sí mismo. Y se concentra en teclear más rápido para hacerse el valiente. La sopa boba y la soledad de su cuarto es lo único que precederá a la oscuridad de la noche. Un libro de la biblioteca mitigará su amargura durante un par de horas, antes de caer rendido en un profundo sueño sin sueños. No obstante, tiene que reconocer que algo comenzó a cambiar. Sí. Lo nota en su interior. Aunque todavía no se atreva a ponerle nombre. El de ella también lo desconoce.


Los fines de semana son como las autopistas alemanas, monótonos e interminables. Aprovecha para adecentar sus dos trajes para espaciar al máximo la inevitable visita a la tintorería. Las camisas las lava a mano en el lavabo de su dormitorio y lucen espléndidas, un poco desgastadas por cuellos y puños, es cierto. Sus corbatas al menos vuelven a estar de moda. Las tonalidades grises de su vestuario se confunden con la de su piel desde que sigue la dieta forzosa. Eso del hombre gris lo inventaron por mí, admite observando su reflejo en la ventanilla del autobús. Recién afeitado se le nota menos, pero como lo hace en días alternos, en el que le toca ahorrar en cosméticos su rostro envejece a ojos vista. Sus iris de un azul desvaído tampoco ayudan a alegrar el conjunto. Da con todo le dijo la dependienta, y ese fue el motivo por el que se compró todo del mismo color. 

Es lunes y les toca su conductor preferido, ese que los deleita sintonizando Radio Clásica, es famoso ya, algunos pasajeros le comentan cosas sobre ello entre felicitaciones. Él no, no es de los que se acerca a alguien si no se lo han presentado previamente. Se entretiene verificando si han bajado las temperaturas, el hielo en los bordes de la acera le preocupa. ¿Y si se ha resfriado? Su corazón da una nueva vuelta de tuerca, trastabillando le anda desde que sonó el despertador. Hoy hace cinco semanas, constata al ver la fecha en el móvil del que está leyendo las noticias enlatadas hombro con hombro. La décima de Mahler le da esperanzas. Para él la música es incluso mejor anestesia que la literatura. Y, como por arte de magia, el autobús se convierte en un oasis de paz en la aridez hiriente de la gran ciudad. Es lo que más echa en falta de su país. Tocar el violín que tuvo que vender para poder emigrar, y escuchar más a menudo a sus compositores favoritos por doquier. Su radio no le quedó más remedio que empeñarla el mes pasado. Un día de estos enviará un correo desde la oficina para pedir algo en “Música a la carta”, por aquello de darle las gracias al melómano que lo lleva al trabajo esa mañana.


Siguiente parada. Cruza los dedos. ¿Viene? Sí. Ahí viene. Su pecho palpita al vislumbrarla desde donde está, a su gorro en realidad, por lo bajita que es, allí afuera en la fila. La primera vez que la vio le llamó la atención por la cantidad de ropa que llevaba encima. Él espanta el frío con un fino abrigo raído. Pero lo de ella le pareció exagerado. Casi no se le veía la cara bajo la bufanda. Se sacó un grueso guante para pagar y lo entendió. Su temblorosa mano aterida no acertaba con el cambio. De una finura y delicadeza exquisita, reparó entonces en el resto de su fisionomía. De rostro afilado y cuello esbelto, sus estilizados miembros se movían al compás con estudiada elegancia. Es bailarina, se dijo al verla caminar hacia él. Con los auriculares puestos, se deshizo del montón de lana para poder respirar, pasó por su lado en dirección a la puerta trasera. Tres paradas más y se bajó. Una antes que yo, sube una después. Ni falta le hizo memorizarlo.

La escena se repitió a diario casi sin variación durante tres semanas, salvo por el diverso colorido de sus capas de cebolla. Él era el que permanecía igual. Absorto al verla desfilar ante sus ojos. Sus miradas se cruzaron en alguna ocasión, por eso el cuarto lunes se obró el milagro. Le pareció intuir una sutil curvatura en la comisura de sus labios, que finalmente se convirtió en plena exhibición de dientes bien alineados. Sí, le sonreía a él. Un anónimo rostro conocido a fuerza de tanta vista, cuya expresión destilaba semejante tristeza que inspiraba compasión. Y al día siguiente también, y al otro... y, sucedió. Sin más. Del mismo modo que cuando reconoce los primeros acordes de una de sus melodías preferidas, y se ilusiona ante lo que le depara el futuro inmediato. Como ese instante fugaz en el que un fósforo se rasca y prende, extinguiéndose en el acto, en milésimas de segundo. Esa efímera sonrisa de cortesía que le insufla un ápice de calor a su atribulado espíritu. No es de extrañar entonces que la haya bautizado como la vendedora de cerillas. 

by Eva Loureiro Vilarelhe         


jueves, 14 de diciembre de 2017

Ojos de resaca



Nacer en diciembre es un marrón. Sí, os lo digo por experiencia. No por eso de la fusión de regalos –como escuché decir el otro día–, que hay quien aprovecha y ya te da todo junto, el de Navidad y el de tu cumpleaños, y al final siempre acabas recibiendo menos. No. Eso quizás me importaba algo de pequeña, por aquello de que a mi hermano siempre le tocaba prácticamente lo mismo que a mí y no me parecía justo. Ahora paso. Casi tanto como de las comidas familiares y todo el buen rollo que se supone que estamos obligados a experimentar en estas fechas. ¡Cómo si el resto del tiempo no tuviéramos que acordarnos de lo pesados que se ponen nuestros cuñados! En fin. Que es un marrón, os lo juro. Porque en el fondo te da un bajón doble, uno por el porrón de años que se te van echando encima, y otro por la llegada de esos días de celebración en los que siempre echas en falta a alguien –un abuelo, una tía especial para ti– y lamentas no poder intercambiarlos por alguno de los familiares que te sobran en la mesa. 

Lo peor de todo es si coincide en viernes o al día siguiente no tienes que madrugar, porque ya no puedes evitar acabar pasándote de la raya, saliendo hasta las tantas para olvidarte del ingente número de velas de tu tarta y de que no queda nada ya para Nochebuena, y despertarte con un desconocido en tu cama al que ni siquiera recuerdas. Sí. Eso fue lo que me encontré esta mañana, bueno, mejor dicho, casi este mediodía. Despegué los párpados a duras penas maldiciéndome por haberme dejado las persianas abiertas y por poco me da un ataque al sentir un brazo peludo sobre mi estómago. ¿¡Cómo ha llegado esto aquí!?, me pregunté tratando de recordar si había tenido que echar mano a la navaja que llevo en el bolso. Una simple precaución de mujer independiente, aunque mi hermano se encargó de que supiera utilizarla desde que empezamos a ir de marcha por separado. Pero no, todo indicaba que no había participado en ninguna carnicería, el brazo estaba unido a un cuerpo desnudo que emitía evidentes indicios de estar profundamente dormido. 

Es decir, que los ronquidos del individuo en cuestión fueron los que me impidieron seguir durmiendo hasta media tarde. Levanté la sábana para verificar mi grado de embriaguez cuando me lo traje a casa, es decir, si era un verdadero adefesio es que iba fatal. Mi sorpresa fue mayúscula al descubrir a todo un Adonis, sin depilar, eso sí, pero aún encima bien dotado. ¡Y yo no me acuerdo ni de su cara, maldita sea! Fui directa a la ducha refunfuñando, además de preguntándome cómo habría acabado un bellezón de semejante calibre conmigo. Borracho, seguro, pero muy ciego tenía que ir para caer tan bajo… Bajo el agua casi me muero del susto al verlo aparecer en pelotas, porque sin sábana encima todavía estaba más macizo. Entró como si fuera lo más normal del mundo y me metió la lengua hasta la garganta a modo de buenos días. Siguió refrescándome la memoria sobre lo que hicimos, o mejor dicho, convenciéndome para hacerme abstemia a partir de ahora, porque me arrepentiré toda mi vida de no tener ni idea de lo que pasó de madrugada.


“Tienes una piel supersuave”, fue todo lo que me dijo al cerrar el grifo, el suyo porque el otro me costó lo suyo lograr que dejara de desperdiciar agua. “Eso se arregla apretando con una llave Stillson, cómo se nota que vives sola… no te preocupes, en cuanto desayunemos le pongo remedio.” El gordo de Navidad, me cayó a mí y todavía no estamos a 22, pensé hipnotizada por sus iris verdes. Yo lo miraba con ojos de resaca, o de perro apaleado, que viene siendo lo mismo. Recordé la frase de Machado de Assis, sobre Capitu y sus "olhos de ressaca", pero de la del mar, en Dom Casmurro. Nada que ver con los míos, aunque en ese momento me encantaría que tuvieran el poder de atraerlo irremediablemente, de la misma manera que lo estaban haciendo los suyos conmigo.

Mis tripas hicieron eco y me sonrojé como una tonta, me acarició la mejilla dejándome embobada con su sonrisa de anuncio, hasta que se me cayó el alma al suelo. ¡La nevera está pelada, voy a quedar fatal! Pero no. Mi ángel salvador me llevó en brazos a la cocina envuelta en la toalla, me sentó sobre la mesa para que mis pies descalzos reposaran en la silla en lugar de coger frío sobre las baldosas. Y por arte de magia empezó a sacar del frigorífico huevos, jamón, tomate, fruta, yogures y demás, para preparar un brunch en toda regla. Si incluso notaba el ambiente caldeado y todo, y no precisamente por mis sofocos premenopáusicos, alguien se había molestado en encender la calefacción y no había sido yo. 

Estoy soñando, me dije observándolo incrédula moverse entre los fogones y mis alacenas como si llevara haciéndolo toda la vida. Pues no quiero despertarme, y el lunes falto al trabajo si hace falta, me encierro aquí con él y no me importa si acabamos muriendo de inanición, que pienso seguir resarciéndome del hambre atrasada que tengo hasta dejarlo en los huesos. Debió de leerme el pensamiento, porque después de devorar todo lo que preparó hasta rebañar el plato, siguió chupando mis dedos como prolegómeno de lo que vino a continuación, mientras yo me esforzaba por recordar qué deseo había pedido al soplar las velas. ¿Acaso fue que se arreglaran todos mis problemas? ¡Solo falta que me diga que vendrá conmigo a casa de mis padres en Nochebuena! Pero es demasiado bonito para ser cierto, no es posible que me concedan que por una vez no tenga que escuchar la misma cantinela de siempre sobre mi mala suerte para echarme novio.      


De madrugada me desperté aturdida. Tenía sed y noté el estómago vacío. No me extraña, con tanto trajín… Me giré hacia él, pero su lado de la cama estaba frío. Encendí la luz en el acto. Ni rastro de su presencia en mi dormitorio. Su ropa ya no estaba tirada por el suelo y me levanté para comprobar si se había marchado. Había desaparecido del mismo modo que había aparecido, como por arte de magia. ¿Habría sido un sueño? No. Todavía me costaba mantener las piernas cerradas sin sentir calambres. En el fregadero estaban los platos y las cazuelas sin fregar de todo lo que cocinó para mí, y en la mesilla de noche la caja de preservativos vacía. Abracé mi almohada desesperada. Entonces se me encendió la bombilla, y corrí a buscar mi bolso. El móvil se había quedado sin batería, así que tardaría en saber si me había dado su número. Buscando el cargador en el cajón de la entrada, un sobre llamó mi atención. 

“Querida María: 
Este es nuestro regalo de cumpleaños con intereses, es decir, hemos decidido compensarte por todos los años que nos escaqueamos de darte nada porque ya teníamos bastante con pensar en algo para el amigo invisible. Así que puedes tomártelo como que tus amigas se han vuelto invisibles para que tuvieras la cita perfecta. La compra la hizo Sonia, yo me encargué de buscar a Mario y de dejarle mi copia de tus llaves para que la llevara a tu apartamento. Me las devolverá, no te preocupes, que todavía tiene que venir a cobrar… 
                 Te quiero mucho, 
                                         Laura 
P.D.: Como no nos cuentes con pelos y señales todo lo que te hizo no volveremos a dirigirte la palabra.” 


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 7 de diciembre de 2017

La niña que fui


Una inesperada sensación de vértigo se apoderó de mí al ver desaparecer mi carta por la ranura del buzón, imagino que pensando en lo lejos que debería viajar, me acongojaba su desamparo y me aterraba la idea de que no la recibiera. ¿Cuánto tiempo le llevaría llegar a su destino? Acostumbrada a la inmediatez de los correos electrónicos, a los mensajes de los móviles, y a los chats de internet; se me antojaba que una eternidad. En ese sentido no se había avanzado mucho, desde luego, había leído en algún lugar que hace más de un siglo se tardaba apenas un par de días en recibir una misiva desde el extranjero, ¿cómo era posible que ahora no se hiciera más rápido? Por falta de interés, seguramente, tuve que reconocer. 

Yo misma ni recordaba cuándo había utilizado por última vez el correo postal. Tendría que haber sido por algo relacionado con el banco, ¿o sería por culpa de la compañía telefónica? Que me había visto obligada a hacerlo, vamos. De lo contrario iba a lo práctico, a lo rápido, si te equivocas te llega un email en el acto anunciándote el fallo en la comunicación, aunque en este caso sí que tiene ventajas usar el correo tradicional. Un cartero siempre se esforzará por no tener que devolver nada a su remitente, por muy ilegible que sea la letra, o por muy errónea o incompleta que presente la dirección del destinatario. La mía le llegará, me dije más tranquila, harán todo lo posible para entregársela en mano si es preciso, de eso no me cabía la menor duda. Lo que sí me preguntaba era cómo sería recibida, porque me costó lo suyo escribirla.


Hacía tanto tiempo que no me dirigía a él que dudé hasta en cómo tratarlo. “Estimado” me pareció demasiado distante, “Apreciado” un tanto frío, y opté por el clásico “Querido”, además de continuar tuteándolo como hacía antaño. Comencé disculpándome por osar escribirle de nuevo al cabo de tantos años, ¡y a mi edad! Me embrollé en exceso, lo sé, porque se me mezclaban un cúmulo de sentimientos que me veía incapaz de expresar. Necesitaba contarle cuál era mi objetivo, qué buscaba con aquello, y creo que acabé por decírselo de la manera más pueril. No le hablé de la mañana en que me miré al espejo y no me reconocí. Sí, tenía delante las facciones que veo a diario, mis incipientes arrugas, las escasas canas que van clareando mis sienes… era yo, por supuesto, pero me dio la impresión de que me faltaba algo para serlo realmente.

Era una mañana luminosa, la luz que se colaba por los cristales traslúcidos de la puerta provenientes de mi dormitorio alegraban la mortecina claridad del baño. Y en ese momento me di cuenta, en el preciso instante en que un rayo de sol rebotó en el espejo haciéndome entrecerrar los párpados, lo vi. O mejor dicho, no lo vi. Efectivamente, eché en falta ese brillo. Mis ojos habían perdido su brillo característico, y me pareció que no era yo quien me miraba. Entorné la puerta para bloquear el efecto deslumbrante, y observé su reflejo detenidamente durante un buen rato. Pestañeé incrédula, a sabiendas de que ya no había nada que hacer. Lo había perdido. Al mismo tiempo que las ilusiones se me fueron anquilosando, mientras me fui amoldando a la repetición del correr de los días –todos iguales uno tras otro–, sin ser consciente de ello –ahora sí lo soy–, se me empañó también la nitidez de mi pupila. O dicho de otra manera, la rutina se zampó la desmedida curiosidad que ostentaba de cría. 


Todo esto no se lo expliqué, ya digo, convencida de que solo él me entendería sin más, me limité a resumirle mi deseo en una ingenua frase: “Quiero recuperar a la niña que fui.” Un par de sutiles golpecitos en la cadera me despertaron de mi ensimismamiento, me giré aturdida, encontrándome con unos enormes ojos castaños que me miraban fijamente. Su propietario me preguntó esgrimiendo una sonrisa equiparable a la calidez de sus iris: “¿Puedo?”, agitando nervioso su sobre atestado de sellos. Asentí, permitiéndole acceder a la ranura del buzón, sorprendida porque tuviera que alzarse sobre sus talones para introducir su carta. “¿Crees que es necesario ponerle tantos?”, le dije de pronto insegura. “No sé, es que de esas cosas sabe mi abuelo, de sellos y monedas antiguas lo sabe todo, pero como está en el hospital… por eso este año no pido juguetes, quiero que haga que se ponga bueno, para que venga a recogerme al salir del colegio como siempre.” Volví a asentir con cara de circunstancias, y él se encogió de hombros un tanto apenado, continuando con su aclaración.

“¡Total! Últimamente se equivocaba trayéndome regalos que no le pedía, mamá me dice que es que está muy estresado, y es normal que a veces cometa errores… pensé en enviarle una foto del abuelo para que no hubiera fallo, aunque al final le pedí que curara a todos los abuelos enfermos, para que ninguno deje solos a sus nietos.” “Igual es demasiado para él…”, aduje tratando de mitigar su decepción si no veía realizado su sueño. “¡Oh, no, qué va! ¡Tiene que ser pan comido para él! Si es capaz de repartirles juguetes a todos los niños del mundo en una sola noche…” Sonreí entonces con mayor convicción y me devolvió la sonrisa alegre. “¿Te vienes al parque?”, no esperó por mi respuesta y salió disparado hacia los columpios al grito de “¡Tonto el último!” La milésima de segundo que tardé en reaccionar le otorgó una clara ventaja, seguí sus pasos rápidamente sin preocuparme lo más mínimo por el gorro que dejé atrás con mi carrera.   


“¿Tú qué le has pedido a Papá Noel?”, quiso saber elevando las piernas para conseguir igualar la altura que alcanzaba yo con mi impulso. “Ya me lo ha concedido”, admití entre risas notando el calor en mis mejillas pese al intenso frío vespertino. Volvió a abrir los párpados desmesuradamente para fijar sus iris de refresco de cola en los míos, y exclamó procurando alzar su vocecita sobre el chirriar de las cadenas: “¡Caramba, qué rápido! ¿Crees que mi abuelo estará en casa cuando yo regrese?” Mi sonrisa se ensanchó en esa ocasión, iluminando mi mirada y la suya al unísono. De ilusión es de lo que se alimenta el espíritu, y ya no iba a ser yo quien le aguara la fiesta. 


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 30 de noviembre de 2017

El efecto demoledor de las melenas rubias



“A la bandera de Japón”, respondí al instante. Ella ni pestañeó, aunque tardó en pasar de lámina. Si esperas que te diga que se parece a una gota de sangre, vas de lado, bonita, pensé para mí, aguantando con expresión inocente el intenso escrutinio al que me estaba sometiendo en ese mismo instante su implacable mirada. ¿Tienes que poner esa cara de asco?, me dieron ganas de preguntarle, porque el presuntamente se lo estaba pasando por el forro, la muy… Sí, soy culpable, pero todavía no me han condenado, y del doble homicidio justificado al asesinato hay un trecho, ¿o no?

Me tienen frita, casi no he pegado ojo en los últimos… ¿cuántos van? ¿Dos o tres? Ya no me acuerdo ni cuántos días llevo aquí encerrada… y entre los interrogatorios, y esta mierda de examen psiquiátrico… ¡estoy hasta el gorro! Por no decir algo peor… y todo por culpa del abogado de oficio que me han puesto, que va y alega enajenación mental. Por inercia, o por simular que entiende de leyes, supongo, porque –como ya le había explicado yo antes– lo hice conscientemente, vamos, ¡con alevosía de esa y todo, vaya! Lo que no me dieron fue margen a meditarlo demasiado, a pre- menos porque los cogí in fraganti. Ya hasta me sé las palabrejas esas que se usan en estos casos, tanto ver series es lo que tiene, de todo se aprende en esta vida... 

Y ahora toca la típica mancha, claro, no podía faltar… o sea, que en las películas no se inventan nada, porque ¡anda que no la habré visto ya veces! Me tomo mi tiempo, solo para fastidiarla, en realidad, porque sé perfectamente lo que tengo que responder. La verdad es que la han clavado, porque es exacta a la de las fotos de la escena del crimen que me estuvieron enseñando durante horas el par de inspectores de policía que no paran de darme la murga desde que me detuvieron. Allí me encontraron dos agentes novatos diría yo, porque al que me apuntó con el cañón de su HK de 9 milímetros parabellum le temblaban las manos, y al otro –que hasta parecía adulto y todo– las rodillas.


“Cuidado con la pistola, hijo, que aun vamos a tener un disgusto”, le dije al chaval entregándole la mía por la culata. Ese fue mi error, tardar demasiado en salir pitando de allí. Perdí la noción del tiempo, al quedarme ensimismada observando la mancha de sangre que se extendía paulatinamente sobre la sábana blanca. No pude evitarlo. Me recordó a ella de cría, cuando andaba correteando por el pasillo con su maillot de ballet y las alas de hada que le había comprado mamá encantada. Ganas de vomitar me daban al verla. Yo soy seis años mayor y ya era adolescente, pero de niña jamás me dejé disfrazar de princesita como ella. Siempre fui la preferida de papá por eso. En aquella época además estaba de moda el grunge y ni siquiera me peinaba, ni me miraba al espejo antes de bajar a la calle. Sus gritos me llegaban al portal: “¡Mariano, es que nunca vas a decirle nada!”

No hizo falta. En cuanto conocí a Raúl cambié radicalmente. Consciente de que si quería que se fijara en mí tenía que parecerme a las chicas emperifolladas con las que solía salir. En cuanto se dejó con su última novia me lancé. Ni me preocupé por cortarme la melena recta. Me la recogí en una coleta y me presenté ante él con la cara lavada, y aquel vestido de punto ajustado que ni me había dignado a estrenar. ¡A quién se le ocurre regalarme algo malva! Solo a mi madre, claro. Pero gracias a ese vestido lo conquisté. Y a que me lo quitó en el baño de chicos de su facultad para hacérnoslo allí mismo de pie también, por supuesto.

Yo fui la primera asombrada de que quisiera casarse conmigo. Hasta mis padres me preguntaron si estaba embarazada. Imagino que estaría harto de vivir con los suyos y prefirió no irse solo. O utilizarme también de chacha, porque lo que es en casa no hace nada. O hacía, mejor dicho. Dejó derecho porque no era un lumbrera precisamente, y yo terminé magisterio sin demasiada ansia, aunque tampoco me sirvió de mucho. Él con su planta acabó como guardia de seguridad, y yo con mi suerte en una fábrica de repuestos de automóvil, haciendo turnos de tarde o noche. Hasta ahí todo más o menos bien. O eso creía yo.


¿Hoy no es jueves? ¡Sí! ¡Maldita sea! ¡Y yo que tenía vez para hacerme la cera! Bah, total… para el caso que me hacía últimamente… Fue por eso que empecé a sospechar. Que no le apetecía, que estaba cansado. ¿De qué?, me preguntaba alucinada, si siempre se quejaba de la de horas que se pasaba papando moscas. ¡Y encima si me tocaba turno de tarde no me tenía ni la cena lista al volver! No es que antes cocinara para mí, simplemente encargaba algo al chino, o bien lo cogía por el camino de vuelta en cualquier sitio de comida rápida. Él fichaba a las ocho y yo no llegaba hasta pasadas las once. Más de tres horas para hacer lo que le diera la gana. Así que tenía que enterarme de a qué se dedicaba en mi ausencia. Porque estaba claro que algo había cambiado.   

Y un buen día le mentí. Le dije que tenía tarde cuando no entraba hasta las diez y me planté delante del edificio en el que trabajaba media hora antes de que saliera. Cuando la vi aparecer a buscarlo no me lo podía creer. ¿Será que no hay hombres en el mundo como para que tenga que escoger a mi marido? ¡Y él! ¡Menudo cabrón! ¡¿Será que no hay mujeres en el mundo como para que tenga que fijarse en mi hermana pequeña?! Nunca la soporté, pero en ese momento la odié con toda mi alma. Ella que era justo lo contrario que yo, va y se opera de arriba abajo. El pack completo: nariz, tetas, y liposucción. Ah. Y se tiñe de rubia platino. Eso tuvo que ser fundamental para que se obrara el milagro, digo yo, porque todavía no me lo explico. ¡Si siempre fue más fea que pifio y él se burlaba de ella sin parar!

Habría que hacer un estudio en profundidad sobre el efecto demoledor de las melenas rubias sobre los hombres. ¡Ese sí que tendría interés real, y no la estupidez de análisis que me está haciendo a mí la loquera esta! Me quedé de piedra, lo reconozco, al verlos juntos. Aunque tuve que recuperarme enseguida para no perderles la pista. Casi me da algo al seguirlos hasta casa. ¡En nuestra cama se lo hacía con ella, el muy…! Me mordí la lengua para no llamarle de todo desde mi escondite. Esperé cinco eternos minutos para cogerlos en el ajo, no más porque él es como Billy el Niño –el pistolero más rápido del Oeste–, por mucho que se creyera un crack en cuestiones de sexo. 


En el recibidor me sorprendió ver el cinturón colgado del perchero, con su Astra del 38 enfundada y sin el seguro puesto, si siempre la guardaba en el cajón de la consola sin munición después de limpiarla... Claro, con las prisas debió de optar por hacerlo después. Mejor para mí, pensé ensanchando la sonrisa. Sus asquerosos ruiditos provenían del dormitorio y me alegré de que ayudaran a amortiguar el de mis pisadas. A él le acerté por la espalda en pleno corazón, nada más abrir la puerta. ¡Benditas clases de tiro a las que insistió en apuntarme! Contenta de poder destrozarle lo mismo que él acababa de romperme a mí. La bala fue a incrustarse en una esquina del cabecero y él cayó de bruces sobre ella. Hacía apenas un segundo ella estaba gimiendo de placer y de repente se puso a chillar igual que un gorrino consciente de que lo llevan al matadero. Como una cerda, vamos, lo que es. O era, mejor dicho. 

Me subí a la cama para contemplar de cerca a la zorra de mi hermana. Así despatarrada, abierta de piernas con su amante desangrándose sobre sus tetas de plástico. “No te ha dado ni tiempo a amortizarlas, bonita”, le dije disparándole a bocajarro. Entre ceja y ceja le planté el plomo sonriendo de oreja a oreja. “A una mariposa”, aseguré reprimiendo la sonrisa que afloraba a mis labios al rememorar la escena. “¿Está segura de que esta mancha le evoca eso?”, preguntó fría como un témpano, centrando sus duros ojos en mis facciones para no perder ni el más nimio detalle de mis reacciones. “Claro, las mariposas siempre me han parecido preciosas”, afirmé imitando la cara de gilipollas que ponía mi hermanita cuando lo decía, mientras papá y yo nos mirábamos reprimiendo las arcadas. 

     by Eva Loureiro Vilarelhe




   

jueves, 23 de noviembre de 2017

Me muero de miedo


Noto la claridad a través de mis párpados. Ayer mamá olvidó cerrarnos la persiana. En realidad no estaba para esas cosas. Hecha un trapo la dejó, debe de haberse quedado dormida tirada en el pasillo. Manu duerme todavía. Al escuchar su tranquila respiración me da la sensación de que todo ha sido un sueño. De que la locura de anoche fue tan sólo eso. Una pesadilla. Pero al frotarme los ojos siento mis brazos doloridos. Seguramente me habrá dejado marcas. Como de costumbre. También me duele la barriga. Aunque eso es porque no pudimos ni empezar a cenar. 

Sentimos cerrarse la puerta de entrada de un portazo y mi hermano corrió a esconderse a nuestro cuarto. Ahora ya lo hace siempre por si acaso. Primero se mete en el armario y, si después de un buen rato no oye gritos, sale. Aparece en la cocina y le miente, disculpándose porque estaba en el baño. Mentir. Es lo que llevo haciendo desde que sé hablar. "Es que mi madre se ha caído por las escaleras, y a mí tuvo que agarrarme papá para que no me cayese detrás." Ya lo repito sin inmutarme, y Manu calla chupándose un dedo porque se pone nervioso. Pero es que la verdad es tan difícil de admitir que preferimos mentir. Mentir antes que admitir que nuestro padre es lo que es. Un monstruo.

Manu bosteza y me mira fijamente. No estoy seguro de que esté completamente despierto. Le sonrío y se echa a llorar. Entonces me meto en su cama y lo abrazo. Intento que se calme para que no lo oiga. Sino igual comenzamos tan mal el día como lo acabamos ayer. Le susurro la nana que me solía cantar mamá de pequeño. Él ya no tuvo esa suerte. Ni siquiera puedo decir cuándo fue la última vez que la escuché reír. Tampoco soy muy consciente del momento en que empezaron a torcerse las cosas. 

En el álbum del salón hay algunas fotos en las que estamos ella y yo con papá, los tres sonrientes. Mucho antes de que naciese Manu. Mucho antes de que se pudiesen grabar esas imágenes en mi memoria, porque a él lo recuerdo siempre enfadado. O durmiendo. Los días que se queda dormido más de la cuenta nos da un respiro. Procuramos hablar muy bajito y aprovechamos para acurrucarnos con mamá en el sofá. Dándole besos abrazados a ella, intentando no tocarle donde le duele. Por una vez descansando despreocupados. 

En cuanto se levanta regresamos a nuestros puestos. Mamá a la cocina o a limpiar, y nosotros a nuestra habitación. A fingir que hacemos los deberes, mientras aguzamos el oído para comprobar qué nos espera. Si está de buenas, con suerte no lo vemos hasta la hora de la cena. Si está regular, le grita insultándola por esto o lo otro, le da igual. Si está de malas, me echo a temblar. Porque jamás sabemos lo que puede pasar. 

Me aterroriza pensar en que llegue a matarla. O que me mate a mí por meterme en el medio, como hago cuando está tan fuera de sí que no se da ni cuenta de que va a acabar con ella a palos. Y no lo entiendo. No me explico cómo le pega tanto diciendo que la quiere. Si eso es amor, prefiero que no me quieran nunca. Pero eso no es amor. Amor es lo que siente nuestra madre por nosotros. A pesar de que no se quiera a sí misma lo suficiente como para librarse del monstruo que nos está destrozando la vida. A veces la odio por eso. Porque por su culpa papá en una de estas va a tomarla con nosotros dos. Y me muero de miedo, temiendo que un día acabe devolviéndole cada uno de los golpes que arruinaron mi infancia. Porque si llega ese día, no lo cuenta.    


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 16 de noviembre de 2017

Como me llamo Ana



Bliss, bliiisss. Una suave ráfaga de brisa marina revuelve los mechones rebeldes que se resisten a sujetarse en mi improvisado moño sujeto con una pinza. Insisto en retenerlos en lo alto de mi cabeza y retiro con cuidado el que se ha quedado enredado en mis gafas de sol. Las risas de los niños resuenan en la orilla, soy capaz de identificar la de los míos desde donde estoy, pese a que apenas los distingo del montón de críos que corretean por la playa. La mayor ha hecho migas con otra chica de su edad que se aloja en el hotel, y las veo agachadas observando una estrella con inusitado interés. Me sorprende gratamente, ya que nada parece digno de su atención de un tiempo a esta parte, y me recuesto de nuevo en la toalla con placentera parsimonia, tras comprobar de reojo que el socorrista no les quita la vista de encima desde su silla-pedestal. 

Bliss, bliiisss. Fernando ronca ya a pierna suelta a mi lado y me da la risa al escuchar uno de sus característicos bufidos. Me incorporo para verle la cara, a no ser que estire el cuello en modo jirafa su abultado vientre me lo impide, y prefiero verificar si tiene puesto el gorro. El sombrero de paja que se compró nada más llegar para cubrir su incipiente calva le cubre parte del mentón dejando al descubierto su coronilla. Se lo retiro con cuidado de no despertarlo y decido aplicarle más protector solar antes de que se ponga colorado. Hace un par de días que vinimos y yo ya tengo marcas del bikini. Mejor prevenir que curar. Él es muy moreno, pero el chico de la farmacia me advirtió que en el Caribe se puede coger una insolación casi sin querer. Su abundancia de vello en el pecho me hace cosquillas en los dedos, y recuerdo la escena de anoche sonriendo ensimismada.

Bliss, bliiisss. No me extraña que adelgace cuando estamos de vacaciones, aparte de porque no le queda tan a mano el bar de enfrente de su oficina –las apetecibles tapitas que se toma de aperitivo son las culpables de que luzca cintura de luchador de sumo–; es que apenas le dejo pegar ojo por las noches. Yo me quedo roque en cuanto acabamos, pero él a partir de determinada hora se desvela y no coge el sueño hasta bien entrada la madrugada. Eso sí, a él tampoco le parece nada mal que nos desquitemos de lo poco que lo hacemos por semana. Entre lo cansado que vuelve de trabajar y lo frita que me quedo yo en cuanto cojo la cama… Además, me encanta que mientras desayunamos me susurre que estaba muy guapa durmiendo, tosiendo con disimulo para que no lo escuchen los niños.


Bliss, bliiisss. Aprovecho los restos de crema para extenderlos por mis pantorrillas y vuelvo a echar una visual hacia la orilla. Javier está construyendo una fortaleza con la ayuda de su nueva pandilla, mientras Blanca pasea charlando con su amiga. ¿Cómo se llamaba? ¿Marta? Sus padres nos han invitado a cenar con ellos, al atardecer hay un festival en el pueblo y les parece que no debemos perdérnoslo. Antes iremos a dar un paseo en barca, Fer quiere echarse a bucear a ver si le mete el gusanillo a Javi. Blanca ni loca, en eso se parece a mí. ¡Qué día tan precioso está, por favor! ¡Menuda sensación de relax! La arena blanquísima impoluta brilla bajo este maravilloso sol, y el cielo está tan azul que se refleja con hiriente nitidez en las aguas cristalinas. 

Bliss, bliiisss. Moooocccccc. El bocinazo me coge desprevenida y salto enseguida “¡Serás capullo!” “¡Mamá!”, Javi me reprocha la actitud grosera desde el asiento trasero. “Lo siento, hijo, recuérdame que meta un euro en el bote de los tacos al volver a casa.” Un embotellamiento infernal nos tiene retenidos desde hace más de diez minutos y no me he fijado en que el semáforo se ha puesto en verde, solo veía el azul de aquel cielo… ¡qué le voy a hacer! Yo también tengo prisa, pero preferiría seguir relajándome en el Caribe, será… mejor no lo repito, o de lo contrario me voy a quedar sin cambio en la cartera. “A este paso no llego a inglés”, apunta risueño sin rastro alguno de pena. “Y tu hermana me va a matar por tenerla más de media hora esperando en el conservatorio…”, refunfuño a sabiendas de lo que me espera.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El sensor del limpiaparabrisas aumenta la cadencia al notar que por fin acelero. “Si quieres pasamos antes a buscarla a ella, total, cinco minutos más o menos… Helen me va a reñir igual por retrasarme.” Lo observo por el retrovisor antes de dar la curva y decido hacerle caso, giro a la derecha. Abre los ojos de par en par asombrado. “¿Mamá?” “¡Hoy no vas!”, el cielo encapotado apoya mi decisión y me echa un cable descargando su malhumor sobre la ciudad. “Con este diluvio será mejor que recoja a Blanca y nos tomemos un chocolate caliente en la cafetería de la esquina, ¿qué te parece?” Sus exclamaciones de júbilo no se hacen esperar.


Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. El repentino aguacero desata escenas de pánico entre los viandantes en busca de abrigo bajo los soportales, y el tráfico se congestiona todavía más. A estas alturas ya tendría que haberlo dejado a él en la academia, Blanca debería estar sentada a mi lado sin hablarme de camino a su clase de danza, y yo empezando a volverme loca para encontrar sitio donde aparcar lo suficientemente cerca de los dos sitios, para no empaparme al ir buscarlos pese a estar bien provista de paraguas. Me niego. Mi nariz está más atascada que esta maldita avenida y llevo sin tomarme un respiro –nunca mejor dicho– desde las siete de la mañana. Además, Javi odia ir a más clases después de pasarse tantas horas en el colegio, y Blanca va por inercia, supongo que cualquier excusa es buena con tal de no tenerme delante.

Bliss, bliiisss. Bliss, bliiisss. Parece que amaina, a ver si puedo recogerla sin que se le moje el violín, sino se pondrá furiosa. De hoy no pasa, esta noche hablo con Fer. Con el dinero que nos ahorraríamos de todas estas inútiles actividades extraescolares podríamos irnos por ahí algún fin de semana. Los niños están tan estresados como nosotros, se aburren con lo que sea que hagan, y se pasan el día encerrados entre cuatro paredes. Mejor me los llevo de paseo las tardes que tenga libre, llueva o nieve. Blanca va a estar de morros de todas formas, así que por lo menos Javi se lo pasará en grande. Y las próximas vacaciones nos vamos al Caribe, como me llamo Ana. O a las Canarias. A un paraíso de esos que nos haga olvidarnos de nuestra rutina durante una semana, que ya estoy harta de imaginármelos, quiero deleitarme de una vez por haber estado allí. O mejor quince días. Como me llamo Ana que vamos.


by Eva Loureiro Vilarelhe