jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo bueno de tener un grupo de amigas


¿Que adónde voy? Pues a ver a una de mis amigas, que va a presentarme a su último novio… y soy yo quien siente las mariposas en el estómago. No es que esté enamorada de él, ni mucho menos, no me malinterpretes, mejor será que te lo explique; es que todavía no lo conozco en persona, y eso es lo que me preocupa. Lo he visto en foto, en video, y hasta lo tengo agregado o nos seguimos en las diversas redes sociales; sin embargo no deja de ser uno más de los novios de mis amigas con los que evito relacionarme, por mera precaución. Porque en general no suelen gustarme, salvo dos de ellos que ya considero amigos en toda regla, el resto de las parejas de mis amigas deja bastante que desear… es cruzar un par de frases con el sujeto en cuestión y pensar, ¡pero qué rayos hace con este tipejo! Y comienza la función. 

Finjo interés en la conversación de turno para romper el hielo, intervengo poco, sonrío en exceso, para que no se me note tanto que estoy inventando una excusa sobre la marcha para poner pies en polvorosa, y lograr escaparme a la primera de cambio sin ofenderla. A partir de ahí siempre sigo la misma estrategia, me invento compromisos inexistentes para no tener que quedar con la parejita, y si no me queda otra porque nos juntamos todas, pues procuro sentarme lo más lejos posible de los tortolitos, a fin de disimular al máximo la aversión que me produce verlo con ella. 

Por experiencia sé que nadie escarmienta en cabeza ajena –ni yo misma, que no me creo superior al común de los mortales ni nada de eso–. Que por mucho que intente convencerla de que el individuo al que toma por el amor de su vida no le llega ni a la suela de los zapatos, no hay manera; ella no lo verá así, cegada por el resplandor inicial de todo enamoramiento. Por lo tanto no me queda otra que armarme de paciencia hasta que la cosa acabe por sí sola, porque eso seguro que ha de suceder tarde o temprano, puesto que no pegan ni con cola. 

En cuanto me llame destrozada para contarme todo sobre su nuevo y estrepitoso fracaso amoroso, acudiré a su lado enseguida, para tratar de reconfortarla mientras llora sobre mi hombro, exponiéndole lo que en realidad opino sobre su reciente ex. Los “¿cómo no me lo has dicho antes?” son habituales, por cierto, como podrás imaginar; y mis respuestas acostumbran a ser las mismas: “¿Decirte qué? ¿Que es más bajo y feo de lo que aparenta gracias a los filtros de Instagram? ¿Que lo poco de simpático que tiene lo malgasta con sus ridículas publicaciones de Facebook? ¿Que su inteligencia no está a la altura de las ocurrencias que circulan por Twitter? Eso ya lo has averiguado tú misma… ¿para qué iba yo a interrumpir tu arrebato de amour fou?”


También es cierto que en algunas ocasiones nos hemos visto obligadas a actuar. Previa puesta en común entre el resto de integrantes de nuestro clan, a espaldas de la afectada, por descontado, ya que ella sería la primera en negar la evidencia… Eso es lo bueno de tener un grupo de amigas como el nuestro, sabemos protegernos las unas a las otras de los hombres tóxicos, y cuando alguna se descarría sin aparente voluntad de enmienda –perdiendo demasiado el tiempo con alguien que en el fondo no merece la pena–, convocamos un cónclave para intervenir antes de que el remedio sea peor que la enfermedad.

Nos reunimos en casa de una de nosotras, generalmente en la de Martina, porque tiene críos pequeños y a su marido le encanta presumir de dotes culinarias delante de todas –ni que decir tiene que él es uno de los dos tíos que consideramos aptos (al menos por el momento)–. Mientras él está ocupado con los fogones, exponemos el caso a tratar pormenorizadamente, valoramos todas nuestras opciones, y finalmente procedemos a escrutar los votos a fin de dictaminar quién será la encargada de ocuparse de zanjar el tema. Una de nosotras es elegida democráticamente para iniciar la acción de acoso y derribo; bien tanteando a la que debemos rescatar de sí misma, bien al novio a extirpar. No hay nada más efectivo para romper una relación que él responda a las insinuaciones de una de nosotras, o eso es lo que nos dice el marido de Martina –quien no solo apoya la moción, sino que incluso suele aconsejarnos sobre las debilidades masculinas para proceder del modo más certero para que nuestro plan sea más efectivo–.

Rara vez fallamos, por no decir nunca… Bueno, una vez estuvimos a punto… En realidad lo que sucedió es que hubo una especie de vacío de poder, al ser yo misma la que me encapriché por un tipo que no me convenía en absoluto. El asunto se prolongó más de la cuenta precisamente porque las demás no tienen mi ojo clínico para descubrir incompatibilidades irreparables y, como comprenderás, yo en semejantes circunstancias me engañaba a mí misma, sin reconocer que su amor por mí no era sincero. El de mis amigas sí lo es, que fueron las que me salvaron de un hombre inconstante que solo me quería para satisfacer su frágil ego. 

Así que ahora ya sabes por qué me pongo nerviosa cada vez que una de ellas va a presentarme al chico del que lleva hablándome durante semanas, es mucha la responsabilidad que recae sobre mis hombros… ¿será digno de unirse a nuestro grupo, o nos veremos obligadas a deshacernos de él lo antes posible? En cuanto lo tenga delante te saco de dudas. ¡Ah!, perdona, se me olvidaba, y sobre eso de qué te diría si me pides una cita, creo que será mejor que te lo pienses dos veces antes de proponérmelo, no sé cuáles son tus intenciones, pero debes tener presente que mis amigas estarán ahí para cubrirme las espaldas…  


by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 14 de septiembre de 2017

Dúo dinámico: dos relatos enamorados (sin saberlo, al parecer)




Lagarto, lagarto

Mi madre solía decir eso de “lagarto, lagarto” cada vez que las cosas no le salían como quería. Ahora conozco el verdadero significado de la expresión, pero de niña pensaba que tenía que ver con el jabón que utilizaba para intentar sacar las manchas de la ropa sucia antes de meterla en la lavadora. Después comprendí que las cosas no se solucionan tan fácilmente. Mamá no estaría muy de acuerdo con esto último, me diría que mis manos dejan claro que nunca he frotado demasiado, y que no tengo ni la más remota idea de lo que cuesta limpiar el vino de una camisa blanca, así que me voy concienciando de lo que me queda por sufrir. 

En realidad me quejo de vicio. El único y verdadero quebradero de cabeza que tengo es que mi existencia es tan anodina como la de cualquiera. Mi trabajo me aburre soberanamente, no tengo pareja –ni perspectiva a la vista–, detesto la idea de compensarlo compartiendo piso con una mascota, y las vidas de mis amigas se parecen tanto a la mía como ellas se esfuerzan por disimularlo. Lo que sucede es que siempre hay días en los que estoy de bajón, y me desespero. Entonces intento alejar los males a mi manera: mirando por la ventana. 

No asomada como una vieja chismosa, no, que una tiene más clase. Ni siquiera como el hijo de la vecina del primero, que como no tiene oficio ni beneficio se pasa el día fumando apoyado en el alféizar, y cuando algún transeúnte lo increpa por dejarle caer ceniza al pasar, rezonga algo ininteligible sin soltar el cigarro de entre los labios, logrando con ello que le caiga el resto encima al interpelado. No. Yo miro por la ventana de mi oficina disimuladamente, como si estuviese concentrada buscando la palabra exacta para redactar de una manera más primorosa mi informe. La única pega es que a veces acabo tan abstraída, que mi compañero de al lado tose más fuerte de lo habitual para lograr que vuelva a la realidad, o sea al tajo, que para eso estamos aquí encerrados ocho horas diarias.   

Mi ventana es mi vía de escape. Esta tarde estuve un buen rato contemplando el reflejo de nuestra sucursal, que se vislumbra en los negros ventanales del complejo financiero de enfrente. Por culpa del cambio de hora oscurece antes y me da pereza ver tantas luces encendidas. Con lo bien que estaría yo tirada en la playa leyendo un libro como durante las vacaciones… Aunque a decir verdad me aburro casi igual que cuando estoy trabajando. Si estuviese casada con un millonario sería diferente. 

Cada día podría pasearme por una recóndita cala del Mediterráneo, con una copa de champán y un buen puñado de fresas al alcance de mi mano en su enorme yate. O mejor aún, sería su amante, porque igual con los años me cansaba de ser su mujer. Que de todo se harta una, sólo hay que ver la cara de Paris Hilton cuando sale en las revistas. Hasta el moño tiene que estar de tanto ir de fiesta en fiesta sin dar palo al agua. Yo después de un tiempo me separaría. Eso sí, sacándole un buen pellizco para poder viajar. ¡Total a él qué iba a suponerle un poco menos! Además tampoco sería demasiado, que no le veo mucho sentido a eso del lujo, porque un descapotable normalito vale igual que uno de esos que cuestan un riñón, para conducir por la Riviera Francesa con gafas de sol y pañoleta atada al cuello a lo Grace Kelly.

Sí. Me iría a ver mundo. Y hasta no me importaría trabajar de guía turística en algún país de Europa, por ejemplo. Que hace poco vi un reportaje sobre Roma y me pareció lo más, allí hay tanta ruina que visitar que seguro que siempre hay algo nuevo por descubrir. O puede que me vaya a la India, a ver si me funciona eso de reconciliarme con mi karma… A ser posible teniendo una aventura con un atractivo desconocido –tan romántica como efímera–, porque es lo que tiene el amor a primera vista, ¡en cuanto se te acostumbra el ojo, ya lo pones en otro! Pero por allí no habría problema, hay tanta gente que seguro que encuentro a mucha interesante con la que vivir experiencias reales, ¡y en vivo y en directo! No que me entere por el Facebook de cosas que ni me van ni me vienen, y que cuarto y mitad son falsas.

Sí. La India estaría bien. O cualquier otro país superpoblado de esos me valdría. Así podría contárselo todo a las cotillas de mis amigas… para que se mueran de envidia cada vez que ponga al día mi muro, repleto de fotos en lugares exóticos junto a tipos de quitar el hipo. O mejor se lo cuento por el Skype, para poder ver la cara que se les queda. ¡Eso estaría genial! De repente, una hoja marchita se estrella contra el cristal quedándose pegada justo a mi altura, resbala temblando imperceptiblemente durante un segundo ,hasta que otra ráfaga de viento se la lleva, y en ese momento caigo en la cuenta de que me estoy haciendo mayor. Otra vez otoño. Llueve y me he dejado olvidado el paraguas en casa. 

Mi compañero regresa trayendo el café que le pedí hace diez minutos. Cada vez estoy más convencida de que fuma a escondidas en los aseos, porque vuelve apestando a colonia. En el fondo no lo juzgo, debe de ser su manera de evadirse de este martirio. Se lo agradezco con una sonrisa, y me giro inmediatamente hacia mi pantalla. Me da que un día de estos voy a ser yo quien lo invite a ir al cine. Cuando me lo insinúa me hago la loca, o le digo que ya he quedado. Y la verdad es que hasta me parece sexy con sus gafitas y todo. Qué más dará si se le marca la barriga bajo la corbata, yo también estoy sacando culo desde que dejé el gimnasio. Por lo de siempre. Harta de estar metida entre cuatro paredes al salir de esta caja. Para eso mejor voy y vengo andando a trabajar y, con el dinero que me ahorro de la cuota y del metro, me doy algún que otro capricho. Lo malo es que está empezando a dejar huella en mis pistoleras. En fin, ¡qué le voy a hacer si me pirro por el hojaldre! Lo único que me tira para atrás es el aliento, mi primer novio fumaba y me daban arcadas cada vez que nos besábamos. No, si al final va a tener razón mamá… si les sigo poniendo tantos reparos voy a acabar más sola que la una. Lagarto, lagarto.  



Amarillo limón (o verde lima)

La cabeza me da tantas vueltas como el ventilador que escucho ronronear sin cesar. Me da pereza abrir los ojos para verlo girar tan monótonamente como mi vida. Pero el ruido me está matando y voy a tener que levantarme a apagarlo. Y a tomarme una aspirina mientras me preparo un café. Me pondré en pelotas para sudar menos, y listo.  ¡A principios de noviembre y con el frío que hace fuera, hay que joderse! Ni siquiera me compensa por lo que me ahorro en calefacción. Quién me mandaría a mí comprarme este trasunto de oficina para vivir, sabiendo que tenía debajo un horno clandestino de pan congelado –que funciona 24 horas al día–, y una academia de peluquería que cierra solo los domingos justo encima. Mi madre, por supuesto. Que si el entresuelo es lo ideal para ti, porque primero lo usas como vivienda mientras juntas un poco más de dinero para poner el despacho, y en cuanto te forres compras un pisazo en el que quepan todos los nietos que tienes que darnos, porque como tu hermano es gay, y no quiere saber nada de adoptar, tienes que compensarnos a mí y a tu padre, ¡me oyes! Menos mal que madre no hay más que una, que si no... En fin.

Estaba claro que no iba salirse con la suya, es el eterno cuento de la lechera. Sigo currando en mi oficina haciendo informes como si fuera un simple gestor, porque con la crisis y la subida de tasas ¿a quién se le va a ocurrir acudir a un abogado que no sea de oficio? Solo a los ricos, ¡y esos no contratan a abogaduchos de tres al cuarto como yo! Así que cerré el chiringuito casi antes de tenerlo montado. ¡Y lo de verse rodeada de nietos lo tiene crudo! Como mucho podré alimentar a uno, dos si mi mujer tiene un salario equiparable al mío –o sea uno de mierda–, pero a ellas aún encima les pagan menos… No sé cómo no la montan y se rebelan, en plan, ¡mujeres al poder! Y por si fuera poco tendríamos que vivir en este zulo, o algo semejante, porque las ventas de viviendas caer caerían en picado, pero los precios bajaron tanto como nuestra capacidad adquisitiva, ¡y estamos igual que antes! Para que después hablen de la pobreza en los países subdesarrollados… Ellos todavía lo tienen peor, por supuesto, pero la clase media española es que ya no tenemos ni clase, ni media. ¡Habría que armar una buena! 

Al abrir la ventana del patio de luces se me cae el alma al suelo. Está más negro que un agujero de esos del espacio, y como todo lo que cae también desaparece, creo que aquí hay tema para Stephen Hawking. Pero me resigno a asomarme, porque detesto el humo del cigarro. Hace poco que he vuelto a fumar y estoy cabreado conmigo mismo. ¡Hala! ¡Otro gasto tonto más! Y yo que quería dar la entrada para el piso en las afueras de una vez… a este paso cumplo cuarenta viviendo como un estudiante. Y también porque sé que a ella no le gusta que fume. Ella… ¡si ni siquiera la llamo por su nombre! Cuando empezamos a trabajar juntos me equivoqué. La busqué en el directorio, y pensé que se llamaba María José. Yo ya llevaba cinco años en la oficina y al acabar el periodo de pruebas la trasladaron a mi departamento. ¡Y a mi lado! ¡No me lo podía creer! Y menos que me dijera que se llamaba Clara. Clara Amor, dijo sonriendo al estrechar mi mano, y el corazón se me desbocó. Desde entonces lo noto palpitar descontrolado en cuanto oigo sus pasos, o huelo su perfume al pasar junto a mi sitio para ir al baño… 

Creo que se la apreté demasiado por los nervios, la mano, digo, en aquel primer saludo, y la cagué, porque hizo una mueca extraña y se me escurrieron las gafas. Patético, pensé para mí, eres patético. Pero al subirlas con el dedo índice me fijé en su blusa y me quedé sin respiración. ¡Ay, mi madre! Siempre viste muy sobria. Decente, vamos, no como algunas que van como si fueran a concursar en algún reality. Ella no. Su blusa, su falda y sus tacones. O su pantalón y su camisa. Y siempre de americana. Que no falte la chaqueta para pasar desapercibida. Pero en agosto se la quita al llegar, porque la empresa nos lo permite para ahorrar en aire acondicionado. Y aquel día su blusa blanca dejaba entrever su precioso sostén de encaje. De esos que me vuelven loco. Así que me senté en mi sitio inmediatamente y me puse a teclear sin mucho sentido. Desesperado porque dejara de mirarme como a un bicho raro. 

¡Es verla y me excito, no puedo remediarlo! Ella no me hace ni caso, lo sé. Lo asumo. Aunque no puedo evitar fantasear con nuestra boda. Mi hermano dice que soy demasiado chapado a la antigua, y que me he buscado una que se viste como una vieja. ¡Qué vieja, ni qué niño muerto! Es su ropa de trabajo, que él nada más que la vio un momento que vino a tomarse un café conmigo, un día aprovechando que estaba en el centro. Además, ¿porque no lleve el pelo a la última, o no se vista como una adolescente, es una vieja? ¡Ni hablar! ¡Es una señora! Como a mí me gustan. De las que aparentan la edad que tienen, ni más ni menos. Los fines de semana tampoco usa vaqueros, porque está ganando peso y con falda disimula más las cartucheras. Que se lo escuché decir el otro día hablando por teléfono con una de sus amigas. 

Un viernes me las encontré al salir del cine en Callao. Todas igualitas, con sus bolsos de marca falsificados y sus pintas de quinceañeras. Menos ella. Muy digna con su vestido negro –un little black dress, de esos– y su cazadora vaquera. Y los mocasines planos. Que me encantan. Era lo único atractivo que tenía Audrey Hepburn, y sus ojos, claro. ¡Pero si era un palo, por favor, qué iba a encarnar ella la femineidad…! ¡Una mujer con curvas como debe ser es la verdadera femineidad! Como mamá, que la pobre se queja de que no encuentra talla en ningún sitio, y no por estar gorda, eh, ¡qué culpa tiene la pobre de tener una buena delantera! 

Deberían levantarse contra el imperio textil, en plan, ¡rebelión de las mujeres! Y ya puestas reivindicar lo de los salarios… ¡y todas y cada una de las putadas a las que se ven sometidas por culpa de los hombres! Sí. Ya me gustaría a mí verlas. La cafetera silba y me da la risa. Me las imagino a grito pelado. Lo de quemar sujetadores en los setenta sería moco de pavo comparado con esto. Lideradas por una Marianne con un pecho al descubierto, a lo Revolución Francesa global. Alguno se quedaría mirando embobado sus atributos y ellas, ¡zaca!. Aprovecharían el descuido para darnos la somanta de palos que nos merecemos…

Yo incluido, que soy el primero en entonar el mea culpa. Ayer sin ir más lejos, no podía dejar de mirarle al escote a la chica del vestido amarillo limón. ¿O era verde lima? No lo recuerdo, la verdad… Ya estaba un poco perjudicado de más a esas horas. Solo sé que era idéntico a la rodajita de limón de mi gin-tónic, aunque es que no estoy muy seguro… igual estaba tomándome un mojito, y en ese caso sería verde lima. Bueno, de lo que sí me acuerdo es de sus pechos meneándose al compás de la música, me quedaría toda la noche observando sus delicados movimientos. ¡Son lo más bonito del mundo! Ni paisajes exóticos, ni gatitos haciendo tonterías, ni nada de eso. ¡Tetas! Es lo más buscado en internet. ¡Pongo la mano en el fuego! 

Lo que pasa es que a mí me gusta adivinarlas primero, no que me las enseñen a la primera de cambio…. por eso las prefiero recatadas. Tampoco es que me parezca mal que ellas tomen la iniciativa, en absoluto, es más, a mí me viene de perlas, porque soy un patán a la hora de ligar. Pero que no me vengan con el género a la vista, sino más bien discretas, para poder imaginármelas y después llevarme una agradable sorpresa. A veces te sale rana y no es como esperabas, claro. Pero bueno, no me quejo, que yo tampoco tengo lo que se dice un tipazo, vamos, porque mi tableta de chocolate está derretida y en taza. 

Los tíos siempre igual, nosotros las queremos así o andando, y no nos molestamos en mirarnos al espejo. Mi amigo Juan, por ejemplo. Es un tío simpático, de eso no hay duda, pero es más feo que pifio, y siempre tiene más que decir de las tías. Que si las tiene caídas. Que si mira qué culo más gordo. Que si tiene las piernas torcidas. ¡Pues anda que las tuyas!, le digo yo entre risas, y me mira raro. Ya me estoy hartando de salir con él… Nos conocemos del instituto, y hace un par de meses me lo encontré por casualidad, llevábamos años sin vernos, y empezamos a quedar…


El problema es que al tío le va la marcha que no veas, y me estoy pasando bebiendo… Que me vino bien para olvidarme de la mierda de existencia que llevo, es verdad, que estaba muy de bajón últimamente… pero ya hasta me resulta cansino. ¡Y al salir tanto de noche he vuelto a caer, que es lo que más rabia me da! El próximo fin de semana le digo que no puedo quedar, a ver si así dejo de fumar… Porque sé que a ella no le gusta, y sus pechos son infinitamente más atrayentes que los de la de ayer. Me acabo el café y apago el pitillo a medias para ir directo al baño, que me la estoy imaginando con el escotazo del vestido amarillo limón (o verde lima), y necesito una ducha fría, ¡ya! ¡Es mi último cigarrillo! Lo juro, por mi madre.      




by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 7 de septiembre de 2017

Tres micros de amor, o no…



Punto crucial

[Nota pegada al frigorífico 
–con el imán abridor de cervezas, para más señas–]

Me pediste tiempo, y te lo concedí a cambio de espacio. Ahora considero que hemos llegado a ese punto crucial en toda relación que se precie de serlo. 
Tenemos dos opciones: o avanzar hacia el abismo de lo desconocido, o recular y acabar desandando el camino que hemos recorrido juntos.
Dejo la pelota en tu tejado. Ya me preguntarás lo que estimes oportuno.
                                                                                                                         Besos

Posdata: ¿Una pista? Sí, quiero (para que te hagas una ligera idea de lo que tengo en mente…)


[Respuesta escrita a toda prisa antes de irse a trabajar
–en el reverso, para aprovechar bien la hoja de papel reciclado–]

esta noche hablamos -STOP- escribir no es lo mío -STOP- ¿no hay opción 3? -STOP- es broma -STOP- no me grites nada más entrar por la puerta -STOP- que te conozco -STOP- te lo compensaré con creces -STOP- ya sabes cómo -STOP- ¿es obligatorio disfrazarse de pingüino? -STOP- ¡qué pereza con este calor! -STOP- prefiero ir en bermudas -STOP- tú con el tanga de anoche me vale -STOP- ¿Las Vegas entraría en la opción 1? -STOP- lo digo porque allí no desentonaríamos así “vestidos” -STOP- ;)





Y decidiste quedarte

Nos encontramos una tarde lluviosa por casualidad. Me atrajo la seductora manera en que intentabas secarte el pelo en vano. Te invité a mi casa y decidiste quedarte. Imagino que te sentías tan a gusto como yo contigo a mi lado en el sofá. 
Me encanta que sigas ahí siempre que regreso, insinuándome con tu mirada que me siente para acariciarte. Ni siquiera sé tu nombre, tengo la impresión de que un día me lo dirás tú mismo. No entiendo por qué la gente cree que los gatos no hablan, si soy capaz de entender absolutamente todo lo que deseas decirme enroscado a mis pies. 




En la cama equivocada

Su cuello se me ofreció en todo su esplendor al arquear la espalda, me desvivía por besárselo con fruición, mientras sus piernas me impedían alcanzarlo con mayor facilidad, aferradas a mi cintura como estaban. Los movimientos frenéticos de mi pelvis la hacían enloquecer, y a mí me volvía loco precisamente ver la desesperación del deseo en su tórrida mirada. 
No es de extrañar que no los oyésemos entrar en la casa, al derribar la puerta no tuvimos más remedio que separarnos. Lástima que fuera cuando estábamos los dos a punto. Tres hombres sucios pistola en mano sonreían enseñando sus colmillos dorados. La sensación de asco se mezcló a mi evidente desconcierto. Ni tiempo me dio a sentir miedo. Ella sollozaba suplicante y aquel tipejo tuvo que gritar para que lo oyera por encima de sus lamentos:

— ¡Gringo, parece que acabaste en la cama equivocada, no más! —y dirigiéndose a los otros dos añadió ensanchando su macabra sonrisa— ¡Que empiece la balacera, cuates!

En ese efímero instante previo al infierno de pólvora y sangre, recordé vagamente que ella me había comentado en una ocasión algo sobre que su marido era traficante de armas. El ensordecedor ruido de los disparos ahogaba sus carcajadas, y sus frías miradas sin escrúpulos sedientas de muerte fue lo último que vieron mis ojos. 



by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 29 de junio de 2017

Personal Trainer


Recostada sobre la hamaca, la puesta de sol me dejó un regusto melancólico y me incorporé de inmediato para darle otro pequeño sorbo a mi mojito. Siempre bebo muy despacio para que no se me suba a la cabeza, detesto perder el control incluso cuando estoy completamente sola, como ahora. Le dije a Rosita que podía retirarse por hoy tras traerme la cena afuera, y lo cierto es que preferí llenar la sensación de vacío que me invade con la bebida, antes que con la ensalada y el filete de pavo a la plancha que se enfriaba sobre la camarera. Llevo ya un par de semanas prácticamente sin salir de casa, el único ejercicio que hago son unos cuantos largos en la piscina, más que por ganas, porque este final de junio está siendo tan caluroso que me achicharro incluso a la sombra de las palmeras. Tengo épocas así, de bajón, en las que no me apetece ni mover un dedo aparte de para marcar el número de mis clientes y, como puedo permitirme el lujo de contribuir a engrosar los ceros de mi cuenta bancaria a distancia, me regodeo en la apatía más absoluta. 

Igual que cuando lo conocí. Los tres kilos de más en la báscula me alertaron de que no podía seguir sin pisar el gimnasio que ocupaba la mayor parte del semisótano de nuestra mansión de Barcelona, utilizaba más la otra parte, que albergaba mi Maserati GranCabrio y el Lamborghini Huracán de mi marido, además del McLaren 650S y el Audi R8 que teníamos de adorno. Me lo recomendaron como el mejor personal trainer de la ciudad, pese a que en realidad se dedicaba a dar clases de spinning en gimnasios por hobby, al parecer era óptico de profesión, y la curiosidad pudo más que mi escepticismo sobre sus pobres referencias. Bajito, moreno y no muy agraciado, lo hice pasar directamente a la tarima de madera de fresno que relucía de lo impoluta que estaba por falta de uso. La sala de squash que hizo construir Nathan apenas la había usado para cerrar un par de negocios, por lo que me preguntó si acabábamos de mudarnos. “Hace seis meses”, le comenté sin poder evitar sonreír ante sus pupilas dilatadas por el asombro en cuanto le abrí las puertas de nuestro domicilio.

En realidad llevábamos ya ocho en la ciudad, no obstante preferimos instalarnos en un hotel mientras buscábamos una vivienda acorde a nuestras necesidades. A Nathan le encanta alardear de sus ingresos, en cambio yo prefiero la discreción en lo que a mi fortuna se refiere, supongo que será porque en mi familia no han faltado jamás toda clase de lujos durante generaciones. Mi padre me enseñó que no hay nada más grosero que hablar de dinero con desconocidos, y para él lo son todos los que no conviven en nuestro hogar, de hecho ni con sus abogados se digna a hablar de cifras, son perfectamente capaces de estimar la que pasa por su cabeza a la hora de orquestar un contrato, y las raras veces en las que se equivocan, simplemente les escribe una nota a lápiz a modo de corrección en la esquina del informe preliminar que le presentan. Yo hago igual con los inversores que me confían sus ahorros, les aconsejo y les dejo decidir sobre el tipo de riesgo que quieren correr, y a continuación me encargo de gestionar los fondos según mi parecer, ellos saben que soy infalible, entonces, ¿para qué rebajarse a discutir sobre números cuando se tiene de sobras para despreocuparse por el tema?

Como ya me había informado sobre sus honorarios, le extendí un cheque doblando la cantidad que cobraba por hora antes de empezar. Me lo devolvió perplejo: “Tengo otra clase esta tarde, lo siento, pero no podré quedarme tanto tiempo.” “Es por las molestias,” aduje negándome a corregirlo, “a partir de ahora quiero que se centre en mí, vaya haciéndose a la idea...” “¡Si todavía no sabe si le convencerá lo que voy a proponerle!”, exclamó visiblemente sorprendido. “Lo sé, no se preocupe, estas cosas se saben de antemano, no es el primer PT que tengo.” Sonreí indicándole que estaba dispuesta a comenzar y se encogió de hombros guardándolo en su mochila. He de decir que me impresionó su marcada musculatura, pese a su estatura estaba muy bien proporcionado, y en cuanto entró en el gimnasio examinó cuidadosamente todos los elementos de los que disponía, se acercó a la elíptica sin estrenar y frunció los labios al reparar en las esterillas. Muy profesional. Reconoció enseguida que no estaban a la altura del resto del material, porque se trataba de un regalo por parte de la empresa que nos vendió las máquinas, al verlas pensé lo mismo que él, si racaneas con algo así tratándose de una compra de alto nivel, olvídate de que vuelvan a encargarte nada más. 


Ni que decir tiene que acabé extenuada. Tras tantos meses sin moverme, comencé a sudar desde el primer minuto, y ya no dejé de hacerlo hasta completar la hora y media de intenso entrenamiento a la que me sometió. “Suave, para empezar”, dijo observando mi complexión atlética, y menos mal, porque estaba absolutamente oxidada. En cuestiones genéticas también soy agraciada de nacimiento, alta, rubia y de ojos azules, pecho voluminoso, todavía en su sitio a mi edad, cintura de avispa, caderas sinuosas y piernas largas. No me puedo quejar, únicamente cojo peso cuando me paso demasiado con la comida, y entre el pà amb tumàquet, la butifarra, el jamón ibérico y la crema catalana, tenía bastante con lo que compensar lo transparente que me había vuelto para mi marido. Nos habíamos instalado en Barcelona debido a su trabajo, para que pudiese desplazarse cómodamente por toda Europa. A mí me interesó conocer la ciudad, aburrida ya de París o Londres, y a él le daba exactamente lo mismo, pudiendo como podía ir acompañado de sus diferentes amantes en sus continuos viajes de negocios. Yo siempre preferí trabajar desde casa, porque nunca sé cuándo entraré en uno de los que denomino mis períodos de letargo, hastiada de la insípida e insustancial vida que llevo. Si al menos tuviese un hijo... 

Esa es mi desgracia, alguna tenía que tener, claro. Descubrir mi esterilidad me llevó a mi primera gran depresión, y desde entonces encadeno una tras otra. Adoptar nunca estuvo entre en mis planes, horrorizada con las experiencias de las que soy testigo a mi alrededor. Tampoco quise saber nada de técnicas de reproducción asistida, desafío pretencioso del hombre hacia la voluntad divina, si no me quedaba embarazada de manera natural no lo haría de ningún otro modo. Y mi primer divorcio se desencadenó precisamente porque el hombre al que todavía amo quería tener descendencia. Nathan tiene tres hijos de sus dos matrimonios anteriores, por lo que no le pareció ningún problema, al contrario. “Así no tendremos que preocuparnos por la custodia cuando nos divorciemos”, comentó divertido cuando mi padre le presentó el acuerdo prematrimonial, y papá me miró sopesando si me merecía la pena casarme con semejante capullo. Disfrutaba de lo lindo en la cama con él, al menos al principio, y después de cansarse de mí me compensaba con su procaz sentido del humor. Es cierto que a veces se deja llevar por el sarcasmo, pero en el fondo lo pasamos bien juntos y me utiliza como consejera en sus negocios. Yo a cambio le fundo su tarjeta de crédito sin dignarme a gastar ni un solo céntimo de mi cuenta corriente, a sabiendas de que será todo lo que saque en limpio de él. 

Todo lo contrario que con Marc. Me entrenó en exclusiva durante dos semanas, es de pocas palabras, pero se reía a mandíbula batiente al escucharme jurar hasta en catalán, porque los tacos es lo primero que aprendo cuando estoy en el extranjero, no vaya a ser que no me entere de que me toman por una americana estúpida. Rubia y estadounidense sí, pero de tonta no tengo ni un pelo, que en Louisiana hay que aprender a torear a mucho macho alfa para llegar a donde llegué yo. Sobre todo si eres la niña de papá, tienes que demostrar el doble que vales para el puesto. Ser mujer es lo que tiene, y si eres guapa peor, solo te imaginan desnuda y no dando órdenes en un despacho. Por eso prefiero hacer las máximas gestiones por teléfono, mi voz es de resaca permanente desde que tengo uso de razón, y eso que nunca me llevé un cigarrillo a los labios. Una tarde de bochorno infernal le aconsejé que enfriásemos las bebidas isotónicas con hielo y al ver el frigorífico le dio la risa. “Es que mi piso entero es la mitad de esta cocina”, comentó al reparar en mi ceja arqueada y le acaricié la mejilla sin decir nada.

A la semana siguiente lo llevé a ver las vistas desde mi dormitorio, dos adultos perfectamente conscientes de cómo iba a acabar la cosa. Por eso me dejó claro que volvería a atender a otras personas: “Vendré al acabar, si estás sola.” Asentí en silencio, ambos sabíamos que rara vez no lo estaba, y entendí sus motivos, tampoco quería hacerle sentirse como un objeto, es más, me gustó que no se dejase comprar tan fácilmente. En lugar de los cheques abultados le daba regalos que aun así aceptaba a regañadientes. Material técnico por su afición a la montaña, entradas para conciertos o partidos para él y sus amigos, perfumes, algún que otro reloj, un traje y una camisa para acompañarme a una cena benéfica... Niñerías sin importancia para mí, que él evidentemente no se podía permitir. El sexo era tan intenso como nuestras sesiones de fitness, y en poco tiempo mejoré mi figura y mi piel resplandecía para envidia de mis amigas. “¿Quién es?”, me preguntaban ávidas por arrebatármelo en cuanto me despistase, y yo jugaba precisamente al equívoco sin soltar prenda. Me gustaba estar con él, y no sólo físicamente hablando. Poco a poco se fue abriendo y empezó a responder a mis preguntas. “Tus iris tienen un par de manchas grises muy curiosas”, me confesó al mismo tiempo que me explicaba lo aburrido que le resultaba su trabajo en la óptica. Y entendí por qué se dedicaba a dar clases en los gimnasios cuando me daba cuenta de la cantidad de gente de las altas esferas que conocía. Le interesa el arte en general, por eso trata de entablar conversación con escritores, pintores o músicos que requieren sus servicios. Lo escuchaba rodeando su cintura por detrás con mis piernas mientras apoyaba el mentón sobre su cabeza, en horizontal no había mayor problema con nuestra diferencia de altura.


Tardé en reconocerme a mí misma lo enamorada que estaba, en realidad fue por casualidad. Nathan regresó antes de lo previsto de una visita a Rusia y me fastidió tener que cancelar nuestros planes para el fin de semana. Demasiado. Tanto que caí en la cuenta. Fui impulsiva, no medí la repercusión que podrían tener mis palabras y lo estropeé todo. Ahora que ya pasó el suficiente tiempo soy consciente de ello. Entonces no. En aquel momento me enfadé muchísimo al descubrir que él no estaba por la labor. Había encargado que nos trajesen una cena especial de su restaurante favorito y me arreglé para la ocasión, salón de belleza, depilación completa y melena, pese a saber que acabaríamos en la piscina. Bikini de infarto y caftán transparente que apreció efusivamente al llegar, tarde y un poco cansado. Mal día en el trabajo, así que lo mimé hasta que conseguí hacérselo olvidar por completo. Jugueteando con los rizos húmedos de su nuca, observaba el sutil brillo de su piel tostada bajo la luna y, al ver su expresión relajada admirando la vista nocturna sobre la ciudad, me acerqué a su oído para susurrarle: “No temas, no me quedaré sin dinero tras el divorcio, podríamos vivir holgadamente en mi casa de Malibu.”

Y fue el final. Reconozco que no me comporté como debería, reaccioné de modo infantil e insolente. Terminamos mal, distanciándonos de manera brusca. Eso sí, en algo no me equivoqué, el divorcio me salió casi regalado gracias a las condiciones que había dispuesto mi padre. No le afectó tanto como el primero, a decir verdad, supuso un alivio para él que regresase a casa. Está mayor y mamá lleva años encamada, le gusta que aparezca de visita sin avisar en el rancho que le compró para que disfrutase de los caballos cuando aún podía montar. Ella sigue siendo tan dulce y cariñosa como la recuerdo desde pequeña, aunque haya días en los que me confunda con el ama que la crió. No se lo tengo en cuenta, la admiro por ser capaz de aguantar junto a su marido haciendo oídos sordos a los comentarios sobre sus escarceos amorosos. “Siempre me respetó, y sigue haciéndolo como el primer día,” me dijo cuando al volver del instituto fui a contarle furiosa las habladurías que circulaban por doquier, “no debes darle mayor importancia de la que tiene para mí. Ninguna. Sé que tu padre me quiere, y que me cuidará como nadie si me hace falta en la vejez.”

Quizás sea eso lo que más admiro de él. De todo lo que me enseñó sobre el mundo de los negocios, me quedo con su trato hacia los demás. Su cortesía está por encima de todo, por mucho que sea implacable en cuestiones monetarias. Por eso me arrepiento del comportamiento que tuve con Marc. Al caer la noche sobre mi piscina infinita que se confunde con el mar cuando está en calma, siempre me entran ganas de llamarlo para disculparme, rememorando aquellos atardeceres que pasamos juntos en Barcelona. La diferencia horaria o que no me coja el teléfono, son excusas que cada vez tienen menos fuerza para impedírmelo. Estaría bien sentir de nuevo la calidez de su voz, y miré de reojo el móvil junto a la toalla. Descolgó cuando estaba punto de desistir, somnoliento respondió con un monosílabo ininteligible, y sonreí recordando lo ridículo que estaba por las mañanas sin peinar. “Espero que la vida te esté tratando mejor de lo que lo hice yo en su día”, fue todo lo que se me ocurrió decirle para romper el hielo, y suspiré aliviada al seguir escuchando su pausada respiración a poco más de seis mil millas de distancia.  

by Eva Loureiro Vilarelhe
    

jueves, 22 de junio de 2017

Noche de San Juan


Miguel se apresuró a bajar las escaleras, llegaba tarde, seguramente llevarían esperándolo ya un buen rato y prefirió evitar el ascensor por no arriesgarse a perder tiempo con la parsimoniosa conversación de algún vecino. En el rellano junto a los buzones se secó el sudor de la frente con el antebrazo, se miró en el espejo del portal para comprobar que ya tenía lamparones húmedos bajo las axilas, menos mal que había optado por el negro, ya que aun así se notaban bastante. Predecible con las altas temperaturas de los últimos días, semanas mejor dicho, le parecía que no había pasado nunca un junio tan infernal, recordó entonces los recreos a pleno sol a final de curso en el instituto y una sonrisa asomó a sus labios de inmediato. 

Es la primera vez que sonríe conscientemente desde que Laura lo dejó, hace un mes escaso. Crónica de una separación anunciada, en realidad, pero siempre duele. Quizás porque uno se acostumbra a la presencia del otro de tal manera, que resulta raro cuando ya no tienes a quién darle los buenos días somnoliento cada mañana. En el fondo se alegró secretamente de que sucediese con la suficiente antelación como para estar solo en una fecha tan especial para él, es decir, sin pareja, porque estaría rodeado de todos sus amigos. Desde no recuerda cuándo decidieron reunirse para celebrarlo juntos, por los viejos tiempos. A los chicos y chicas de la pandilla se habían ido uniendo las respectivas y sucesivas parejas de cada cual, además de los críos que nacieron fruto de esos amores más o menos duraderos. 

Pero indudablemente conservar los lazos de su amistad es un motivo más que suficiente para conseguir arrancarlos de sus quehaceres cotidianos, incluso salvando las variables distancias desde las que tenían que desplazarse para acudir a su ineludible cita anual. Únicamente está permitida la ausencia por causas de fuerza mayor, o catástrofes naturales, porque a Javier, el culo inquieto del grupo, en una ocasión lo pilló una imprevista tormenta de arena en el Sahara y no pudo acudir, aunque se vio obligado a presentar fotos y justificantes de la demora de su vuelo para corroborar la historia; o a Isa, a quien fueron a visitar en bloque al hospital cuando nació Juanito justo antes de empezar la fiesta, y tuvieron que salir a toda prisa para que las matronas no los echasen a patadas por revolucionarles toda la planta; y, por supuesto, siguen brindando cada año en memoria de Pablo, desde que falleció en aquel desgraciado accidente de moto. 

Las hijas de Marisa se le lanzaron al cuello en cuanto lo vieron aparecer por la esquina y Óscar se acercó para saludar a su padrino. “¡Caramba, chico, cada día estás más alto! Dentro de nada superas a tu padre...”, le dijo cogiendo la mano que le ofrecía en señal de camaradería, sorprendido de que ya tuviese que mirar hacia arriba para observar los cambios en su rostro pecoso de adolescente. “¡Eso sí, no veo barba ni bigote por ningún lado, chaval!”, exclamó entre risas y el aludido refunfuñó algo así como “¡No empieces con eso, anda!” Acto seguido sintió una fuerte palmada en la espalda y se giró para hacer lo propio abrazando al padre de su ahijado. “No sé cómo te las arreglas para llegar siempre tarde, si eres el único que todavía vive en el barrio...”, le recriminó con cariño David, su mejor amigo. “¡Es precisamente por eso!”, gritó desde unos metros más allá María, “¡Si es por él, vendría en pijama y zapatillas!” “Bueno, bueno,” intervino Rubén acercándose, “no os paséis tanto que se ha puesto camisa y todo...” Miguel se fundió en otro cariñoso abrazo y continuó haciéndolo hasta que no quedó nadie sin saludar. Sus siete amigos del instituto se habían convertido en más de una veintena, acaparando media barra de una de las carpas montadas en la explanada que queda detrás del antiguo colegio. En su día algunos de ellos habían frecuentado sus aulas, pero ahora está irreconocible tras convertirlo en un centro cívico dedicado casi exclusivamente a realizar actividades para entretener a los ancianos que continúan viviendo por los alrededores. 


Él es de los pocos jóvenes de entonces que se negó a marcharse, la mayoría habían ido abandonando paulatinamente sus hogares para buscarse un futuro en sitios donde las oportunidades no faltasen. Sus padres no pudieron permitirse el lujo no ya de pagarle la carrera, que con sus notas y a base de becas podría ir sacando, sino de mantenerlo viviendo fuera cuando a duras penas les llegaba para hacer frente a los gastos sanitarios de su hermana. Jamás los culpó, podría haber intentado buscar un empleo y pagarse él mismo los estudios, pero no quiso irse lejos y se quedó para echarles una mano con ella. Estudió un curso de electrónica para poder dedicarse a arreglar electrodomésticos a domicilio y en un principio no le fue mal, pero poco después de morir Clara las cosas cambiaron a peor. Cada vez tiene menos clientes, las continuas ofertas de las grandes superficies animan a la gente a tirar y no reparar, además de que el barrio pasó de ser el de mayor densidad poblacional a parecer un desierto de hormigón, y en cierto sentido se alegró de que sus padres no fuesen testigos de ello, al morir unos años después que su hermana. Va trampeando con los viejos que lo llaman hasta para que les mire un grifo que gotea, no es su especialidad, pero se las arregla para hacerles la chapuza en muchas ocasiones simplemente a cambio de unos huevos recién traídos de la aldea, porque la pensión tampoco es que les dé para mucho más. 

Y no se queja, gana lo justo para subsistir gracias a que su padre logró acabar de pagar su humilde piso a tiempo, no es gran cosa, pero a él le llega, tiene el que fue el dormitorio de sus padres repleto de cachivaches obsoletos, porque nunca se sabe, puede necesitar algún cable o una pieza para algo, ya que se dedica a echar una mano en la asociación vecinal para mantener el barrio mínimamente en condiciones. Si una farola se estropea el Ayuntamiento tarda una eternidad en saberlo siquiera, así que para qué hacer esperar a quien puede dar un traspiés con luz y todo. Es consciente de que con su estilo de vida tampoco tiene mucho que ofrecer, por eso no le extraña que las mujeres pasen de largo en cuanto se dan cuenta de que no piensa cambiar. Hasta le parece bien, prefiere seguir así, solo, de hecho es el único que nunca acude acompañado a la reunión, albergando la esperanza de que aparezca de la nada la misteriosa chica que lo dejó marcado para siempre.   

Fue el año en que acabaron el instituto, tan sólo Julián tuvo que repetir el Selectivo en septiembre, el resto lo superó con suficiente nota para conseguir matricularse en la carrera que querían, o en otra similar, y él se consolaba pensando que podría haber estudiado Telecomunicaciones sin problema si sus circunstancias fuesen otras. Hasta el padre de David reconoció que era una pena que desaprovechase su talento haciendo FP, a lo que él respondió orgulloso que ante todo estaba el bienestar de su familia y este entonces le acarició la cabeza paternalista, claudicando ante su decisión, concediéndole al menos una madurez inusitada para su edad. Fue precisamente su mejor amigo el primero en irse, estudió COU en Massachusetts, varios equipos de la NBA estaban interesados en que hiciese la carrera en Estados Unidos y el chico cogió el tren que pasaba por su puerta sin pensárselo dos veces. Regresó poco antes de San Juan y pasaron varias noches en vela para conseguir ponerse al día de lo que se habían perdido aquel curso.

Se reunieron en el descampado como habitualmente, en aquella época la mayoría fumaba o bebía a escondidas, por lo que no podían apoyarse en la barra tan descaradamente delante de sus padres. Los de Miguel estaban apostados junto a la silla de ruedas de Clara y él pasó a despedirse antes de que le brillasen demasiado los ojos al calor de la luminaria. Esa noche no tenía horario, disfrutando de su recién estrenada mayoría de edad, y su madre le recordó que no volviera muy tarde, que era incapaz de dormir hasta que lo sentía abrir la puerta. Se lo aseguró a sabiendas de que incumpliría su promesa, y la achuchó efusivamente, atolondrado por el par de cervezas que ya llevaba en el cuerpo. Ella lo observó alejarse preocupada, sin imaginar siquiera que ya no volvería a ser el mismo. Él y sus amigos siguieron brindando por todo lo conseguido y por lo que les deparaba el futuro, hasta que acabaron sentándose junto al resto de jóvenes en un lugar un tanto apartado, hipnotizados por el poder del fuego.

Las conversaciones se daban entre los más próximos, a lo sumo por parejas, y se escuchó contar un chiste en alto desde otro grupo de adolescentes que los obligó a reírse a carcajadas. En su ataque de risa Miguel golpeó sin querer a quien se sentaba a su lado, y al ir a disculparse se sorprendió de verla allí. No le sonaba ni de vista, cuando generalmente conocía a cada uno de los que acudían a la fiesta del barrio y se quedó deslumbrado con la palabra en la boca. Sus oscuros iris reflejaban la calidez de la hoguera, le entraron ganas de acariciar su aterciopelada tez morena y su melena negra lisa le rozó el brazo ondeando con el viento. Se le antojó tan suave como la seda y fue incapaz de dejar de mirarla embobado, hasta que ella bajó la vista sonriendo tímidamente y a él le pareció estar delante de una diosa. David fue quien lo sacó de su ensoñación sin reparar siquiera en la chica, diciéndole que iban a buscar más cervezas. Le gritó que fuesen yendo al verlo alejarse sin mirar atrás y se giró hacia ella de nuevo, temiendo que hubiese sido fruto de su imaginación. 


Pero no, la chica más maravillosa que había visto en su vida seguía allí sentada a su lado, y él no tenía ni idea de qué decirle para no ahuyentarla. Se devanó los sesos buscando algo apropiado para no quedar como un imbécil, lamentando estar todavía medio aturdido por el alcohol, consciente de que su expresión de tonto al mirarla sería sin duda la impresión que le estaba dando. Fue ella quien rompió el silencio, preguntándole si pensaba pasarse la noche sin abrir la boca o es que le había comido la lengua el gato. Sonrió él entonces sonrojándose y sin saber muy bien por qué, se decidió a hacerle un exhaustivo relato sobre su intrascendente biografía, que a ella le pareció de lo más fascinante, a juzgar por la atención con la que seguía el hilo de su narración. Miguel entró en barrena, viendo cómo ella lo observaba absorta, y hasta le confesó los pinchazos de envidia que sentía al saber que todos sus amigos podrían realizar sus sueños mientras él tendría que resignarse a no luchar por los suyos. 

“¿Cuáles son?”, lo interrumpió cogiéndolo totalmente por sorpresa y parpadeó perplejo pensando que quizás no había escuchado ni una sola palabra de lo que le había contado. “Acabo de decírtelo, me encantaría poder estudiar Telecomunicaciones”. Ella meneó la cabeza divertida. “No me has entendido. Ese es sólo un proyecto. Irrealizable, además por lo que me acabas de decir. Me refiero a tus sueños desde niño.” Entrecerró los ojos examinándola más detenidamente. Juraría que era más joven que él, sin embargo, su manera de expresarse le llevaba a pensar que era mayor, mayor incluso de la edad que aparentaba. Nunca había estado con una chica igual. A decir verdad no había estado con muchas, algún beso y roce en la oscuridad de la discoteca los fines de semana y poco más, de su pandilla le gustaba Helena, y ¿a quién no?, siendo tan guapa como era, todos sus amigos babeaban por ella, en vano evidentemente, saliendo como salía con el chulo del instituto desde primero, y eso que no era nada tonta, pero no tenían nada que hacer contra unos músculos superdesarrollados para un chico de su edad, a decir verdad, su debilidad por los atletas se demuestra en el hombre que escogió como marido. 

En fin, que la miró ensimismado unos instantes antes de responder. “Soñaba con que encontraban la cura para mi hermana, y yo veía tan felices a mis padres al verla sana que se me llenaban los ojos de lágrimas al despertar. Y en el peor de los casos, soñaba con que yo mismo inventaba una máquina que le ayudaba a andar y a respirar sin dificultad. Que la cogía de la mano y la llevaba a todos los sitios a los que nunca fue. Al patio del colegio, de excursión al campo, a la playa, o a la piscina. Y me bañaba con ella sin temer que de repente se le parara el corazón por el esfuerzo que le supone cualquier movimiento... Pero a lo único que llego es a arreglar la tele cada vez que se estropea.” Su voz era apenas imperceptible al pronunciar su última frase y ella le cogió la mano entrelazando sus dedos con sumo cuidado. Miguel no se atrevió a levantar la vista del suelo, cohibido como estaba por si descubría la humedad en sus ojos, y fue ella quien le irguió el mentón con su mano libre. “Si sueñas con la felicidad de tu familia, no es de extrañar que sacrifiques la tuya por la de ellos de manera tan generosa. Eres un chico muy especial.” Sus palabras lo cogieron de nuevo por sorpresa. ¿Eres tú quién me habla, o toda una mujer escondida en tu apariencia de chica? La calidez aterciopelada de sus iris lo cautivaron y sintió una punzada en el pecho, te besaría sin tregua el resto de la noche, pensó fantaseando al reparar en sus labios entreabiertos.

Sentirlos devorando los suyos supuso una revolución para sus sentidos, notó el deseo aflorando por cada poro de su piel, sus miembros descontrolados tratando de acariciar cada centímetro de la de ella, el calor que lo invadía que no tenía nada que ver con el de la lumbre que crepitaba en el centro de la explanada, el perfume que desprendía su cabello embriagándolo mucho más que la bebida que se arrepentía de haber tomado, por nublarle el entendimiento en un momento tan fundamental de su existencia, el torbellino de preguntas sin respuesta que se agolpaban en su mente. ¿Quién eres?, ¿De dónde sales?, ¿Por qué has tardado tanto en aparecer en mi vida? Y los interminables segundos que siguió sintiendo su lengua enredándose con la suya que le parecen siglos cada vez que los rememora, porque jamás volvieron a besarlo de semejante manera. Y nunca lo sintió de una forma tan viva como aquella. Fue mucho más que un beso. Ahora podía decirlo. Fue reconocerse en otra persona como nunca había hecho antes. En ella. Y su recuerdo se le quedó grabado a fuego en la memoria.

Por eso acude con sus mejores galas para reunirse con sus amigos cada San Juan, con la esperanza de que aparezca de la nada del mismo modo que lo hizo en aquella ocasión. Desapareciendo de idéntica manera poco después de dejarlo sin aliento con el corazón a mil por hora. La chica misteriosa, como la llama David, al único al que le confesó la historia, porque nadie la vio, nadie la conocía, pese a que la buscó y preguntó por ella por todo el barrio durante semanas. Llegaron a la conclusión de que igual era una bruja buena atraída por la luminaria de la inofensiva celebración tradicional del solsticio de verano, porque eso fue precisamente lo que consiguió, hechizarlo con su lengua de fuego dejando para siempre marcada su alma. Su mejor amigo llegó a creer que lo había soñado todo, o que se trataba de una alucinación provocada por la cantidad de cervezas que se habían tomado con apenas nada en el estómago. Sin embargo Miguel sabe que fue real, ya que ni en el mejor de sus sueños lo hubiesen besado de tal forma, su imaginación no da para tanto, así que espera tener más suerte este año, porque en una noche mágica como esta cualquier cosa puede suceder... Como que una mujer desconocida te bese como nunca dos veces en la vida.

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 15 de junio de 2017

¡Sólo es una serie!


“Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron.” Con semejante frase comenzó Tyrion Lannister, y ya no me enteré de nada, no es posible que la trama haya dado semejante giro copernicano... ¡Si sólo me he perdido un capítulo! Intenté ver el anterior, pero me quedé sin datos. ¡Maldición! Llamé a Paula desesperado:

—¡Cuéntamelo todo, porfa!
—¡¿Cómo?! ¡¿Es que no lo has visto?!
—Tuve guardia, ¿recuerdas? Y llevo una semanita que ni te cuento...
—¿Y? – preguntó como si se tratara de una burda excusa
—Soy residente de segundo año, me tocan a mí los marrones, mi jefa es quien puede descansar. ¡Tres cesarias, nada menos, aquella noche...!
—Pues en Anatomía de Grey... – la corté en el acto.
—¿Pero tú qué te crees? ¡Sólo es una serie! En un hospital de verdad no se dan tantos escarceos amorosos. Al menos no tantos por metro cuadrado...

No llegó a escuchar esto último, telefoneé pensando que se había cortado e insistí al ver que no daba señales de vida. Me envió un mensaje: “No pienso contarte nada... Sólo es una serie, ¿no?” La mato. ¡Cuando la coja, la mato! Me cabreé tanto que casi reviento el móvil golpeándolo contra la mesa, aunque enseguida me arrepentí, a ver si se me iba a estropear la pantalla y después no podía ver nada... Así que me levanté de un salto dispuesto a emular una frase mítica. Agarré un buen puñado de café molido de la máquina, sin inmutarme al poner el suelo perdido, y alcé el brazo indignado, dirigiendo mi mirada hacia el falso techo, gritando:

—¡A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a perderme un capítulo de Juego de Tronos!

Las carcajadas de las matronas que justo estaban entrando en la sala de descanso me sobresaltaron, una comentó:

—¡Y espero que sigas de ginecólogo, porque como actor no tienes futuro...!

by Eva Loureiro Vilarelhe



jueves, 8 de junio de 2017

Una especie de guardaespaldas, o algo así


El inspector Lama suspiró antes de decidirse a abrir la puerta de la sala número tres, miró de reojo a la agente recién incorporada y sonrió al reconocer su expresión, entre expectante y de evidente nerviosismo. Le gustaba la actitud de la chica nueva, llevaba aleccionándola semana y media y ya la consideraba la mejor novata en años. Tras más de veinte de experiencia, a estas alturas reconocía perfectamente quién tenía madera y quién se había metido en la Policía por culpa de las series americanas. Y de película precisamente parecía el caso que tenían entre manos, por el pasillo la había puesto al corriente de las últimas pesquisas, al parecer el detenido ya había reconocido su culpabilidad durante la detención, así que tenían que acelerar el interrogatorio para poder sacar lo máximo posible en limpio antes de que llegase su abogado de oficio. 

* * *

La puerta trasera se cerró tras él dando un amortiguado portazo, la salida de emergencia que da acceso a la azotea estaba vencida de tanto uso. Hay algún que otro jefazo que todavía lo hace a escondidas en su despacho, pero en general todos salen a fumar incluso cuando llueve, como es el caso, o cuando el frío es tan intenso que ni el cigarrillo encendido ayuda a mantener los dedos calientes. Prefieren subir antes que bajar a la entrada, y eso que cuenta con un soportal espléndido para no mojarse, principalmente por no encontrarse con todo el que viene a poner una denuncia, que hoy por hoy se hace ya por cualquier menudencia. Antes no, si no era algo de vida o muerte no se le ocurría a nadie venir a dar la lata, y los estadounidenses tienen parte de culpa también con su manía de las demandas... Es lo que tiene la maldita globalización. Aunque la razón fundamental es porque desde allí arriba se vislumbra la contaminación que se cierne sobre la ciudad, como la delincuencia en las calles, a la vista de todos, e invisible para el que no presta atención. Y da que pensar. Además la mente se despeja mejor observando los cambios de luz que se producen en el horizonte. Y ayuda a pensar. 

Ella apareció a los pocos minutos y se sintió ridículo con la capucha del impermeable puesta, es realmente atractiva, guapa no diría tanto, pero le echaría un buen polvo. Demasiado joven para él, eso sí, así que se contentó con ofrecerle fuego. La vio tan abatida que se esforzó por darle conversación: “¿No lo habías dejado?” Se encogió de hombros resignada a modo de respuesta y él asintió sonriendo de medio lado. Es lo que tiene pertenecer al cuerpo, si tienes un vicio se agravará, y si no lo tienes acabarás cogiendo alguno. “¿Sabe qué es lo que más me molesta?”, arqueó una ceja soltando una bocanada de humo y ella bajó la vista para continuar, “Su absoluta falta de remordimientos. Ya, ya sé que soy una ingenua, pero es que esperaba verlo desmoronarse, al final por lo menos.” Otra que ha visto demasiada tele. Eso de que la realidad supera a la ficción no es un cuento chino, es la pura verdad, lo que pasa es que estos niñatos no han vivido lo suficiente aún para darse cuenta. Se le escapó una carcajada al recordar alguna de sus frases durante el interrogatorio, aunque enseguida el sonido a hueco dejó en evidencia que la cosa no tenía ninguna gracia. Ella pareció captarlo, por eso no le dijo nada, por eso le gustaba tanto, por su inteligencia innata, con cualquier otro tendría que explicarse, con ella no era necesario, irguió la cabeza oteando las nubes que se atiborraban sobre los tejados. “Jefe, ¿usted cree que lo condenarán?”

* * *

Cuando entraron el tipo estaba jugueteando con un pañuelo de papel, el agente que lo custodiaba salió enseguida, no sin antes llevarse el índice a la sien para dejar constancia de su opinión sobre la salud mental del detenido. El olor resultaba nauseabundo, se había orinado encima durante la detención y los lamparones resecos revelaban las veces que se había puesto de rodillas en los charcos para suplicar que no lo encarcelasen, que su madre no podría soportarlo. 38 años, hijo único, vivía en el domicilio materno, sin más oficio ni beneficio que una pensión por incapacidad que le había conseguido su padre poco antes de morir. La lesión en la espalda no era para tanto, según alguno de los médicos del tribunal, no obstante se la concedieron, le deberían algún favor a su progenitor, directivo de un sindicato de renombre enfermo de cáncer terminal, y coló. Así que disponía de todo el tiempo del mundo para planificar cuidadosamente sus ataques. Sí, en plural. En realidad lo habían relacionado con el segundo de los homicidios, asesinatos ahora que sabían lo ocurrido, por lo que les sorprendió que comenzase a relatar lo sucedido refiriéndose al primero. 


Tres cadáveres aparecieron en menos de una semana. Nada los relacionaba aparentemente, salvo que habían sido encontrados en el barrio y con tan breve margen de tiempo que les llamó la atención desde el principio. De hecho el inspector tomó las riendas de la investigación del trío decapitado, como pasaron a denominarlo al aparecer el último. Tampoco parecía obra de un asesino en serie, el modus operandi era diferente en cada caso, pese a coincidir en que a todos les hubiesen seccionado la cabeza, pero definitivamente no era obra de un profesional. “Se me escapó la tapa del contenedor sin querer”, declaró al preguntarle cómo había acabado con la primera de las víctimas. Una señora de mediana edad de clase media alta que bajó la basura al volver del trabajo y su cuerpo casi le provoca un infarto al empleado de la empresa de recogida selectiva de residuos que la encontró. “Solo pretendía darle un susto”, se excusó sonriendo divertido. Y se lo diste, cabrón, un susto de muerte, dijo para sí tratando de contener la ira que asomaba a sus pupilas. 

La agente Ferraz se presentó en la comisaría cuando ya llevaban una semana perdidos, hubo que ponerla al día de todos los acontecimientos, aunque fue a ella a quien se le ocurrió revisar los grupos de Facebook del chico gay en busca de posibles sospechosos. Que entre los fans de uno de los cantantes de un reality que hacía furor entre los adolescentes hubiese otro del mismo barrio que el fallecido no sería relevante, de no ser porque su edad contrastaba con la del resto de miembros del club. Tenía el doble de años y no se notaba demasiado, a juzgar por sus comentarios. Fueron precisamente sus reiteradas autoproclamaciones como su fan número uno las que levantaron la liebre. Demasiada vehemencia, de ahí a la violencia hay un paso. Y justamente se mostró ofendidísimo ante una mera burla por parte de la segunda víctima. “O sea que lo mató porque dijo que no le gustaba su peinado”, afirmó más que preguntar el inspector Lama y a la agente se le escapó una sonrisa. 

Empezaba a entender su sarcástica manera de entender la vida y le gustaba el cariz paternalista que tenía con todos sus subordinados. No los miraba por encima del hombro, al contrario, los trataba de igual a igual, sin embargo su consabida experiencia lo llevaba a aconsejarles precaución, excesiva a veces según algún joven impulsivo, que no se atrevía a contradecirlo, ni mucho menos. De sobras estaba demostrado el olfato del detective, simplemente prefería no precipitarse, ni dejarse llevar por corazonadas, las pruebas demuestran los hechos, y la intuición ayuda, pero de nada sirve si no se demuestra, o sea, sin pruebas fehacientes. “¡Eso es paja húmeda para un juez, investigue más a fondo esa pista o no le conducirá a nada, Gutiérrez!”, le había escuchado imprecar a uno de los veteranos, los tacos se los guardaba para él, o bien los decía entre dientes si estaba muy alterado. Cosa de la que había sido testigo en varias ocasiones en la escasa semana y media que lo conocía. 

Llevaban dando palos de ciego por el caso del trío decapitado bastante tiempo cuando ella se incorporó y él quiso hacerse cargo personalmente de su adaptación al nuevo destino. “Andamos un poco desbordados, ya sabe, los de arriba presionando para acallar a la prensa lo antes posible, y el vecindario alborotado como un gallinero en época de cría... Así que mejor quédese a mi lado, Ferraz, y esté siempre alerta, no me fastidie, quiero que lleve los ojos bien abiertos, que no estoy para andar cubriéndole las espaldas, ya me entiende... ¡Ramírez, haga el favor de buscarle otro uniforme a la chica que este le va grande! ¡¿Pero este hombre cada vez está más miope, o es que quiere vestirlas a todas como sacos?!” Le hacían gracia sus alusiones al mundo rural habiéndose criado en el barrio, aunque le habían comentado que sus abuelos eran de pueblo, pueblo. Y también que empezaban a llamarle viejo verde a escondidas por su manía de que todas las agentes usasen pantalones ajustados. Salvo Gutiérrez, que aparte de ser quien mejor lo conoce de toda la comisaría, fue quien le explicó que no era por eso: “Los malos también distinguen un buen culo, ¿sabes? E igual se lo piensan dos veces antes de apretar el gatillo si se dan cuenta de que no eres un tío...”       

“Es que yo lo conozco desde que íbamos al instituto, mucho antes de que se blanqueara los dientes para cantar en aquellos garitos mugrientos de las afueras. O sea, desde cero, antes de que nadie lo conociese, por algo soy su fan...”, el inspector lo interrumpió sin dejarle terminar. “¡Pero si le lleva más diez años! ¡¿Cómo iba a ir en clase con él?!” El detenido puso los ojos en blanco soltando una risita incrédula: “¡Juntos en clase no, hombre! Estudié en el nocturno, ¿vale? No soy muy listo, pero mi padre me obligó a sacarme el bachillerato para poder justificar sus chanchullos en mi curriculum. Y él tampoco es un lumbrera, la ESO tuvo que hacerla por las tardes porque se pasaba las noches cantando y no le iba eso de madrugar, por eso coincidimos...” “¿Y eso qué tiene que ver con su corte de pelo?”, le preguntó sin seguirlo. El aludido volvió a reírse antes de responder: “Nada, nada, es solo que yo sé seguro que el peinado se lo obligaron a cambiar los del programa, porque él siempre llevó el flequillo largo con la raya al lado, como cuando entró, porque tiene mucho estilo y sabe perfectamente lo que le favorece, no como otros... ¡Por eso me sacó de quicio que ese chaval lo criticara! ¡Si de verdad eres su fan no lo criticas! ¡Lo apoyas siempre, siempre! ¡No te dedicas a decir que si tal, o que cual! ¡No!” Lama inspiró ruidosamente: “Y es suficiente motivo para cortarle la cabeza, ya veo.” 


“¡Por supuesto! ¡Le hubiera arrancado los ojos si no me diesen arcadas! Lo que pasa es que el accidente con la sinvergüenza que lo puso verde en la cola del supermercado me dio una idea. ¡Pura envidia es lo que le tenía, la muy...! Y le cogí a mamá el hacha que usa para cortar los huesos del cocido.” Las miradas atónitas de los policías que asistían a su declaración le hicieron añadir: “Es que no le gusta cómo se los prepara el carnicero, prefiere hacerlo a su manera, ya sabe, tiene sus rarezas.” “Y solo por curiosidad, ¿usted tendrá las suyas, no?” “Ah, claro, a mí tampoco me gusta encontrar hilos en el puré, por eso me encargo yo de pasarlo por el chino, mamá siempre me elogia por ello, ¿sabe?, dice que tengo mano para la cocina.” “Y para matar también, al parecer”, añadió el inspector. 

“Pues le he ido cogiendo el gusto, no crea, la primera vez fue por casualidad, ya se lo dije, la amenacé con el cuchillo en la garganta, y la muy estúpida echó la cabeza para atrás justo cuando se me escapó el pie de la palanca que sostiene la tapa en alto. Yo qué culpa tengo de que al Ayuntamiento le haya dado ahora por ponerlos metálicos...” Un destello hizo brillar sus ojos al reconocer: “Ver lo fácil que resultó fue de lo más emocionante, el corazón se me disparó, aunque casi le vomito encima. Ahora bien, es muy sucio, eh, me puse perdido de sangre, tuve que quemar toda la ropa en el callejón y después ducharme otra vez para no molestar a mamá con el olor a humo. Bastante incordio le había ocasionado ya al subir y bajar tantas veces a la calle a aquellas horas...”

“¿Y la dueña de la cafetería qué hizo exactamente, si puede saberse, declarar ante la clientela que prefería a otro concursante?”, inquirió rascándose la nuca, Ferraz se revolvió en su asiento y la observó por el rabillo del ojo procurando no sacarle la vista de encima al detenido, hizo ademán de tranquilizarla al ver su rostro, a punto de echarse a llorar ante las fotos de los cuerpos de las víctimas, aunque se contuvo en el acto, por no dar muestras de su lado amable delante de él. “Cambió de canal cuando iban a dar un resumen de su actuación tras la última gala, ¡como si estuvieran dando algo mejor, vamos! Dijo que estaba harta de verlo hasta en la sopa con el cuento de que era de aquí. A ella le busqué algo especial, usé el cable de acero del que cuelga las horrorosas cortinas de su asqueroso bar. Yo que fui allí porque tienen el plasma más grande de todo el barrio...” “¿Pero usted quién coj... Quién se ha creído que es? ¿El ángel exterminador?” “No, hombre, no. ¡Tampoco hace falta que se altere, eh! Solo soy su fan número uno, ya se lo he dicho, y también una especie de guardaespaldas, o algo así.”

* * *

El inspector notó las gotas repiqueteando en su calva, prefirió mojarse a tener pinta de estúpido y un reguero le estaba entrando por el cuello de la camisa. Se estremeció al sentir la humedad en la espalda, pese a que el aire no venía frío. Es la edad, Paulino, te estás haciendo viejo... “¿Encerrarlo?”, preguntó retóricamente, “Tendremos suerte si acaba en un sanatorio de esos. Yo, si fuera ellos, tiraría la llave para siempre. Alegarán enajenación mental, ya sabe, o cualquier chorrada por el estilo... Pero como no lo detengan en cuanto echen del puñetero reality al pringado ese del que es tan fan, decapita a media España por no haber votado para que se quedase.” Ferraz alzó la vista al fin de sus zapatos para observar su rostro empapado, sonrió con la última frase, una mezcla de profunda tristeza e impotencia se dejaba entrever en el sarcasmo de su jefe. Si tuviera veinte años menos no dudaría en acostarse con él. Las arrugas no podían ocultar la honradez de su expresión, ni todo lo que habían visto aquellos ojos empañaba la bondad de su mirada. Dejémoslo en diez menos.     

 by Eva Loureiro Vilarelhe