jueves, 15 de diciembre de 2016

Muñecas rotas


Mario la observó alejarse con sus amigas. Iba riéndose igual que las demás, pero su risa era distinta. A él no podía engañarlo. Sabía que fingía, siempre. En clase delante de los profesores, con sus compañeros, o estando con su pandilla. Llevaba mucho tiempo fijándose en ella. Le gustaba mucho,  la verdad es que ya iba siendo hora de reconocer que sentía algo más fuerte. Le importaba. Demasiado, quizás. Y por eso sufría. Ambos lo hacían desconociendo el dolor del otro, bueno, no, Mario ya estaba al tanto de lo que le sucedía. O eso creía él. 

Regresó a casa tomándola con todo lo que se encontraba por el suelo. Le daba igual que fuesen hojas secas, latas vacías, o papeles, él los pateaba intentando desahogar su frustración de alguna manera. Prefería llegar un poco más tranquilo, o de lo contrario le daría una mala contestación a su madre y lo castigaría sin baloncesto. Era lo que le faltaba para completar el día, quedarse sin ir a entrenar. Odiaba los martes. Lo único que tenía de bueno tener clase por la tarde era que así la veía más, no obstante en lugar de disfrutarlo se enfadaba consigo mismo, por no atreverse a dar el paso. Por no plantarse delante de ella y gritarle: “¡Eh, aquí me tienes. Para lo que necesites, ya lo sabes, olvídate del capullo de tu novio y pasa página de una vez!” 

Lo cierto es que no se le ocurría siempre la misma frase. Esos días en los que la notaba tan frágil, la abrazaría delicadamente, aprovechando para acariciar su preciosa melena, y le susurraría al oído: “Puedes confiar en mí, yo no te fallaré”, procurando tragarse el te quiero final. Sin embargo no lo hacía, reunir el coraje necesario para decírselo le estaba llevando meses, y su desesperación era equiparable a la angustia que le producía verla tan triste. 

Se conocían desde el colegio, juntos en clase todos los cursos, amigos a fuerza de compartir pupitre al estar sentados por orden de lista. “No podemos casarnos,” le había dicho ella en segundo de primaria, “nuestros hijos tendrían dos apellidos iguales.” “¿Y qué?”, respondió él encogiéndose de hombros. “Pues que no suena bien, además, Mario y María tampoco pegan.” Y al verla arrugar la nariz torciendo el gesto cada vez que sacaba el tema, sus expectativas se fueron disipando.

“¿Tan rápido tiras la toalla?” le preguntó su abuelo cuando consiguió sonsacarle por qué estaba tan abatido, “Sólo te digo una cosa, jovencito, me llevó más años de los que tienes conquistar a tu abuela, y tú eres la prueba viviente de que no fue en balde.” Ahora que tenía el doble veía ahogarse sus esperanzas en el pozo de los deseos, aunque él seguía arrojando monedas, por si acaso. 


Su profesor de lengua jugó un papel fundamental, ignorándolo por completo. Los agrupó por parejas para hacer un trabajo de literatura y a ellos les tocó estar juntos. Sus apellidos también tuvieron algo que ver, todo hay que decirlo. Se le encogió el estómago al volver a entrar en su cuarto. Llevaba sin hacerlo desde que sus padres se separaron y se terminaron las celebraciones de cumpleaños en el jardín de su unifamiliar. Su madre se había visto obligada a alquilar la planta baja mientras pleiteaba con su ex por la pensión, pero al final siguió haciéndolo porque el salario de una mujer siempre es más bajo que el de un hombre en el mismo puesto. 

“No me gusta que me miren”, le dijo cuando le preguntó por qué no entraban por la puerta trasera como hacían de niños, y Mario saludó con un imperceptible movimiento de cabeza a la señora que levantó la vista del periódico mientras rodeaban la cerca hasta la puerta principal. Separó las cortinas de su habitación para comprobar que el que suponía su marido seguía dormitando en la hamaca tapado con una gruesa manta. “No son mala gente, pero les gusta demasiado meterse en nuestra vida.” Hablaba también por su hermana pequeña, con quien tenía que compartir litera desde que se redujeron los metros cuadrados de los que disponían.

La pareja de ancianos les había propuesto que utilizasen la cocina y el salón de abajo, ya que para ellos dos les sobraba espacio, contando con el dormitorio principal y el antiguo despacho del padre de María, pero ellas prefirieron instalar una cocina improvisada en uno de los dormitorios de arriba y una sala de estar en otro, compartiendo las tres el único baño del que disponían. A Mario le agradaba especialmente el olor a hogar que se respiraba en aquella casa. Le chocó no notarlo al entrar, y sonrió inconscientemente al reconocerlo subiendo las escaleras. Su madre lo recibió sorprendida por lo que había crecido, y no pudo evitar sonrojarse cuando lo abrazó diciéndole que estaba muy guapo. 

“¡Me alegra volver a verte por aquí!”, exclamó antes de dejarlos a solas, y un escalofrío le recorrió la espalda. María estaba ocupada sacando sus libros de la mochila y no pudo ver la mirada anhelante que procuró esconder girándose hacia la ventana. Ella se acercó pensando que se interesaba por sus vecinos forzosos, y se estremeció de nuevo sintiéndola tan próxima. Debió intuir algo al verlo permanecer en silencio tras su comentario, porque lo miró por primera vez a los ojos desde no recordaba cuándo. Fue una especie de revelación. Supo que él sabía, y su tristeza se multiplicó por dos. Al notarlo él su dolor se duplicó, y se atrevió a acariciarle el pómulo con sus dedos. 

María tuvo que alzarse sobre sus talones para intentar rozar sus labios con los suyos. La cría entró dando un portazo y a Mario el corazón casi se le sale del pecho. “¡Irene!”, la reprendió ella, “¿No te he dicho mil veces que llames?” Ni la miró, directa como se fue hacia su mesa exclamando: “¡Y yo qué sabía que estabas con tu novio!” volvió sobre sus pasos después de coger su cuaderno y sus pinturas, pero se giró un instante para mirarlo de arriba abajo. “Un momento.. Éste no es tu novio, ¿o ahora es tu nuevo novio?” al no obtener respuesta cerró del mismo modo que había entrado, no sin antes añadir: “Mejor, Mario me gusta más, el otro era un creído.”
              
El aludido exhaló ruidosamente, dejándose escurrir por la pared hasta sentarse en el suelo. A su hermana y a su madre les gustaba, y María había intentado besarlo. Y todo en una sola tarde juntos. Increíble. “Mierda”, le pareció que musitaba ella y alzó la vista para verificar que se alejaba, yendo de nuevo hacia su escritorio. Mil historias se apelmazaron en su cerebro en un segundo, ralentizando con ello su raciocinio, ¿cómo volver atrás?, ¿cómo recuperar su atención?, ¿ése mierda significa que se arrepiente de lo que iba a hacer?, ¿o bien que le molesta que no haya sucedido? Su ritmo cardíaco continuaba frenético y se levantó casi de un salto, aturdido por los borbotones de su mente en plena ebullición, salvó los escasos metros que los separaban de una zancada y rodear su cintura le supo a gloria. Sin adjetivos se quedó al saborear su boca. 


Le pareció atisbar en sus pupilas un cierto parecido con su brillo del pasado. Fue tan fugaz que no está muy seguro, porque enseguida el lodazal que las hace parecerse a una ciénaga regresó a su mirada, consiguiendo con ello que todo su alborozo desapareciese en el acto. Aun así no pudo resistirse a prolongar su momento de locura enterrándola en su pecho, apreciando con su barbilla la suavidad de su cabello. Reparó entonces en los miembros colocados sobre su escritorio. Diversos troncos ordenados por tamaños, contrastaban con el amasijo de brazos y piernas que rebosaban de una caja sin tapa. Perplejo la separó en busca de una explicación en su rostro.

Es lo que tiene la confianza, uno puede expresarse sin hablar haciéndose entender perfectamente. María esbozó una sonrisa que descontroló de nuevo su corazón, casi idéntica a las de antes, reconoció esta vez más convencido. Abrió el cajón y ante Mario aparecieron las cabezas alineadas junto a unos cuantos folios, un bloc de notas y un estuche con la cremallera abierta repleto de rotuladores. A algunas les faltaba un ojo, o no tenían ninguno, otras apenas conservaban unos mechones adheridos a su cráneo de silicona, con lo que los agujeros que demostraban que un día lo habían tenido les daban un aspecto todavía más tétrico.
  
Podría repetir sus nombres sin equivocarse, podría si se lo propusiese recomponer sus cuerpos tal y como los había visto centenares de veces. Vestidas y bien peinadas, eso sí, como solía llevarlas de paseo en su carrito. Eran tantas que hasta resultaba grotesco verlas allí amontonadas como si fuesen cadáveres. Llegó a comentárselo en una ocasión y le pareció tan mal que dejó de hablarle durante una semana. “¡Cómo te atreves a decir eso de mis muñecas!”, le gritó antes de marcharse llorando del parque, y a él el dieron ganas de arrancarse la lengua. 

“Están como yo,...”, le susurró al oído rozándole expresamente el lóbulo con sus labios. Resopló para contenerse y no desnudarla allí mismo, en su lugar la estrechó de nuevo contra su cuerpo para sentir el deseo contenido que tampoco ella podía esconder. Evitó a toda costa acabar su frase. Rotas. Ya que su belleza inerte le recordaba a una tarde en la que se quedó dormida en sus brazos. Exhausta después de llorar largo y tendido porque echaba de menos a su padre.        

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. Un relato muy conmovedor Eva. Un amor joven lleno de dolor por ausencias prematuras. Y me ha emocionado especialmente como María expresa esa angustia a través de sus muñecas, con ese final tan desolador. Enhorabuena!

    Un abrazo enorme!

    ResponderEliminar
  2. Bufff. Conmovedor es poco Ziortza, ese adjetivo se queda muy corto. Menuda mezcla de tristeza, amor, esperanza, angustia. Que torbellino de emociones!!!! Precioso. Precioso. Precioso.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Precioso es tu comentario ¡Muchísimas gracias, María! 😊

      Eliminar
  3. Un relato corto, que en pocas palabras expone muchos sentimientos.
    Precioso.
    Quizá debamos hablar antes que callar,
    Amar antes que reprimir.
    Y convertir en sonido los gritos amarrados dentro de alma.
    Muy bueno Eva.

    CyC.

    ResponderEliminar