jueves, 29 de diciembre de 2016

La bruja del corazón de hielo


Hace muchos, muchísimos años, había una pequeña aldea en la ladera de una montaña. El valle estaba cubierto por un enorme lago, así que a sus habitantes no les quedó más remedio que ir disponiendo sus casas monte arriba. En invierno hacía tanto frío que procuraban construirlas lo más próximos al valle, por lo que iban escaseando cuanto más se ascendía, además el lago se congelaba por completo y podían patinar en él. 

La que estaba más cercana a la cumbre quedaba bastante alejada de las demás, resultaba complicado llegar hasta ella los meses en los que no cesaba de nevar, y su única habitante era una mujer siniestra. No le hacía ninguna gracia mezclarse con los aldeanos y, por su carácter arisco y la vida que llevaba, la llamaban la bruja del corazón de hielo. 

El resto de los habitantes de la aldea mantenían una relación más o menos cordial, procuraban que los roces o discusiones entre ellos no les afectasen demasiado, porque el inhóspito clima que soportaban en otoño e invierno y la proliferación de tareas en primavera y verano, los obligaba a ayudarse unos a otros para sobrevivir. 

Cuando el frío arreciaba y el manto de nieve cubría los caminos hasta impedirles abrir las puertas de sus casas, se veían forzados a permanecer en ellas sin salir a veces durante semanas. Únicamente hacían una excepción, incluso cuando el tiempo lo desaconsejaba: en Nochebuena iban a reunirse con sus familias, y pasaban allí la noche para celebrar la comida de Navidad al día siguiente. 


Un año el temporal de nieve y viento arreció tanto, que una niña de ocho años se soltó de la mano de su madre y se perdió en la montaña. Intentaron en vano buscarla entre la tormenta blanca que les nublaba la vista, hasta que oscureció y tuvieron que refugiarse en sus casas, porque la temperatura había descendido de tal modo que era insoportable estar en el exterior. Todos la dieron por muerta, sus padres, abuelos, y demás familia lloraron su pérdida aquella Nochebuena. 

La pequeña de hecho estaba muerta de frío, decidió parar de luchar por mantenerse en pie y se dejó caer sobre el suelo helado. Sus ojitos se cerraron y ya no pudo abrirlos al congelársele las lágrimas en sus pestañas. Aterida se fue quedando dormida rendida por el cansancio, notó que flotaba y, al no sentir la nieve bajo su cuerpecillo, supuso que estaba en el cielo como un ángel y sonrió complacida, convencida de que la muerte no parecía tan desagradable como le habían contado. 

Horas después pudo despegar los párpados y contempló extrañada un techo de madera, no había nubes, ni tenía alas, así que seguía viva, pero ¿dónde estaba? Se incorporó a duras penas de la cama, puesto que la cantidad de mantas y edredones que la cubrían pesaban demasiado para sus delgados brazos. Al fondo de la estancia una anciana atizaba la lumbre removiendo un puchero, y se le escapó un grito al reconocerla. 

La vieja se giró de inmediato, dejó el cucharón delicadamente sobre un plato, y se acercó limpiándose las manos en el delantal. “Será mejor que te acerque al fuego, todavía te sentirás destemplada, y tienes unos cuantos dedos de los pies semicongelados, no podrás caminar por el momento.” La niña la miró sorprendida, su dulce voz contrastaba con su desagradable aspecto, ya no le dio miedo que la cogiese en brazos y la llevase hasta la cocina. 


La dejó sentada en una mecedora de madera y le quitó los calcetines de lana para examinarle los pies. Ella la observaba allí arrodillada, sus palmas callosas procuraban rozarla apenas para no enrojecer más su piel, y entonces se dio cuenta de que no sentía algunos dedos. Asimismo reparó en que llevaba puesto un camisón blanco de lino que le quedaba enorme, y un par de gruesos jerséis a modo de vestido, con las mangas dobladas para permitirle asomar las manos.         

“Bien, no es tan grave como me pareció en un primer momento.” Admitió la anciana satisfecha y acto seguido le pidió perdón por no haberle preguntado cómo se llamaba. “Ana”, le dijo tímida, y su amable sonrisa la dejó sin palabras. “Bonito nombre, yo soy Helena, aunque imagino que me conocerás por mi mote.” La niña asintió sonrojándose, no obstante afirmó convencida: “Helena es precioso.” 

“Bien, Ana, esta noche tendrás que cenar conmigo, no puedo devolverte a tu hogar a estas horas estando el tiempo como está, pero no te preocupes, almorzarás con tu familia el día de Navidad. Por cierto, ¿quienes son tus padres?” “Alberto, el herrero...” “Y Adela, la lavandera”, terminó su frase. La miró asombrada de que lo supiese, y de nuevo su sonrisa la hizo imitarla. “Conozco a todos los aldeanos, así que imagino que iríais hacia la casa de Henrique y Marisa, los panaderos, cuando te perdiste.” Al asentir admirada le acarició la cabeza. “Pues allí te llevaré mañana, no te inquietes, y ahora espero que te gusten las gachas, porque no tengo nada mejor que ofrecerte.” 

El estómago de la pequeña le respondió por ella y ambas se rieron del estrepitoso ruido. Le sirvió un plato repleto acercándola a la mesa y Ana se interesó por la curiosa ornamentación, mientras se deleitaba con las dotes culinarias de la vieja. Por doquier colgaban ramilletes de hierbas secas, y había cientos de botes de cristal con lo que parecían especias, o polvos de diferentes colores. 

“Por algo me llaman bruja,” le dijo la anciana guiñándole un ojo al notar en qué se fijaba, y añadió, “no te inquietes, no sé de conjuros. Mis ungüentos y cataplasmas solo sirven para ayudar a cicatrizar heridas o calmar hematomas, y las únicas pociones que hago son jarabes para la tos o el resfriado.” Las risas de la niña la contagiaron a ella en esa ocasión, hasta que la pequeña se puso más seria y la miró fijamente antes de admitir: “Y tampoco es cierto que tengas el corazón de hielo.” 

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. Precioso. Las cosas más sencillas son las que llegan al corazón. Si miráramos más allá la mayoría de las veces, seríamos más felices. Enhorabuena Eva. Tú si que sabes mirar más allá.

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  2. Un cuento muy bonito y emotivo, Eva. Ideal para estas fechas. He tenido mis dudas con la bruja..., pero al final ha tenido un final feliz, menos mal.

    ¡Un abrazo y feliz año nuevo!

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  3. Sí, al acercarla a la cocina... Pero no, quería mostrar que a veces los ancianos son injustamente tratados al dejarnos llevar por las apariencias. ¡Muchas gracias por el comentario y que tengas un feliz año! Abrazo navideño ;)

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  4. Se me hizo corto...como todo lo que escribes en tu blog.
    Precioso cuento.

    Cubito de hielo.

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