jueves, 22 de diciembre de 2016

El insólito caso del saboteador de la Navidad


Al señor E. le encanta la Navidad, tanto es así que su sempiterna sonrisa se ve acompañada durante esas fechas por un canturreo constante de villancicos y demás melodías navideñas que en lugar de resultar molestas contribuyen a incrementar su aspecto afable y bonachón, de no ser porque llega un momento en que comienza a despertar cierto recelo entre los presentes dicha estampa de felicidad constante (con significativas miraditas y elocuentes gestos referidos a su estado de raciocinio incluidos).

Por lo tanto no es de extrañar que cada año se ofrezca voluntario para decorar el portal de su edificio, sin importarle en absoluto que los vecinos le anden poniendo pegas por una u otra cosa. En realidad da igual el motivo, el caso es quejarse por algo, como en las reuniones de la comunidad en las que rara vez llegan a un acuerdo que contente a todos. Así que el señor E. ya ni se inmuta con las críticas, y pone todo su empeño en conseguir que luzcan un poco los ajados adornos en el raquítico pino de plástico, que se guardan desde no recuerda qué año en el cuarto de contadores. 

Una vez que tiene todo dispuesto, congrega al vecindario a la misma hora que se reúnen habitualmente para proceder al encendido oficial de las luces. Llegó a proponer en una junta que se aprobase la compra de unas más modernas tipo LED, para ahorrar consumo, contribuyendo con ello a paliar el efecto invernadero, pero no obtuvo apoyos suficientes para lograrlo, por lo que pagó de su bolsillo un adaptador de carga solar para que su conciencia medioambiental quedase tranquila. Y una semana antes de Nochebuena pone sendos carteles anunciando el acto en el ascensor y en el portal, con el fin de congregarlos a todos a las ocho de la tarde. 

La puntualidad no es algo que caracterice a todo el mundo, y el pobre señor E. tiene que sufrir las consecuencias del imperdonable retraso de la inauguración, que supone tener que esperar por ciertos vecinos. Llegan a sus oídos incluso comentarios despectivos sobre sus manías entre las conversaciones sesgadas que se dan a su alrededor, aunque él no se molesta lo más mínimo, nervioso como está ante la expectativa del acontecimiento más esperado del año. Podría equipararse el brillo de sus mejillas a las del resto de niños del edificio, que aguardan igual de ansiosos que llegue el momento, ése el en que los ohhh de asombro, se mezclan con los “¡menuda mierda de luces!” que no llegan a ahogar las risas de la mayoría.

Por fin aparece la vecina del quinto disculpando su tardanza por tener que mudarle el pañal a la niña, el señor E. ladea la cabeza asintiendo comprensivo y carraspea antes de decir: “Queridos vecinos: ¡Felices fiestas a todos!” Entonces ocurre lo que nunca ha sucedido: los ohhh de decepción (y no de sorpresa) se entremezclan con los “¡cómo van a encenderse, si son una mierda de luces!”, mientras las risas generalizadas no le ayudan a entender qué sucede. “Si las he comprobado esta misma mañana antes de ir a trabajar”, balbucea a los pequeños que lo increpan para que las haga funcionar. 

El portal hace tiempo que está completamente despejado cuando encuentra el problema y sube a casa a toda prisa, en busca de lo necesario para reparar el cable donde ha sido cortado. “A propósito”, le comenta a un compañero de oficina a la mañana siguiente, “lo han seccionado de manera burda, porque con la lupa he constatado que se tratan de cortes irregulares e insistentes hasta que desgastan el cable lo suficiente para que no haga conexión.” El otro asiente distraído sin prestarle demasiada atención, cosa en la que no repara el señor E., puesto que su mente se encuentra ya en una febril elucubración sobre el modus operandi del culpable.


Esa misma tarde reúne de nuevo a los vecinos para proceder al encendido. Algunos protestan porque tienen mejores cosas que hacer, aunque en el fondo respetan que un hombre ocupado como él se moleste en montar todo el tinglado para los críos, y se presentan a regañadientes en el portal. Y es que el señor E. hace horas extras en el banco todas las tardes de diciembre para poder librar el día 24, puesto que necesita preparar con tiempo suficiente la cena que disfrutará con su ahijada y única pariente. Es la hija de su mejor amigo, muerto hace pocos años de un infarto, con la que almuerza cada miércoles, y quien también lo agasaja en Nochebuena con su compañía, en lugar de acudir a casa de su madre (que su progenitora tenga acompañantes que no son de su agrado también influye para que se decante por su padrino y únicamente la vea en la comida de Navidad).

“¡Al grano!”, lo increpa la anciana del tercero cuando intenta repetir su frase de felicitación y, ante la manifiesta impaciencia de los más pequeños, conecta de inmediato los cables sin mayor dilación, para encontrarse con que de nuevo el resultado no es satisfactorio. Preferimos no reproducir aquí las muestras de desagrado por no herir los sentimientos del señor E., que por descontado reprueba el lenguaje soez, así que imaginen la reacción que provocó que no se encendiesen las luces. La única que tuvo un gesto compasivo con él fue la vecina del quinto, quien le dio un par de palmaditas en el hombro, idénticas a las que le estaba dando a su hija para que eructase después de darle el biberón, diciéndole: “Si quiere apoyaré que se haga una derrama para comprar otras nuevas en la próxima reunión”. Él pareció no oírla, pues tan sólo comentó: “¿Será porque hoy es martes 13?”, más bien para sí mismo. 

Durante la comida del día siguiente le explicó a su sobrina su plan fallido. Tras descubrir que el cable había sido seccionado en una zona baja poco accesible del árbol, la reparó enseguida, y convocó al vecindario consciente de que surtiría el efecto deseado. Él lo estaría esperando escondido entre los buzones y la puerta de acceso a los contadores, ataviado con su pasamontañas y su negro atuendo, además del termo de café a fin de no quedarse dormido, pero fracasó su intento nocturno de desenmascarar al “saboteador de la Navidad”. Su sobrina se atragantó al escucharle semejante expresión y le respondió, como pudo entre el ataque de tos y sus carcajadas: “¡Cómo se nota que tienes mucho tiempo libre! Seguro que es alguien a quien le sobra tanto como a ti.” El ojeroso rostro de su padrino se iluminó en el acto y le dio las gracias encarecidamente, sin que ella cayese en la cuenta de que acababa de proporcionarle una nueva pista sobre el caso. 

“De verdad que no lo necesito,” insistió por enésima vez intentando no perder la paciencia, “durante el día la niña se queda con mi madre o en la guardería, puede llevárselo sin problemas, ya me lo devolverá esta tarde cuando vuelva de trabajar.” El señor E. reiteró su agradecimiento y la vecina del quinto suspiró aliviada al verlo salir por la puerta. Aquel hombre le parecía agradable y muy educado, pero llegaba un momento en el que prefería perderlo de vista. Su extremada cortesía la desconcertaba, no estaba acostumbrada a tanta palabrería fuera de uso, y hasta tenía que pensarse bien lo que le respondía para estar a su altura.


A su regreso fue su marido quien lo recibió, se acercó un poco cohibido al verla dándole el biberón a su pequeña en el sofá del salón. Se le notaba a leguas que él tampoco estaba familiarizado con semejantes escenas íntimas y supo ponerse en su lugar. “No se preocupe señor E., puede sentarse y contarnos lo que ha descubierto.” Estaba segura de que había llegado al meollo del asunto, porque sonreía del mismo modo que cuando la descubrió a ella sustrayéndole su periódico (pero ése es otro caso que pueden leer en este blog). Les enseñó la grabación que había recogido en su teléfono móvil, como apenas lo llama nadie podía prescindir de él durante todo el día, por lo que lo había conectado al ‘vigilabebés’ que le prestaron aquella misma mañana, para intentar descubrir quién se dedicaba a impedir que se encendiesen las luces del árbol. Ella miró significativamente a su esposo, había que reconocerle también que inteligencia no le faltaba, además de perseverancia y maña para colocar el aparato de espionaje de fabricación casera sin que nadie lo descubriese. 

Los vecinos fueron apareciendo en el descansillo uno a uno. Que la pareja del quinto insistiese en que debían bajar al portal de inmediato los cogió por sorpresa. Todos sospechaban quién estaba detrás de aquello, y de hecho fue el protagonista de las conversaciones debido a su ausencia. Apareció  finalmente cuando ya algunos amenazaban con marcharse, no obstante cambiaron de idea al verlo venir con lo que parecía un embrollo de cables unidos por esparadrapo. “Si hasta han roto las bombillas”, se sorprendió el joven inquilino del segundo.

“Como pueden comprobar,” empezó logrando que le atendiese en silencio hasta la pequeña del edificio, a quien se le escapaba una sonrisa cada vez que reparaba en su pajarita, “estas luces están completamente inservibles, por mucho que haya intentado repararlas no hay por dónde cogerlas, es más, podrían ocasionar un daño mayor de producirse un cortocircuito. Por lo tanto me he tomado la libertad de comprar unas nuevas, con dinero de mi bolsillo, por supuesto.” Algunos “habrá que devolvérselo”, o “repartiremos el gasto proporcionalmente igual que hacemos con el recibo de la comunidad”, acabaron apagándose en cuanto él comentó que no era necesario. 

Le permitieron entonces repetir su frase favorita, aquella en la que les deseaba a todos felices fiestas, así compensarían de algún modo su escasa disposición a aflojar la cartera, y los ohhh de asombro al menos en esa ocasión sí que fueron sinceros. “¡De colores!”, exclamó mirando sonriente a la mayor de los del sexto y ésta corrió a darle un abrazo a sus piernas, puesto que más arriba no le llegaba. El señor E. se agachó para acariciarle la cabeza y le susurró cerciorándose de que nadie los oía: “Será mejor que utilice sus tijeras solo para cortar papel, jovencita, o de lo contrario un día tendremos un disgusto.” La niña se sonrojó escondiendo la cara en su chaqueta de paño inglés y él la observó ensimismado, sin dar crédito todavía a que una personita de aspecto tan frágil pudiese albergar tal pasión a la hora de ensañarse con unos cuantos cables.

by Eva Loureiro Vilarelhe

6 comentarios:

  1. ¡Muy bueno Eva! Me he reído un montón con las nuevas andanzas del señor E. Igual de maniático, esta vez obsesionado con el alumbrado, pero un poco más cariñoso seguro que contagiado por las fiestas de Navidad.
    Quién iba a decir que la culpable iba a ser una pequeña delincuente...

    Genial, ¡Un abrazo!

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    1. ¡Muchas gracias, Ziortza! Me alegro de que te haya gustado, porque me lo paso tan bien con el señor E. que estoy planteándome hacer una serie... ¡Un abrazo enorme!

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  2. Me voy a aficionar al señor E.
    Firmado: cubito de hielo.

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    1. ¡Pues bienvenido al club! 😉 Más señor E. en 'El extraño caso del ladrón de periódicos'

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  3. Me encanta el Señor E!!! Y me reí un montón. Mi vecina y yo somos las encargadas de decorar el portal. Todos los años apostamos un café en función de los adornos que nos roban. Por ahora: NINGUNO. Pero tomamos el café igual!!!
    Ya le tengo cariño al señor E. Más aventuras, por favor.

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    1. Jajaja, qué bueno! No te preocupes, habrá señor E. para rato... Gracias y un abrazo, María

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