jueves, 8 de diciembre de 2016

El extraño caso del ladrón de periódicos


En realidad no se podría hablar de robo stricto sensu, ni de ladrón ateniéndonos a los hechos, pero no adelantemos acontecimientos. Lo que sí es innegable es que el señor E. se vio profundamente afectado por lo sucedido. Tampoco podríamos decir enfadado porque se trata de un hombre realmente sereno, tanto es así que se ha ganado a pulso el afecto de sus conocidos, a fuerza de relacionarse con todo el mundo dando muestras de una afabilidad inmutable día tras día. Hasta hace un par de semanas.

Aquel lunes no le dio demasiada importancia al suceso, a pesar de que las imperceptibles dobleces en la parte superior e inferior de las páginas de su periódico le provocaron cierto malestar. Su camisa lucía impecable delante de sus clientes en el banco y no soportaba ver la más nimia arruga, aunque fuese en el mantel individual que colocaba sobre la barra de su cocina americana para desayunar. Por ese motivo el martes llegó puntual a la sucursal, en lugar de con sus tres minutos de antelación acostumbrados. Su compañero de mesa lo miró entrecerrando los ojos, no parece enfermo y el metro no se ha retrasado, pensó antes de preguntarle: “¿Ha sufrido algún contratiempo, señor E.?” El aludido respondió en el acto: “Nada grave, a Dios gracias”, ni de su incumbencia, por supuesto, siguió para sí, y le costó esbozar su característica sonrisa. Algo que dejaba patente la gravedad que tenía para él el asunto, que desde luego jamás comentaría con el pretencioso señor D., un joven advenedizo que se dedicaba a dejar caer ante el director cualquier desliz de sus colegas, haciéndose el ofendido por la falta de consideración hacia la empresa. Un trepa sin escrúpulos en toda regla, vamos, que no dudaría en dejar títere con cabeza con tal de conseguir un ascenso.

De hecho el señor E. siguió abstraído en sus pensamientos mientras se preparaba para atender al público, sopesando qué haría al día siguiente de repetirse la situación. Madrugar un poco más fue lo más acertado que se le pudo ocurrir, puesto que efectivamente las insolentes marcas en su periódico lo obligaron a utilizar la plancha como había hecho la víspera, para disfrutar como es debido de su prensa mientras desayunaba. Así que levantándose más temprano pudo llegar a trabajar con sus minutos de anticipación, como a él le parecía que era más adecuado. El señor E. seguía unos estrictos horarios fijados por sus hábitos de hombre soltero y sin más familia que una ahijada, con quien almorzaba todos los miércoles junto a su oficina.

Con ella sí que podía sincerarse, por lo que desahogó su frustración reprimida ante lo que le estaba ocurriendo. Sin embargo no encontró la comprensión que esperaba, más bien al contrario. La joven se rio de sus vanas cavilaciones, restándole importancia. “¡Cómo se nota que no tienes nada mejor de qué preocuparte! ¡Este año voy a regalarte un cachorro en Navidad, a ver si así te olvidas de una vez de tus manías!”, exclamó entre risas. “Pues pienso ocuparme del ladrón de periódicos yo mismo, te lo aseguro.” Su entrecejo fruncido solo provocó que las carcajadas de la chica resonasen en el restaurante, obligándolo a chistar para que recuperase la compostura, estaban llamando demasiado la atención. “Pero, ¿de qué ladrón hablas?, si ni siquiera se lo lleva, y que alguien lo coja son sólo conjeturas, ¿quién en su sano juicio se iba a molestar en despertarse antes que tú para leerlo? Por favor, ¡si te levantas a las cinco en punto y bajas inmediatamente en zapatillas al buzón!”


Ese sábado bajó justo después de que el repartidor lo metiese cuidadosamente. Había llamado en varias ocasiones a la redacción para quejarse, porque el chico lo doblaba más de la cuenta para que entrase entero dentro, así que al final lo esperó de madrugada para enseñarle él mismo cómo quería que lo dejase. Solía abrir el portal entre las 3:00 y las 3:04, el señor E. lo sabía a ciencia cierta porque tiene el sueño ligero y se despierta constantemente, a consecuencia de los ruidos que sobrepasan los decibelios que a su cerebro le resultan insufribles. Ultimamente las tomas del bebé del quinto le impedían volver a conciliar el sueño tras la visita del repartidor hasta la hora de levantarse, y se resignaba esperando pacientemente a que se fuesen dilatando con el paso del tiempo durante la noche, sin comentar nada con los vecinos, por supuesto, ya que era algo inevitable y que sus padres desearían que sucediese con igual ansia que él mismo. 

El señor E. se preparó a conciencia para cazar al ladrón in fraganti. Se vistió de negro de los pies a la cabeza, cubriéndola incluso con un pasamontañas, del mismo modo que haría el criminal que se dedicaba a robarle la prensa, y se sentó en el hueco de las escaleras que quedaba entre los buzones y el ascensor, invisible desde cualquier ángulo por encontrarse allí la puerta de acceso al cuadro de luces. Esperó pacientemente desde las 2:55, contuvo la respiración al sentir abrirse el portal a las 3:03, y siguió en la misma postura hasta las 5:00 en punto, instante exacto en el que, defraudado, se levantó para recoger su  periódico y regresar a su apartamento para meterse en la cama. 

Ni que decir tiene que no está muy claro qué fue lo que más le molestó, no atrapar al ladrón como esperaba, o tener que modificar sus rutinas, ya que se quedó dormido hasta casi las ocho y media, por lo que tuvo que retrasar su paseo matutino de cada sábado antes de salir a hacer la compra semanal. Hecho que no pasó desapercibido para la cajera, quien le preguntó si se encontraba bien, consultando su reloj realmente sorprendida.            

Esa misma noche, mientras cenaba viendo el documental del canal de historia, sonrió complacido por primera vez en toda la semana. Tal vez el ladrón hubiese decidido dejar de robarle el periódico, quizás era más sigiloso de lo que pensaba y, tras encontrarlo allí al acecho sin que se percatase, prefirió no ir más lejos por si la cosa se complicaba, al fin y al cabo él era un profesional del crimen, no un hombre inexperto en esas lides como el señor E. Lo que estaba claro es que ninguno de los dos deseaba implicar a la policía en el caso. Hacen demasiadas preguntas y no resuelven los problemas con la inmediatez y pulcritud deseada. No, mejor que quedase entre ellos. Se dijo limpiándose cuidadosamente los restos de aliño de la ensalada de la comisura de sus labios con una punta de la servilleta, que volvió a dejar perfectamente doblada sobre su bandeja. 

Por eso se fue a la cama satisfecho. Seguramente el ladrón habría decidido robarle el periódico a otra persona menos celosa de sus posesiones, la vecina del portal de al lado también estaba suscrita y era sumamente descuidada, ya la había visto salir con su maltrecho ejemplar agarrado de cualquier manera bajo el brazo, así que sería la víctima perfecta. A ella podría robárselo y dejárselo en el mismo sitio sin molestarse demasiado siquiera en que no se notase que lo había cogido, aquella anciana corta de vista jamás notaría la más nimia diferencia.

  
El lunes nada más abrir el periódico, poniendo especial cuidado en no mancharlo con las migas de sus tostadas, fue como si le cayese un jarro de agua fría. Su maravilloso domingo sin preocupaciones quedó totalmente olvidado al ver las esquinas de sus páginas levemente mancilladas. Aquello tuvo consecuencias, por primera vez en toda su trayectoria profesional se equivocó al darle el cambio a un cliente, algo que no pasó por alto el señor D., y que tampoco tardó demasiado en hacérselo saber al director de la sucursal bancaria, quien intercedió en favor del señor E. quitándole hierro al asunto, y alabando su intachable profesionalidad. Sin embargo para él su error era imperdonable. No permitiría que volviese a suceder y, para evitarlo a toda costa, esa misma noche le pondría remedio. 

En esta ocasión esperó al ladrón pertrechado con un termo de café. Procuró que sus sorbos resultasen imperceptibles incluso para alguien que estuviese sentado a su lado. Volvió a contener la respiración a las 3:04 hasta que el chico salió del portal y, al fin, obtuvo su recompensa, exactamente a las 3:57. No escuchó pasos, como esperaba, sino una respiración acompasada, aunque más rápida de lo normal para un ser humano, lo que le llevó a pensar en algún tipo de bestia, lo suficientemente inteligente y hábil para hacerse con su periódico y devolverlo en perfecto estado. Aquello lo turbó de tal manera que sintió la adrenalina golpear sus sienes, o quizás la cafeína a la que no estaba acostumbrado le aceleró el pulso de modo extraordinario, teniendo en cuenta su flema característica. 

Encendió la luz en el mismo instante en que sintió el leve roce del papel en la boca del buzón, y el termo que asía amenazadoramente en su mano para lanzarle al animal se le cayó de golpe, al ver al bebé en brazos de su progenitora. Ella se asustó en un principio, sonrojándose de inmediato hasta tal extremo que no se distinguía su cara del fucsia de su bata, a juego con los calcetines de andar por casa con los que conseguía bajar las escaleras sin despertar al señor E. La pequeña, que descansaba con su cabecita apoyada sobre su hombro, ni se inmutó lo más mínimo, ajena a la escena que tenía lugar a su alrededor, su estómago estaba lleno y su pañal mudado, por lo que siguió durmiendo incluso cuando su madre la dejó sobre el sofá del apartamento del señor E. para tomarse la taza de té que amablemente le ofreció su vecino.

Por la mañana llegó a trabajar con sus tres minutos de antelación, su sonrisa volvía a ser la de siempre y nadie pareció acordarse de su cambio de actitud de los últimos días. Su jefe lo saludó con su habitual palmada en la espalda al pasar junto a su mesa, dejando patente la nula importancia que le había dado al malentendido de la víspera, que únicamente recordaría su compañero de mesa como una oportunidad fallida para librarse de su mayor contrincante, por experiencia y dedicación, además de simpatía, ya que su actitud vehementemente aduladora no solía agradar a los clientes de toda la vida, quienes preferían de lejos la natural sonrisa afable del señor E.

Sonrisa que permaneció imperturbable tras tener en conocimiento que su vecina padecía de sonambulismo desde que su bebé no la dejaba dormir por culpa del reflujo. A veces simplemente deambulaba por su casa, pero se había dado cuenta de que llevaba poco más de una semana saliendo de ella, cosa que ni siquiera se lo impedía la silla ante la puerta que dejaba su marido cada noche, salvo los fines de semana, claro, que era cuando él se levantaba a alimentar a la pequeña y podía seguir durmiendo a pierna suelta. Y gracias a su cortés vecino descubrió que estaba repitiendo inconscientemente una tarea que le encomendaba su padre de niña, bajar a cogerle la prensa antes de desayunar. Misión que no llegaba a completar, puesto que volvía en sí al notar la aspereza del papel entre sus dedos, y, extrañada, dejaba el periódico que no le pertenecía en el mismo sitio, asustándose acto seguido, tras darse cuenta de que también llevaba a su hija en brazos, por lo que regresaba a su apartamento lo antes y más sigilosamente posible para evitar desvelar a la cría, y al señor E.


                                                                                      by Eva Loureiro Vilarelhe
   

11 comentarios:

  1. Un tipo sumamente maniático, me recordó un poco a Jack Nicholson en "Mejor...imposible". Pero bueno, sólo una persona así se daría cuenta de que otra haya mancillado su periódico tocándolo. En cualquier caso, misterio resuelto...por ahora, quien sabe si el repartidor volverá a hacer de las suyas con los dobleces jaja.

    P.D: Te salieron los párrafos sin separación entre ellos, es mejor distanciarlos para facilitar el ritmo de lectura :) ¡Un saludo!

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  2. Ja, ja, tienes razón en lo de Nicholson, aunque en este caso el señor E. es más joven (lo que agrava su actitud sobremanera). Lo de los párrafos no entiendo a qué se debe, lo había configurado de forma diferente y debió de haber un fallo de edición. Intentaré subsanarlo lo antes posible. ¡Muchas gracias por él comentarios y un saludo ;)!

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  3. ¡Gracias! Yo también conozco alguno que me ha servido de inspiración... ;) ¡Un abrazo!

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  4. Un maniatico con su vida y muy pulcra. Tipos así se vuelven inaguantables. Un abrazo

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  5. +Ziortza Moya Milo, disculpa, pero he borrado por error tu comentario. ¡Vaya día llevo! Esto al señor E. no le pasaría 🙈🙈🙈

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  6. Ja ja no te preocupes, como ya dije en el anterior comentario me ha encantado el relato con esa mezcla de suspense en una situación de la vida que debería de ser una anécdota sin más, y de humor que me ha gustado mucho. Decía que yo también he conocido a personas con este tipo de manías...

    ¡Un abrazo enorme!

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  7. ¡Muchísimas gracias por repetirlo! Ya digo, al señor E. no le pasarían estas cosas... igual acabo escribiendo un relato sobre un patoso sin remedio como yo ;)

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  8. Que bueno!! Suspense y humor en su justa medida. Yo creo que todos tenemos un poquito del Señor E, en mayor o menor medida. Y llevado con humor, puede ser muy divertido. Saludos Eva.

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    1. Coincido contigo, el señor E. es un caso extremo, pero todos tenemos nuestras manías. ¡Un abrazo, María!

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