jueves, 3 de noviembre de 2016

Tirando del hilo


Mi madre era costurera, la recuerdo siempre con una aguja en la mano, daba igual si cosía para casa o para fuera, llevaba el oficio en la sangre y no dejó de hacerlo hasta el final de sus días. Me gustaba estar con ella en el cuarto de coser, como llamábamos a la pequeña habitación en la que tenía su máquina y un maltrecho tresillo, desfondado de tanto uso. A mí se me fue pegando algo después de pasarme las tardes ayudándole, pero no por lo que me enseñó ella ya que no tenía ninguna paciencia para hacer de maestra, al contrario, si algo no me salía a la primera se enfadaba y me trataba como si fuese inútil. 
Fue una vecina que venía a que le echase una mano con sus labores quien me mostró los mejores trucos para enhebrar a la primera, para subir un dobladillo, o bordar mejor que nadie. Eran como el perro y el gato, siempre que estaban juntas discutían todo el rato, pero se echaban de menos si algún acontecimiento extraordinario les impedía verse. A mamá le sacaba de quicio que tuviese tan pocas luces y a la otra que ella tuviese tanto genio, así que yo asistía a las contiendas expectante desde mi rincón próximo al ring, esperando ansiosa que comenzase el espectáculo diario. 
Cuando estábamos a solas el ambiente era mucho más relajado. Como no se fiaba de mí me encomendaba tareas simples, “ve quitándome estos hilvanes”, decía pasándome una prenda, y yo obedecía sin ofenderme por su falta de confianza. Unas veces aprovechaba para desahogarse contándome sus cavilaciones, en un principio un tanto fuera de mi alcance dada mi corta edad, y otras simplemente se sentía a gusto en aquel acogedor entorno acompañada por mi silenciosa presencia. Parecía no cansarse jamás de coser y la observaba maravillada concentrada en lo suyo, en el fondo la entendía perfectamente, a mí me sucede lo mismo escribiendo, me sale de dentro aunque no quiera. Y yo ensimismada tirando del hilo iba construyendo mis propias historias cuando no atendía a las suyas...
Lucía se llevó ambas manos a las sienes por culpa de la jaqueca, sabía que aquello acabaría por convertirse en un verdadero quebradero de cabeza. Leer aquel artículo sobre lo que hay detrás de la ropa que usamos le había abierto los ojos, de eso no cabía la menor duda, pero al mismo tiempo le suponía un contratiempo ahora que necesitaba comprarse algo para la boda de su hermano. Sólo a él se le ocurre casarse en diciembre, pensó furiosa, aunque enseguida se puso a buscar un analgésico en el bolso arrepentida. Lorenzo no tiene la culpa de que tú te creas todo lo que te cuentan, se reprochó y volvió a morderse la lengua. 
¿Cómo iba a negar las evidencias? La moda  low cost nunca fue de su agrado, principalmente porque no le gustaba demasiado que apareciesen agujeros tras un par de lavados en la camiseta que compró a precio de risa, y tenía que reconocer que a veces se preguntaba cómo harían para venderla tan barata, prefería no imaginarse a las mujeres indias o pakistaníes deshaciéndose los ojos y las manos por cuatro perras, sin embargo tras haber visto las fotos de los inmigrantes esclavizados en Turquía ya no había vuelta atrás. Llevaba un par de meses sin comprarse nada, algo que en el fondo no le costaba demasiado porque combinar trapitos nunca fue lo suyo, de hecho le maravillaba que su compañera de al lado refrescase su vestuario cada quince días incorporando nuevos modelitos que la hacían ser el trending topic a la hora del café. Ella en cambio recurría al aquí te pillo aquí te mato cuando necesitaba algo, se pasaba un par de horas en una gran superficie comercial recorriendo los locales de las marcas asequibles y ventilaba el tema lo antes posible. Recurría siempre a los básicos para la oficina y alguna blusa más mona y vaqueros para los fines de semana. 



.Ojalá tuviese una personal shopper de esas, solía lamentarse, con lo cómodo que sería que me dijesen lo que me favorece y lo que no. La única concesión que se veía obligada a hacer era renunciar a los vestidos pese a estar dentro de la media de tallaje, sus anchas caderas y sus muslos redondeados a fuerza de su obstinado sedentarismo no casaban con sus hombros caídos, escasez de  pecho y cintura estrecha, en definitiva, que usaba dos tallas más de pantalón que de partes de arriba. No obstante no podía quejarse, su madre ya no cabía en las prendas disponibles en las cadenas mayoritarias y tenía que recurrir a las de tallas grandes.
Pero claro, ahora que sabía lo que se cocía, entrecerraba los ojos suspicaz revisando etiqueta por etiqueta lo que guardaba en el armario. Desistió de deshacerse de todo lo que pusiese Taiwan, China o Bangladesh, porque era consciente de que el ingente volumen de ropa usada también era un enorme problema para el planeta. Así que se comprometió a desgastarla hasta que ya no sirviese más y no comprar otra para reponerla hasta entonces. Lo de optar por prendas de calidad le parecía bien, ella misma cuidaba con esmero una rebeca de mohair que usaba su madre de joven. 
Lo que le ocurría era que estaba en las mismas que cuando vio el reportaje sobre los alimentos, su economía le impedía permitirse el lujo de comprar todo ecológico y, después de darle muchas vueltas, optó por consumir productos de temporada autóctonos o que proviniesen de lo más cerca posible, además de renunciar al marisco en Navidad y así, gracias a ese sustancial ahorro, a la hora de darse un capricho podría tener algo bio o de comercio justo en la despensa.  Al pensar en la comida se le encendió la bombilla. Claro, cómo no habré caído antes, exclamó para sí y dejó el sándwich junto al tupper de la ensalada para teclear en el ordenador. 
Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había regresado nadie todavía de comer, no es que no pudiese consultar internet en su media hora de descanso, pero al jefe no le hacía gracia que fuese para asuntos personales. Los viernes hacían jornada intensiva parando treinta minutos nada más para almorzar, ella se regocijaba con sus “tardes egocéntricas”, como las denominaba, porque se dedicaba a hacerse la cera, ir a la peluquería o darse un masaje, para estar estupenda las “tardes de amigas” del día siguiente. Como se quedaba en el centro aprovechaba para asistir a algún evento que le interesase, o ir al cine o al teatro. 
El resultado de su búsqueda fue tan revelador que las pestañas abiertas se multiplicaron dejándola cada vez más asombrada. No tenía ni la más remota idea de que existiese tanta maravilla, y para más inri al alcance de la mano. Odiaba comprar online, aparte de parecerle más frío y aséptico que las dependientas de Zara, prefería poder sentir los tejidos en la mano antes de probar, no tenía la piel delicada, de hecho usaba fibras que hasta hacía poco desconocía que podían provocar cáncer, lo que pasa es que le gustaba los que resultasen agradables al tacto, así que ante semejante hallazgo se puso a consultar la linea de metro para no equivocarse, al mismo tiempo que cogió el teléfono para cancelar su cita con el podólogo, todavía podía ponerse sandalias sin ruborizarse y retrasarla hasta poco antes del enlace le ahorraría un dinerillo, que le vendría bien para no superar el presupuesto que tenía estimado para zanjar la cuestión sin tener que tirar de tarjeta de crédito.  


Casi no se reconocía en el espejo, su sonrisa de oreja a oreja no fue lo que más le sorprendió de su aspecto. Elisa estaba arrodillada a su lado apretando varios alfileres entre los labios y le hizo un ademán con la cabeza dándole a entender que también creía que era perfecto para ella. Un precioso vestido azul claro de escote palabra de honor y falda evasé que disimulaba sus anchos, bajo el que asomaba un tul tan rojo como las cerezas de su estampado, sería lo último que se le pasase por la imaginación que le iba a favorecer tanto. Llevaba una torera de un azul más intenso a juego con el cinturón que le recordaba a Grace Kelly en La ventana indiscreta, enorgulleciéndose por una vez de tener semejante cintura de avispa. 
Le encantó nada más verlo en el escaparate, le hizo gracia que estuviese adornado con otoñales hojas secas porque el contraste con una prenda tan alegre se le antojó muy simpático. Se atrevió a entrar en aquella curiosa tienda porque vio a su dueña entretenida cosiendo junto a una amplia ventana de la parte trasera de su taller. En realidad era la zona de pruebas y costura, donde amoldaba las prendas a la fisionomía de sus clientes si era necesario. Como en su caso. Elisa salió a recibirla al sonar la puerta y le habló de la calidad de los tejidos, de su procedencia y de su fabricación con métodos tan artesanales como su confección. El precio no le pareció desorbitado al tratarse en el fondo de prendas casi únicas y la atención personalizada le resultó tan agradable como la calle en la que estaba situada la boutique
Por un momento creyó que había cambiado de ciudad al transitar por aquella zona, los locales comerciales parecían salidos de una película antigua, aunque algunos tuviesen diseños vanguardistas. En general eran pequeños y hasta a veces compartidos, le sorprendió gratamente una librería de segunda mano en cuyo altillo se vendían jabones tradicionales, empaquetados en las páginas sueltas de los ejemplares que resultaban inservibles para su venta.  
Acostumbrada al fast shopping se le escaparon las horas sin darse cuenta y, cuando salió de la tienda de Elisa con varios conjuntos que alegrarían su monótono vestuario de trabajo, de tal manera que la convertirían en el comidilla entre sus compañeras durante semanas, hacía tiempo que había oscurecido. Miró al cielo incrédula antes de sacar el móvil. “Mamá, ¿estás en casa? Pues ahora mismo me paso, que acabo de hacer el descubrimiento del siglo, y ya estás quitándote de la cabeza el horroroso conjunto que pretendes llevar a la boda, que te he encontrado un traje de chaqueta perfecto para ir de madrina.Y rosa chicle, mamá, como a ti te gusta. No, no es discreto, que te conozco, no te preocupes, que te van a mirar tanto como a la novia, pero por una vez por ir bien vestida.” 
Y acabé de enrollar los hilvanes para reutilizarnos en otra ocasión con la misma sonrisa que lucía Lucía.

by Eva Loureiro Vilarelhe

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