jueves, 24 de noviembre de 2016

¡Levántate, mujer!


No está muy segura de cómo empezó todo, ocurrió tan de repente que en pocos meses se vio encontrando su primer trabajo, con nuevo novio, y yéndose a vivir con él sin pensárselo dos veces. “Vas demasiado rápido”, le advirtió su madre y ella la contradijo pletórica. “Es él, mamá, estoy segura.” En su cabeza sólo había espacio para aquel chico, el amor de su vida, el futuro padre de sus hijos, y a la voz de la experiencia no le quedó más remedio que callarse al verla tan feliz. Lo celebró por todo lo alto con sus amigas y en buena medida acabó por ser una especie de despedida, cuando quiso reaccionar en su móvil no había ni rastro de ellas. Cansadas de excusas y mentiras, ni se molestaban en enviarle mensajes. Únicamente los recibía de un solo número, no para repetirle lo que la echaba de menos como al principio, sino para agobiarla preguntándole dónde estaba, qué hacía y, lo más importante, con quién. 
Ni siquiera se reconocía en el espejo. Sin maquillar y con el aspecto deprimente que le proporcionaba su ropa. Todo por pasar desapercibida, para evitar que le dijese algo desagradable al verla vestida. El primer insulto la sorprendió porque en su casa no se estilaba semejante trato, aunque lo disculpó de inmediato, día duro, lógico que lo pagase con alguien. Así que fue acostumbrándose paulatinamente a sus comentarios despectivos, y ya no hubo vuelta atrás. Dejó de ser su princesa en cuanto se familiarizaron con el apartamento alquilado cerca de los padres de él, aprovechaban la proximidad para comer con ellos a menudo, y ella solía ir sola a visitar a los suyos. 
“¿Seguro que te encuentras bien?”, le preguntó mirándola de soslayo mientras fregaba los platos. “Sí, mamá”, mintió esbozando una sonrisa forzada, “es que ando preocupada por si me afecta el ERE.”  Su respuesta no la convenció e intentó sonsacarle algo más, su padre entró en la cocina en ese momento desperezándose de la siesta y la interrumpió de inmediato. “Déjala, Mari. Si al final te despiden, pediré otra vez prestada la furgoneta para ir a buscar tus cosas y listo. A nosotros no hace falta que nos expliques nada, sabes que estamos aquí para lo que necesites, y tu cuarto seguirá siempre en el mismo sitio.” 
En cuanto perdió su empleo no encontró el apoyo que esperaba. “Normal que te echen, si sólo se quedan con los que valen.” Y en su mirada de desprecio no reconoció al joven del que se había enamorado, fue entonces cuando se dio cuenta de que pasaría a ser su Cenicienta. Sucesivas noches sin dormir pensando en qué hacer de su vida, días permanentemente ocupada con las tareas domésticas, consultando a escondidas InfoJobs, temerosa de que la descubriese. “¡Dónde vas a estar mejor que aquí, si te trato como a una reina!”, exclamaba enfurecido si pretendía ir a dejar algún currículum, le impedía el paso en el acto y su aliento le dejaba en la boca el mismo sabor amargo de la cerveza, sabiendo de sobras lo que vendría a continuación. 
Consciente de los comentarios de los vecinos por el volumen de sus discusiones, procuraba que no la viesen ni cuando salía a la compra. Se sentía atrapada en un profundo pozo de oscuridad y desconcierto, cada vez que se convencía a sí misma de que debía escapar de allí, los “te lo advertí” y “te lo dije” que resonaban en su mente le impedían intentar trepar por sus resbaladizas paredes. Ya no era su aspecto el que dejaba patente su situación, de tan desmejorada físicamente que estaba, no iba ni a ver a sus padres, inventando pretextos descabellados cuando le permitía ponerse al teléfono. El cansancio y la depresión la llevaron a descuidar sus supuestas obligaciones, ocasionando con ello mayor número de altercados.
Las lentejas se le pegaron un día en que los párpados se le cerraban incluso pelando las cebollas. “¡Maldita sea! ¿Qué bazofia es ésta?”, le gritó sacándola de inmediato de su letargo. “No creo que sea para tanto”, murmuró cabizbaja. “¿Cómo te atreves a llevarme la contraria?”, su indignación provocó que subiese el tono todavía más y, del golpe que dio con el puño en la mesa, volcó el plato. Lo miró aterrada e intentó explicarse: “Yo... no...” Descargó su ira con ella en esa ocasión y le cruzó la cara, dándole tal bofetón que la tiró de la silla. En ese momento despertó. 
El dolor era tan agudo e intenso que creyó que iba a reventarle el ojo, se llevó la mano a la mejilla latiendo inflamada, al ver la sangre en su palma se quedó unos instantes mirándola incrédula, y al notarla en la lengua le entraron ganas de vomitar. “¡Levántate, mujer!”, la increpó todavía furioso. Ella alzó la vista y su rostro desencajado ya no la intimidó, sin embargo, obedeció. Se incorporó lentamente del suelo como si sus músculos llevasen demasiado tiempo entumecidos por la inactividad, se limpió el labio con la servilleta sin inmutarse al manchar el mantel y continuó dejando un rastro de gotas a su paso, dirigiéndose hacia la entrada sin mirar atrás. Se marchó tal cual estaba, con el mandil puesto y en zapatillas, pero al escuchar cerrarse la puerta supo que, por fin, era libre. Creyó oírlo llamarla desgañitándose por el hueco de las escaleras, aunque no está muy segura, porque ella ya estaba a años luz de distancia.

by Eva Loureiro Vilarelhe
     

2 comentarios:

  1. He llegado a tu blog desde el de José Carlos García y me he parado en este relato. Tratas un tema muy de actualidad como es el de los malos tratos no sólo físicos, sino también psicológicos. El relato empieza como una típica historia de amor para ir creciendo en velocidad y mostrarnos con mayor intensidad a medida que avanza el lado oscuro de la relación, anulando por completo a una de las dos partes. Bien por ese final en el que ella decide romper con todo y liberarse al fin.
    Un saludo de otro gallego.

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  2. Graciñas! ;) Es estupendo conocer gente interesante a través de otros. Un placer y agradezco el comentario.

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