jueves, 10 de noviembre de 2016

Cuando el cielo retumba


Hay días en los que inevitablemente se me viene a la cabeza el pánico de Astérix y Obélix a que se les caiga el cielo encima, y lo hago siempre con una sonrisa en los labios. La semana pasada sin ir más lejos, en Ferrol sufrimos una memorable tarde de truenos y relámpagos, con algún rayo que seguro dio más de un susto. Yo lo cierto es que no soy muy medrosa, ni de niña lo fui, y de hecho le perdí el miedo a las tormentas muy pronto. Quizás es que en realidad nunca lo tuve, no sé explicar muy bien porqué, pero creo que si alguna vez me veo en la situación de enfrentar una catástrofe natural más severa, se me dilatarán las pupilas por la fascinación que me produce el poderío de la madre Naturaleza. Después saldré corriendo despavorida como cualquier hijo de vecino, por supuesto, ahora bien, no sin antes recrearme la vista ante la explosión de lava o el tsunami de turno que acabe con mi vida, porque tal y como tratamos el planeta es lo que nos merecemos. 
Mucho menos radicales suelen ser los aguaceros, aunque no menos inquietantes para según qué caracteres. A los niños parecen asustarlos especialmente, y como desde que soy madre me ocupo de calmar a los míos en este tipo de situaciones, cuando me toca de acoger a mis polluelos bajo el ala mientras la atmósfera descarga su furia sobre nosotros, recuerdo el día en que dejé de tener miedo. En realidad en mi memoria quedaron grabadas apenas unas cuantas imágenes, porque era tan pequeña que no soy capaz de reconstruir toda la jornada, sin embargo jamás olvidaré algunos detalles que cristalizaron en mi cerebro de tal forma que pude repetirlos en mi mente hasta hoy.  
Mamá y yo fuimos solas en autobús a A Coruña. Eran tiempos sin una A9 como la conocemos actualmente, ni mucho menos segundo puente sobre As Pías. Aquello fue más bien un peregrinaje en toda regla en el que llamamos coche de linea, que paraba en cada municipio o parroquia por los sesenta kilómetros que la separan de Ferrol, así que quien conozca Galiza se podrá hacer una idea de la cantidad de ocasiones en que frenamos y arrancamos durante el trayecto. Y si a eso le sumamos la efímera paciencia infantil, pues la mía ya iba por la enésima historia inventada para entretenerme de paso que miraba por la ventanilla, que es a lo que me dedicaba habitualmente en una época en la que los DVDs portátiles o las Tablets tampoco existían (a eso tendría que agradecer mi tendencia a la ensoñación, que tan bien me viene a la hora de escribir, o puede ser que lo mío sea defecto de fábrica, porque nunca me llamaron mucho la atención las maquinitas que empezaron a popularizarse poco después). 
Llevaba puesto un precioso vestido blanco y amarillo que  me había confeccionado mi madre con todo su amor, y yo odiaba a muerte, principalmente porque me obligaba a ponerlo con unas incómodas bailarinas amarillas a juego, que me hacían echar de menos la confortabilidad de mis Paredes de diario. Por mi atuendo deduzco que era verano, como mucho principios de septiembre (entonces ni habíamos descubierto el agujero de la capa de ozono, como para cuanto más imaginarnos que el cambio climático nos haría vivir octubres como el que acabamos de terminar), ya que por las nubes que encapotaban el cielo difícilmente podría llegar a semejante conclusión, puesto que parecía que un pintor quisiese dejar en evidencia que su paleta de grises no era nada de desmerecer.  


Llegamos casi a mediodía y nos bajamos en un yermo de asfalto de una zona residencial, con aspecto fantasmagórico por la hora que era de un día laboral. Mi madre se dirigió a la primera cabina telefónica que encontró (una de esas que apenas se conservan en museos por culpa de los móviles, de puertas de aluminio y ventanas de cristal, idéntica a aquella en la que José Luis López Vázquez estuvo encerrado durante toda la película), supongo que para avisar de que habíamos desembarcado sanas y salvas. Yo la esperé fuera jugando a la rayuela con las marcas de las losas de la acera y nada más alejarnos unos pasos de allí comenzó el ruido ensordecedor. No sé si será efecto de la exageración infantil, aunque después sé que lo corroboraron varias personas mayores, pero no había escuchado tronar tan seguido ni tan insistentemente en mi corta existencia. Cuando los relámpagos me cegaron ya se nos vino encima el diluvio universal. 
A veces me da por preguntarme porqué no se le ocurrió que nos metiésemos en la cabina, lo que pasa es que era tan cría, que igual estábamos más lejos de lo que me parece ahora, así que mamá me cogió de la mano para salir corriendo hacia los soportales de los edificios más próximos, atravesando apresuradamente la carretera, totalmente anegada por la que estaba cayendo. Bajamos una cuesta lo más rápido que pudimos y más bien parecía que estábamos bordeando un río. Yo miraba al firmamento incrédula, intentando ver no sé muy bien qué, puesto que las enormes gotas y la intensidad del viento me impedían abrir los ojos, a no ser que los cubriese con mi mano libre.
Al alcanzar nuestro improvisado refugio la desolación de mi madre se reflejaba en su mirada, y por primera vez fui consciente de lo que significaba, al igual que el desamparo, o la impotencia. Hoy las etiqueto con palabras, entonces no eran sino sensaciones que me trastocaron lo más sagrado para un niño, la seguridad y confianza que transmite un adulto. Ella nunca fue de vocalizar sus afectos, yo me aferraba a su mano y la miraba suplicando una frase reveladora, de explicación y al mismo tiempo de resolución para aquel inesperado desastre. Lo único que hizo fue no soltarme ni un momento, ni siquiera para sacar del bolso un diminuto pañuelo de tela con el que intentó en vano secarme la cara. Bajé la vista convencida de la inutilidad de su acción, chorreando como estaba todo mi ser, y al hacerlo reparé en mis princesitas, me dio la impresión de que de un momento a otro iban a salir saltando un par de ranas, croando entusiasmadas de la improvisada charca. 


De repente intuimos algo que nos hizo girarnos por instinto hacia los bajos de enfrente. A través de la cortina de agua un hombre se afanaba por hacernos señas y que su voz se entendiese por encima de los truenos. No recuerdo su rostro, apenas su uniforme de camarero, de los de antes, pantalón negro e impoluta camisa blanca, y la amabilidad de su sonrisa. Casi tan cálida como la cafetería desierta al recibirnos. Ni lo miré, tímida, al agradecerle el vaso de leche caliente que me dejó en la mesa. A mamá tampoco se le daban bien aquellas situaciones, incómoda por deberle a un desconocido semejante favor. No le permitió pagarle las consumiciones y le dejó usar el teléfono para dar fe de que seguíamos vivas. Qué menos iba a hacer, por favor, no es ninguna molestia, usted haría lo mismo en mi caso, le escuché repetir. Nadie podría prever que se pusiese a llover de tal manera, y tampoco creo que hubiese servido de mucho, le decía atendiendo a las lamentaciones de mi madre por no habérsele ocurrido traer ni un triste paraguas. 
He olvidado todo lo que pasó a continuación y tampoco me importa demasiado, tengo la certeza de que aquel fue el momento en que comencé a entender la complejidad de la vida, además de a enorgullecerme de que mi madre fuese como era, frágil y con defectos como todo humano que se precie de serlo, y una roca inexpugnable para sus hijos, como pretendo serlo yo para los míos. Por ese mismo motivo, cuando el cielo retumba, procuro que se sientan como me sentí aquel día. Protegida por una simple mano que, a pesar de que no me libraría de nada de lo que me pudiese ocurrir, me ayudó a sentirme protegida y tranquila ante lo fuese a suceder. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

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