jueves, 24 de noviembre de 2016

¡Levántate, mujer!


No está muy segura de cómo empezó todo, ocurrió tan de repente que en pocos meses se vio encontrando su primer trabajo, con nuevo novio, y yéndose a vivir con él sin pensárselo dos veces. “Vas demasiado rápido”, le advirtió su madre y ella la contradijo pletórica. “Es él, mamá, estoy segura.” En su cabeza sólo había espacio para aquel chico, el amor de su vida, el futuro padre de sus hijos, y a la voz de la experiencia no le quedó más remedio que callarse al verla tan feliz. Lo celebró por todo lo alto con sus amigas y en buena medida acabó por ser una especie de despedida, cuando quiso reaccionar en su móvil no había ni rastro de ellas. Cansadas de excusas y mentiras, ni se molestaban en enviarle mensajes. Únicamente los recibía de un solo número, no para repetirle lo que la echaba de menos como al principio, sino para agobiarla preguntándole dónde estaba, qué hacía y, lo más importante, con quién. 
Ni siquiera se reconocía en el espejo. Sin maquillar y con el aspecto deprimente que le proporcionaba su ropa. Todo por pasar desapercibida, para evitar que le dijese algo desagradable al verla vestida. El primer insulto la sorprendió porque en su casa no se estilaba semejante trato, aunque lo disculpó de inmediato, día duro, lógico que lo pagase con alguien. Así que fue acostumbrándose paulatinamente a sus comentarios despectivos, y ya no hubo vuelta atrás. Dejó de ser su princesa en cuanto se familiarizaron con el apartamento alquilado cerca de los padres de él, aprovechaban la proximidad para comer con ellos a menudo, y ella solía ir sola a visitar a los suyos. 
“¿Seguro que te encuentras bien?”, le preguntó mirándola de soslayo mientras fregaba los platos. “Sí, mamá”, mintió esbozando una sonrisa forzada, “es que ando preocupada por si me afecta el ERE.”  Su respuesta no la convenció e intentó sonsacarle algo más, su padre entró en la cocina en ese momento desperezándose de la siesta y la interrumpió de inmediato. “Déjala, Mari. Si al final te despiden, pediré otra vez prestada la furgoneta para ir a buscar tus cosas y listo. A nosotros no hace falta que nos expliques nada, sabes que estamos aquí para lo que necesites, y tu cuarto seguirá siempre en el mismo sitio.” 
En cuanto perdió su empleo no encontró el apoyo que esperaba. “Normal que te echen, si sólo se quedan con los que valen.” Y en su mirada de desprecio no reconoció al joven del que se había enamorado, fue entonces cuando se dio cuenta de que pasaría a ser su Cenicienta. Sucesivas noches sin dormir pensando en qué hacer de su vida, días permanentemente ocupada con las tareas domésticas, consultando a escondidas InfoJobs, temerosa de que la descubriese. “¡Dónde vas a estar mejor que aquí, si te trato como a una reina!”, exclamaba enfurecido si pretendía ir a dejar algún currículum, le impedía el paso en el acto y su aliento le dejaba en la boca el mismo sabor amargo de la cerveza, sabiendo de sobras lo que vendría a continuación. 
Consciente de los comentarios de los vecinos por el volumen de sus discusiones, procuraba que no la viesen ni cuando salía a la compra. Se sentía atrapada en un profundo pozo de oscuridad y desconcierto, cada vez que se convencía a sí misma de que debía escapar de allí, los “te lo advertí” y “te lo dije” que resonaban en su mente le impedían intentar trepar por sus resbaladizas paredes. Ya no era su aspecto el que dejaba patente su situación, de tan desmejorada físicamente que estaba, no iba ni a ver a sus padres, inventando pretextos descabellados cuando le permitía ponerse al teléfono. El cansancio y la depresión la llevaron a descuidar sus supuestas obligaciones, ocasionando con ello mayor número de altercados.
Las lentejas se le pegaron un día en que los párpados se le cerraban incluso pelando las cebollas. “¡Maldita sea! ¿Qué bazofia es ésta?”, le gritó sacándola de inmediato de su letargo. “No creo que sea para tanto”, murmuró cabizbaja. “¿Cómo te atreves a llevarme la contraria?”, su indignación provocó que subiese el tono todavía más y, del golpe que dio con el puño en la mesa, volcó el plato. Lo miró aterrada e intentó explicarse: “Yo... no...” Descargó su ira con ella en esa ocasión y le cruzó la cara, dándole tal bofetón que la tiró de la silla. En ese momento despertó. 
El dolor era tan agudo e intenso que creyó que iba a reventarle el ojo, se llevó la mano a la mejilla latiendo inflamada, al ver la sangre en su palma se quedó unos instantes mirándola incrédula, y al notarla en la lengua le entraron ganas de vomitar. “¡Levántate, mujer!”, la increpó todavía furioso. Ella alzó la vista y su rostro desencajado ya no la intimidó, sin embargo, obedeció. Se incorporó lentamente del suelo como si sus músculos llevasen demasiado tiempo entumecidos por la inactividad, se limpió el labio con la servilleta sin inmutarse al manchar el mantel y continuó dejando un rastro de gotas a su paso, dirigiéndose hacia la entrada sin mirar atrás. Se marchó tal cual estaba, con el mandil puesto y en zapatillas, pero al escuchar cerrarse la puerta supo que, por fin, era libre. Creyó oírlo llamarla desgañitándose por el hueco de las escaleras, aunque no está muy segura, porque ella ya estaba a años luz de distancia.

by Eva Loureiro Vilarelhe
     

jueves, 17 de noviembre de 2016

Con Z de Zweig


El nuevo programa de Mercedes Milà que se estrenó el domingo pasado supone un soplo de aire fresco en el universo literario. Por desgracia ya no le extraña a nadie que se cierren librerías en los últimos tiempos, ahora bien, que alguien se sorprenda de que la conocida periodista se interese por libros me parece cuando menos irrisorio, siendo como es una de las responsables de que +Bernat continúe abierta a día de hoy, es decir, por ser socia de una cooperativa que se fundó con el afán de evitar que dicha emblemática librería de Barcelona echase el cierre. Resultaría demasiado largo enumerar aquí los diversos factores que han llevado a que desaparezcan puntos de difusión cultural como son en efecto las librerías, pero lo que sí me parece necesario decir es que los ciudadanos de a pie también podemos aportar nuestro pequeño granito de arena para evitarlo, simplemente comprando en esas tiendas que nos han hecho soñar toda la vida al detenernos un instante ante el arsenal de portadas de sus escaparates.
Convénzeme tiene un formato atractivo, dinámico y atrayente para el público más joven, al mismo tiempo que para todos aquellos adictos a la lectura. Reconozco que no me enganchan los espectáculos como Gran Hermano, de hecho dejé de interesarme por la periodista durante su andadura televisiva en esas lides, sin juzgarla, por supuesto, dado que no está en mi talante, y no me sorprendió en absoluto que volviese a la carga con otro reality, esta vez bibliófilo, conociendo su trayectoria anterior a la revolución mediática que supuso en su carrera profesional presentar GH. Recuerdo asistir a sus magníficas entrevistas de pequeña junto a mi padre, quien admiraba la pasión y el interés que demostraba una entonces joven Milà, hambrienta por conocer la historia más personal y humana que se escondía tras los personajes públicos que se veían arrastrados (e incluso a veces arrasados) por sus inteligentes interrogatorios. 
En el fondo sigue siendo la misma chica que adora escudriñar en las entrañas de los demás para sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Ahora, con una imagen acorde a su público juvenil, intenta atraparnos con un innovador formato adaptado a los tiempos que corren, de inmediatez del teléfono móvil con el que graban las secuencias que se emiten en antena. En un canal también nuevo, con el que Mediaset deja ver su lado más irreverente, y hasta cierto punto experimental, el programa me seduce desde el subtítulo, ya que comparto con Milà la predilección por el escritor austríaco Stefan Zweig, además de por sus ganas de hacer ver que no hay nada mejor que un libro para vivir experiencias inolvidables. A día de hoy continúa siendo el modo más barato, asequible y sencillo que existe de viajar, conocer gente y hasta de entenderse a uno mismo. 


El trasunto del programa es sencillo. Cada persona tiene la potestad de criticar un par de libros y, según su criterio, darle una zeta roja al que considera que no merece la pena leer, y una zeta verde al que es digno de encomio. Milà quiere que su interlocutor la convenza de la bondad o maldad de las obras escogidas, haciendo acopio de sus vivencias o sensaciones tras su respectiva lectura para lograrlo. A fin de incrementar el interés en la audiencia se recurre a caras conocidas, que hablan sin tapujos de sus preferencias, como hizo en este estreno Sor Lucía Caram con su especial simpatía. Del mismo modo que a historias más íntimas, con un punto de drama o de ternura, que hace más atractivo al espectador el personaje desconocido hasta el momento que intenta convencer a la periodista. Como fueron las intervenciones de una chica enferma crónica que no se deja vencer por su larga convalecencia, un joven escritor en busca del sentido de la vida, una emprendedora que necesita organizar su casa además de su negocio, y por último la más emotiva, la de Vero, quien relató cómo un libro de autoayuda no le sirvió para superar la crisis personal que sufrió tras conocer la homosexualidad de su hermana pequeña, y sí lo hizo una obra literaria que le dio a leer su propia hermana. Para completar el pastel, la guinda la ponen los “videoselfies” que envían un par de lectoras para intentar convencer a Milà, y otro de un librero desde su establecimiento.   
Digamos que los cinco minutos de gloria son bien aprovechados por los que tienen ocasión de exponer sus opiniones cara a cara con la entrevistadora, quien no calla su parecer, demostrando abiertamente su empatía con la historia que se nos ofrece, mediante la expresividad que la caracteriza y a la que nos tiene acostumbrados en sus apariciones televisivas. En esta peculiar première, que contó con fiesta inaugural en la librería +Bernat tras su emisión (grabada asimismo con móviles de última generación), con sus principales protagonistas en el lugar donde se realizan las entrevistas, también pudieron dar su opinión frente a la cámara diferentes asistentes anónimos, para afianzar la sensación de buen rollo e incrementar la autopromoción de un espacio que intenta hacerse un hueco entre la audiencia de la tarde-noche dominical, y más allá, puesto que puede verse online a posteriori.


Gustos a parte, hay que reconocerle el mérito que tiene lanzarse a la piscina, porque eso es en definitiva lo que han hecho desde la producción del programa al decantarse por un proyecto supuestamente minoritario como es el del sector del libro. Que a decir verdad no creo que lo sea tanto, a juzgar por la cantidad de personas que se interesan en las redes sociales por el tema, bien como usuarios (léase lectores), bien como cada vez más numerosos productores (léase escritores), por no hablar del inmediato incremento de ventas que ocasionarán en las obras mencionadas, incluyendo también las despreciadas (ya saben aquello de que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal). Mercedes Milà es la cara visible y, como no podría ser de otra manera, interviene con su desparpajo habitual en las conversaciones, robando incluso protagonismo al entrevistado de turno, dejando patente que no sólo es el buque insignia del programa, sino también el principal adalid de una causa perdida como es la animación a la lectura, que ella pretende revertir liderando iniciativas como ésta.
Personalmente celebro que Convénzeme actualice como lo hace la concepción que se tiene en general sobre los programas de carácter literario, ya que adjetivos como serio o aburrido no encajan en absoluto con este nuevo formato. Así que en este sentido le deseo toda la suerte del mundo, espero que al estar en una franja horaria y en el canal en el que se emite no caiga víctima de la tiranía del share. Y asimismo desearía que Mercedes Milà cumpla su palabra de permitir expresarse tan libremente como ella lo hace a sus otros protagonistas, independientemente de los intereses editoriales o de los cánones académicos e institucionales que haya detrás. Está claro que siempre hay un filtro previo y que al fin y al cabo se trata de un reality cuya máxima prioridad, igual que en todos, es epatar al espectador, no obstante, por el momento, tengo que admitir que me ha convenzido. Con Z de Zweig. 

by Eva Loureiro Vilarelhe   




jueves, 10 de noviembre de 2016

Cuando el cielo retumba


Hay días en los que inevitablemente se me viene a la cabeza el pánico de Astérix y Obélix a que se les caiga el cielo encima, y lo hago siempre con una sonrisa en los labios. La semana pasada sin ir más lejos, en Ferrol sufrimos una memorable tarde de truenos y relámpagos, con algún rayo que seguro dio más de un susto. Yo lo cierto es que no soy muy medrosa, ni de niña lo fui, y de hecho le perdí el miedo a las tormentas muy pronto. Quizás es que en realidad nunca lo tuve, no sé explicar muy bien porqué, pero creo que si alguna vez me veo en la situación de enfrentar una catástrofe natural más severa, se me dilatarán las pupilas por la fascinación que me produce el poderío de la madre Naturaleza. Después saldré corriendo despavorida como cualquier hijo de vecino, por supuesto, ahora bien, no sin antes recrearme la vista ante la explosión de lava o el tsunami de turno que acabe con mi vida, porque tal y como tratamos el planeta es lo que nos merecemos. 
Mucho menos radicales suelen ser los aguaceros, aunque no menos inquietantes para según qué caracteres. A los niños parecen asustarlos especialmente, y como desde que soy madre me ocupo de calmar a los míos en este tipo de situaciones, cuando me toca de acoger a mis polluelos bajo el ala mientras la atmósfera descarga su furia sobre nosotros, recuerdo el día en que dejé de tener miedo. En realidad en mi memoria quedaron grabadas apenas unas cuantas imágenes, porque era tan pequeña que no soy capaz de reconstruir toda la jornada, sin embargo jamás olvidaré algunos detalles que cristalizaron en mi cerebro de tal forma que pude repetirlos en mi mente hasta hoy.  
Mamá y yo fuimos solas en autobús a A Coruña. Eran tiempos sin una A9 como la conocemos actualmente, ni mucho menos segundo puente sobre As Pías. Aquello fue más bien un peregrinaje en toda regla en el que llamamos coche de linea, que paraba en cada municipio o parroquia por los sesenta kilómetros que la separan de Ferrol, así que quien conozca Galiza se podrá hacer una idea de la cantidad de ocasiones en que frenamos y arrancamos durante el trayecto. Y si a eso le sumamos la efímera paciencia infantil, pues la mía ya iba por la enésima historia inventada para entretenerme de paso que miraba por la ventanilla, que es a lo que me dedicaba habitualmente en una época en la que los DVDs portátiles o las Tablets tampoco existían (a eso tendría que agradecer mi tendencia a la ensoñación, que tan bien me viene a la hora de escribir, o puede ser que lo mío sea defecto de fábrica, porque nunca me llamaron mucho la atención las maquinitas que empezaron a popularizarse poco después). 
Llevaba puesto un precioso vestido blanco y amarillo que  me había confeccionado mi madre con todo su amor, y yo odiaba a muerte, principalmente porque me obligaba a ponerlo con unas incómodas bailarinas amarillas a juego, que me hacían echar de menos la confortabilidad de mis Paredes de diario. Por mi atuendo deduzco que era verano, como mucho principios de septiembre (entonces ni habíamos descubierto el agujero de la capa de ozono, como para cuanto más imaginarnos que el cambio climático nos haría vivir octubres como el que acabamos de terminar), ya que por las nubes que encapotaban el cielo difícilmente podría llegar a semejante conclusión, puesto que parecía que un pintor quisiese dejar en evidencia que su paleta de grises no era nada de desmerecer.  


Llegamos casi a mediodía y nos bajamos en un yermo de asfalto de una zona residencial, con aspecto fantasmagórico por la hora que era de un día laboral. Mi madre se dirigió a la primera cabina telefónica que encontró (una de esas que apenas se conservan en museos por culpa de los móviles, de puertas de aluminio y ventanas de cristal, idéntica a aquella en la que José Luis López Vázquez estuvo encerrado durante toda la película), supongo que para avisar de que habíamos desembarcado sanas y salvas. Yo la esperé fuera jugando a la rayuela con las marcas de las losas de la acera y nada más alejarnos unos pasos de allí comenzó el ruido ensordecedor. No sé si será efecto de la exageración infantil, aunque después sé que lo corroboraron varias personas mayores, pero no había escuchado tronar tan seguido ni tan insistentemente en mi corta existencia. Cuando los relámpagos me cegaron ya se nos vino encima el diluvio universal. 
A veces me da por preguntarme porqué no se le ocurrió que nos metiésemos en la cabina, lo que pasa es que era tan cría, que igual estábamos más lejos de lo que me parece ahora, así que mamá me cogió de la mano para salir corriendo hacia los soportales de los edificios más próximos, atravesando apresuradamente la carretera, totalmente anegada por la que estaba cayendo. Bajamos una cuesta lo más rápido que pudimos y más bien parecía que estábamos bordeando un río. Yo miraba al firmamento incrédula, intentando ver no sé muy bien qué, puesto que las enormes gotas y la intensidad del viento me impedían abrir los ojos, a no ser que los cubriese con mi mano libre.
Al alcanzar nuestro improvisado refugio la desolación de mi madre se reflejaba en su mirada, y por primera vez fui consciente de lo que significaba, al igual que el desamparo, o la impotencia. Hoy las etiqueto con palabras, entonces no eran sino sensaciones que me trastocaron lo más sagrado para un niño, la seguridad y confianza que transmite un adulto. Ella nunca fue de vocalizar sus afectos, yo me aferraba a su mano y la miraba suplicando una frase reveladora, de explicación y al mismo tiempo de resolución para aquel inesperado desastre. Lo único que hizo fue no soltarme ni un momento, ni siquiera para sacar del bolso un diminuto pañuelo de tela con el que intentó en vano secarme la cara. Bajé la vista convencida de la inutilidad de su acción, chorreando como estaba todo mi ser, y al hacerlo reparé en mis princesitas, me dio la impresión de que de un momento a otro iban a salir saltando un par de ranas, croando entusiasmadas de la improvisada charca. 


De repente intuimos algo que nos hizo girarnos por instinto hacia los bajos de enfrente. A través de la cortina de agua un hombre se afanaba por hacernos señas y que su voz se entendiese por encima de los truenos. No recuerdo su rostro, apenas su uniforme de camarero, de los de antes, pantalón negro e impoluta camisa blanca, y la amabilidad de su sonrisa. Casi tan cálida como la cafetería desierta al recibirnos. Ni lo miré, tímida, al agradecerle el vaso de leche caliente que me dejó en la mesa. A mamá tampoco se le daban bien aquellas situaciones, incómoda por deberle a un desconocido semejante favor. No le permitió pagarle las consumiciones y le dejó usar el teléfono para dar fe de que seguíamos vivas. Qué menos iba a hacer, por favor, no es ninguna molestia, usted haría lo mismo en mi caso, le escuché repetir. Nadie podría prever que se pusiese a llover de tal manera, y tampoco creo que hubiese servido de mucho, le decía atendiendo a las lamentaciones de mi madre por no habérsele ocurrido traer ni un triste paraguas. 
He olvidado todo lo que pasó a continuación y tampoco me importa demasiado, tengo la certeza de que aquel fue el momento en que comencé a entender la complejidad de la vida, además de a enorgullecerme de que mi madre fuese como era, frágil y con defectos como todo humano que se precie de serlo, y una roca inexpugnable para sus hijos, como pretendo serlo yo para los míos. Por ese mismo motivo, cuando el cielo retumba, procuro que se sientan como me sentí aquel día. Protegida por una simple mano que, a pesar de que no me libraría de nada de lo que me pudiese ocurrir, me ayudó a sentirme protegida y tranquila ante lo fuese a suceder. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 3 de noviembre de 2016

Tirando del hilo


Mi madre era costurera, la recuerdo siempre con una aguja en la mano, daba igual si cosía para casa o para fuera, llevaba el oficio en la sangre y no dejó de hacerlo hasta el final de sus días. Me gustaba estar con ella en el cuarto de coser, como llamábamos a la pequeña habitación en la que tenía su máquina y un maltrecho tresillo, desfondado de tanto uso. A mí se me fue pegando algo después de pasarme las tardes ayudándole, pero no por lo que me enseñó ella ya que no tenía ninguna paciencia para hacer de maestra, al contrario, si algo no me salía a la primera se enfadaba y me trataba como si fuese inútil. 
Fue una vecina que venía a que le echase una mano con sus labores quien me mostró los mejores trucos para enhebrar a la primera, para subir un dobladillo, o bordar mejor que nadie. Eran como el perro y el gato, siempre que estaban juntas discutían todo el rato, pero se echaban de menos si algún acontecimiento extraordinario les impedía verse. A mamá le sacaba de quicio que tuviese tan pocas luces y a la otra que ella tuviese tanto genio, así que yo asistía a las contiendas expectante desde mi rincón próximo al ring, esperando ansiosa que comenzase el espectáculo diario. 
Cuando estábamos a solas el ambiente era mucho más relajado. Como no se fiaba de mí me encomendaba tareas simples, “ve quitándome estos hilvanes”, decía pasándome una prenda, y yo obedecía sin ofenderme por su falta de confianza. Unas veces aprovechaba para desahogarse contándome sus cavilaciones, en un principio un tanto fuera de mi alcance dada mi corta edad, y otras simplemente se sentía a gusto en aquel acogedor entorno acompañada por mi silenciosa presencia. Parecía no cansarse jamás de coser y la observaba maravillada concentrada en lo suyo, en el fondo la entendía perfectamente, a mí me sucede lo mismo escribiendo, me sale de dentro aunque no quiera. Y yo ensimismada tirando del hilo iba construyendo mis propias historias cuando no atendía a las suyas...
Lucía se llevó ambas manos a las sienes por culpa de la jaqueca, sabía que aquello acabaría por convertirse en un verdadero quebradero de cabeza. Leer aquel artículo sobre lo que hay detrás de la ropa que usamos le había abierto los ojos, de eso no cabía la menor duda, pero al mismo tiempo le suponía un contratiempo ahora que necesitaba comprarse algo para la boda de su hermano. Sólo a él se le ocurre casarse en diciembre, pensó furiosa, aunque enseguida se puso a buscar un analgésico en el bolso arrepentida. Lorenzo no tiene la culpa de que tú te creas todo lo que te cuentan, se reprochó y volvió a morderse la lengua. 
¿Cómo iba a negar las evidencias? La moda  low cost nunca fue de su agrado, principalmente porque no le gustaba demasiado que apareciesen agujeros tras un par de lavados en la camiseta que compró a precio de risa, y tenía que reconocer que a veces se preguntaba cómo harían para venderla tan barata, prefería no imaginarse a las mujeres indias o pakistaníes deshaciéndose los ojos y las manos por cuatro perras, sin embargo tras haber visto las fotos de los inmigrantes esclavizados en Turquía ya no había vuelta atrás. Llevaba un par de meses sin comprarse nada, algo que en el fondo no le costaba demasiado porque combinar trapitos nunca fue lo suyo, de hecho le maravillaba que su compañera de al lado refrescase su vestuario cada quince días incorporando nuevos modelitos que la hacían ser el trending topic a la hora del café. Ella en cambio recurría al aquí te pillo aquí te mato cuando necesitaba algo, se pasaba un par de horas en una gran superficie comercial recorriendo los locales de las marcas asequibles y ventilaba el tema lo antes posible. Recurría siempre a los básicos para la oficina y alguna blusa más mona y vaqueros para los fines de semana. 



Ojalá tuviera una personal shopper de esas, solía lamentarse, con lo cómodo que sería que me dijesen lo que me favorece y lo que no. La única concesión que se veía obligada a hacer era renunciar a los vestidos pese a estar dentro de la media de tallaje, sus anchas caderas y sus muslos redondeados a fuerza de su obstinado sedentarismo no casaban con sus hombros caídos, escasez de  pecho y cintura estrecha, en definitiva, que usaba dos tallas más de pantalón que de partes de arriba. No obstante no podía quejarse, su madre ya no cabía en las prendas disponibles en las cadenas mayoritarias y tenía que recurrir a las de tallas grandes.
Pero claro, ahora que sabía lo que se cocía, entrecerraba los ojos suspicaz revisando etiqueta por etiqueta lo que guardaba en el armario. Desistió de deshacerse de todo lo que pusiese Taiwan, China o Bangladesh, porque era consciente de que el ingente volumen de ropa usada también era un enorme problema para el planeta. Así que se comprometió a desgastarla hasta que ya no sirviese más y no comprar otra para reponerla hasta entonces. Lo de optar por prendas de calidad le parecía bien, ella misma cuidaba con esmero una rebeca de mohair que usaba su madre de joven. 
Lo que le ocurría era que estaba en las mismas que cuando vio el reportaje sobre los alimentos, su economía le impedía permitirse el lujo de comprar todo ecológico y, después de darle muchas vueltas, optó por consumir productos de temporada autóctonos o que proviniesen de lo más cerca posible, además de renunciar al marisco en Navidad y así, gracias a ese sustancial ahorro, a la hora de darse un capricho podría tener algo bio o de comercio justo en la despensa.  Al pensar en la comida se le encendió la bombilla. Claro, cómo no habré caído antes, exclamó para sí y dejó el sándwich junto al tupper de la ensalada para teclear en el ordenador. 
Miró a su alrededor para cerciorarse de que no había regresado nadie todavía de comer, no es que no pudiese consultar internet en su media hora de descanso, pero al jefe no le hacía gracia que fuese para asuntos personales. Los viernes hacían jornada intensiva parando treinta minutos nada más para almorzar, ella se regocijaba con sus “tardes egocéntricas”, como las denominaba, porque se dedicaba a hacerse la cera, ir a la peluquería o darse un masaje, para estar estupenda las “tardes de amigas” del día siguiente. Como se quedaba en el centro aprovechaba para asistir a algún evento que le interesase, o ir al cine o al teatro. 
El resultado de su búsqueda fue tan revelador que las pestañas abiertas se multiplicaron dejándola cada vez más asombrada. No tenía ni la más remota idea de que existiese tanta maravilla, y para más inri al alcance de la mano. Odiaba comprar online, aparte de parecerle más frío y aséptico que las dependientas de Zara, prefería poder sentir los tejidos en la mano antes de probar, no tenía la piel delicada, de hecho usaba fibras que hasta hacía poco desconocía que podían provocar cáncer, lo que pasa es que le gustaba los que resultasen agradables al tacto, así que ante semejante hallazgo se puso a consultar la linea de metro para no equivocarse, al mismo tiempo que cogió el teléfono para cancelar su cita con el podólogo, todavía podía ponerse sandalias sin ruborizarse y retrasarla hasta poco antes del enlace le ahorraría un dinerillo, que le vendría bien para no superar el presupuesto que tenía estimado para zanjar la cuestión sin tener que tirar de tarjeta de crédito.  


Casi no se reconocía en el espejo, su sonrisa de oreja a oreja no fue lo que más le sorprendió de su aspecto. Elisa estaba arrodillada a su lado apretando varios alfileres entre los labios y le hizo un ademán con la cabeza dándole a entender que también creía que era perfecto para ella. Un precioso vestido azul claro de escote palabra de honor y falda evasé que disimulaba sus anchos, bajo el que asomaba un tul tan rojo como las cerezas de su estampado, sería lo último que se le pasase por la imaginación que le iba a favorecer tanto. Llevaba una torera de un azul más intenso a juego con el cinturón que le recordaba a Grace Kelly en La ventana indiscreta, enorgulleciéndose por una vez de tener semejante cintura de avispa. 
Le encantó nada más verlo en el escaparate, le hizo gracia que estuviese adornado con otoñales hojas secas porque el contraste con una prenda tan alegre se le antojó muy simpático. Se atrevió a entrar en aquella curiosa tienda porque vio a su dueña entretenida cosiendo junto a una amplia ventana de la parte trasera de su taller. En realidad era la zona de pruebas y costura, donde amoldaba las prendas a la fisionomía de sus clientes si era necesario. Como en su caso. Elisa salió a recibirla al sonar la puerta y le habló de la calidad de los tejidos, de su procedencia y de su fabricación con métodos tan artesanales como su confección. El precio no le pareció desorbitado al tratarse en el fondo de prendas casi únicas y la atención personalizada le resultó tan agradable como la calle en la que estaba situada la boutique
Por un momento creyó que había cambiado de ciudad al transitar por aquella zona, los locales comerciales parecían salidos de una película antigua, aunque algunos tuviesen diseños vanguardistas. En general eran pequeños y hasta a veces compartidos, le sorprendió gratamente una librería de segunda mano en cuyo altillo se vendían jabones tradicionales, empaquetados en las páginas sueltas de los ejemplares que resultaban inservibles para su venta.  
Acostumbrada al fast shopping se le escaparon las horas sin darse cuenta y, cuando salió de la tienda de Elisa con varios conjuntos que alegrarían su monótono vestuario de trabajo, de tal manera que la convertirían en el comidilla entre sus compañeras durante semanas, hacía tiempo que había oscurecido. Miró al cielo incrédula antes de sacar el móvil. “Mamá, ¿estás en casa? Pues ahora mismo me paso, que acabo de hacer el descubrimiento del siglo, y ya estás quitándote de la cabeza el horroroso conjunto que pretendes llevar a la boda, que te he encontrado un traje de chaqueta perfecto para ir de madrina.Y rosa chicle, mamá, como a ti te gusta. No, no es discreto, que te conozco, no te preocupes, que te van a mirar tanto como a la novia, pero por una vez por ir bien vestida.” 
Y acabé de enrollar los hilvanes para reutilizarnos en otra ocasión con la misma sonrisa que lucía Lucía.

by Eva Loureiro Vilarelhe