jueves, 20 de octubre de 2016

Recortando personajes


Por hacerle un favor a una amiga llevo toda la semana ayudándole con sus trabajos de manualidades. “Anda, échame una mano que tú eres más artista que yo”, dijo toda inocente con una exagerada sonrisa. No lo hice por el piropo, sino porque sé que necesita apoyo logístico urgentemente. Y ya me ven, pintando con acuarelas y témperas, o recortando papelitos para hacer collages y guirnaldas por su culpa. Ahora que está tan de moda el scrap, a quien le parezca que se cotiza demasiado es que nunca intentó hacerlo por sí mismo, porque no saben la de tiempo que lleva.

En el fondo a mí me gusta porque es una buena excusa para desconectar, con compañía se puede mantener perfectamente una conversación, y a solas es estupendo para dejar volar la imaginación. De hecho, se me ocurrió personalizar una tira de muñecos para que resultase más original y me dediqué a dibujarles cara o a añadirles complementos. Ésta parece la típica chica solitaria que le encanta leer, gordita y con gafas, Sofía le podría pegar, vive sola con su gato y está enamorada de Arturo, el marido de la vecina tercero, una mujer tan elegante como desagradable. Él es encantador, cariñoso con los niños, siempre tan bien vestido, tanto para trabajar como de sport. Ella le parece una bruja, tan estirada cuando se la encuentra, protesta continuamente en las reuniones de la comunidad y mira a los demás por encima del hombro, agarrada a su bolso de marca como si se lo fuesen a robar delante de todos.

Como prácticamente no sale su única amiga es la chica del quinto, una azafata que odia a los pilotos que quieren liarse con ella y les sigue la corriente hasta que los tiene a tiro para darles una patada en la entrepierna. “Estás casado, capullo”, es su grito de guerra y después le cuenta todo con pelos y señales a la vuelta de sus viajes. Sofía la escucha embobada hablar de todos aquellos lugares que jamás pisará en su vida, puesto que la otra se pasea de una punta a otra del planeta encantada de poder conocer a chicos de otras razas, que son los que más le van. Ella es todo lo que desearía ser, divertida, charlatana, atractiva, con una maravillosa melena lisa, una piel muy cuidada y, como es delgada y tiene un culito respingón, le sientan genial los pantalones. Se llama Cecilia, pero la llama Ceci y es a la única que le deja hacerlo porque odia su nombre y el resto de sus amigas la llaman Cari, o cosas por el estilo.

Un día a la lectora empedernida le da un vuelco al corazón al volver de bajar la basura, pues se encuentra a su amor platónico sentado junto a su puerta. En cuanto pudo recuperarse del pasmo cayó en la cuenta de que estaba despeinado, cosa rara en él, y completamente borracho a aquellas horas. “Lamento la intromisión”, le explicó sin apenas poder remover la lengua, “es que me han robado la cazadora.” ¡Oh, no! Por favor que no sea la marrón de cuero con la que está irresistible, pensó ella. “Me he quedado sin llaves ni móvil, y como eres la única que siempre está en casa, podrías dejarme llamar a mi muj... bueno, a mi ex, que acaba de abandonarme llevándose a los críos”. E inmediatamente se echó a llorar sobre su hombro y ella cerró los ojos a punto de desmayarse al oler desde tan cerca su colonia.

No, no es que sea de esas que marea y tumba a cualquiera del guantazo que te da en cuanto su deshumanizado portador está a dos metros a la redonda, sino de las que deleita dejando un maravilloso perfume un buen rato después de que él salga del ascensor, cosa que precisamente ha comprobado quedándose encerrada hasta que algún vecino tiene la mala baba de llamarlo, con lo bien que le vendría utilizar las escaleras. Al entrar valoró sus opciones, tal vez podría aprovechar la ocasión para confesarle su pasión, otra no tendría, seguro y ya que estaba de bajón... aunque, claro, cómo iba él a rebajarse tanto como para fijarse en alguien como ella, con la estupenda mujer que tiene, o tenía, demasiado desesperado tendría que estar. 
“Me dijo que era un padre excepcional, pero como marido dejaba mucho que desear...”, seguía él dándole las quejas, “¡Caramba, qué salón más acogedor, tienes buen gusto para combinar las tapicerías! ¡Menuda librería, parece una biblioteca! ¡Ahora entiendo porqué sales tan poco!” Le dio la impresión de que se le pasaba el disgusto de repente y de que no estaba tan ebrio como le pareció en un principio. “¿Te importa si vamos a tu dormitorio?” Retiro lo dicho, está como una cuba, pensó para sí misma dando botes. 


“Es que me encanta tu vestido, sabes, aquel que llevaste a la boda de tu prima el verano pasado”, a ella se le helaron las manos en la puerta del armario. “La ropa de mi mujer no me sirve, pero tú y yo creo que usamos la misma talla, ves, me queda perfecto, es que me diste una envidia cuando te lo vi puesto.” “Me lo regaló Ceci”, consiguió balbucear. “¿Quién?” “La vecina del quinto.” “Ah, ya, la azafata, es un encanto esa niña, lástima que sea tan bajita, veinte centímetros más y se podría ganar la vida como modelo, con lo que le gusta a ella viajar, y así no tendría que aguantar ni a los pasajeros ni a los pulpos de los pilotos, que ya me contó, pero de sus chicos no puede quejarse, le van los exóticos y cada vez que la veo con uno, me muero de...” Sonó el timbre y la aludida entró con su desparpajo habitual cargada de bolsas, entrecerró los ojos al verlo de semejante guisa. “No sé a quién de las dos le sienta mejor el vestido, es una pena no haberlo sabido antes, porque le he traído unas Havaianas de Brasil a Sofi que no creo que sean de tu número, aunque los pareos sí que te los podrá prestar si te apetece.”

Y la noche de la inauguración del espectáculo de Nancy, Cecilia convenció a Sofía para seguir de fiesta después, que por una vez que salía no podía dejarla tirada. “Si seguro que acabas bien acompañada...”, intervino tímida. “Lo sé, de hecho, he quedado con mi último ligue, que de casualidad está por la ciudad, lo que pasa es que va a traerse a un amigo que le pedí que viniese para conocerte. Uno de esos paliduchos y de ojos claros que tanto te gustan.” “Arturo era moreno”, objetó ella. “Eso es porque se le va la mano con los rayos UVA, pero él ya es historia, quítatelo de la cabeza, que está mucho mejor ahora que es Nancy.”

Nancy en efecto resplandeció en el local de ambiente en el que se estrenaba como cantante, su actuación fue un éxito, pese a que los nervios la traicionaron y se equivocó en los compases iniciales. Sin embargo el público que abarrotaba la sala aplaudió a rabiar y ella les correspondió con su mejor sonrisa. La misma que puso Sofía al ver al impresionante sueco que le presentó su amiga.

“Soy un adefesio a su lado, no se fijará en mí”, le decía apabullada antes de acercarse a su lado. “No seas tonta, sin gafas estás más guapa y a éstos les van las morenas, ya lo verás.” “Pero si soy una foca comparada con él.” “No digas tonterías, estás estupenda así rellenita, y ya me gustaría a mí tener tus tetas, ¿por qué te crees que te he puesto semejante escote? Andas siempre tapada, no les enseñas lo que se pierden, boba. Tú sonríe y bebe, que así se te suelta la lengua, pero no te pases, que te conozco, y al final te da por llorar e igual acabas contándole que nunca te comiste un rosco.” 
La noche de juerga tuvo sus frutos. Los asistentes al local descubrieron que había nacido una estrella, Nancy no cabía en sí de gozo, sus nuevas amigas lo celebraron con ella por todo lo alto hasta altas horas de la madrugada, aunque el sueco y Sofía desaparecieron un poco antes que los demás. Y por ese motivo un mes después se reunieron las tres en su piso. 


Ella lloraba desconsolada mientras Nancy le decía que eran las hormonas, que a su ex le pasó lo mimso de los dos embarazos. “En el primer trimestre se le caían las lágrimas por la menor tontería y siguió casi igual hasta dar a luz, lo que sí se le fue pasando fueron las ganas, porque ya no sabía qué excusa ponerle para que no nos acostásemos.” Cecilia le dio una colleja. “No nos cuentes esas cosas, que aunque me caiga mal estoy de su parte, tiene razón, fuiste un mal marido, no me vengas con que te casaste porque querías tener hijos, que estamos en pleno siglo XXI.” Pero al escuchar sonarse los mocos por enésima vez a Sofía, se dejaron de discusiones y le hicieron un poco más de caso. 
“Si sale con los ojos azules como él, date con un canto en los dientes”, le espetó Cecilia al ver que no paraba de sollozar. “Los tenía verdes. Pero ¿qué le voy a decir cuando me pregunte por su padre? Si ni siquiera sé cómo se escribe su nombre”, se quejaba a lágrima viva. “Bah, si tanto te preocupa, eso tiene fácil arreglo, espera que lo busco en el Facebook que tenemos un amigo en común.”

“No sabía que tu perfil fuese I’m perfect”, se sorprendió Nancy. “Es que lo soy, y sabes de sobras que odio mi nombre” “Cari, con lo bonito que es Cecilia” “¡Pero a que tú no te lo pusiste!”, exclamó molesta. “Mujer, cómo te pones, es que la muñeca de mi hermana siempre me llevó la vida, y es una especie de homenaje”, respondió ella con sus interminables pestañas aleteando como mariposas. La otra puso los ojos en blanco. “Centrémonos, aquí lo tienes, ¿ves? Kjell, se llama y tienes razón, los tiene verdes.” Las tres se sumergieron en la pantalla intrigadas. “Pues no está nada mal”, comentó Nancy, “está estudiando ingeniería agrícola, se nota que le va el monte al chaval, porque hace montañismo y colabora con ONG’s, va en bicicleta a la cafetería donde trabaja para pagarse los viajes que se pega, así que sólo le falta la barba para ser un hipster en toda regla.” Sofía lo observó detenidamente durante unos instantes y acto seguido reanudó su llantina.

“A ver, no es exactamente lo que querías, pero vas a formar una familia, ¿no?”, dijo Cecilia resoplando hastiada. “Sí, corazón, va a salir todo bien,” intervino Nancy, recriminándole a la azafata su poca paciencia con un gesto, “además, los críos son los que mejor entienden todo, fíjate en los míos, el mayor ahora hasta levanta la cabeza de la consola para verme actuar, y la peque es un cielo, el otro día me pintó las uñas de los pies. Así que ya verás como tu niño es un amor.” “Niña, quiero que sea una niña”, reconoció hipando. “¡Sí, mejor, que así le haré los vestiditos!”, aplaudió  emocinada y Cecilia le propinó otro pescozón.

“¡Ay, mujer, mira que eres bruta!” “Qué quieres, si me lo pones a huevo. Además lo mejor de ser un tío es poder ponerte simplemente unos vaqueros y una camiseta. No como nosotras, que entre el sujetador...” “¡Si tú no lo usas nunca!” “Porque no merece mucho la pena, para lo que tengo... Pero con el uniforme es obligatorio, y si es de esos de relleno mucho mejor, además de la puñetera falda, que es más incómoda que otra cosa, no sé en qué piensan nuestros jefes, no podrían al menos dejarnos usar minishort...
Y mientras Nancy se reía a carcajadas y a Sofía se le pasaba poco a poco el disgusto, tuve que dejarlas porque se me acabó el papel de seda.   

by Eva Loureiro Vilarelhe

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