jueves, 6 de octubre de 2016

El backstage de la literatura



El pasado viernes se celebró el día de los intérpretes y traductores, por lo que me gustaría rendir un pequeño homenaje a aquellos que ayudan a hacer posible que los libros sean lo que son: una obra de arte. Como suele suceder, que haya un “día de” conlleva que hay un problema detrás de lo que se conmemora en esa fecha. En el caso de las personas que posibilitan la comunicación entre hablantes de diferentes lenguas es que no se valora lo suficiente su trabajo. Quizás un poco más el de los intérpretes, por aquello de la inmediatez, aunque imagino que en cuanto haya un programa de ordenador mínimamente fiable intentarán prescindir de sus servicios. Craso error, sin lugar a dudas, porque sin ellos serían impredecibles los equívocos lingüísticos que ocasionarían otros mucho más graves de entendimiento, e incluso diplomáticos. 
Sin embargo, hay quien opina que si ya es posible traducir cualquier frase a un buen número de idiomas de forma rápida y gratuita en internet, o también aprender a hablarlos con una aplicación para el móvil ¿para qué se va a recurrir a un traductor o a un profesor? Pues porque son imprescindibles, insisto cada vez que escucho algún comentario sobre el tema. Una persona especialista en una o varias lenguas es la única capaz de hacernos entender las peculiaridades culturales de las diferentes sociedades en las que se hablan esos idiomas. 
De hecho, no soy de las que aboga por un profesor nativo por encima de todo, sino más bien por uno bilingüe (o plurilingüe), esto es, que comprenda al cien por cien tanto la lengua que enseña como aquella (o aquellas) que utilizan sus alumnos, a fin de evitar problemas de comprensión derivados de carencias comunicativas. De poco sirve ser nativo si después uno no entiende las dudas que le plantean en clase, o no maneja el otro idioma con la soltura suficiente para reconocer qué palabras se usan habitualmente en según qué momentos (en una ocasión un profesor de alemán de la facultad que nos tradujo estante por anaquel y alguno lo miró como si hubiese soltado un taco). 
Con los traductores pasa exactamente lo mismo, sin ellos no podríamos acceder a textos escritos en lenguas desconocidas, porque una máquina no entiende de metáforas, de juegos de palabras o de ironía, por lo tanto difícilmente valdría para traducir una obra literaria como es debido. Es cierto que en ocasiones algunas traducciones dejan mucho que desear, recuerdo mi sorpresa al leer por primera vez a Kant en el original, su estilo, claro, conciso y ameno, contrasta abismalmente con las pesadas traducciones al español que me había visto obligada a estudiar en el instituto, algo que es consecuencia la mayoría de las veces más de los métodos utilizados que de la voluntad de quien se ha esforzado por volcar el texto en otra lengua. 


Sobre las condiciones laborales a las que se ven obligados los traductores por parte de las editoriales nos relató el catedrático de filología alemana una anécdota introductoria en una de sus clases, fue en mis primeros años universitarios y por desgracia sigue estando vigente hoy en día. Hablaba de horas y horas a destajo para entregar los encargos dentro de los plazos marcados, además de la escasa remuneración que recibían por su hercúleo esfuerzo, puesto que traducir requiere concentración, habilidad, estudio y mucho más tiempo de lo que pueda parecer. Nos contó que un chico que se dedicaba a ello para pagarse la carrera cuando eran ambos estudiantes estaba traduciendo del francés una novela bastante extensa. Apurado por acabar lo antes posible, ni siquiera se podía permitir el lujo de repasar o corregir lo más mínimo, metió la pata hasta al fondo al traducir tinta en lugar de ancla (palabras que en francés se pronuncian de manera semejante y se escriben casi igual). Al reparar en que no tenía mucho sentido la frase “echaron la tinta por la borda”, anotó a pie de página como nota del traductor “costumbre típica de los marineros franceses”, y se quedó tan ancho.   
Bromas aparte, lo cierto es que por cosas como estas prefiero leer en versión original siempre que puedo, sin embargo he de reconocer que entre los libros que marcaron mi vida en un momento determinado se encuentra la magnífica traducción del Tristam Shandy de Laurence Sterne que hizo Javier Marías para Alfaguara.  Soy de las que reconoce una buena en cuanto la tengo entre manos, agradeciendo aquellas más cuidadas, repletas de anotaciones, que en ocasiones tienen a bien ofrecer a los lectores las casas editoriales, porque cuando no se repara en gastos (ni de tiempo, ni de especialistas traductores, ni de correctores que revisen hasta el más nimio detalle) se nota y se reconoce el valor que enriquece cualquier obra.
Algo semejante ocurre precisamente con los encargados del diseño gráfico, porque todo cuenta a la hora de hacer un texto más vistoso. O con quienes se dedican a revisar textos ajenos para encontrar la errata pasada por alto, trabajo que debe ser realizado también por quien sabe lo que hace, puesto que tampoco un ordenador es capaz de distinguir un error de sintaxis y es lo que más abunda por no contar con su buen hacer a la hora de editar un libro.


Con los ilustradores es más de lo mismo. Aparecen constantemente en letras pequeñas, como si su aportación fuese menor, o menos importante que la del escritor. Sin embargo, no me imagino los libros de Roald Dahl para niños sin los dibujos de Quentin Blake, por poner un ejemplo de uno de los numerosos tándem que conjugan a la perfección la palabra y la imagen, que en el mundo del cómic es tan frecuente, pero que en la literatura infantil y juvenil también adquiere especial relevancia, principalmente porque ayuda a fijar en la memoria determinadas obras de un modo especial. 
O Gato Malhado e a Andorinha Sinhá de Jorge Amado es el primer título que tengo plena consciencia de haber leído en la biblioteca de la escuela. Tendría unos siete años y no he vuelto a releerlo hasta hace pocos, cuando se lo regalé a una amiga que tuvo un bebé. Lo encontré por casualidad en una feria del libro usado y al abrirlo se me iluminó la cara. Los dibujos de los protagonistas eran exactamente como los recordaba y la simpática historia de amor que el autor escribió para contarle a sus propios hijos volvió a conmoverme como cuando era una cría. 
Por eso cuando compro un libro me paro a revisar el backstage, esto es, lo que no vemos tras una  simple ojeada y que en el fondo influye muchísimo en el resultado. Si es ilustrado compruebo que se tiene en cuenta al artista que hay detrás, además de que me guste lo que hace. Si es traducido, que la edición sea cuidada y se note que no fue hecha a prisa y corriendo. Si el diseño interior y exterior o la portada me dicen algo, ya que es un objeto que se aprecia con los cinco sentidos (resulta más o menos  agradable a la vista, puede que me apetezca acariciarlo, pasar sus páginas para escuchar su leve crepitar, y me encanta que huela a nuevo, no digamos ya cuando olían a tinta fresca recién salidos de la imprenta...). Y que no haya errores que me hagan chasquear la lengua, porque el cuidado en los detalles se agradece, incluso si se trata de una edición de bolsillo o autoeditada, ya que en los tiempos que corren se abaratan muchos costes, pero insisto, creo que en lo referente a las personas que hacen posible que disfrutemos de lo que es un libro, jamás se debería reparar en gastos. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


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