jueves, 13 de octubre de 2016

Día de meter las patatas en la lavadora


En casa tenemos una inside joke, como dirían los anglosajones, una broma privada, o más bien una anécdota que nos hace gracia porque podemos aplicarla a nuestra intimidad, es decir, a mí en este caso. La historia viene de uno de los relatos de Ursula Wölfel que conocemos por la preciosa edición en gallego de Kalandraka ilustrada por João Vaz de Carvalho (la única pega es que la traducción no esté a la altura del resto). Se titularía en español 28 historias para reír y la verdad es que algunas no dejan de ser un tanto surrealistas (y, por eso, divertidas) y otras son tan reales como la vida misma (y, por lo mismo, divertidas). La que paso a resumir ahora es “La historia de la mujer que siempre estaba pensando en otra cosa”, en ella se nos cuentan las vicisitudes de una mujer que quería lavar la ropa, cocer patatas y limpiar la cocina, pero que como estaba siempre pensando en otra cosa, pues no daba pie con bola y metía las patatas en la lavadora, el detergente en la olla y el agua para fregar en la lavadora. Al final el desastre acabó por traerla de nuevo a la realidad e hizo todo realmente bien. O sea, igualita que yo.


Ayer tuve un día de esos, menos mal que como fue festivo no estaba estresada por tener que cumplir horarios y si no acabamos las tareas antes de ponernos a cocinar podemos seguir haciéndolas después de comer, porque de lo contrario iba apañada. En realidad estaba preparando un bizcocho para merendar y al mismo tiempo recogiendo la ropa de la secadora, cuando de repente lo escuché gritar “¡Apártese de ahí, o le disparo a usted también!”, me giré de inmediato anonadada con la cuchara de palo todavía en la mano, sin preocuparme demasiado de si goteaba en el suelo, su cara resultaba tan amenazadora como el arma que empuñaba, un Winchester 1873 con la culata bien apoyada sobre su hombro. Sabía que su dedo no titubearía ni un segundo en apretar el gatillo, sus ojos negros ensombrecidos más si cabe por una pobladas cejas negras, me miraron tan fríamente como si fuese un mero trozo de carne. Llevaba el sombrero ligeramente ladeado, dejando al descubierto una marca de nacimiento en la raíz del cabello. Su frente sudada, ennegrecida por el polvo del camino, amenazaba con anegarle la vista, pero no se molestó en limpiarse, concentrado como estaba en su objetivo.

“Permítame, señorita”, oí decir entonces a mi espalda, y sin tiempo para volverme noté su brazo asiendo mi talle con delicadeza. Se me cayeron las zapatillas mientras me aupaba y en ese momento me di cuenta de que las baldosas no eran de barro cocido, sino que la arena de aquel desierto montañoso me había invadido la cocina. El caballo siguió su trote alerta, consciente de que su jinete estaba en tensión, pese a aparentar la mayor calma posible. Ni ocasión tuve de fijarme en el hombre que me levantó como si fuese ligera como una pluma. Me así a su cintura clavándome su pistola en el antebrazo. “Un poco más arriba, por favor”, me indicó en un susurro. Entendí que entorpecería sus movimientos y lancé la cuchara hacia atrás para no mancharle la camisa de chocolate, aunque, a decir verdad, bastante sucia estaba, además de adherida a su torso musculoso bajo su entallado chaleco.

Poco me importó a mí lo transpirado que estuviese, preocupada como estaba de no caerme, sin dejar de mirar al malencarado aquel que nos tenía encañonados desde la distancia. Entrecerré los ojos extrañada por cómo había sido capaz de escrutarle tan nítidamente el rostro desde tan lejos, el primer plano, claro, me dije, ahora estamos en panorámico, por eso se recorta tan claramente el paisaje en el horizonte, ¡caramba, qué cactus tan bonitos!, no me importaría llevarme uno para el salón. Un atronador silbido me devolvió de inmediato a la situación, además de que por poco me resbalo de la grupa. Me aferré con más fuerza a él, pinchándome el dedo con la punta de la estrella que lucía en el chaleco. Chupé la sangre pensativa, aquello no era nada comparado con lo que me haría la bala que nos pasó rozando.

“No te acerques más o os atravieso a los dos de un solo tiro”, gritó de nuevo y me fijé en que en su horrible sonrisa torcida destacaba un diente de oro. El pañuelo rojo que llevaba al cuello estaba cochambroso y la barba de tres días le daba un aspecto todavía más aceitoso a su cetrino cutis. Un buen baño le hacía falta al tipo éste, huele desde aquí, admití y carraspeé antes de comentar: “Oiga, ¿y usted no piensa desenfundar su Colt 45?”. “Desde donde estamos sería malgastar munición, ¿no se ha dado cuenta?”, respondió tratando de reprimir la sorpresa que le produjo que entendiese de armas, asentí en silencio, el plano corto me obligó a atusarme el pelo, qué pinta tengo, por favor, y me saqué la pinza que lo recogía. Su sonrisa complacida me indicó que le gustaba mi melena y yo estaba de acuerdo, por eso siempre lo llevo suelto. Sin embargo entorné lo ojos de nuevo, lástima que del delantal no me puedo deshacer por el momento, pero es que verme con el pantalón de chandal viejo y la gastada camiseta de andar por casa no pegaba ni por asomo con su atuendo, aun si llevase unos vaqueros... Otro silbido interrumpió mi razonamiento, agaché la cabeza acurrucada en su espalda y de repente el trote se convirtió en galope. 


Los caballos son seres que impresionan, no sólo por su belleza, sino que al montarlos se les tiene un respeto considerable, entre otras cosas porque son unos bichos enormes. Nos guarecimos detrás de una roca y desmontamos tan rápido como había llegado arriba, qué cosas tienen las narraciones, la linea temporal es tan fina y maleable como un espagueti, me habré dejado el fuego encendido, me preguntaba justo cuando nos enfocaron de nuevo en primer plano. Mi palidez contrastaba con su tez curtida por el sol, apuesto y poco más joven que yo, aunque dudaba, tal vez su madurez le venía por la rudeza del oficio y no por la edad, la limpidez de su mirada no dejaba lugar a dudas de su nobleza, pese a que en ese momento la tensión por escrutar al enemigo prevalecía dándole un toque de sabiduría que me pareció de lo más sexy. Mi risita contenida lo desconcertó y me miró sorprendido. “¿Puede saberse qué diablos le hace tanta gracia?”

Antes de que me diese tiempo a disculparme otra bala rebotó en la piedra y nos echamos al suelo. Su brazo rozó un segundo el mío y no pudo evitar fijarse en él admirado, aún así continuó con su monserga, “¡Por su culpa nos ha descubierto! Sepa usted que no tenía previsto tener compañía por estos parajes, ¡y mucho menos femenina!”. Arqueé una ceja ofendida, remangué la camiseta para que se marcase todavía más el desarrollado tríceps que se había quedado apreciando visiblemente sorprendido. “Yo también tenía otros planes, no digo que más interesantes que los suyos, pero desde luego tengo mucho que hacer, así que a ver si acabamos con esto rapidito que necesito ponerme a pelar patatas.”

Boquiabierto me miró de arriba abajo y me imaginé lo que pensaría el pobre de mí, dónde se metió Maureen O’Hara, o Jane Russell, en fin, que lo compadecí. Una vez más tuvimos que centrarnos en lo que estábamos porque escuchamos aproximarse un caballo y corrimos hacia el nuestro. Tarde, nuestras diferencias de pareceres nos habían jugado de nuevo una mala pasada, porque el otro aprovechó la coyuntura para asustarlo con un par de disparos y nos quedamos desprotegidos y sin transporte en el peor momento. Entonces desenfundó su revólver y conseguimos llegar hasta un saliente de la pequeña colina en la que nos encontrábamos. Volvió a mirarme incrédulo al verme alcanzar sola de un salto el escondite, incluso ayudándole a subir a él agarrándole un brazo, por estar atareado cubriéndome.

“¿De dónde se ha escapado usted, de un circo?” me preguntó sin aliento. “Más o menos”, admití tratando de localizar al otro, el travelling de nuestra carrera no me permitió saber dónde estaba, atenta como andaba procurando esquivar balazos, y teníamos que aprovechar la panorámica para encontrarlo. “Está junto a aquella brecha”, me señaló convencido, e intrigado al verme tan metida en el papel sin esperárselo. Asentí sin dudarlo, no fui capaz de distinguirlo, pero confiaba en su experiencia. “Intentará atacarnos por detrás”, continuó incorporándose ligeramente para valorar nuestras opciones, “lo mejor será que nos quedemos aquí sin movernos a esperarlo”, hizo una breve pausa para abrir el tambor de su revólver, dos conté y tragué saliva, “prefiero tenerlo a tiro”. Hice un mohín y un escalofrío me recorrió la espalda, no por el frío, evidentemente, cuando me levanté por la mañana no tenía ni idea de que iba a presenciar un homicidio en primera fila.


El calor era insoportable, el suelo ardía bajo mis calcetines de deporte, el aire crepitaba y al mirar al cielo la luz del sol me cegó, me llevé la mano a la frente para verificar que varios buitres volaban  haciendo círculos sobre nosotros. “Típico”, musité y alzó la vista para mirarme a los ojos. Me sonrojé al darme cuenta de que estaba observando mi delantera, dos manchas amarillentas destacaban sobre el negro de mi camiseta, a esas alturas tan pegada a mi piel como lo estaba a sus pectorales su camisa. Carraspeó él entonces y de repente me obligó a agacharme, chistándome para que permaneciese en silencio. “Se acerca”, supuse que me dijo, porque de tan bajo que lo hizo casi ni le escuché. O quizás eran los latidos de mi corazón golpeando frenéticamente en mis sienes los que me impidieron oírlo.

Lo que sí vi fue la punta de la escopeta asomar a pocos metros de donde estábamos, me hice una bola por puro instinto y el disparo rebotó junto a mi pierna. Casi me da un infarto al ver el agujero que dejó en la roca. Mi inesperado acompañante lo intentó a continuación, se notaba que sabía lo que hacía, escogió el momento oportuno, la inclinación de su cuerpo era la adecuada, su puntería saltaba a la vista que era buena, porque logró herir a su contrincante en el muslo pese a estar escondiéndose rápidamente. Aun así no fue suficiente. Nos acribilló sin descanso los siguientes minutos y durante la lluvia de balas me dio tiempo a recapacitar, seguro que sabe que sólo nos queda una, de lo contrario esperaría a recuperarse un poco, o a hacerse un torniquete, porque la sangre delataba su posición en la inmensidad del ocre. Incauta de mí, ni siquiera lo vi venir, lo teníamos encima y me había quedado absorta mirando el charco granate que dejó atrás.

Y una vez más metí la pata al intentar saltar para huir, porque tropecé y acabé echa un ovillo tras caerme de la brecha en la que nos refugiamos, lo que le obligó a desperdiciar la última bala para protegerme y seguirme hasta el lugar en el que yacía yo muerta de miedo, convirtiéndonos a ambos en un blanco perfecto. Tiró inmediatamente la pistola y levantó los brazos en señal de rendición, gritándole, “¡Déjala, ella no tiene nada que ver!” Sentí los fríos y oscuros ojos de aquel ser despreciable escudriñándome, desnudándome sin compasión, sopesando si valdría la pena a pesar de mi inusual aspecto, o me metía un trozo de plomo entre ceja y ceja sin más. Me incorporé aguantado impávida su lasciva mirada, y al sacudirme la tierra del delantal lo noté, contuve la respiración para disimular el rayo de esperanza que iluminó mi rostro. Saquen ese plano corto, por favor, que se va a dar cuenta, además sin maquillaje se me notan mucho más las pecas.

No sé ni cómo lo intuyó, sólo recuerdo que lo lancé tan rápido y con tanta fuerza como pude, confiando en que mi destreza para jugar a los dardos me sirviese de algo. Le clavé el “pelapatatas” en un hombro y grité de alegría al verlo abalanzarse sobre él y arrebatarle el rifle de las manos, tumbándolo de un culatazo. Entonces me fijé en que había acertado en pleno centro de la diana de bolas que tenemos junto a la puerta de la terraza. Se acercó carraspeando y lo arrancó comentando divertido: “Será mejor que las pele yo, corazón”. Y me agaché meneando la cabeza para recoger la cuchara de palo y limpiar el suelo, que estaba perdido de cobertura de chocolate para el bizcocho. 
Los niños ya me conocen y en cuanto me ven mirando al infinito en lugar de atendiendo a lo que debería les da la risa, sus voces me hacen regresar de mi momentánea ensoñación, pero los miro medio alucinada todavía y ponen los ojos en blanco, yéndose inmediatamente a su cuarto exclamando entre carcajadas, “Mamá va a meter las patatas en la lavadora”.

by Eva Loureiro Vilarelhe

3 comentarios:

  1. Premio al mejor título Comunidad MGE 2016
    http://www.megustaescribir.com/noticia/271/ganadores-de-los-premios-mge-2016

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  2. Me encanta Eva!!! Todas somos un poco soñadoras, eso está bien. ¿Que sería de nuestras vidas si perdiéramos la capacidad de soñar despiertos?
    Enhorabuena. Genial.

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  3. Muchas gracias, María. Por pasarte y tomarte tu tiempo para leerme. ¡Enorme abrazo!

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