jueves, 27 de octubre de 2016

Acércate, no tengas miedo


Con la excusa de Halloween se multiplican los relatos de terror por doquier y tengo que reconocer que a mí no me dan mucho miedo las historias de zombis o vampiros, ni siquiera las películas. Imagino que me viene de familia, mis padres se criaron al calor de la lumbre acunados por cuentos para amedrentar a los niños mucho más ligados a la naturaleza y a los elementos, que a fantasías de otro tipo. Esa atmósfera lúgubre de noches sin luna, ulular de lechuzas y lobos al acecho se repetía en los que escuché de su boca en mi niñez, aderezados, eso sí, por alguna que otra meiga, que a pesar de que no existen, haberlas hailas, como decimos por aquí. Al hacerme mayor mis temores comenzaron a estar ligados al monstruo más terrible que existe: el ser humano, y supongo que precisamente por ese motivo una de mis peores pesadillas tiene como protagonista a una anciana.

Me encantaba ir a la aldea de visita con mis padres, sobretodo por poder estar en contacto con los animales. En casa de un primo hermano de mamá correteaba tras las gallinas, me subía a lomos del burro, o observaba dar sus primeros pasos a los corderos. En cuanto me bajaba del coche, él me subía al caballito y nos íbamos hasta la zona de pasto para ver a las ovejas, regresábamos por la finca trasera para lamer miel directamente de algún panal de sus colmenas, recogíamos huevos recién puestos en el gallinero y acabábamos al atardecer llevando las vacas hacia las cuadras, en donde reposaba la cerda recién parida rodeada de sus lechones.

Era un hombre alegre y despreocupado que me contaba miles de anécdotas y respondía incansable a mis interminables preguntas sobre los cuidados que requería semejante granja, porque también disponían de caballo, perros y todos los gatos que merodeaban por los alrededores a la caza de los ratones que atacaban el trigo o el maíz guardado en el hórreo. Tenía un sentido del humor muy gallego que me hacía reír a carcajadas y él mismo rara vez dejaba de sonreír, por lo que se me pasaban volando las tardes que pasé disfrutando de la vida de campo en su compañía cuando no era más que una cría.

Lo que menos me gustaba era entrar dentro. La casa estaba descuidada y apenas se había adecentado en años, la entrada todavía conservaba el antiguo suelo de tierra, aunque habían incorporado un pequeño aseo junto a la puerta trasera que bajaba al corral, que sustituyó al exterior de antaño, más habitual en la construcciones tradicionales de principios del siglo XX. Pero no era la dejadez lo que me incomodaba, sino su madre, una vieja enjuta y malencarada, arrugada como una pasa, siempre vestida con colores oscuros y una pañoleta en la cabeza, que se sentaba en un rincón junto a la cocina bilbaína. Era lo opuesto a él, nunca sonreía y hablaba en un tono condescendiente, con una mirada altiva e inquisidora que me hacía temblar las piernas en cuanto la posaba en mí. Jamás me dirigió la palabra, conversaba únicamente con mi madre y se me antojaba que permanentemente enfadada, pues siempre le escuchaba darle las quejas sobre las borracheras de su hijo.


Mamá templaba gaitas intentando poner paz, la instaba a ser más indulgente con él, ya que al fin y al cabo era quien se encargaba de todo el trabajo desde que ella estaba demasiado mayor para ayudarle, y le sacaba de delante la botella de vino a su primo, recomendándole moderación, sobretodo cuando acudía a la taberna, porque solía hacerlo en caballo o en la moto, y ya había sufrido alguna que otra grave caída. Él acataba sus consejos sin rechistar, principalmente por el cariño y el respeto que le tenía, además de porque era la única que intentaba convencer a su tía para que le permitiese casarse con su novia de toda la vida.

La anciana era dura de roer y no pudo ser, así que no se casó hasta después de su muerte, superados con creces los cincuenta. Fue entonces cuando modernizó algo más la vivienda con motivo del feliz e inesperado nacimiento de su propio hijo, aunque tuvo que ir parcheándola con anterioridad debido a la enfermedad de su madre. Hubo que poner pasamanos en las angostas escaleras que conducían al piso de arriba, dividió la estancia  que hasta ese momento había compartido con ella en dos habitaciones,  y construyó un baño completo una vez que estuvo encamada y ya no podía siquiera bajar.

Una fría tarde de invierno fuimos a visitarlos, llovía tanto que no salió a recibirnos como de costumbre y me sorprendió encontrar la cocina llena de gente. Vecinos y familiares hablaban en un susurro, la olla del café humeaba en el fogón, mamá se dispuso a atenderlos repartiendo los bizcochos que traía y yo me escondí entre las piernas de papá tímida, nerviosa ante la presencia de extraños. “Anda, ve a saludar a la tía”, me dijo sin mirarme, atareada como andaba. Un escalofrío me recorrió la espalda y antes de que me diese cuenta estaba subiendo cogida de su mano. Por una vez el primo no sonreía, se le notaba cansado y estaba tan serio que me pareció mayor, o, mejor dicho, aparentaba su edad. La puerta del cuarto era tan antigua como las de abajo, había aprovechado material de deshecho y el picaporte chirrió al entrar. Aún así no se inmutó por el ruido, las contras estaban abiertas, pero fuera casi había oscurecido y apenas se atisbaba su hierática silueta en el lecho.

Su delgadez se evidenciaba bajo la colcha, al aproximarme comprobé que estaba mucho más pálida de lo que esperaba, su rostro tenía un tono amarillento semejante al de la cera, que contrastaba con el rosa palo de su camisón abrochado hasta el cuello, sus prominentes pómulos y las cuencas hundidas evidenciaban todavía más lo desmejorada que estaba. No la había visto nunca sin el pañuelo en la cabeza y los escasos mechones blancos se adherían enmarañados de tal manera a su cráneo que exageraban más si cabe su aspecto de calavera. Por un momento creí que estaba muerta, el pánico se apoderó de mí y me quedé petrificada a pocos metros de la cama. Entonces él le dijo en gallego: “Madre, mire quién ha venido a verla”.

Tardó unos segundos en reaccionar, parpadeó antes de mirarme de arriba abajo con sus pupilas penetrantes. Me estremecí de nuevo. Había perdido en parte su fuerza, pero continuaba teniendo esa fiereza indescriptible que me hizo contener la respiración. Por primera y única vez en mi vida la vi sonreír, alargando sus escuálidos dedos macilentos en mi dirección: “Acércate, no tengas miedo.”  


El corazón se me detuvo al mirarle directamente a la cara y ni me moví, aterrorizada como estaba. Se me hicieron interminables los instantes en que aguanté estoicamente sus ojos clavados en los míos, hasta que se dejó caer exhausta y los cerró postrándose en la almohada. Suspiré aliviada, pero de repente sentí una mano sobre mi hombro y me tapé la boca para ahogar un grito de pánico. Él me miró extrañado con lágrimas en las mejillas. No dijo nada, imagino que mis apenas ocho años le sirvieron de explicación para que todo mi cuerpo temblase como una hoja y me cogió en brazos para regresar abajo.

Volvimos a los pocos días para el entierro. A mí me ahorraron el velatorio, a mamá no le gustaba la costumbre de hacer besar el cadáver a los niños para que se vayan acostumbrando a lo que nos depara el futuro, y tampoco me dejó verla antes de que cerrasen la tapa. Hoy por hoy no sé si sería mejor que la viese, ya que durante años su rostro fue mi peor pesadilla. Yo bajaba sola a recoger huevos al ponedero con una cesta, a veces hurgaba bajo las gallinas para ver si había alguno reciente, porque me gustaba sentir su calor y lo estrechaba delicadamente en mi palma como si fuese un bebé. Entretenida como estaba, no reparé en ella hasta que sentí su fría presencia. El cesto se me escapó irremediablemente de las manos, desparramando su viscoso contenido por el suelo a caer.

Allí impávida, sentada como en su sempiterno rincón de la cocina, estaba ella observándome implacable, con las manos entrelazadas sobre el delantal y su macabra sonrisa torcida repetía  insistentemente: “Acércate, no tengas miedo”. Los ojos encovados de su cara demacrada me hipnotizaron de tal manera que llegué a sentir su gélido aliento apoderándose de todo mi ser. Empapada en un sudor frío, con la respiración entrecortada, me llevé las manos al pecho aterrada incapaz de reaccionar, hasta que sentada en mi cama me daba cuenta de que sólo había sido un mal sueño.

Su recuerdo me persiguió durante décadas y jamás llegó a haber monstruo que me diese más miedo que aquella desagradable anciana, por eso a veces me pregunto si habría cambiado algo de haberla visto en el ataúd. Quizás retener en la memoria la placidez rígida que le conferiría el eterno descanso a su expresión me hubiese permitido albergar algún atisbo de bondad en ella, porque para mí la envarada vieja que conocí en mi infancia se convirtió en la mismísima personificación de la muerte.  
  
by Eva Loureiro Vilarelhe

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