jueves, 22 de septiembre de 2016

Qué toca hoy para comer, o el suplicio de cocinar a diario


Para mí cocinar es un placer. Sí, sí, a pesar del título lo digo en serio, me encanta preparar todo tipo de platos o postres, disfruto entre los fogones y además me sirve para desconectar, aunque no siempre de la misma manera. Cuando ando estresada o preocupada por algo, suelo ir al armario donde guardo las recetas, busco una que llevo tiempo intentando hacer y todavía no he tenido ocasión, y me sumerjo en su atenta lectura, dispongo todo lo necesario para empezar, y me dedico a seguir concienzudamente las indicaciones a fin de que salga lo más perfecta posible. Si se trata de una que ya he hecho con anterioridad, pero debido a su complejidad sólo la repito ocasionalmente, a veces incluyo variaciones de invención propia en aras de adaptarla a los gustos familiares, o simplemente por curiosidad, por experimentar el consabido “a ver qué sale”.

Cuando ando cavilando en mis cosas y necesito un momento de reflexión, para hacerlo con tranquilidad me inclino por alguna que me sé de memoria, que podría preparar con los ojos cerrados, para poder evadirme sin temor a provocar un estropicio, y así, mientras reparto la masa de las magdalenas, o remuevo la salsa para que no se queme, le doy vueltas al relato que tengo entre manos, o al tema del la entrada del blog de esa semana, por ejemplo. Bromas aparte, como soy un culo inquieto, para mí realizar una actividad física que no me impida pensar en otra cosa es la mejor manera de llevarla a cabo relajadamente, y confieso que acostumbro a encontrar la inspiración que necesitaba en un laboratorio tan particular como es la cocina.

Ahora bien, como todo tiene sus pros y sus contras, también hay que reconocer que cocinar a diario para los demás conlleva un esfuerzo y sacrificio considerables que son dignos de encomio y absoluto respeto. Habrá quien no lo vea así, pero yo lo tengo claro, de hecho siempre que voy de invitada a alguna casa particular agradezco de un modo u otro al encargado de la comida su labor. En primer lugar llegando con puntualidad a la hora convenida, ya que hay platos que exigen una perentoria puesta en escena (algo que no siempre puedo cumplir si voy acompañada, cosa que me enerva sobremanera, puesto que es intrínseco a mi carácter y a mi educación ser como un reloj suizo), y a continuación haciendo algún tipo de comentario o alabanza para agasajar al cocinero.

Bien es cierto que en algunos casos puede resultar complicado, porque cocinar es un arte que no le sale bien a todo el mundo, además de que cada uno tenemos nuestros gustos, no obstante, incluso en ocasiones extremas, me devano los sesos por encontrar algún cumplido que decir eludiendo la mentira, miento fatal y se me nota, aparte de que no me parece de recibo engañar (antes de decirle a una amiga que está muy guapa con su nuevo corte de pelo, cuando en realidad pienso que a la pobre la han desgraciado por unos cuantos meses, prefiero el silencio, incluso arriesgándome a parecer borde al no secundar el chirriante peloteo generalizado). Por lo que, si la comida no me agrada, me decanto por el postre, si éste tampoco, aludo a la presentación, y si no hay por dónde cogerlo, valoro el trabajo que le ha llevado preparar el menú para sus convidados, puesto que soy plenamente consciente de que hay que hacer verdaderos malabarismos para organizar la alimentación de una familia sin tirar la toalla en algún momento.


Y si siguen sin verlo, recapaciten un instante. Sin pararme a argumentar sobre el tiempo que se pierde haciendo la compra para procurar tener la despensa no digo llena, sino simplemente surtida de lo más básico, ¡cuánto más se pierde en decidir qué hacer de comer siguiendo una dieta rica y variada como mandan los cánones, los médicos y hasta las redes sociales! Que arroje la primera piedra quien no haya hecho una foto a un suculento guiso, o a un pastel que le ha salido precioso, para subirla de inmediato. Yo al menos he llegado a romperme los cuernos tratando de elucubrar qué poner en la mesa, y eso que aparte de adorar cocinar, tengo buena mano, según reconocen propios y extraños, por lo que suelo recibir elogios tanto por el sabor como por la originalidad de mis creaciones, pero hay días en que se me agotan las ideas, o estoy desganada y no se me ocurre nada.    

Esos días me veo tentada a preguntar, ¿qué os apetece comer hoy? Sin embargo me lo pienso bien antes de formular semejante cuestión, porque rara vez me dan una respuesta salvadora que agradecería encarecidamente toda contenta por tener el problema resuelto. Por regla general, los adultos se inclinan por satisfacer su apetito pidiendo una comida (de esas elaboradas que requieren bastantes pasos) que les apetece volver a saborear, cuando una lo que ansía es que no le dé mucho que hacer, y los niños por aquellas que son sus preferidas, platos fáciles y rápidos de preparar, pero que lamentablemente han comido anteayer porque ya recurrí a ellos para solventar el trámite entonces. En definitiva, que opto por quedarme calladita e intentar encontrar una salida, para lo que salgo disparada hacia el mercado.

Algo que tampoco sirve de ayuda cuando las cosas se tuercen. El pescado que me venía al pelo se ha terminado, el que queda está por las nubes o no les gusta, y carne preparé ayer. Solución mágica: huevos. Y verduras, por supuesto, en la nevera siempre tengo cebollas, zanahorias y calabacines. Espinacas, berenjenas y demás también, porque no hay como un pisto para aprovechar las sobras. Que últimamente cenaron mucho de bocadillo por las actividades de la tarde, como en casa no se tira nada, ese puñado de macarrones que sobró del otro día, el cuscús de la víspera y las patatas al vapor del anterior, me van a venir de perlas. De primero siempre una ensalada, que hay que alimentarse sano, si es de canónigos y frutos secos, mejor que mejor, y de segundo, revuelto de lo que quedó por ahí, salteo unas hortalizas, añado el contenido de los tuppers, aderezo y lo cubro con los huevos batidos esperando el milagro, sonrío y listo. Asunto arreglado, al menos por hoy. 


Pero ¿y mañana? Porque encargarse de las comidas es toda una responsabilidad, puesto que a mediodía me saludan con un “¿Qué toca para comer?”, ni un “¡Hola mamá!, ¿qué tal?”, ni nada, entran hambrientos aspirando el aroma desde el recibidor tratando de adivinar el menú, y lo celebran dando saltos si les encanta, o arrugan la nariz si no les convence, y aunque al final me den la enhorabuena después de protestar, no se lo perdonaré en la vida, tras el mal trago que supone matarme a cocinar y no acertar. Claro que enseguida se me olvida, no tengo tiempo para rencores, debo ocuparme de organizar la merienda y la cena inmediatamente.

Aparte de un arte, cocinar es una ciencia, una combina física y química sin reparar en ello, trabaja contra reloj atendiendo a varias cosas a la vez, dispone cromáticamente los alimentos para que resulten más atractivos, y hasta ejerce de psicóloga teniendo en cuenta las preferencias de sus comensales. Así que no estaría de más que hubiese un club, un grupo de lo que quieran, o un chat para cocineros en apuros. No sólo de compartir recetas vive el chef, por lo tanto entre sus secciones me gustaría que hubiese tres fijas: una, que podría titularse “Aquí te pillo, aquí te mato”, de lluvia de ideas para momentos de absoluta desesperación, que ofreciese ejemplos rápidos y sencillos de elaborar sin recurrir a la comida prefabricada (como llamo yo a la “montada” en las cadenas industriales), algo del estilo: “Saltee durante unos minutos en una sartén unas cuantas verduras de la huerta troceadas, incorpore una pechuga de pollo en dados mientras pone a remojo unos fideos instantáneos, escúrrales el agua hirviendo cuando estén blandos, dórelos junto al resto del sofrito un minuto más, y ya dispone de un nutritivo plato de fusión entre cocina oriental y mediterránea”; otra, que podría designarse como “La despensa perfecta”, donde apareciese un listado de alimentos no perecederos que saquen las castañas del fuego si aparece alguien con hambre por la puerta sin previo aviso, en el que tengan cabida los antedichos fideos chinos, guisantes, judías, maíz, o habas en conserva que respeten el medioambiente además de no llevar aditivos perniciosos, para preservar también la integridad de la salud familiar; y una tercera, que podría denominarse “Intercambio de ingredientes”, para solventar carencias de extrema urgencia del tipo “Esto..., estaba preparando una salsa de tomate casera y me he dado cuenta de que no tengo tomates (triturados en lata tampoco, que me salté la sección anterior), ¿alguna sugerencia para substituirlos? Matarme no vale que ya lo ha hecho mi madre. Posdata: es domingo y no tengo un 24h cerca. SOS (y no estoy haciendo publicidad de una marca de arroz!!!)”.

by Eva Loureiro Vilarelhe

2 comentarios:

  1. Es cierto!!!!!!!! me identifico totalmente.Como te decía hoy lentejas,y mañana...ja veurem

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