jueves, 15 de septiembre de 2016

Más familia y punto


El último anuncio de Ikea es muy simpático, para quienes no lo hayan visto se lo resumo. Se nos dice que los niños tienen demasiados deberes y que sería más aconsejable que pasasen más tiempo en familia, por lo que se aboga por lo que denominan “cenología”, esto es, dedicarse a repasar desde gramática, geometría, cálculo y hasta astronomía mientras se hace la cena, se pone la mesa o se da buena cuenta de lo que se ha preparado entre todos. La verdad es que al verlo se nos escapa una enternecedora sonrisa casi sin dar por ello, porque los críos es lo que tienen, aparte de tener respuesta para todo, resultan irresistibles.

Algo semejante ya me ocurrió con el video que titulaban como “La otra carta” en las Navidades de 2014. En aquella ocasión hacían una especie de experimento sociológico también con niños. A un puñado de diversas edades que todavía creía en los Magos de Oriente se les proponía que escribiesen la consabida carta a los Reyes, a continuación se les instaba a que hiciesen lo propio con sus padres. Todos coincidían en querer pasar más tiempo con sus progenitores, algo que a éstos no les sorprendía en absoluto, pero no podían evitar emocionarse al leerlo escrito por sus propios hijos (tampoco cualquier padre o madre que lo vea puede evitarlo, al pensar en su o sus propios retoños). Para terminar se les decía que sólo podrían enviar una de las dos cartas, lo que ocasionaba que sopesasen el riesgo de quedarse sin sus deseados juguetes, pese a que aún así todos escogían enviar la segunda.


En definitiva, pasar más tiempo con la familia es algo deseado tanto por mayores como pequeños, y por familia hablo en el sentido extenso de la palabra, incluyendo perros, gatos o cualquier tipo de mascota, y si me apuran hasta plantas, porque todo ser vivo con el que se interactúe en el hogar tiene derecho a ser un miembro más de la unidad familiar. No exagero, a mí las disquisiciones sobre qué debe ser considerado como tal están de más, cuando lo que importa en definitiva es el cariño que hace el roce y no el sexo de cada cual, o el grado de parentesco que haya. Porque ¿quién decide qué es lo normal? Yo desde luego no tuve una que se ajustase a los cánones.

Nací con el bum de natalidad de finales de los setenta, pero de padres que ya tenían nietos, algo que hoy en día no desentonaría demasiado en mi época era anormal. Si papá aparecía al salir del colegio mis compañeras me advertían que había venido a buscarme mi abuelo, cosa que a mí me sacaba de quicio. Ahora bien, también tenía cosas buenas, si mi madre (como muchas de entonces) se dedicaba a cuidarme después de toda una vida trabajando, a mis ocho años también se retiró mi padre, así que tuve la oportunidad de entablar una relación muy estrecha con ambos, debido a la gran cantidad de horas que pasábamos juntos.

Que mis padres no eran los más listos del mundo. Seguro. Que tampoco los más ejemplares. También. ¿Es que acaso los hay? No obstante cuando era una niña ni se me ocurriría dudar de que lo eran y es con lo que me quedo, porque cuando crecí y descubrí sus defectos aprendí a quererlos y respetarlos más si cabe, por todo lo que hicieron por mí dentro de sus posibilidades y por intentar enseñarme a ser como ellos, buenas personas.

Hay quien dice que lo que importa es la calidad y no la cantidad, supongo que para defenderse por el poco tiempo que dedica o puede dedicar a su familia, y ya no hablo únicamente de los hijos, la pareja o demás amigos y familiares con los que compartimos el día a día también merecen la atención adecuada, que no se consigue sino estando juntos. Porque ¿cómo se mide la calidad? O ¿cómo se sabe que se está teniendo un momento de calidad? Y si no entienden lo que quiero decir piensen en sus propios recuerdos. ¿A que hay algún detalle insignificante que no saben muy bien por qué se les ha quedado grabado? Un abrazo, una caricia, una sonrisa, un gesto sin importancia quizás, pero que rememoran con especial emotividad de su infancia o adolescencia.

A mí me pasa mucho y es más, se pueden ver a diario en cualquier lugar público. El otro día sin ir más lejos, esperando a ser atendido igual que el resto estaba sentado a pocos metros de mí un hombre con dos críos, él ensimismado en su teléfono no hacía mucho caso de lo que le decían, pero, cuando se cansaron de pasar páginas de las revistas que había en las mesitas, inclinaron la cabeza a su lado hipnotizados por la pantalla. Al cabo de poco empezaron a acosarlo con preguntas. “Papá, ¿por qué no pones el video del otro día? ¿Por qué no buscas...?” Él en un principio intentó zafarse, un tanto molesto. “Ahora no, que tengo que consultar una cosa. Después, que esto es importante. Es algo del trabajo, ¿entiendes?” Ellos no cesaron de atosigarlo hasta que cedió, no sé si por no aguantarlos o para que dejasen de alborotar la sala de espera. Reinó de nuevo el silencio durante unos segundos, los que tardaron en hacernos reír a todos los presentes con sus graciosos y exagerados comentarios sobre lo que veían. No me acuerdo de qué era, ni siquiera importa, lo que sí no olvidaré es la cara de felicidad de los dos hermanos y las caricias que les hizo el padre meneando la cabeza, mirando entre compungido y divertido al resto de adultos que estábamos alrededor, como intentando disculpar lo imposible, que un par de niños no jueguen con cualquier cosa que tengan a su alcance.


Todos tenemos días malos, de esos en los que estamos tremendamente cansados, abatidos, o simplemente estresados, de esos en los que me tiro en el sofá con lo puesto y me digo a mi misma, cinco minutos y después sigo. Entonces aparece uno en el salón con un libro pidiéndome que se lo lea, o si puede leérmelo, que ya van siendo menos pequeños. Cierro los ojos y pienso, no por favor, no puedo más. Acto seguido abro los brazos diciendo, mamá está muy cansada, ¿qué tal si le das un abrazo a ver si se le pasa? Entorno los párpados para comprobar la reacción, a veces dudan porque tienen real interés por lo que quieren que veamos juntos, sin embargo al final acaban por hacerme daño al tirárseme encima en plancha para aprovechar el breve intervalo de reposo que me tomo. Y dolorida lo estrujo todo lo que puedo aferrándome a ese instante, porque sé que igual es uno de esos que recordará de mí cuando ya no esté a su lado.

Por todos estos y muchos más motivos, creo firmemente que las cosas nos van bien cuando hacemos el esfuerzo de estar más con los nuestros, en casa o en cualquier sitio, porque con las personas que queremos sale lo mejor de nosotros mismos. Con lo que, si me preguntan por la receta para conseguir un mundo mejor, la respuesta es siempre la misma: más tiempo en familia y punto.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

No hay comentarios:

Publicar un comentario