jueves, 1 de septiembre de 2016

Malditos parásitos



Unos parásitos, eso es lo que somos para nuestro planeta, de los peores, además, no de aquellos que ayudan a sus huéspedes eliminándoles insectos molestos, como hacen los picabueyes con los rinocerontes, por ejemplo. No, no, los seres humanos somos de lo peor, de hecho somos la única especie que destroza conscientemente cualquier hábitat en su propio beneficio, incluso perjudicándose a sí mismo, y encima se jacta de ello como si su hazaña mereciese ser digna de encomio. A eso nos dedicamos, básicamente, y cada vez más a menudo me pregunto hasta cuándo podremos seguir admirando su precioso color azul desde la estratosfera. 
La Tierra es frágil, como cualquier ser vivo necesita preservar el equilibrio logrado tras milenios de evolución, si desea continuar haciéndolo manteniendo su peculiar belleza. Pero eso no va con nosotros, nos creemos seres superiores por nuestra inteligencia y precisamente somos la especie que menos la utiliza en términos de preservación. Cualquier otro animal o planta es consciente de que si no cuida su entorno no tendrá futuro, no sólo ella, sino también su descendencia, el instinto de conservación es algo inherente a todo ser viviente, y nosotros hacemos caso omiso desde que nos apropiamos del entorno en el que vivimos como si fuese nuestro. 
Nada más lejos de la realidad. Recuerdo que en la película “La guerra de los mundos” logramos librarnos de una invasión extraterrestre, cuando al parecer no había esperanza alguna de vencerlos, gracias a que el sistema inmunológico de los aliens no estaba habituado a los microorganismos que pululan por doquier y morían sin remedio. Resultó irónico que los venciesen unos seres tan insignificantes, pero también explica hasta qué punto todo está relacionado en nuestro ecosistema. Llevamos conviviendo con ellos desde siempre y ni siquiera nos damos cuenta de que sin semejantes seres la vida como la concebimos hoy en día tampoco sería posible.
Nos da igual, no hacemos ni caso de todas las alarmas que anuncian el cambio climático, empeñados en seguir discutiendo si se puede hablar de tal fenómeno cuando lo tenemos delante nuestras narices. Que el polo se deshiela y crecen las aguas, mientras a mí no me aneguen el chalet de la playa qué me importa. Que la desertización y la escasez de agua potable se hace cada vez más patente en todo el mundo, si encuentro botellas suficientes en el supermercado y del grifo sigue saliendo con la presión acostumbrada por qué he de preocuparme. Que arden millones de hectáreas agravando todavía más el drama de la deforestación y del efecto invernadero por pura avaricia, pues estupendo, que así tendremos más terrenos recalificados para construir lo que nos venga en gana. Que no queremos industrias contaminantes en nuestros evolucionados países, pues las deslocalizamos (qué palabra tan moderna y políticamente correcta) que si se ensucian los de los demás ya no es asunto nuestro y nos dedicamos a mirar nuestros recuperados paisajes a base de estropear otros, cuanto más lejanos mejor para no verlos o cerrar los ojos si salen en las noticias. Y así sucesivamente, que la lista es larga y las excusas igual de terribles. 




Somos una especie narcisista, nos encanta mirarnos el ombligo y deleitarnos con nuestros placeres mundanos, para qué vamos a preocuparnos los más mínimo por reducir, reciclar y reutilizar si total al final nadie más lo hace. Se desperdician toneladas de alimentos, despilfarramos energía y la basura se continúa incinerando incluso en supuestas plantas de reciclaje. Qué más dará entonces si yo tampoco me esfuerzo.



Pues sí que da, y mucho. La arena de las preciosas playas que todavía podemos disfrutar está hecha de diminutos granos y sin cada uno de ellos no existirían, es cierto que se necesitan muchísimos para ser un arenal, pero todos suman. Por eso no podemos escudarnos en falacias para no actuar como habitantes responsables de un planeta en agonía, debemos empezar ya mismo a pensar en el ahora, no en el futuro, ni siquiera a corto plazo. En este mismo momento desaparecen especies, hábitats o parajes indescriptiblemente hermosos por no ser tajantes con nuestra cotidiana dejadez. Actuemos de una vez como debemos, si no les parece oportuno hacerlo por el bien del entorno háganlo por el resto de la humanidad, ya que en los países sin recursos nuestros congéneres no viven precisamente con nuestras regalías y por desgracia son en los que más repercute el desastre medioambiental que estamos provocando con nuestra arrogante actitud.



Quizás crean que exagero, que todavía no es para tanto, yo en cambio creo que es urgente ponernos a arreglar este desaguisado, porque de lo contrario llegará un punto en el que la madre naturaleza se harte de nuestros desmanes y explote. ¡Malditos parásitos! Vociferará iracunda y, cual perro pulgoso desesperado, intentará deshacerse de todos nosotros de una manera rápida y efectiva. Ya no le bastarán los continuos seísmos, las erupciones volcánicas, los tsunamis, los tifones, las inundaciones y demás avisos a los navegantes a los que nos viene acostumbrando en los últimos tiempos, no, preferirá un método absolutamente letal que afectará incluso al resto de especies que recibirán el castigo sin comerlo ni beberlo, bueno, en realidad tan sólo aquellas que sobrevivan a nuestras tropelías por entonces, y no le temblará el pulso al hacerlo, a sabiendas de que tal vez no se recupere el equilibrio en millones de años. En el fondo a ella no le importa, incluso si el sol ya ni siquiera es la estrella que nos otorga la vida porque ya se ha consumido. El devenir es incierto y jamás sabremos lo que nos deparará, ahora yo apuesto por una nueva glaciación repentina o algo por el estilo que nos deje a todos fuera de juego en segundos, ya digo, un castigo ejemplar que merecemos por ser los peores parásitos de nuestro propio planeta.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

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