jueves, 29 de septiembre de 2016

Cajón de sastre


Es evidente que la ciencia lleva haciéndonos la vida mucho más fácil desde hace décadas, tanto es así que hoy por hoy resulta inverosímil vivir sin las nuevas tecnologías en una sociedad como la nuestra. No imposible, claro, ya que todavía queda algún reticente que anda por la vida sin móvil, o que se resiste a conectarse a las redes sociales. A mí no me parece mal, entre otras cosas porque soy fan de lo vintage, como se denomina últimamente a lo viejo o anticuado.

Tengo grabada en la memoria la robusta lavadora que se usó en casa hasta que se murió tras treinta años de uso continuado, aparte de las lágrimas de mi madre al despedirla cuando tuvo que cambiarla por otra nueva, que ya no duró ni la cuarta parte. Recuerdo con simpatía aquellos electrodomésticos que se arreglaban sin llamar al servicio técnico, no sólo por ahorrar, sino porque no eran tan inteligentes como los de ahora y, en consecuencia, daban menos problemas.

Usé la Adler Tippa de mi padre tiempo después de generalizarse el uso de los ordenadores, no con afán de rentabilizar las clases de mecanografía a las que empecé a ir en la escuela precisamente porque adoraba el traqueteo constante que se escuchaba por el pasillo, y una vez que me asomé a la sala insistí hasta que me dejaron apuntarme, puesto que al ver las filas y filas de máquinas de todos los diseños y condiciones quise conocer al dedillo cómo funcionaban aquellos curiosos artilugios. Su sonido al teclear me acompañó casi hasta licenciarme en la universidad, aunque entonces ya tecleaba en una Olivetti Studio 46 por culpa de la a estropeada de la anterior (que conste que a mí me encantaba que quedase un poco por debajo de la linea recta de las demás letras, por aquello de darle un toque personal a mis escritos), sin embargo mis dedos agradecieron la nueva adquisición.

Y mucho más mi primer PC y todo lo que trajo consigo. Sin él los trabajos de investigación, de fin de carrera, la tesis de licenciatura y demás serían mucho menos llevaderos, así que tampoco soy de las que opina que todo tiempo pasado fue mejor, por el contrario, me aprovecho de las novedades para adaptarlas a mis necesidades. Ahora bien, algunos artilugios cuestan demasiado al salir al mercado y hasta hace poco solía ir adquiriendo los que ya estaban superados por otros más sofisticados o mejorados, principalmente porque me parece un disparate pagar una barbaridad por algo que en unos meses estará obsoleto, según se mire, por supuesto, porque funcionan perfectamente. 


En definitiva, que mi primer smartphone lo compré, aparte de por adaptarme a los nuevos tiempos, por aquello de que no me mirasen raro al reconocer que no podía comunicarme por internet a través del mío, y como me decanto por la manzana, pues el iPad y el iPhone llegaron mucho después. Pese a que me encanta la letra impresa que deja huella, también adoro la comodidad de escribir y modificar lo que no me guste con un dedo; y aunque sigo utilizando el bloc de notas de siempre, resulta útil llevar prácticamente toda mi vida dentro de un teléfono. E igual de peligroso. Porque una vez que estás acostumbrada a tener lo necesario tan a mano, el mundo parece que se va a acabar si lo pierdes o, como en mi caso, si el móvil dice hasta aquí he llegado.

Lo fundí, literalmente, su mecanismo interior (léase, software o lo que sea) dijo basta, ya no puedo más, ve pensando en sustituirme por uno más potente, que esto es demasiado para mí. Es lo que hay, sus baterías y sus sistemas están diseñados para durar dos años como mucho y el mío no era precisamente de última generación, por lo que no aguantaba las actualizaciones de las aplicaciones y demás que tenía instaladas. Así que por una vez hice una excepción y me compré el último modelo (de hace un par de meses, ahora ya hay otro, por descontado), eso sí, como siempre aprovecho alguna oferta me hice con uno descomunal que no era muy de mi estilo (a mí que me encanta llevarlo en el bolsillo del vaquero), pero he de admitir que es estupendo tener delante semejante pantalla.


Y por fin sobrada de megas para navegar y de gigas de almacenaje lo he convertido en una especie de cajón de sastre. Acumulo datos, utensilios y chismes varios, que han logrado modificar incluso algunos de mis hábitos diarios. Por poner un ejemplo, la tarjeta para pagar con el móvil es de lo más divertida. Es igual que en el anuncio, pasas la mano y, sin necesidad de abrir siquiera la cartera, como por arte de magia (en realidad se llama contacless, aunque yo prefiero decir abracadabra), pues me dan el ticket y si la cantidad no es elevada ni me molesto en teclear código alguno.

Sí, ya sé que parece de paletos sorprenderse con las innovaciones, pero yo no he perdido esa capacidad, sigo poniendo la misma cara de admiración que la primera vez que vi un tocadiscos cuando era una niña. Al acabar de escuchar el LP el brazo retrocedió hasta su posición inicial y me acerqué maravillada al disco, rocé con las yemas su superficie todavía incrédula, ¿cómo podía salir música de una aguja y un simple trozo de plástico con surcos? Me sobresalté cuando me avisaron que no lo tocase, que se estropeaba, ensimismada como estaba contemplando aquel milagro, porque aunque después estudié la producción y propagación de las ondas sonoras, e incluso me interesé por conocer más pormenorizadamente su funcionamiento, continúo pensando lo mismo que aquel día, que es algo mágico, y que al incorporarlo a la cotidianidad de nuestras rutinas pierde un poco ese misterio, pero no me digan que no parece cosa de brujas que escribamos un Whatsapp y que lo reciban en las antípodas al instante, pudiendo mantener una conversación simultánea sin necesidad de cables.

Los nacidos en la era digital ya lo traen incorporado de fábrica, tanto es así que ya he visto en más de una ocasión a algún crío intentando pasar las páginas de un libro o una revista moviendo el dedo como hacen en la tableta (¡y su cara de consternación al verificar que aquello no funciona como esperaban!), por eso creo que es importante que les recordemos que se puede sobrevivir sin nuevas tecnologías, que algo tan desusado como un lápiz y un papel viene genial en caso de que se colapse la wifi, y que es sano y aconsejable tener una agenda paralela a la del smartphone. Sano por aquello de que escribir algo cada día previene la aparición de la demencia senil y del Alzheimer (o eso indican estudios recientes), y aconsejable porque en caso de pérdida, hurto, o fin de sus días, quedarse sin móvil a estas alturas puede ser una hecatombe.  

by Eva Loureiro Vilarelhe

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