jueves, 8 de septiembre de 2016

Al final la culpa es del eterno retorno de Nietzsche


Dichosa “vuelta al cole” con la que nos llevan bombardeando desde hace unas semanas. Vale que en algunos grandes almacenes se lo curren con una oferta de tenis+zapatos colegiales a un precio asequible para padres malabaristas que intentan poder pagar libros, material escolar y demás sin arruinarse en el intento. Otra cosa es que nos pretendan vender un jamón, un trozo de lomo, un chorizo, un salchichón, una cuña de queso curado y una botella de aceite de oliva como “pack vuelta al cole”, no me digan que no da que pensar, porque, una de dos, o los críos no comen bocadillos en verano, o cualquier excusa es buena para sacar tajada de la furia consumista del tan cacareado “regreso al hogar”.

En fin, septiembre es lo que tiene, antes era el mes de la vendimia y ahora le han colgado el sambenito de perentoria incorporación a la rutina habitual, puesto que hasta hay un anuncio en el que se lo contrapone al anterior de forma despreciativa, siendo agosto risueño y alegre, septiembre aparece como triste y aburrido, además de deprimente. Todo sea por hacer caja, o ésa es la conclusión a la que una llega tras analizar en qué han convertido el tradicional calendario que hacía referencia a las faenas agrícolas. Comprendo que hoy por hoy no tenga mucho sentido para los niños (aunque creo que ayudaría a que aquellos criados en ciudades supiesen que las frutas y la leche no vienen del supermercado) conocer qué tareas son características de cada mes, ni cuándo se debe sembrar y recolectar el producto de interminables jornadas de trabajo de sol a sol, ahora bien, de ahí a que cada cierto tiempo se inventen una excusa para reactivar el comercio hay un trecho. Y si les parecen que exagero acompáñenme por el calendario.

En cuanto acaba la vorágine de la antedicha “vuelta al cole” ya casi estamos en la antesala de las Navidades, de hecho parece que paulatinamente se va adelantando la fecha de inicio de la cuenta atrás, esto es, los escaparates se llenan de árboles y adornos navideños dando con ello el pistoletazo de salida al período de mayor gasto. A finales de octubre comienzan a multiplicarse por doquier y de paso nos añadieron otra fiesta de importación como es Halloween, que antes no se celebraba y últimamente sólo nos falta ir de puerta en puerta dando a elegir entre truco o trato. De seguir así no me extrañaría ver reunirse a las familias el cuarto jueves de noviembre para comer el pavo de Acción de Gracias, háganme caso, tocar la fibra sensible es un filón y resulta de lo más fructífero –a sabiendas de que aquí se prolonga más de la cuenta porque también tenemos los Reyes– con lo que llegamos a empezar el año sin dejar de ser asediados por quienes quieren que no reparemos en gastos, aprovechándose del supuesto espíritu que durante esos días se adueña de nosotros y nos hace aflojar la cartera sin pensar en lo que vendrá a continuación. 



Exacto, la cada vez más empinada cuesta de enero es otra estupenda estratagema para continuar acosando nuestra maltrecha economía. Con el pretexto del ahorro somos víctimas de irrenunciables ofertas, además de las famosas rebajas que se llevan lo poco que quedó en nuestros bolsillos. No satisfechos con ello, había que inventar algo para que en febrero no decayese la euforia de despilfarro, ¡y qué mejor cosa que un santo de los enamorados! Si bien es cierto que hay quien no cae en sus garras, no porque no crea en el amor, sino porque no le parece oportuno fijar un día concreto para ser detallista con su pareja, por tanto hubo que buscar un revulsivo para descreídos, no obstante, como hay quien sucumbe a San Valentín y también celebra el carnaval por todo lo alto, como debe ser, pues hubo que posponerlo para el mes siguiente por no resultar pesados.

En marzo, ¿quién va a negarse a demostrar su apego por su progenitor? Y en mayo, ¿quién será capaz de renegar de su pasión por su madre? Nadie. O al menos no se atreve a reconocerlo en público por aquello del qué dirán. Entremedias tenemos la Semana Santa, Pascua, o como quieran denominarla, otra coartada perfecta para vender provisiones y pertrechar a los que se escapan, o bien a los que se quedan en casa a fin de que la pasen a cuerpo de rey. En junio porque viene el verano y tu jardín no está preparado, en julio porque necesitas un traje de baño y no puedes dejar de beneficiarte de las nuevas rebajas, y en agosto por la operación salida, o por la fiesta patronal de turno, debes acudir en tropel a tiendas y demás centros comerciales no vaya a ser que te haga falta algo y no lo tengas.


En definitiva, que entre planes renove, operaciones de lo que sea (que seguro que me he dejado alguna en el tintero), promociones, descuentos o equivalentes (se les agota la imaginación para inventar adjetivos que “liquiden” precios) sin olvidar por supuesto los outlets, imprescindibles desde que la crisis hizo tocar fondo el consumo del ciudadano medio, pues nos pasamos la vida superincentivados a fin de lograr que hagamos lo único para lo que al parecer valemos los habitantes del planeta: gastar hasta el último céntimo de lo que tenemos, que además si así ya no podemos pagar la hipoteca, mejor, que nos desahucian y habrá más oferta en el mercado inmobiliario, indispensable para crear otra burbuja. De locos.

Al final cada vez estoy más convencida de que se cansan de predicar sobre el progreso de la civilización hacia un futuro más evolucionado y lo único que constato es que el tiempo sigue siendo circular como para los griegos, porque año tras año se repiten los mismos clichés, corregidos y aumentados para procurar pescar a más incautos espectadores, por lo que la culpa va a ser del eterno retorno de Nietzsche y tendremos que seguir aguantando indefinidamente la machacona cantinela de la “vuelta al cole” cuando la proporción de población que en realidad tiene que volver al colegio es cada vez menor, puesto que la natalidad cae tan en picado como de seguir sin remediarlo nuestras perspectivas de supervivencia a largo plazo.

by Eva Loureiro Vilarelhe   

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