jueves, 25 de agosto de 2016

¡Por fin se acaba el verano!


No, no es que me haya vuelto loca, ni que la resaca olímpica se me haya subido a la cabeza. No, lo que pasa es que como no hay marcha atrás y agosto ya está en las últimas busco buenos motivos para alegrarme de que llegue septiembre. Y hay dos que merece la pena celebrar, que además están relacionados. 
No soy mucho de ver deporte en televisión, prefiero jugar un partido (de lo que sea) a verlo retransmitido, pero con las olimpiadas hago una excepción. En primer lugar porque el abanico de oferta resulta mucho más ameno que el sucinto repertorio con el que nos bombardean en la sección deportiva de los informativos, y también porque reconozco que es emocionante ver a nadadores, atletas y demás deportistas compitiendo por alcanzar la gloria mientras una está casi tan encharcada en sudor como ellos por el calor que hace, eso sí, he de admitir que el horario no ayudó mucho esta vez y tuve que desconectarme de las redes sociales para que no me estropeasen la sorpresa de quién subía al podio. 
Por la fotografía que aparece al inicio habrán imaginado cuál es mi deporte preferido, que precisamente podrá optar a medallas en las próximas olimpiadas, pero por el momento seguimos pendientes de las diversas competiciones que tienen lugar alrededor del planeta. Una de las que cuenta para el campeonato mundial de surf se celebra en mi ciudad y es nada menos que la Pantín Classic, que este año tendrá lugar entre el 30 de agosto y el 4 de septiembre, y siempre se convierte en una inmejorable manera de rematar el verano, porque se espera que alrededor de treinta mil personas disfrute del espectáculo que supone ver a verdaderos profesionales sobre las olas. 
La otra razón por la que me emociona que la época estival llegue a su fin es que las playas vuelven paulatinamente a su normalidad, lo que significa poder disfrutar de ellas incluso a veces en solitario. Y eso es una gozada que sólo ocurre aquí. Estamos tan acostumbrados a ellas que no valoramos el paraíso en el que vivimos, nuestras costas pueden rivalizar en belleza con cualquier destino turístico afamado, ya no digo de la Península, sino del mundo entero. Tanto los organizadores del campeonato como diversas asociaciones de Ferrolterra llevan años luchando para que se reconozca la valía de nuestro entorno y para que se invierta en su cuidado, ya que se trata de un negocio que aparte de atraer visitantes (como bien demuestra la afluencia a la susodicha prueba), serviría para estimular la maltrecha economía local, a juzgar por el notable incremento del número de alumnos con el que cuentan las escuelas, que viene al caso destacar que en su gran mayoría se trata de niñas o chicas, por lo que, como se ha visto en la reciente cita olímpica, el futuro del surf también pinta en femenino. 
Hay que admitir que no es un deporte barato, no obstante actualmente resulta mucho más asequible tanto por la proliferación de oferta como por el abaratamiento del material. Lo que sí es innegable es que es uno de los más atrayentes de todos, por su vistosidad y lo emocionante que parece. Y digo parece porque el surf engaña, a simple vista da la impresión de ser fácil y divertido. Divertido no les quepa duda que lo es, y emocionante también, lo que sucede es que ni es fácil, ni apto para todos los públicos. A mí me atrajo desde pequeña, pero no tuve oportunidad de empezar hasta hace unos tres años. Y ya no pude parar. El surf engancha, quien lo prueba una vez, repite, ahora bien, entraña una serie de dificultades que hay que tener en cuenta. 
Para jugar al fútbol sólo hace falta un balón, unos cuantos amigos y un poco de espacio libre. Para surfear, aparte de pertrecharse hasta los dientes, sobre todo en invierno (traje, escarpines, guantes, capucha, tabla e invento, por no hablar de los accesorios...), se necesita conocer las corrientes, el viento adecuado a la playa adonde se vaya, y que las olas tengan la amabilidad de romper adecuadamente. Cosa que por desgracia no ocurre tanto como sería deseable, por eso ya habrán escuchado eso de que el surf es un estilo de vida.
No es una frase hecha, porque quien realmente quiere dedicarse a esto debe adaptar sus horarios a las mareas y a las condiciones meteorológicas. Y no todo el mundo vale, o puede, claro. Así que podemos hablar de dos tipos de surfistas. Los pros (apócope de profesionales) que, independientemente de que se dediquen exclusivamente a ello o no, se han ganado el título como los pilotos con sus horas de vuelo, en su caso digamos que por la cantidad de salitre acumulada en su curtida piel. Y después están los aficionados, que van al agua menos de lo que les gustaría y se les ponen los dientes largos al ver a los otros pasándoles las quillas por las narices, porque saben que nunca serán como ellos. 
Yo evidentemente estoy entre los segundos. Me inicié tarde, mal y arrastro, me esfuerzo todo lo que puedo por mejorar y sé que, aunque me rompa los cuernos en el intento, jamás conseguiré nada. Aún así no pierdo la esperanza. Soy capaz de ponerme en pie encima de una tabla gracias a Iago Nieto, buen amigo y mejor persona, surfista autodidacta, de los pros, por supuesto, que me inició en este mundillo y al que le estaré eternamente agradecida por su paciencia y cariño a la hora de intentar transmitirme algo de su sabiduría marítima.

 
Iago Nieto en Doniños (Ferrol)

Gracias a él sé que mi pasado de nadadora me convierte en una remadora decente, que mi conocimiento de la costa y las mareas me ayuda a respetar el mar y no meterme cuando no debo, que tengo buena vista para escoger la mejor de la serie, y que soy especialista en no cogerla nunca, porque si estoy en el pico con más gente mi carácter apacible me lleva a cederla siempre incluso cuando tengo preferencia (por no hablar de mi vergüenza a quedar en ridículo si no la cojo como debería). Por estos y muchos más motivos, soy plenamente consciente de que soy una inútil, no obstante si no voy al mar en toda la semana me subo por las paredes. 
Al agua suelo ir con un compañero de andanzas que está en las mismas que yo, desesperado por no poder ir más. Me lleva mucha ventaja, por supuesto, porque él ya tiene el título de albañil, mientras yo me canso de apilar piedras para que me salgan tapias torcidas, mi colega hace paredes sin problemas, y aún así se queja. Que si no avanza, que si no le salen los giros, ni los saltos. Y yo lo miro entrecerrando los ojos antes de soltarle. ¡Y qué esperas si como mucho podemos venir uno de cada siete días, además, tú me has visto a mí, caramba, date con un canto en los dientes! Entonces se deja de refunfuñar y reconoce resignado. Es que somos unos chocos. Que es como denomina él a  cualquiera que no se le de muy allá esto de la tabla, imagino que por aquello de que ni a calamar llegamos. 
Pese a todo seguimos intentándolo, no nos da pereza ponernos el neopreno aunque estemos a cinco grados y esté diluviando, si hay olas es un día espléndido, independientemente de que caigan o no chuzos de punta. Hacemos ejercicio, nos hartamos de remar y nos echamos unas risas juntos durante un par de horas antes de volver cada uno a lo suyo, y si encima tenemos la suerte de coger una buena regresamos a casa con una sonrisa de oreja a oreja. 
Muchas veces estamos completamente solos en el agua, y es una sensación alucinante verte en la inmensidad del océano únicamente con el cielo por testigo. Otras estamos rodeados, de conocidos casi siempre, porque al final somos los mismos habitualmente los que frecuentamos según qué playas, y entonces aprovecho para deleitarme con lo que hacen los demás, los pros, claro, que es de los que se aprende, se me van los ojos viendo la facilidad con la que se mueven algunos y suelo decirle a mi colega que de mayor quiero ser como Luis Rodríguez.



Luis es un mítico surfista ferrolano que fue varias veces campeón de España (también de Europa EUROSURF y subcampeón del mundo ISA) y cada vez que lo veo en acción me maravilla. Por la naturalidad con la que le sale de dentro, porque en eso también me he fijado que, como en todo, hay clases. Éste es un deporte en el que sin esfuerzo no consigues nada, ni siquiera si estás sobrado de talento, pero desde luego quien lo tiene se le nota y a Luis le sale por las orejas. En la imagen que encabeza esta entrada está en Punta Galea (Getxo) y en la anterior demuestra lo que sabe en Esmelle, otro de los arenales de Ferrol, pero podría poner muchas más fotografías suyas por medio planeta, de cuando tuvo la ocasión de codearse con los mejores. 
Por eso de mayor quiero ser como él (¡y no me importaría que tuviese que salirme su barba para conseguirlo!), sin embargo, como dudo que ocurra semejante milagro, procuro seguir practicando en cuanto tengo ocasión y sigo soñando con parecerme mínimamente a él. No tengo reparos en admitir que me he visto millones de veces cogiendo una ola perfecta, pero con lo que más sueño es con hacer un tubo. Desde que vi la película Soul Surfer, que recrea la vida de la surfista Bethany Hamilton, estoy convencida, si ella fue capaz de ser campeona del mundo sin un brazo, yo llegaré a atravesar una ola saliendo por el otro extremo sin caerme a revolcones. Ya lo verán, un día lo lograré. Mientras tanto continúo remando en las paradisíacas playas ferrolanas.

by Eva Loureiro Vilarelhe


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