jueves, 18 de agosto de 2016

Cine de verano


Me encanta ver películas en verano. La verdad es que prácticamente es lo único que suelo ver en televisión tanto ahora como el resto del año, "Downton Abbey" llegó a su fin y no acostumbro a engancharme a ninguna otra serie, en primer lugar porque me cuesta ser fiel a los horarios fijos (por problemas de conciliación familiar más que nada, pero éste es otro tema del que habría mucho que hablar), por lo que acabo decantándome por sentarme ante el televisor para disfrutar del séptimo arte siempre que no haya un libro que me lo impida, cosa que también sucede a menudo. Dirán que podría grabarla o verla a la carta en otro momento, y tienen razón, lo que pasa es que una tiene adquiridas unas cuantas manías que a estas alturas son difíciles de erradicar, como la de no poder esperar si sé que van a darla a la hora en que en el salón reina por fin el silencio.

Otra de ellas es la de zapear por todas las cadenas a la caza de un largometraje que no haya visto. No resulta muy difícil si se trata de alguno reciente, puesto que llevo años sin pisar una sala de cine para ver un filme para adultos, por aquello de la susodicha conciliación. Con los más clásicos sí que tengo más problemas, ya que me pasé la adolescencia tragándome las dobles sesiones que había los viernes en la segunda y los Sábado Cine de la primera cuando eran las únicas que existían. En casa solían retirarse al terminar el primer filme, aunque se quedaban en vela por si el siguiente no era muy recomendable para mi edad, apareciendo de cuando en cuando a hurtadillas para verificarlo hasta que en un descanso los instaba a quedarse en la cama tranquilos, asegurándoles que con “La gata sobre el tejado de zinc” o “Con faldas y a lo loco” no tenían mucho de qué preocuparse. Ahora bien, si de milagro vuelven a poner alguna de esas cintas memorables, no me molesta en absoluto repetir.

Pues, lo dicho, que me encanta ver películas en verano porque me recuerda precisamente a aquella época en que me quedaba hasta las tantas sin preocuparme en exceso que al día siguiente tuviese que levantarme a la misma hora de siempre, porque al no tener que ir al instituto no pasaba nada por estar sin dormir lo suficiente. Ahora son otros los que me obligan a ponerme en pie, pero como durante casi tres meses no tengo que doblegarme a rutinas escolares, tampoco me importa haber dormido menos por quedarme a ver el final. El único inconveniente que tiene la programación estival frente a la habitual, es que en parrilla no abundan estrenos de esos que se anuncian a bombo y platillo durante semanas antes, sino más bien reposiciones, versiones anteriores de otras que están en cartelera, o muchas de mero entretenimiento que no tienen enjundia alguna y sí efectos especiales en demasía, incluso en ocasiones de bajo presupuesto, y se les nota, sobretodo cuando el peso de la trama recae en ello (qué quieren que les diga, ver el Godzilla de cartón piedra de Ifukube hace gracia, en cambio hacer algo semejante a estas alturas – un grafismo de ordenador nada conseguido, por ejemplo – como que no, vamos, que 1954 queda muy lejos).

En resumen, que hay un poco de todo y, como soy de buen conformar, me apaño con lo que toque, eso sí, preferiría que repitiesen aquellos maravillosos ciclos temáticos con actores inolvidables de referente como Paul Newman, o de directores como John Ford, o hasta de wéstern, si me apuran, que una está acostumbrada a ver de todo, y cuando digo de todo es de todo, porque la mayoría de las veces no me quedaba otra que doblegarme a las preferencias de quien manejaba el mando, y qué le vamos a hacer si le pirraban los maratones de artes marciales de la TVG. ¡Pero aquí estoy para contarlo, con toda la filmografía de Bruce Lee a mis espaldas! Eso sí, la parte positiva es que cuento con una amplia y variada base en películas de acción que me permite mantener conversaciones eruditas sobre el tema con mis amigos.

Lo que asimismo me ha enseñado la experiencia es que puede aparecer alguna pequeña joya donde menos te lo esperas, y raro es el verano que no cae una. Éste ya encontré la primera y lo cierto es que no me lo esperaba por puro prejuicio, la verdad. Hace unas semanas dieron “La vida secreta de Walter Mitty” protagonizada y dirigida por Ben Stiller. Empecé a verla porque era la única desconocida y porque me gusta ver las películas que realizan los actores, quizás se trate de otra manía más, o tal vez sea porque en el fondo me interesa descubrir lo que tiene que decir alguien al que estás acostumbrado a ver interpretando vidas ajenas y no mostrando sus inquietudes existenciales como hace un director. He de reconocer que este actor en cuestión no es muy de mi agrado, no porque me parezca malo, no se lleven a engaño, sino simplemente porque su retahíla habitual de muecas me aburre soberanamente. Admito que alguna comedia en la que desempeña su papel a la perfección hasta me resultó graciosa, pero no es un tipo de humor que me haga reír a carcajadas.


En el filme Stiller interpreta a un tipo anodino que sigue sus rutinas en el trabajo a rajatabla desde hace más de veinte años, hasta que de repente se ve desbordado por los acontecimientos y explota. Walter Mitty es el encargado de los negativos de la prestigiosa revista Time, su única anomalía excéntrica de comportamiento es una tendencia a la ensoñación que le hace parecer un friki a la vista de sus compañeros de oficina, incluidos aquellos con los que tiene más confianza, por quedarse embobado viviendo su realidad paralela hasta límites absurdos, y que en el último mes se ve incrementada ante la llegada de una nueva trabajadora a la redacción de la que se enamora.

Su mundo se desmorona al descubrir que se va a interrumpir la edición impresa definitivamente, con el consecuente despido de gran parte de los empleados en plantilla, entre los que se encuentra dado que su cometido resulta obsoleto, pero al mismo tiempo cobra un inesperado protagonismo porque debe revelar la fotografía de la portada de ese último número. El fotógrafo de referencia de la publicación, al que le une una especial amistad a distancia ya que nunca se han encontrado, le envía personalmente el carrete y entonces ocurre lo que nunca antes le había sucedido, pierde precisamente el negativo que debe ser utilizado para tal fin, por lo que acaba embarcándose en una surrealista búsqueda del autor de la imagen sin importarle tener que seguirlo hasta los confines del planeta.

Sean Penn (que según mi opinión nunca guapo fue, aunque con los años adquiere más morbo y atractivo cuanto más marcado está un rostro en el que destacan sus límpidos y saltones ojos azules) interpreta al aventurero que debe perseguir por medio mundo, poco importa que diga apenas un par de frases en todo el filme, con él ocurre lo mismo que con la entrañable Shirley McLean, que hace de madre del protagonista, con su mera presencia llenan la pantalla, dándole su toque personal a cualquier escena.

Los típicos equívocos adornan la trama y enredan el devenir de un hombre al que le acabas cogiendo cariño, Walter Mitty tiene un pasado original, su gris cotidianidad contrasta con la cresta que lucía junto a su padre en aquel campeonato de skaters que ganó justo antes de irse de viaje por Europa con tan sólo un mapa y una mochila a cuestas. No obstante fue precisamente la muerte de su progenitor la que le hace dejar todo: su sueño viajero, su monopatín y su peinado punk, para ponerse a trabajar en una pizzería a fin de ayudar a su madre a sacar adelante a su hermana pequeña.

El romanticismo y la nostalgia planean por toda la película, un hombre que anhela su jovialidad de antaño, una revista referente en tantos aspectos que deja de ser impresa cerrando con ello un ciclo, e incluso una historia de amor que no acaba de cuajar por la indecisión e inseguridad del galán (dicen que la versión anterior de 1947 es más ácida y cómica que ésta, es evidente que en la actualidad el cine se hace de otra manera y, como en toda comparación, juzguen por sí mismos, que en el fondo es una cuestión de gustos). Ahora bien, el rocambolesco ritmo que adquiere la narración al ir tras la pista del fotógrafo no nos impide admirar el paisaje y reflexionar sobre lo que está sucediendo en pantalla (algo digno de elogio en un filme de factura norteamericana en los tiempos que corren), de hecho merece mencionarse el buen hacer de Stuart Dryburgh como director de fotografía, porque si hay una escena que me ha conmovido especialmente es el impresionante descenso por una serpenteante carretera de las montañas de Islandia. 


El mensaje que se nos transmite en uno de los eslóganes promocionales es que los sueños son para ser vividos, y es algo que se cristaliza en el instante en el que Walter Mitty decide lanzarse ladera abajo en monopatín. Lleva ya unas cuantas situaciones inverosímiles en las que se pone a prueba su valentía y arrojo (con escena de tiburón incluida), pero en las que en realidad reacciona por espíritu de supervivencia, y es precisamente en el momento en que se ve en la necesidad de llegar al valle lo más rápido posible cuando elige recuperar su actitud del pasado. Se ata unas piedras a las manos para poder maniobrar en las curvas sin hacerse daño y simplemente se atreve a hacerlo.

Su bajada a toda velocidad me ensanchó inmediatamente la sonrisa, porque sentí lo mismo que él. Que es posible si osamos dar el paso. Creo que las vivencias personales de cada uno nos hacen ver las cosas según puntos de vista diferentes, en mi caso sonreí porque todavía tengo esa extraña mezcla de vértigo y felicidad que me confirió atreverme a cumplir mi sueño de dedicarme a escribir. Principalmente porque aún no he llegado al final del trayecto, continúo construyendo mi camino cada día, y cada uno que pasa me alegro más de haberme decidido a hacerlo. Igual que Walter Mitty.

by Eva Loureiro Vilarelhe

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