viernes, 12 de agosto de 2016

A propósito de Nueva York y Tokio en Predestinados



A propósito de Nueva York y Tokio en Predestinados
by Eva Loureiro Vilarelhe 

La elección de estas dos metrópolis como telón de fondo en mi novela Predestinados no es, ni mucho menos, casual. Su protagonista, Beatriz Morgade, es una recién licenciada en Bellas Artes interesada por la fotografía que tiene la oportunidad de hacer un curso de posgrado en la Columbia. Nueva York se me antojó el escenario perfecto para una joven artista con hambre de vivir nuevas experiencias y con debilidad por la arquitectura. Manhattan resulta ideal para enriquecer el bagaje cultural de mi personaje, no sólo por lo atractiva que es visualmente hablando, sino porque cualquier forastero se siente casi como en casa nada más llegar, o eso al menos fue lo que viví yo.
Llegué a la isla el verano siguiente al acontecimiento que cambió para siempre su historia, además de alterar su famoso skyline. Las fotografías que había visto con las sempiternas torres gemelas ya no encajaban, ni siquiera aquellas imágenes más antiguas con el Empire State en primer plano se adecuaban a la nueva situación. Las cicatrices de la tragedia estaban sin cerrar todavía y se palpaba en el ambiente la exagerada preocupación por la vulnerabilidad que trajo consigo, evidenciándose en mucha mayor presencia policial de lo habitual por doquier en una de las ciudades más seguras del mundo.
Tópicos aparte, una de las cosas que más me sorprendió fue la sensación de déjà vu que me asaltaba en cualquier esquina, como si ya hubiese estado en un lugar que visitaba por primera vez. Supongo que de tanto haber visto rincones emblemáticos, calles y plazas filmadas hasta la saciedad, pues una parece conocer sino perfectamente dónde se encuentra, al menos no se siente perdida en absoluto y hasta se arriesga a ir deambulando por ahí sin mirar demasiado un plano que en cuanto despliega sirve de imán para que cualquier transeúnte se ofrezca amablemente a mostrarle el camino o la dirección que desea tomar, rompiendo con ello otro estereotipo sobre que nadie se preocupa por nadie en la Gran Manzana.
En definitiva, mi experiencia personal fue muy positiva, por lo que me pareció el sitio idóneo para comenzar la novela protagonizada por una pintora que todavía no se atreve a lanzarse de lleno a su pasión, ya que precisamente será pasión lo que se encuentre en la ciudad que nunca duerme y servirá de aperitivo para todo lo que le depara el destino a lo largo de su vida.
Su trayectoria vital es la que centra la narración y el hilo conductor no siempre va en línea recta. Nueva York es la primera en aparecer, pero Beatriz ya conoció Tokio en su etapa como estudiante, muchos años antes regresar a vivir allí en la segunda parte del libro. Su interés por el grabado japonés de la época Meiji (1868-1912) es lo que la lleva a pasar un semestre de Erasmus en la capital nipona. Declara abiertamente que le gusta la Bauhaus y como yo también adoro el Expresionismo, me imaginé que su estilo pictórico acabaría por ser una buena mezcla entre este movimiento, que preconiza la fuerza expresiva del color, junto a un toque indiscutible de su predecesor, porque su obsesión por la luz y los destellos casa más con el gusto impresionista. Quise dotar de verosimilitud su trayectoria artística y la hice interesarse por los orígenes o la inspiración de ambos, la pintura plana japonesa y por extensión su milenaria técnica de estampación tan admirada en Occidente por autores como Van Gogh, Gauguin, o tantos otros.

 Obras de Van Gogh basadas en grabados casi idénticos de Hiroshige

Durante los siglos que se llevaron a cabo este tipo de impresiones hay innumerables ejemplos que podrían servir de estímulo para cualquier artista, pero la perfección que alcanzan durante el período Meiji es sin duda de una belleza plástica tal que difícilmente se puede obviar. Es más, algunas de esas imágenes pertenecen al imaginario colectivo, sin importar que tengamos consciencia o no de su procedencia.


A estas alturas he de reconocer que Japón es mi viaje pendiente, aún no he tenido la posibilidad de recorrer un país por el que siento absoluta devoción. Visualmente por sus paisajes de postal, por su irresistible mezcla entre tradición y modernidad, y por su exquisitez decorativa incluso en los entornos más humildes. Ahora bien, es la manera que tienen los japoneses de entender la vida lo que me ha llamado la atención desde que tuve las primeras noticias sobre una sociedad distante con la que comparto más de lo que se puede imaginar, teniendo en cuenta que nací a miles de kilómetros.
Herder admitía que el modo de pensar de un pueblo está implícito en su lengua, por lo tanto cuanto mejor conocemos el idioma del otro más entendemos su carácter, y no puedo estar más de acuerdo con él, porque aprender japonés fue el detonante final para comprender los entresijos de una cultura que me fascinó desde temprana edad. Por desgracia, mi nivel lingüístico todavía no me permite leer a sus autores sin necesidad de traducciones, pero también es cierto que existen en el mercado editorial buenas ediciones de obras fundamentales para quien se interese por saber algo más sobre el país del sol naciente.
No pretendo descubrir ahora nada nuevo, de hecho estoy plenamente convencida de que Murakami tiene un hueco ganado a pulso entre los lectores occidentales, lo que sí me gustaría es recomendar una obra importante como fue en su día y continúa siéndolo tanto para los japoneses como para aquellos que quieran conocer mejor los fundamentos de una manera de ser que aúna un enorme respeto por las costumbres y un educado gusto por la simplicidad y la belleza de lo cotidiano, algo que en última instancia aprende a valorar Beatriz Morgade con el paso del tiempo.


Namiko es una novela de Tokutomi que se publicó por entregas en un periódico entre 1898 y 1899 y se convirtió en best seller enseguida. Su autor, un japonés cristiano que reniega de la tradición decimonónica de su país abogando por la novedad que supone abrirse a Occidente, critica severamente el concepto rancio de familia tradicional nipona que coarta la libertad individual y en la que no se tiene en cuenta el romanticismo.
No se trata de un relato que siga los ritmos a los que estamos acostumbrados hoy en día, y pese a que sus personajes en ocasiones resulten demasiado planos, como bien dice Carlos Rubio en el prólogo de la traducción editada por Satori, tiene un formidable valor documental, ya que ejemplifica de manera fehaciente ese debatirse entre pasado y futuro de toda una sociedad en el momento en que Japón deja de estar cerrado al resto del mundo.
Tokutomi retrata además el descalabro de un matrimonio ofreciéndonos una bella historia de amor, y pienso que consigue al mismo tiempo describir con certera sencillez la sensibilidad literaria nipona que podemos encontrar manifiesta en muchos de sus más famosos haikus, cuyo éxito hace que incluso en la actualidad sea raro que algún japonés no haya oído hablar de la desgraciada joven que da título a la edición inglesa.
by Eva Loureiro Vilarelhe

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