jueves, 29 de diciembre de 2016

La bruja del corazón de hielo


Hace muchos, muchísimos años, había una pequeña aldea en la ladera de una montaña. El valle estaba cubierto por un enorme lago, así que a sus habitantes no les quedó más remedio que ir disponiendo sus casas monte arriba. En invierno hacía tanto frío que procuraban construirlas lo más próximos al valle, por lo que iban escaseando cuanto más se ascendía, además el lago se congelaba por completo y podían patinar en él. 

La que estaba más cercana a la cumbre quedaba bastante alejada de las demás, resultaba complicado llegar hasta ella los meses en los que no cesaba de nevar, y su única habitante era una mujer siniestra. No le hacía ninguna gracia mezclarse con los aldeanos y, por su carácter arisco y la vida que llevaba, la llamaban la bruja del corazón de hielo. 

El resto de los habitantes de la aldea mantenían una relación más o menos cordial, procuraban que los roces o discusiones entre ellos no les afectasen demasiado, porque el inhóspito clima que soportaban en otoño e invierno y la proliferación de tareas en primavera y verano, los obligaba a ayudarse unos a otros para sobrevivir. 

Cuando el frío arreciaba y el manto de nieve cubría los caminos hasta impedirles abrir las puertas de sus casas, se veían forzados a permanecer en ellas sin salir a veces durante semanas. Únicamente hacían una excepción, incluso cuando el tiempo lo desaconsejaba: en Nochebuena iban a reunirse con sus familias, y pasaban allí la noche para celebrar la comida de Navidad al día siguiente. 


Un año el temporal de nieve y viento arreció tanto, que una niña de ocho años se soltó de la mano de su madre y se perdió en la montaña. Intentaron en vano buscarla entre la tormenta blanca que les nublaba la vista, hasta que oscureció y tuvieron que refugiarse en sus casas, porque la temperatura había descendido de tal modo que era insoportable estar en el exterior. Todos la dieron por muerta, sus padres, abuelos, y demás familia lloraron su pérdida aquella Nochebuena. 

La pequeña de hecho estaba muerta de frío, decidió parar de luchar por mantenerse en pie y se dejó caer sobre el suelo helado. Sus ojitos se cerraron y ya no pudo abrirlos al congelársele las lágrimas en sus pestañas. Aterida se fue quedando dormida rendida por el cansancio, notó que flotaba y, al no sentir la nieve bajo su cuerpecillo, supuso que estaba en el cielo como un ángel y sonrió complacida, convencida de que la muerte no parecía tan desagradable como le habían contado. 

Horas después pudo despegar los párpados y contempló extrañada un techo de madera, no había nubes, ni tenía alas, así que seguía viva, pero ¿dónde estaba? Se incorporó a duras penas de la cama, puesto que la cantidad de mantas y edredones que la cubrían pesaban demasiado para sus delgados brazos. Al fondo de la estancia una anciana atizaba la lumbre removiendo un puchero, y se le escapó un grito al reconocerla. 

La vieja se giró de inmediato, dejó el cucharón delicadamente sobre un plato, y se acercó limpiándose las manos en el delantal. “Será mejor que te acerque al fuego, todavía te sentirás destemplada, y tienes unos cuantos dedos de los pies semicongelados, no podrás caminar por el momento.” La niña la miró sorprendida, su dulce voz contrastaba con su desagradable aspecto, ya no le dio miedo que la cogiese en brazos y la llevase hasta la cocina. 


La dejó sentada en una mecedora de madera y le quitó los calcetines de lana para examinarle los pies. Ella la observaba allí arrodillada, sus palmas callosas procuraban rozarla apenas para no enrojecer más su piel, y entonces se dio cuenta de que no sentía algunos dedos. Asimismo reparó en que llevaba puesto un camisón blanco de lino que le quedaba enorme, y un par de gruesos jerséis a modo de vestido, con las mangas dobladas para permitirle asomar las manos.         

“Bien, no es tan grave como me pareció en un primer momento.” Admitió la anciana satisfecha y acto seguido le pidió perdón por no haberle preguntado cómo se llamaba. “Ana”, le dijo tímida, y su amable sonrisa la dejó sin palabras. “Bonito nombre, yo soy Helena, aunque imagino que me conocerás por mi mote.” La niña asintió sonrojándose, no obstante afirmó convencida: “Helena es precioso.” 

“Bien, Ana, esta noche tendrás que cenar conmigo, no puedo devolverte a tu hogar a estas horas estando el tiempo como está, pero no te preocupes, almorzarás con tu familia el día de Navidad. Por cierto, ¿quienes son tus padres?” “Alberto, el herrero...” “Y Adela, la lavandera”, terminó su frase. La miró asombrada de que lo supiese, y de nuevo su sonrisa la hizo imitarla. “Conozco a todos los aldeanos, así que imagino que iríais hacia la casa de Henrique y Marisa, los panaderos, cuando te perdiste.” Al asentir admirada le acarició la cabeza. “Pues allí te llevaré mañana, no te inquietes, y ahora espero que te gusten las gachas, porque no tengo nada mejor que ofrecerte.” 

El estómago de la pequeña le respondió por ella y ambas se rieron del estrepitoso ruido. Le sirvió un plato repleto acercándola a la mesa y Ana se interesó por la curiosa ornamentación, mientras se deleitaba con las dotes culinarias de la vieja. Por doquier colgaban ramilletes de hierbas secas, y había cientos de botes de cristal con lo que parecían especias, o polvos de diferentes colores. 

“Por algo me llaman bruja,” le dijo la anciana guiñándole un ojo al notar en qué se fijaba, y añadió, “no te inquietes, no sé de conjuros. Mis ungüentos y cataplasmas solo sirven para ayudar a cicatrizar heridas o calmar hematomas, y las únicas pociones que hago son jarabes para la tos o el resfriado.” Las risas de la niña la contagiaron a ella en esa ocasión, hasta que la pequeña se puso más seria y la miró fijamente antes de admitir: “Y tampoco es cierto que tengas el corazón de hielo.” 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 22 de diciembre de 2016

El insólito caso del saboteador de la Navidad


Al señor E. le encanta la Navidad, tanto es así que su sempiterna sonrisa se ve acompañada durante esas fechas por un canturreo constante de villancicos y demás melodías navideñas que en lugar de resultar molestas contribuyen a incrementar su aspecto afable y bonachón, de no ser porque llega un momento en que comienza a despertar cierto recelo entre los presentes dicha estampa de felicidad constante (con significativas miraditas y elocuentes gestos referidos a su estado de raciocinio incluidos).

Por lo tanto no es de extrañar que cada año se ofrezca voluntario para decorar el portal de su edificio, sin importarle en absoluto que los vecinos le anden poniendo pegas por una u otra cosa. En realidad da igual el motivo, el caso es quejarse por algo, como en las reuniones de la comunidad en las que rara vez llegan a un acuerdo que contente a todos. Así que el señor E. ya ni se inmuta con las críticas, y pone todo su empeño en conseguir que luzcan un poco los ajados adornos en el raquítico pino de plástico, que se guardan desde no recuerda qué año en el cuarto de contadores. 

Una vez que tiene todo dispuesto, congrega al vecindario a la misma hora que se reúnen habitualmente para proceder al encendido oficial de las luces. Llegó a proponer en una junta que se aprobase la compra de unas más modernas tipo LED, para ahorrar consumo, contribuyendo con ello a paliar el efecto invernadero, pero no obtuvo apoyos suficientes para lograrlo, por lo que pagó de su bolsillo un adaptador de carga solar para que su conciencia medioambiental quedase tranquila. Y una semana antes de Nochebuena pone sendos carteles anunciando el acto en el ascensor y en el portal, con el fin de congregarlos a todos a las ocho de la tarde. 

La puntualidad no es algo que caracterice a todo el mundo, y el pobre señor E. tiene que sufrir las consecuencias del imperdonable retraso de la inauguración, que supone tener que esperar por ciertos vecinos. Llegan a sus oídos incluso comentarios despectivos sobre sus manías entre las conversaciones sesgadas que se dan a su alrededor, aunque él no se molesta lo más mínimo, nervioso como está ante la expectativa del acontecimiento más esperado del año. Podría equipararse el brillo de sus mejillas a las del resto de niños del edificio, que aguardan igual de ansiosos que llegue el momento, ése el en que los ohhh de asombro, se mezclan con los “¡menuda mierda de luces!” que no llegan a ahogar las risas de la mayoría.

Por fin aparece la vecina del quinto disculpando su tardanza por tener que mudarle el pañal a la niña, el señor E. ladea la cabeza asintiendo comprensivo y carraspea antes de decir: “Queridos vecinos: ¡Felices fiestas a todos!” Entonces ocurre lo que nunca ha sucedido: los ohhh de decepción (y no de sorpresa) se entremezclan con los “¡cómo van a encenderse, si son una mierda de luces!”, mientras las risas generalizadas no le ayudan a entender qué sucede. “Si las he comprobado esta misma mañana antes de ir a trabajar”, balbucea a los pequeños que lo increpan para que las haga funcionar. 

El portal hace tiempo que está completamente despejado cuando encuentra el problema y sube a casa a toda prisa, en busca de lo necesario para reparar el cable donde ha sido cortado. “A propósito”, le comenta a un compañero de oficina a la mañana siguiente, “lo han seccionado de manera burda, porque con la lupa he constatado que se tratan de cortes irregulares e insistentes hasta que desgastan el cable lo suficiente para que no haga conexión.” El otro asiente distraído sin prestarle demasiada atención, cosa en la que no repara el señor E., puesto que su mente se encuentra ya en una febril elucubración sobre el modus operandi del culpable.


Esa misma tarde reúne de nuevo a los vecinos para proceder al encendido. Algunos protestan porque tienen mejores cosas que hacer, aunque en el fondo respetan que un hombre ocupado como él se moleste en montar todo el tinglado para los críos, y se presentan a regañadientes en el portal. Y es que el señor E. hace horas extras en el banco todas las tardes de diciembre para poder librar el día 24, puesto que necesita preparar con tiempo suficiente la cena que disfrutará con su ahijada y única pariente. Es la hija de su mejor amigo, muerto hace pocos años de un infarto, con la que almuerza cada miércoles, y quien también lo agasaja en Nochebuena con su compañía, en lugar de acudir a casa de su madre (que su progenitora tenga acompañantes que no son de su agrado también influye para que se decante por su padrino y únicamente la vea en la comida de Navidad).

“¡Al grano!”, lo increpa la anciana del tercero cuando intenta repetir su frase de felicitación y, ante la manifiesta impaciencia de los más pequeños, conecta de inmediato los cables sin mayor dilación, para encontrarse con que de nuevo el resultado no es satisfactorio. Preferimos no reproducir aquí las muestras de desagrado por no herir los sentimientos del señor E., que por descontado reprueba el lenguaje soez, así que imaginen la reacción que provocó que no se encendiesen las luces. La única que tuvo un gesto compasivo con él fue la vecina del quinto, quien le dio un par de palmaditas en el hombro, idénticas a las que le estaba dando a su hija para que eructase después de darle el biberón, diciéndole: “Si quiere apoyaré que se haga una derrama para comprar otras nuevas en la próxima reunión”. Él pareció no oírla, pues tan sólo comentó: “¿Será porque hoy es martes 13?”, más bien para sí mismo. 

Durante la comida del día siguiente le explicó a su sobrina su plan fallido. Tras descubrir que el cable había sido seccionado en una zona baja poco accesible del árbol, la reparó enseguida, y convocó al vecindario consciente de que surtiría el efecto deseado. Él lo estaría esperando escondido entre los buzones y la puerta de acceso a los contadores, ataviado con su pasamontañas y su negro atuendo, además del termo de café a fin de no quedarse dormido, pero fracasó su intento nocturno de desenmascarar al “saboteador de la Navidad”. Su sobrina se atragantó al escucharle semejante expresión y le respondió, como pudo entre el ataque de tos y sus carcajadas: “¡Cómo se nota que tienes mucho tiempo libre! Seguro que es alguien a quien le sobra tanto como a ti.” El ojeroso rostro de su padrino se iluminó en el acto y le dio las gracias encarecidamente, sin que ella cayese en la cuenta de que acababa de proporcionarle una nueva pista sobre el caso. 

“De verdad que no lo necesito,” insistió por enésima vez intentando no perder la paciencia, “durante el día la niña se queda con mi madre o en la guardería, puede llevárselo sin problemas, ya me lo devolverá esta tarde cuando vuelva de trabajar.” El señor E. reiteró su agradecimiento y la vecina del quinto suspiró aliviada al verlo salir por la puerta. Aquel hombre le parecía agradable y muy educado, pero llegaba un momento en el que prefería perderlo de vista. Su extremada cortesía la desconcertaba, no estaba acostumbrada a tanta palabrería fuera de uso, y hasta tenía que pensarse bien lo que le respondía para estar a su altura.


A su regreso fue su marido quien lo recibió, se acercó un poco cohibido al verla dándole el biberón a su pequeña en el sofá del salón. Se le notaba a leguas que él tampoco estaba familiarizado con semejantes escenas íntimas y supo ponerse en su lugar. “No se preocupe señor E., puede sentarse y contarnos lo que ha descubierto.” Estaba segura de que había llegado al meollo del asunto, porque sonreía del mismo modo que cuando la descubrió a ella sustrayéndole su periódico (pero ése es otro caso que pueden leer en este blog). Les enseñó la grabación que había recogido en su teléfono móvil, como apenas lo llama nadie podía prescindir de él durante todo el día, por lo que lo había conectado al ‘vigilabebés’ que le prestaron aquella misma mañana, para intentar descubrir quién se dedicaba a impedir que se encendiesen las luces del árbol. Ella miró significativamente a su esposo, había que reconocerle también que inteligencia no le faltaba, además de perseverancia y maña para colocar el aparato de espionaje de fabricación casera sin que nadie lo descubriese. 

Los vecinos fueron apareciendo en el descansillo uno a uno. Que la pareja del quinto insistiese en que debían bajar al portal de inmediato los cogió por sorpresa. Todos sospechaban quién estaba detrás de aquello, y de hecho fue el protagonista de las conversaciones debido a su ausencia. Apareció  finalmente cuando ya algunos amenazaban con marcharse, no obstante cambiaron de idea al verlo venir con lo que parecía un embrollo de cables unidos por esparadrapo. “Si hasta han roto las bombillas”, se sorprendió el joven inquilino del segundo.

“Como pueden comprobar,” empezó logrando que le atendiese en silencio hasta la pequeña del edificio, a quien se le escapaba una sonrisa cada vez que reparaba en su pajarita, “estas luces están completamente inservibles, por mucho que haya intentado repararlas no hay por dónde cogerlas, es más, podrían ocasionar un daño mayor de producirse un cortocircuito. Por lo tanto me he tomado la libertad de comprar unas nuevas, con dinero de mi bolsillo, por supuesto.” Algunos “habrá que devolvérselo”, o “repartiremos el gasto proporcionalmente igual que hacemos con el recibo de la comunidad”, acabaron apagándose en cuanto él comentó que no era necesario. 

Le permitieron entonces repetir su frase favorita, aquella en la que les deseaba a todos felices fiestas, así compensarían de algún modo su escasa disposición a aflojar la cartera, y los ohhh de asombro al menos en esa ocasión sí que fueron sinceros. “¡De colores!”, exclamó mirando sonriente a la mayor de los del sexto y ésta corrió a darle un abrazo a sus piernas, puesto que más arriba no le llegaba. El señor E. se agachó para acariciarle la cabeza y le susurró cerciorándose de que nadie los oía: “Será mejor que utilice sus tijeras solo para cortar papel, jovencita, o de lo contrario un día tendremos un disgusto.” La niña se sonrojó escondiendo la cara en su chaqueta de paño inglés y él la observó ensimismado, sin dar crédito todavía a que una personita de aspecto tan frágil pudiese albergar tal pasión a la hora de ensañarse con unos cuantos cables.

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 15 de diciembre de 2016

Muñecas rotas


Mario la observó alejarse con sus amigas. Iba riéndose igual que las demás, pero su risa era distinta. A él no podía engañarlo. Sabía que fingía, siempre. En clase delante de los profesores, con sus compañeros, o estando con su pandilla. Llevaba mucho tiempo fijándose en ella. Le gustaba mucho,  la verdad es que ya iba siendo hora de reconocer que sentía algo más fuerte. Le importaba. Demasiado, quizás. Y por eso sufría. Ambos lo hacían desconociendo el dolor del otro, bueno, no, Mario ya estaba al tanto de lo que le sucedía. O eso creía él. 

Regresó a casa tomándola con todo lo que se encontraba por el suelo. Le daba igual que fuesen hojas secas, latas vacías, o papeles, él los pateaba intentando desahogar su frustración de alguna manera. Prefería llegar un poco más tranquilo, o de lo contrario le daría una mala contestación a su madre y lo castigaría sin baloncesto. Era lo que le faltaba para completar el día, quedarse sin ir a entrenar. Odiaba los martes. Lo único que tenía de bueno tener clase por la tarde era que así la veía más, no obstante en lugar de disfrutarlo se enfadaba consigo mismo, por no atreverse a dar el paso. Por no plantarse delante de ella y gritarle: “¡Eh, aquí me tienes. Para lo que necesites, ya lo sabes, olvídate del capullo de tu novio y pasa página de una vez!” 

Lo cierto es que no se le ocurría siempre la misma frase. Esos días en los que la notaba tan frágil, la abrazaría delicadamente, aprovechando para acariciar su preciosa melena, y le susurraría al oído: “Puedes confiar en mí, yo no te fallaré”, procurando tragarse el te quiero final. Sin embargo no lo hacía, reunir el coraje necesario para decírselo le estaba llevando meses, y su desesperación era equiparable a la angustia que le producía verla tan triste. 

Se conocían desde el colegio, juntos en clase todos los cursos, amigos a fuerza de compartir pupitre al estar sentados por orden de lista. “No podemos casarnos,” le había dicho ella en segundo de primaria, “nuestros hijos tendrían dos apellidos iguales.” “¿Y qué?”, respondió él encogiéndose de hombros. “Pues que no suena bien, además, Mario y María tampoco pegan.” Y al verla arrugar la nariz torciendo el gesto cada vez que sacaba el tema, sus expectativas se fueron disipando.

“¿Tan rápido tiras la toalla?” le preguntó su abuelo cuando consiguió sonsacarle por qué estaba tan abatido, “Sólo te digo una cosa, jovencito, me llevó más años de los que tienes conquistar a tu abuela, y tú eres la prueba viviente de que no fue en balde.” Ahora que tenía el doble veía ahogarse sus esperanzas en el pozo de los deseos, aunque él seguía arrojando monedas, por si acaso. 


Su profesor de lengua jugó un papel fundamental, ignorándolo por completo. Los agrupó por parejas para hacer un trabajo de literatura y a ellos les tocó estar juntos. Sus apellidos también tuvieron algo que ver, todo hay que decirlo. Se le encogió el estómago al volver a entrar en su cuarto. Llevaba sin hacerlo desde que sus padres se separaron y se terminaron las celebraciones de cumpleaños en el jardín de su unifamiliar. Su madre se había visto obligada a alquilar la planta baja mientras pleiteaba con su ex por la pensión, pero al final siguió haciéndolo porque el salario de una mujer siempre es más bajo que el de un hombre en el mismo puesto. 

“No me gusta que me miren”, le dijo cuando le preguntó por qué no entraban por la puerta trasera como hacían de niños, y Mario saludó con un imperceptible movimiento de cabeza a la señora que levantó la vista del periódico mientras rodeaban la cerca hasta la puerta principal. Separó las cortinas de su habitación para comprobar que el que suponía su marido seguía dormitando en la hamaca tapado con una gruesa manta. “No son mala gente, pero les gusta demasiado meterse en nuestra vida.” Hablaba también por su hermana pequeña, con quien tenía que compartir litera desde que se redujeron los metros cuadrados de los que disponían.

La pareja de ancianos les había propuesto que utilizasen la cocina y el salón de abajo, ya que para ellos dos les sobraba espacio, contando con el dormitorio principal y el antiguo despacho del padre de María, pero ellas prefirieron instalar una cocina improvisada en uno de los dormitorios de arriba y una sala de estar en otro, compartiendo las tres el único baño del que disponían. A Mario le agradaba especialmente el olor a hogar que se respiraba en aquella casa. Le chocó no notarlo al entrar, y sonrió inconscientemente al reconocerlo subiendo las escaleras. Su madre lo recibió sorprendida por lo que había crecido, y no pudo evitar sonrojarse cuando lo abrazó diciéndole que estaba muy guapo. 

“¡Me alegra volver a verte por aquí!”, exclamó antes de dejarlos a solas, y un escalofrío le recorrió la espalda. María estaba ocupada sacando sus libros de la mochila y no pudo ver la mirada anhelante que procuró esconder girándose hacia la ventana. Ella se acercó pensando que se interesaba por sus vecinos forzosos, y se estremeció de nuevo sintiéndola tan próxima. Debió intuir algo al verlo permanecer en silencio tras su comentario, porque lo miró por primera vez a los ojos desde no recordaba cuándo. Fue una especie de revelación. Supo que él sabía, y su tristeza se multiplicó por dos. Al notarlo él su dolor se duplicó, y se atrevió a acariciarle el pómulo con sus dedos. 

María tuvo que alzarse sobre sus talones para intentar rozar sus labios con los suyos. La cría entró dando un portazo y a Mario el corazón casi se le sale del pecho. “¡Irene!”, la reprendió ella, “¿No te he dicho mil veces que llames?” Ni la miró, directa como se fue hacia su mesa exclamando: “¡Y yo qué sabía que estabas con tu novio!” volvió sobre sus pasos después de coger su cuaderno y sus pinturas, pero se giró un instante para mirarlo de arriba abajo. “Un momento.. Éste no es tu novio, ¿o ahora es tu nuevo novio?” al no obtener respuesta cerró del mismo modo que había entrado, no sin antes añadir: “Mejor, Mario me gusta más, el otro era un creído.”
              
El aludido exhaló ruidosamente, dejándose escurrir por la pared hasta sentarse en el suelo. A su hermana y a su madre les gustaba, y María había intentado besarlo. Y todo en una sola tarde juntos. Increíble. “Mierda”, le pareció que musitaba ella y alzó la vista para verificar que se alejaba, yendo de nuevo hacia su escritorio. Mil historias se apelmazaron en su cerebro en un segundo, ralentizando con ello su raciocinio, ¿cómo volver atrás?, ¿cómo recuperar su atención?, ¿ése mierda significa que se arrepiente de lo que iba a hacer?, ¿o bien que le molesta que no haya sucedido? Su ritmo cardíaco continuaba frenético y se levantó casi de un salto, aturdido por los borbotones de su mente en plena ebullición, salvó los escasos metros que los separaban de una zancada y rodear su cintura le supo a gloria. Sin adjetivos se quedó al saborear su boca. 


Le pareció atisbar en sus pupilas un cierto parecido con su brillo del pasado. Fue tan fugaz que no está muy seguro, porque enseguida el lodazal que las hace parecerse a una ciénaga regresó a su mirada, consiguiendo con ello que todo su alborozo desapareciese en el acto. Aun así no pudo resistirse a prolongar su momento de locura enterrándola en su pecho, apreciando con su barbilla la suavidad de su cabello. Reparó entonces en los miembros colocados sobre su escritorio. Diversos troncos ordenados por tamaños, contrastaban con el amasijo de brazos y piernas que rebosaban de una caja sin tapa. Perplejo la separó en busca de una explicación en su rostro.

Es lo que tiene la confianza, uno puede expresarse sin hablar haciéndose entender perfectamente. María esbozó una sonrisa que descontroló de nuevo su corazón, casi idéntica a las de antes, reconoció esta vez más convencido. Abrió el cajón y ante Mario aparecieron las cabezas alineadas junto a unos cuantos folios, un bloc de notas y un estuche con la cremallera abierta repleto de rotuladores. A algunas les faltaba un ojo, o no tenían ninguno, otras apenas conservaban unos mechones adheridos a su cráneo de silicona, con lo que los agujeros que demostraban que un día lo habían tenido les daban un aspecto todavía más tétrico.
  
Podría repetir sus nombres sin equivocarse, podría si se lo propusiese recomponer sus cuerpos tal y como los había visto centenares de veces. Vestidas y bien peinadas, eso sí, como solía llevarlas de paseo en su carrito. Eran tantas que hasta resultaba grotesco verlas allí amontonadas como si fuesen cadáveres. Llegó a comentárselo en una ocasión y le pareció tan mal que dejó de hablarle durante una semana. “¡Cómo te atreves a decir eso de mis muñecas!”, le gritó antes de marcharse llorando del parque, y a él el dieron ganas de arrancarse la lengua. 

“Están como yo,...”, le susurró al oído rozándole expresamente el lóbulo con sus labios. Resopló para contenerse y no desnudarla allí mismo, en su lugar la estrechó de nuevo contra su cuerpo para sentir el deseo contenido que tampoco ella podía esconder. Evitó a toda costa acabar su frase. Rotas. Ya que su belleza inerte le recordaba a una tarde en la que se quedó dormida en sus brazos. Exhausta después de llorar largo y tendido porque echaba de menos a su padre.        

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 8 de diciembre de 2016

El extraño caso del ladrón de periódicos


En realidad no se podría hablar de robo stricto sensu, ni de ladrón ateniéndonos a los hechos, pero no adelantemos acontecimientos. Lo que sí es innegable es que el señor E. se vio profundamente afectado por lo sucedido. Tampoco podríamos decir enfadado porque se trata de un hombre realmente sereno, tanto es así que se ha ganado a pulso el afecto de sus conocidos, a fuerza de relacionarse con todo el mundo dando muestras de una afabilidad inmutable día tras día. Hasta hace un par de semanas.

Aquel lunes no le dio demasiada importancia al suceso, a pesar de que las imperceptibles dobleces en la parte superior e inferior de las páginas de su periódico le provocaron cierto malestar. Su camisa lucía impecable delante de sus clientes en el banco y no soportaba ver la más nimia arruga, aunque fuese en el mantel individual que colocaba sobre la barra de su cocina americana para desayunar. Por ese motivo el martes llegó puntual a la sucursal, en lugar de con sus tres minutos de antelación acostumbrados. Su compañero de mesa lo miró entrecerrando los ojos, no parece enfermo y el metro no se ha retrasado, pensó antes de preguntarle: “¿Ha sufrido algún contratiempo, señor E.?” El aludido respondió en el acto: “Nada grave, a Dios gracias”, ni de su incumbencia, por supuesto, siguió para sí, y le costó esbozar su característica sonrisa. Algo que dejaba patente la gravedad que tenía para él el asunto, que desde luego jamás comentaría con el pretencioso señor D., un joven advenedizo que se dedicaba a dejar caer ante el director cualquier desliz de sus colegas, haciéndose el ofendido por la falta de consideración hacia la empresa. Un trepa sin escrúpulos en toda regla, vamos, que no dudaría en dejar títere con cabeza con tal de conseguir un ascenso.

De hecho el señor E. siguió abstraído en sus pensamientos mientras se preparaba para atender al público, sopesando qué haría al día siguiente de repetirse la situación. Madrugar un poco más fue lo más acertado que se le pudo ocurrir, puesto que efectivamente las insolentes marcas en su periódico lo obligaron a utilizar la plancha como había hecho la víspera, para disfrutar como es debido de su prensa mientras desayunaba. Así que levantándose más temprano pudo llegar a trabajar con sus minutos de anticipación, como a él le parecía que era más adecuado. El señor E. seguía unos estrictos horarios fijados por sus hábitos de hombre soltero y sin más familia que una ahijada, con quien almorzaba todos los miércoles junto a su oficina.

Con ella sí que podía sincerarse, por lo que desahogó su frustración reprimida ante lo que le estaba ocurriendo. Sin embargo no encontró la comprensión que esperaba, más bien al contrario. La joven se rio de sus vanas cavilaciones, restándole importancia. “¡Cómo se nota que no tienes nada mejor de qué preocuparte! ¡Este año voy a regalarte un cachorro en Navidad, a ver si así te olvidas de una vez de tus manías!”, exclamó entre risas. “Pues pienso ocuparme del ladrón de periódicos yo mismo, te lo aseguro.” Su entrecejo fruncido solo provocó que las carcajadas de la chica resonasen en el restaurante, obligándolo a chistar para que recuperase la compostura, estaban llamando demasiado la atención. “Pero, ¿de qué ladrón hablas?, si ni siquiera se lo lleva, y que alguien lo coja son sólo conjeturas, ¿quién en su sano juicio se iba a molestar en despertarse antes que tú para leerlo? Por favor, ¡si te levantas a las cinco en punto y bajas inmediatamente en zapatillas al buzón!”


Ese sábado bajó justo después de que el repartidor lo metiese cuidadosamente. Había llamado en varias ocasiones a la redacción para quejarse, porque el chico lo doblaba más de la cuenta para que entrase entero dentro, así que al final lo esperó de madrugada para enseñarle él mismo cómo quería que lo dejase. Solía abrir el portal entre las 3:00 y las 3:04, el señor E. lo sabía a ciencia cierta porque tiene el sueño ligero y se despierta constantemente, a consecuencia de los ruidos que sobrepasan los decibelios que a su cerebro le resultan insufribles. Ultimamente las tomas del bebé del quinto le impedían volver a conciliar el sueño tras la visita del repartidor hasta la hora de levantarse, y se resignaba esperando pacientemente a que se fuesen dilatando con el paso del tiempo durante la noche, sin comentar nada con los vecinos, por supuesto, ya que era algo inevitable y que sus padres desearían que sucediese con igual ansia que él mismo. 

El señor E. se preparó a conciencia para cazar al ladrón in fraganti. Se vistió de negro de los pies a la cabeza, cubriéndola incluso con un pasamontañas, del mismo modo que haría el criminal que se dedicaba a robarle la prensa, y se sentó en el hueco de las escaleras que quedaba entre los buzones y el ascensor, invisible desde cualquier ángulo por encontrarse allí la puerta de acceso al cuadro de luces. Esperó pacientemente desde las 2:55, contuvo la respiración al sentir abrirse el portal a las 3:03, y siguió en la misma postura hasta las 5:00 en punto, instante exacto en el que, defraudado, se levantó para recoger su  periódico y regresar a su apartamento para meterse en la cama. 

Ni que decir tiene que no está muy claro qué fue lo que más le molestó, no atrapar al ladrón como esperaba, o tener que modificar sus rutinas, ya que se quedó dormido hasta casi las ocho y media, por lo que tuvo que retrasar su paseo matutino de cada sábado antes de salir a hacer la compra semanal. Hecho que no pasó desapercibido para la cajera, quien le preguntó si se encontraba bien, consultando su reloj realmente sorprendida.            

Esa misma noche, mientras cenaba viendo el documental del canal de historia, sonrió complacido por primera vez en toda la semana. Tal vez el ladrón hubiese decidido dejar de robarle el periódico, quizás era más sigiloso de lo que pensaba y, tras encontrarlo allí al acecho sin que se percatase, prefirió no ir más lejos por si la cosa se complicaba, al fin y al cabo él era un profesional del crimen, no un hombre inexperto en esas lides como el señor E. Lo que estaba claro es que ninguno de los dos deseaba implicar a la policía en el caso. Hacen demasiadas preguntas y no resuelven los problemas con la inmediatez y pulcritud deseada. No, mejor que quedase entre ellos. Se dijo limpiándose cuidadosamente los restos de aliño de la ensalada de la comisura de sus labios con una punta de la servilleta, que volvió a dejar perfectamente doblada sobre su bandeja. 

Por eso se fue a la cama satisfecho. Seguramente el ladrón habría decidido robarle el periódico a otra persona menos celosa de sus posesiones, la vecina del portal de al lado también estaba suscrita y era sumamente descuidada, ya la había visto salir con su maltrecho ejemplar agarrado de cualquier manera bajo el brazo, así que sería la víctima perfecta. A ella podría robárselo y dejárselo en el mismo sitio sin molestarse demasiado siquiera en que no se notase que lo había cogido, aquella anciana corta de vista jamás notaría la más nimia diferencia.


El lunes nada más abrir el periódico, poniendo especial cuidado en no mancharlo con las migas de sus tostadas, fue como si le cayese un jarro de agua fría. Su maravilloso domingo sin preocupaciones quedó totalmente olvidado al ver las esquinas de sus páginas levemente mancilladas. Aquello tuvo consecuencias, por primera vez en toda su trayectoria profesional se equivocó al darle el cambio a un cliente, algo que no pasó por alto el señor D., y que tampoco tardó demasiado en hacérselo saber al director de la sucursal bancaria, quien intercedió en favor del señor E. quitándole hierro al asunto, y alabando su intachable profesionalidad. Sin embargo para él su error era imperdonable. No permitiría que volviese a suceder y, para evitarlo a toda costa, esa misma noche le pondría remedio. 

En esta ocasión esperó al ladrón pertrechado con un termo de café. Procuró que sus sorbos resultasen imperceptibles incluso para alguien que estuviese sentado a su lado. Volvió a contener la respiración a las 3:04 hasta que el chico salió del portal y, al fin, obtuvo su recompensa, exactamente a las 3:57. No escuchó pasos, como esperaba, sino una respiración acompasada, aunque más rápida de lo normal para un ser humano, lo que le llevó a pensar en algún tipo de bestia, lo suficientemente inteligente y hábil para hacerse con su periódico y devolverlo en perfecto estado. Aquello lo turbó de tal manera que sintió la adrenalina golpear sus sienes, o quizás la cafeína a la que no estaba acostumbrado le aceleró el pulso de modo extraordinario, teniendo en cuenta su flema característica. 

Encendió la luz en el mismo instante en que sintió el leve roce del papel en la boca del buzón, y el termo que asía amenazadoramente en su mano para lanzarle al animal se le cayó de golpe, al ver al bebé en brazos de su progenitora. Ella se asustó en un principio, sonrojándose de inmediato hasta tal extremo que no se distinguía su cara del fucsia de su bata, a juego con los calcetines de andar por casa con los que conseguía bajar las escaleras sin despertar al señor E. La pequeña, que descansaba con su cabecita apoyada sobre su hombro, ni se inmutó lo más mínimo, ajena a la escena que tenía lugar a su alrededor, su estómago estaba lleno y su pañal mudado, por lo que siguió durmiendo incluso cuando su madre la dejó sobre el sofá del apartamento del señor E. para tomarse la taza de té que amablemente le ofreció su vecino.

Por la mañana llegó a trabajar con sus tres minutos de antelación, su sonrisa volvía a ser la de siempre y nadie pareció acordarse de su cambio de actitud de los últimos días. Su jefe lo saludó con su habitual palmada en la espalda al pasar junto a su mesa, dejando patente la nula importancia que le había dado al malentendido de la víspera, que únicamente recordaría su compañero de mesa como una oportunidad fallida para librarse de su mayor contrincante, por experiencia y dedicación, además de simpatía, ya que su actitud vehementemente aduladora no solía agradar a los clientes de toda la vida, quienes preferían de lejos la natural sonrisa afable del señor E.

Sonrisa que permaneció imperturbable tras tener en conocimiento que su vecina padecía de sonambulismo desde que su bebé no la dejaba dormir por culpa del reflujo. A veces simplemente deambulaba por su casa, pero se había dado cuenta de que llevaba poco más de una semana saliendo de ella, cosa que ni siquiera se lo impedía la silla ante la puerta que dejaba su marido cada noche, salvo los fines de semana, claro, que era cuando él se levantaba a alimentar a la pequeña y podía seguir durmiendo a pierna suelta. Y gracias a su cortés vecino descubrió que estaba repitiendo inconscientemente una tarea que le encomendaba su padre de niña, bajar a cogerle la prensa antes de desayunar. Misión que no llegaba a completar, puesto que volvía en sí al notar la aspereza del papel entre sus dedos, y, extrañada, dejaba el periódico que no le pertenecía en el mismo sitio, asustándose acto seguido, tras darse cuenta de que también llevaba a su hija en brazos, por lo que regresaba a su apartamento lo antes y más sigilosamente posible para evitar desvelar a la cría, y al señor E.


                                                                                      by Eva Loureiro Vilarelhe
   

sábado, 3 de diciembre de 2016

Premio Liebster Award


Ziortza Moya Milo me ha nomidado para el premio Liebster Award desde su blog:  
Buscando soluciones a problemas inventados 
Algo que le agradezco encarecidamente porque hace muy poco tiempo que me he lanzado a publicar mi blog y gracias a eso me encanta tener la oportunidad de contactar con personas tan interesantes como ella, con las que compartir nuestra desbordante pasión por la escritura. ¡Muchísimas gracias, Ziortza!

Lo cierto es que desconocía la existencia y peculiar normativa de este premio, entre las que debo responder a un cuestinario de once preguntas formuladas por la persona que me nomina y asimismo elaborar uno semejante para las personas que nomine yo.
Quien lo desee puede consultar las reglas oficiales en el siguiente enlace:
http://liebsterawards.blogspot.com.es/p/reglas.html

Mis nominados para el premio Liebster Award son:

Mercedes Queixas Zas 

Respuestas al cuestionario de Ziortza Moya Milo:

¿Por qué decidiste hacer un Blog? 
Porque me apasiona escribir, me sale de dentro y quiero compartirlo con los demás.
¿Cada cuánto tiempo sueles publicar en tu blog?
Hago una entrada semanal, los jueves.
¿Te gusta curiosear blogs de otras personas con el único fin de encontrar gente interesante?
Sí, es sorprendente lo que puedes encontrar, hay gente con mucho talento y me lo paso realmente bien leyendo lo que escriben.
¿Te gusta escribir de algún tema en particular?
Me da exactamente igual, todo me vale para lanzarme, la verdad.
¿Te documentas mucho a la hora de escribir de ciertos temas?
Procuro evitar meter la pata, así que, es necesario documentarse, además en mi caso me viene por deformación profesional (filológica ;)).
¿Qué sientes cuando te leen y te dejan un comentario?
Resulta muy gratificante, aunque no tengo demasiadas experiencias por el momento...
¿Qué consejo darías a alguien que quiere abrir un blog?
Que no se lo piense demasiado, asusta todo lo que conlleva (diseño, maquetación, etc.), pero lo importante son las ganas, se nota cuando alguien invierte tiempo en lo que hace. 
¿Te gusta escribir todos los días aunque sea para ti misma?
¡Es algo que llevo haciendo toda la vida, por eso me he lanzado!
¿Te disgusta que te pongan algún comentario negativo?
Todavía no me ha pasado, aunque creo que sabría encajarlo, es lógico que tengamos opiniones diferentes en algunos aspectos y me parece bien que se haga saber cuando se crea necesario, siempre y cuando no se falte al respeto, claro, el insulto está totalmente injustificado en cualquier caso, por mucho que lo que leamos nos desagrade. 
¿Tienes alguna de tus entradas en tu blog a la cual le tienes un cariño especial?
A varias por diversos motivos, suelo poner toda la carne en el asador y cuando me implico me gusta más el resultado, pese a que me cierto pudor exponerme. 
¿Te esperabas el premio?
En absoluto, soy novata en el mundo blogger y me queda mucho por aprender...

Mis preguntas para mis nominados son:
1. ¿Cuál fue su principal motivación a la hora de hacer su blog?
2. ¿Publica cuando puede o se impone un ritmo determinado?
3. ¿Sigue otros blog para inspirarse o prefiere que no interfieran en sus ideas?
4. ¿Le gustaría publicar sobre algún tema que en concreto y no se atreve?
5. ¿Escribe para si mismo/a y no le importa lo que opinen, o tiene en cuenta los comentarios? 
6. ¿Cree que su blog tiene un fin determinado o simplemente publica lo que le apetece?
7. ¿Suele actualizarlo con frecuencia (diseño, temática, etc.) o sigue la linea que se ha marcado desde el principio? 
8. Si lo ha ido cambiando, ¿han influido los comentarios o sugerencias que le han hecho?
9. ¿Qué le aconsejaría a quien quiere empezar a publicar un blog?
10. ¿Qué le ha aportado hasta el momento su blog?
11. ¿Esperaba el premio?

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 1 de diciembre de 2016

7 buenas razones para hacer un calendario de adviento personalizado


Hoy ha comenzado la cuenta atrás, nos hemos levantado de mejor humor sabiendo lo que nos esperaba en la cocina, y es lo que toca de aquí al 24 de diciembre. Intentar adivinar con qué nos van a sorprender los elfos en nuestro particular calendario de adviento. Sé que se trata de una costumbre importada (de la Alemania protestante, nada menos), pero también que en muchos países tiene una larga tradición que en casa venimos haciendo desde hace ya unos cuantos años. Merece la pena el esfuerzo, se lo aseguro, entre otras muchas razones por las siete que paso a enumerarles a continuación:

1. Por ver sus caras ilusionadas al despertar. 
Les aconsejo que hagan un calendario personalizado, no que compren uno de esos que suelen venderse repletos de chocolatinas, sino que, o bien lo hagan con sus hijos (una manualidad estupenda para realizar durante esas tardes de lluvia otoñal en las que no se puede salir con ellos), o bien adquieran uno más artesanal, de fieltro, o materiales duraderos para poder rellenarlo año tras año. Por los niños es por quienes más recomiendo hacerlo, por supuesto, incluso por aquellos que ya no creen en “esas cosas” y disimulan delante de los “pequeños”, porque todavía siguen siendo críos aunque no lo parezcan tanto. También por los que bailan entre dos aguas, esos que se han enterado de lo que no están preparados para saber y desconfían de la verdad, al parecerles real la magia de la Navidad. Sobre todo si son testigos de lo que les ocurre a aquellos que se entregan totalmente al juego, admirados porque los ayudantes de Papá Noel vengan a visitarlos a diario. 

2. Porque los regalos que no se compran valen mucho más.
Paradójicamente, la experiencia me ha demostrado que es una manera eficaz para combatir el consumismo. Apenas hay regalitos materiales en nuestro árbol, como mucho unos lápices de colores, o algunas pegatinas o globos de propaganda, porque, créanme, hasta lo que nos puede parecer más nimio se convierte en un tesoro para ellos. Por eso durante meses voy guardando etiquetas de prendas de ropa con imágenes o diseños bonitos, papeles o cartulinas de texturas sugerentes, o simplemente lazos y cordones vistosos que después utilizan para sus obras de arte. Tampoco solemos abusar de golosinas ni chocolates porque no es saludable, por lo que se los damos muy de cuando en cuando (salvo en casos de urgente necesidad, porque en un despiste nos hemos olvidado de preparar algo mejor).  Pero aún así no es lo que prefieren, lo que más ansían que les toque son los besos y abrazos para todos. Suelo reutilizar cualquier ticket de la compra para escribir en letras grandes una nota, en la que indico qué animal hay que imitar para prodigar cariño entre los demás. Por ejemplo, si pongo “UN BESO DE ELEFANTE PARA TODOS”, está claro que la trompa y su ruido característico va a provocar inevitablemente risas, y por supuesto yo también recibo sus besos a lo elefante de buena gana, así que imaginen lo que ocurre cuando se trata de un abrazo de oso pardo...


3. Porque no es algo exclusivamente para niños.
Ahora bien, los pequeños de la casa no son los únicos que disfrutan del espíritu navideño que nos hace sacar lo mejor de nosotros mismos al menos una vez al año. Lo ideal sería mantenerlo durante el resto también, sin embargo no es tan fácil, por lo que insisto en que si tienen a un anciano en casa también lo practiquen. Llega una edad en que la torpeza adquirida acaba por minar la autoestima de cualquiera, por tanto no es de extrañar que se consideren un estorbo, así que háganles ver que son precisamente lo contrario. Si cada día encuentran un recuerdo, una fotografía, cualquier cosa que les evoque que se les quiere, será más llevadero para ellos todo lo que conlleva hacerse viejo. O unas palabras que se lo dejen más claro: “¿Te acuerdas de cuando me dabas la mano para que no tuviese miedo? Pues ahora me toca a mí dártela a ti para que no te sientas inseguro al caminar. Y no sabes lo feliz que me hace poder devolverte un poco de lo mucho que me has dado, papá.” “De pequeño siempre te dibujaba con el mismo vestido, aquel que te pusiste un domingo con el que estabas tan guapa. Igual que ahora, mamá, sigues igual de guapa.”

4. Porque nuestra pareja se lo merece.
Incluso si se da el caso de que la pareja convive sola, sirve para cualquiera, independientemente de en qué fase se encuentre. Para los acaramelados se convierte en un inmejorable momento para dar rienda a la pasión desbordante que llevan dentro (creo que en esta ocasión sobran los ejemplos...). Para los estresados por el trabajo, el cuidado de los hijos, de los padres, o demás intríngulis de la vida cotidiana, debería ser obligatorio que lo hiciesen, para intentar subsanar en cierto modo la falta de atención que se prodigan habitualmente (tener un detalle que demuestre que no se ha apagado la llama que los unió ayuda a mantenerla viva, aparte de mejorar una relación vital para la unión familiar). Para los hastiados después de tanto tiempo juntos constituye una más que recomendable tarea para ejercitar la memoria, además de una manera eficaz de recuperar la chispa que hubo entre ambos, como por ejemplo, compartiendo un bombón como dos adolescentes (creo que se hacen una idea de lo que quiero decir...). O de limar asperezas, con notas del tipo: “Cariño, sabes que te quiero como eres, por lo que espero que entiendas que te haya pedido cita en el otorrino para ver si me dejas dormir de una vez. No sé si te lo he comentado alguna vez, querido, ¡¡¡RONCAS COMO UN CAMIÓN AVERIADO!!! Posdata: eso sí, eres único calentándome los pies en la cama.”   

5. Porque también es apto para mascotas.
Las familias son de lo más variopinto y, por esa misma razón, únicas, así que en las que los animales de compañía tienen sitio como un miembro más, resulta lógico que se comparta con ellos un poco del exceso de glucosa que pulula por doquier en estas fechas. Esas galletitas que limpian dientes y dejan buen aliento, son una buena opción en lugar de los dulces que les pueden estropear la vista (dependiendo de cada bicho, claro, que no soy yo quien vaya a negarle un azucarillo a un caballo...), esos mimos atrasados que se prometen a diario y por unas cosas o por otras no se les dan, o ese paseo que se prolonga más de lo normal para compensar, podrían ser maneras de hacerles ver lo importantes que son en nuestras vidas.


6. Porque ya lo dice el anuncio de L’Oréal  
Así es, incluso cuando se vive más solo que la una, bien encantado de la vida, bien porque no queda más remedio, es bueno hacerlo. En este caso, salvo si se trata de un narcisista empedernido que se lo guisa y se lo come todo solito, sería mejor recurrir a alguien que lo conozca bien a uno, amigo, familiar, o lo que sea, para realizar una especie de amigo invisible. Quid por quo, si prefieren, es decir, intercambio de calendarios para llevarse una sorpresa a diario. Ni que decir tiene que se trata de aprovechar la ocasión para recordarle a esa persona lo especial que es para uno, aunque un poco de mala leche a veces es inevitable en algunos mensajes... “Buenos días, Fulano, hoy te toca pasarte por mi casa para devolverme la camisa que te presté hace meses. La quiero lavada y bien planchada, por descontado, y si no la encuentras en el desastre de armario que tienes, que sepas que una de Gucci (ésa entallada que vimos juntos hace unas semanas en el escaparate) serviría para compensarme, ¡y me quedaría tan bien!”  

7. Porque con espíritu navideño no se nace.
Es cierto que hay quien está más propenso a ello, sí, ese tipo de personas que van por la calle tarareando villancicos sin cesar, mientras otros preferiríamos que a Raphael jamás se le hubiese ocurrido cantar el tamborilero (que no decimos que lo haga mal, no, sólo que acaba empachando tanto como comerse diez polvorones de una sentada). En definitiva, que hasta si es de los que empieza a deprimirse en cuanto ve a los operarios de turno colocando el alumbrado público, que encima nos cuesta la fortuna que deberíamos ahorrarnos por aquello de paliar un poco los recortes (¡¡¡y el efecto invernadero, por favor!!!), hágame caso y móntese su calendario de adviento personalizado. En primer lugar por aquello de no desencajar y sentirse como un extraterrestre en su propio planeta (léase un “antinoel” rodeado de gorros rojos con pompones), y en segundo, y no menos importante, porque volver a sentirse como un niño es lo mejor para recuperar la sonrisa, esa que lleva dentro hasta el más pintado, esa que tuvo fijada en la cara durante la infancia y parece que cuesta enseñar a los demás, mucho más que fundirse con tanta alegría la tarjeta para cumplir con los cánones de todas y cada una de las celebraciones (aquí batimos récords, que hasta tenemos Reyes...). Así que hágase un favor, gaste menos y sonría más, a base de decirle a sus seres queridos precisamente eso, lo queridos que le son.

by Eva Loureiro Vilarelhe      

jueves, 24 de noviembre de 2016

¡Levántate, mujer!


No está muy segura de cómo empezó todo, ocurrió tan de repente que en pocos meses se vio encontrando su primer trabajo, con nuevo novio, y yéndose a vivir con él sin pensárselo dos veces. “Vas demasiado rápido”, le advirtió su madre y ella la contradijo pletórica. “Es él, mamá, estoy segura.” En su cabeza sólo había espacio para aquel chico, el amor de su vida, el futuro padre de sus hijos, y a la voz de la experiencia no le quedó más remedio que callarse al verla tan feliz. Lo celebró por todo lo alto con sus amigas y en buena medida acabó por ser una especie de despedida, cuando quiso reaccionar en su móvil no había ni rastro de ellas. Cansadas de excusas y mentiras, ni se molestaban en enviarle mensajes. Únicamente los recibía de un solo número, no para repetirle lo que la echaba de menos como al principio, sino para agobiarla preguntándole dónde estaba, qué hacía y, lo más importante, con quién.

Ni siquiera se reconocía en el espejo. Sin maquillar y con el aspecto deprimente que le proporcionaba su ropa. Todo por pasar desapercibida, para evitar que le dijese algo desagradable al verla vestida. El primer insulto la sorprendió porque en su casa no se estilaba semejante trato, aunque lo disculpó de inmediato, día duro, lógico que lo pagase con alguien. Así que fue acostumbrándose paulatinamente a sus comentarios despectivos, y ya no hubo vuelta atrás. Dejó de ser su princesa en cuanto se familiarizaron con el apartamento alquilado cerca de los padres de él, aprovechaban la proximidad para comer con ellos a menudo, y ella solía ir sola a visitar a los suyos.

“¿Seguro que te encuentras bien?”, le preguntó mirándola de soslayo mientras fregaba los platos. “Sí, mamá”, mintió esbozando una sonrisa forzada, “es que ando preocupada por si me afecta el ERE.”  Su respuesta no la convenció e intentó sonsacarle algo más, su padre entró en la cocina en ese momento desperezándose de la siesta y la interrumpió de inmediato. “Déjala, Mari. Si al final te despiden, pediré otra vez prestada la furgoneta para ir a buscar tus cosas y listo. A nosotros no hace falta que nos expliques nada, sabes que estamos aquí para lo que necesites, y tu cuarto seguirá siempre en el mismo sitio.”

En cuanto perdió su empleo no encontró el apoyo que esperaba. “Normal que te echen, si sólo se quedan con los que valen.” Y en su mirada de desprecio no reconoció al joven del que se había enamorado, fue entonces cuando se dio cuenta de que pasaría a ser su Cenicienta. Sucesivas noches sin dormir pensando en qué hacer de su vida, días permanentemente ocupada con las tareas domésticas, consultando a escondidas InfoJobs, temerosa de que la descubriese. “¡Dónde vas a estar mejor que aquí, si te trato como a una reina!”, exclamaba enfurecido si pretendía ir a dejar algún currículum, le impedía el paso en el acto y su aliento le dejaba en la boca el mismo sabor amargo de la cerveza, sabiendo de sobras lo que vendría a continuación.

Consciente de los comentarios de los vecinos por el volumen de sus discusiones, procuraba que no la viesen ni cuando salía a la compra. Se sentía atrapada en un profundo pozo de oscuridad y desconcierto, cada vez que se convencía a sí misma de que debía escapar de allí, los “te lo advertí” y “te lo dije” que resonaban en su mente le impedían intentar trepar por sus resbaladizas paredes. Ya no era su aspecto el que dejaba patente su situación, de tan desmejorada físicamente que estaba, no iba ni a ver a sus padres, inventando pretextos descabellados cuando le permitía ponerse al teléfono. El cansancio y la depresión la llevaron a descuidar sus supuestas obligaciones, ocasionando con ello mayor número de altercados.

Las lentejas se le pegaron un día en que los párpados se le cerraban incluso pelando las cebollas. “¡Maldita sea! ¿Qué bazofia es ésta?”, le gritó sacándola de inmediato de su letargo. “No creo que sea para tanto”, murmuró cabizbaja. “¿Cómo te atreves a llevarme la contraria?”, su indignación provocó que subiese el tono todavía más y, del golpe que dio con el puño en la mesa, volcó el plato. Lo miró aterrada e intentó explicarse: “Yo... no...” Descargó su ira con ella en esa ocasión y le cruzó la cara, dándole tal bofetón que la tiró de la silla. En ese momento despertó.

El dolor era tan agudo e intenso que creyó que iba a reventarle el ojo, se llevó la mano a la mejilla latiendo inflamada, al ver la sangre en su palma se quedó unos instantes mirándola incrédula, y al notarla en la lengua le entraron ganas de vomitar. “¡Levántate, mujer!”, la increpó todavía furioso. Ella alzó la vista y su rostro desencajado ya no la intimidó, sin embargo, obedeció. Se incorporó lentamente del suelo como si sus músculos llevasen demasiado tiempo entumecidos por la inactividad, se limpió el labio con la servilleta sin inmutarse al manchar el mantel y continuó dejando un rastro de gotas a su paso, dirigiéndose hacia la entrada sin mirar atrás. Se marchó tal cual estaba, con el mandil puesto y en zapatillas, pero al escuchar cerrarse la puerta supo que, por fin, era libre. Creyó oírlo llamarla desgañitándose por el hueco de las escaleras, aunque no está muy segura, porque ella ya estaba a años luz de distancia.

by Eva Loureiro Vilarelhe
     

jueves, 17 de noviembre de 2016

Con Z de Zweig


El nuevo programa de Mercedes Milà que se estrenó el domingo pasado supone un soplo de aire fresco en el universo literario. Por desgracia ya no le extraña a nadie que se cierren librerías en los últimos tiempos, ahora bien, que alguien se sorprenda de que la conocida periodista se interese por libros me parece cuando menos irrisorio, siendo como es una de las responsables de que +Bernat continúe abierta a día de hoy, es decir, por ser socia de una cooperativa que se fundó con el afán de evitar que dicha emblemática librería de Barcelona echase el cierre. Resultaría demasiado largo enumerar aquí los diversos factores que han llevado a que desaparezcan puntos de difusión cultural como son en efecto las librerías, pero lo que sí me parece necesario decir es que los ciudadanos de a pie también podemos aportar nuestro pequeño granito de arena para evitarlo, simplemente comprando en esas tiendas que nos han hecho soñar toda la vida al detenernos un instante ante el arsenal de portadas de sus escaparates.

Convénzeme tiene un formato atractivo, dinámico y atrayente para el público más joven, al mismo tiempo que para todos aquellos adictos a la lectura. Reconozco que no me enganchan los espectáculos como Gran Hermano, de hecho dejé de interesarme por la periodista durante su andadura televisiva en esas lides, sin juzgarla, por supuesto, dado que no está en mi talante, y no me sorprendió en absoluto que volviese a la carga con otro reality, esta vez bibliófilo, conociendo su trayectoria anterior a la revolución mediática que supuso en su carrera profesional presentar GH. Recuerdo asistir a sus magníficas entrevistas de pequeña junto a mi padre, quien admiraba la pasión y el interés que demostraba una entonces joven Milà, hambrienta por conocer la historia más personal y humana que se escondía tras los personajes públicos que se veían arrastrados (e incluso a veces arrasados) por sus inteligentes interrogatorios.

En el fondo sigue siendo la misma chica que adora escudriñar en las entrañas de los demás para sacar lo mejor y lo peor de cada uno. Ahora, con una imagen acorde a su público juvenil, intenta atraparnos con un innovador formato adaptado a los tiempos que corren, de inmediatez del teléfono móvil con el que graban las secuencias que se emiten en antena. En un canal también nuevo, con el que Mediaset deja ver su lado más irreverente, y hasta cierto punto experimental, el programa me seduce desde el subtítulo, ya que comparto con Milà la predilección por el escritor austríaco Stefan Zweig, además de por sus ganas de hacer ver que no hay nada mejor que un libro para vivir experiencias inolvidables. A día de hoy continúa siendo el modo más barato, asequible y sencillo que existe de viajar, conocer gente y hasta de entenderse a uno mismo. 


El trasunto del programa es sencillo. Cada persona tiene la potestad de criticar un par de libros y, según su criterio, darle una zeta roja al que considera que no merece la pena leer, y una zeta verde al que es digno de encomio. Milà quiere que su interlocutor la convenza de la bondad o maldad de las obras escogidas, haciendo acopio de sus vivencias o sensaciones tras su respectiva lectura para lograrlo. A fin de incrementar el interés en la audiencia se recurre a caras conocidas, que hablan sin tapujos de sus preferencias, como hizo en este estreno Sor Lucía Caram con su especial simpatía. Del mismo modo que a historias más íntimas, con un punto de drama o de ternura, que hace más atractivo al espectador el personaje desconocido hasta el momento que intenta convencer a la periodista. Como fueron las intervenciones de una chica enferma crónica que no se deja vencer por su larga convalecencia, un joven escritor en busca del sentido de la vida, una emprendedora que necesita organizar su casa además de su negocio, y por último la más emotiva, la de Vero, quien relató cómo un libro de autoayuda no le sirvió para superar la crisis personal que sufrió tras conocer la homosexualidad de su hermana pequeña, y sí lo hizo una obra literaria que le dio a leer su propia hermana. Para completar el pastel, la guinda la ponen los “videoselfies” que envían un par de lectoras para intentar convencer a Milà, y otro de un librero desde su establecimiento.  

Digamos que los cinco minutos de gloria son bien aprovechados por los que tienen ocasión de exponer sus opiniones cara a cara con la entrevistadora, quien no calla su parecer, demostrando abiertamente su empatía con la historia que se nos ofrece, mediante la expresividad que la caracteriza y a la que nos tiene acostumbrados en sus apariciones televisivas. En esta peculiar première, que contó con fiesta inaugural en la librería +Bernat tras su emisión (grabada asimismo con móviles de última generación), con sus principales protagonistas en el lugar donde se realizan las entrevistas, también pudieron dar su opinión frente a la cámara diferentes asistentes anónimos, para afianzar la sensación de buen rollo e incrementar la autopromoción de un espacio que intenta hacerse un hueco entre la audiencia de la tarde-noche dominical, y más allá, puesto que puede verse online a posteriori.


Gustos a parte, hay que reconocerle el mérito que tiene lanzarse a la piscina, porque eso es en definitiva lo que han hecho desde la producción del programa al decantarse por un proyecto supuestamente minoritario como es el del sector del libro. Que a decir verdad no creo que lo sea tanto, a juzgar por la cantidad de personas que se interesan en las redes sociales por el tema, bien como usuarios (léase lectores), bien como cada vez más numerosos productores (léase escritores), por no hablar del inmediato incremento de ventas que ocasionarán en las obras mencionadas, incluyendo también las despreciadas (ya saben aquello de que lo importante es que hablen de uno, aunque sea mal). Mercedes Milà es la cara visible y, como no podría ser de otra manera, interviene con su desparpajo habitual en las conversaciones, robando incluso protagonismo al entrevistado de turno, dejando patente que no sólo es el buque insignia del programa, sino también el principal adalid de una causa perdida como es la animación a la lectura, que ella pretende revertir liderando iniciativas como ésta.

Personalmente celebro que Convénzeme actualice como lo hace la concepción que se tiene en general sobre los programas de carácter literario, ya que adjetivos como serio o aburrido no encajan en absoluto con este nuevo formato. Así que en este sentido le deseo toda la suerte del mundo, espero que al estar en una franja horaria y en el canal en el que se emite no caiga víctima de la tiranía del share. Y asimismo desearía que Mercedes Milà cumpla su palabra de permitir expresarse tan libremente como ella lo hace a sus otros protagonistas, independientemente de los intereses editoriales o de los cánones académicos e institucionales que haya detrás. Está claro que siempre hay un filtro previo y que al fin y al cabo se trata de un reality cuya máxima prioridad, igual que en todos, es epatar al espectador, no obstante, por el momento, tengo que admitir que me ha convenzido. Con Z de Zweig. 

by Eva Loureiro Vilarelhe   




jueves, 10 de noviembre de 2016

Cuando el cielo retumba

Hay días en los que inevitablemente se me viene a la cabeza el pánico de Astérix y Obélix a que se les caiga el cielo encima, y lo hago siempre con una sonrisa en los labios. La semana pasada sin ir más lejos, en Ferrol sufrimos una memorable tarde de truenos y relámpagos, con algún rayo que seguro dio más de un susto. Yo lo cierto es que no soy muy medrosa, ni de niña lo fui, y de hecho le perdí el miedo a las tormentas muy pronto. Quizás es que en realidad nunca lo tuve, no sé explicar muy bien porqué, pero creo que si alguna vez me veo en la situación de enfrentar una catástrofe natural más severa, se me dilatarán las pupilas por la fascinación que me produce el poderío de la madre Naturaleza. Después saldré corriendo despavorida como cualquier hijo de vecino, por supuesto, ahora bien, no sin antes recrearme la vista ante la explosión de lava o el tsunami de turno que acabe con mi vida, porque tal y como tratamos el planeta es lo que nos merecemos.

Mucho menos radicales suelen ser los aguaceros, aunque no menos inquietantes para según qué caracteres. A los niños parecen asustarlos especialmente, y como desde que soy madre me ocupo de calmar a los míos en este tipo de situaciones, cuando me toca de acoger a mis polluelos bajo el ala mientras la atmósfera descarga su furia sobre nosotros, recuerdo el día en que dejé de tener miedo. En realidad en mi memoria quedaron grabadas apenas unas cuantas imágenes, porque era tan pequeña que no soy capaz de reconstruir toda la jornada, sin embargo jamás olvidaré algunos detalles que cristalizaron en mi cerebro de tal forma que pude repetirlos en mi mente hasta hoy.

Mamá y yo fuimos solas en autobús a A Coruña. Eran tiempos sin una A9 como la conocemos actualmente, ni mucho menos segundo puente sobre As Pías. Aquello fue más bien un peregrinaje en toda regla en el que llamamos coche de linea, que paraba en cada municipio o parroquia por los sesenta kilómetros que la separan de Ferrol, así que quien conozca Galiza se podrá hacer una idea de la cantidad de ocasiones en que frenamos y arrancamos durante el trayecto. Y si a eso le sumamos la efímera paciencia infantil, pues la mía ya iba por la enésima historia inventada para entretenerme de paso que miraba por la ventanilla, que es a lo que me dedicaba habitualmente en una época en la que los DVDs portátiles o las Tablets tampoco existían (a eso tendría que agradecer mi tendencia a la ensoñación, que tan bien me viene a la hora de escribir, o puede ser que lo mío sea defecto de fábrica, porque nunca me llamaron mucho la atención las maquinitas que empezaron a popularizarse poco después).

Llevaba puesto un precioso vestido blanco y amarillo que  me había confeccionado mi madre con todo su amor, y yo odiaba a muerte, principalmente porque me obligaba a ponerlo con unas incómodas bailarinas amarillas a juego, que me hacían echar de menos la confortabilidad de mis Paredes de diario. Por mi atuendo deduzco que era verano, como mucho principios de septiembre (entonces ni habíamos descubierto el agujero de la capa de ozono, como para cuanto más imaginarnos que el cambio climático nos haría vivir octubres como el que acabamos de terminar), ya que por las nubes que encapotaban el cielo difícilmente podría llegar a semejante conclusión, puesto que parecía que un pintor quisiese dejar en evidencia que su paleta de grises no era nada de desmerecer.  


Llegamos casi a mediodía y nos bajamos en un yermo de asfalto de una zona residencial, con aspecto fantasmagórico por la hora que era de un día laboral. Mi madre se dirigió a la primera cabina telefónica que encontró (una de esas que apenas se conservan en museos por culpa de los móviles, de puertas de aluminio y ventanas de cristal, idéntica a aquella en la que José Luis López Vázquez estuvo encerrado durante toda la película), supongo que para avisar de que habíamos desembarcado sanas y salvas. Yo la esperé fuera jugando a la rayuela con las marcas de las losas de la acera y nada más alejarnos unos pasos de allí comenzó el ruido ensordecedor. No sé si será efecto de la exageración infantil, aunque después sé que lo corroboraron varias personas mayores, pero no había escuchado tronar tan seguido ni tan insistentemente en mi corta existencia. Cuando los relámpagos me cegaron ya se nos vino encima el diluvio universal.

A veces me da por preguntarme porqué no se le ocurrió que nos metiésemos en la cabina, lo que pasa es que era tan cría, que igual estábamos más lejos de lo que me parece ahora, así que mamá me cogió de la mano para salir corriendo hacia los soportales de los edificios más próximos, atravesando apresuradamente la carretera, totalmente anegada por la que estaba cayendo. Bajamos una cuesta lo más rápido que pudimos y más bien parecía que estábamos bordeando un río. Yo miraba al firmamento incrédula, intentando ver no sé muy bien qué, puesto que las enormes gotas y la intensidad del viento me impedían abrir los ojos, a no ser que los cubriese con mi mano libre.

Al alcanzar nuestro improvisado refugio la desolación de mi madre se reflejaba en su mirada, y por primera vez fui consciente de lo que significaba, al igual que el desamparo, o la impotencia. Hoy las etiqueto con palabras, entonces no eran sino sensaciones que me trastocaron lo más sagrado para un niño, la seguridad y confianza que transmite un adulto. Ella nunca fue de vocalizar sus afectos, yo me aferraba a su mano y la miraba suplicando una frase reveladora, de explicación y al mismo tiempo de resolución para aquel inesperado desastre. Lo único que hizo fue no soltarme ni un momento, ni siquiera para sacar del bolso un diminuto pañuelo de tela con el que intentó en vano secarme la cara. Bajé la vista convencida de la inutilidad de su acción, chorreando como estaba todo mi ser, y al hacerlo reparé en mis princesitas, me dio la impresión de que de un momento a otro iban a salir saltando un par de ranas, croando entusiasmadas de la improvisada charca. 


De repente intuimos algo que nos hizo girarnos por instinto hacia los bajos de enfrente. A través de la cortina de agua un hombre se afanaba por hacernos señas y que su voz se entendiese por encima de los truenos. No recuerdo su rostro, apenas su uniforme de camarero, de los de antes, pantalón negro e impoluta camisa blanca, y la amabilidad de su sonrisa. Casi tan cálida como la cafetería desierta al recibirnos. Ni lo miré, tímida, al agradecerle el vaso de leche caliente que me dejó en la mesa. A mamá tampoco se le daban bien aquellas situaciones, incómoda por deberle a un desconocido semejante favor. No le permitió pagarle las consumiciones y le dejó usar el teléfono para dar fe de que seguíamos vivas. Qué menos iba a hacer, por favor, no es ninguna molestia, usted haría lo mismo en mi caso, le escuché repetir. Nadie podría prever que se pusiese a llover de tal manera, y tampoco creo que hubiese servido de mucho, le decía atendiendo a las lamentaciones de mi madre por no habérsele ocurrido traer ni un triste paraguas.

He olvidado todo lo que pasó a continuación y tampoco me importa demasiado, tengo la certeza de que aquel fue el momento en que comencé a entender la complejidad de la vida, además de a enorgullecerme de que mi madre fuese como era, frágil y con defectos como todo humano que se precie de serlo, y una roca inexpugnable para sus hijos, como pretendo serlo yo para los míos. Por ese mismo motivo, cuando el cielo retumba, procuro que se sientan como me sentí aquel día. Protegida por una simple mano que, a pesar de que no me libraría de nada de lo que me pudiese ocurrir, me ayudó a sentirme protegida y tranquila ante lo fuese a suceder. 

by Eva Loureiro Vilarelhe