jueves, 22 de junio de 2017

Noche de San Juan


Miguel se apresuró a bajar las escaleras, llegaba tarde, seguramente llevarían esperándolo ya un buen rato y prefirió evitar el ascensor por no arriesgarse a perder tiempo con la parsimoniosa conversación de algún vecino. En el rellano junto a los buzones se secó el sudor de la frente con el antebrazo, se miró en el espejo del portal para comprobar que ya tenía lamparones húmedos bajo las axilas, menos mal que había optado por el negro, ya que aun así se notaban bastante. Predecible con las altas temperaturas de los últimos días, semanas mejor dicho, le parecía que no había pasado nunca un junio tan infernal, recordó entonces los recreos a pleno sol a final de curso en el instituto y una sonrisa asomó a sus labios de inmediato. 

Es la primera vez que sonríe conscientemente desde que Laura lo dejó, hace un mes escaso. Crónica de una separación anunciada, en realidad, pero siempre duele. Quizás porque uno se acostumbra a la presencia del otro de tal manera, que resulta raro cuando ya no tienes a quién darle los buenos días somnoliento cada mañana. En el fondo se alegró secretamente de que sucediese con la suficiente antelación como para estar solo en una fecha tan especial para él, es decir, sin pareja, porque estaría rodeado de todos sus amigos. Desde no recuerda cuándo decidieron reunirse para celebrarlo juntos, por los viejos tiempos. A los chicos y chicas de la pandilla se habían ido uniendo las respectivas y sucesivas parejas de cada cual, además de los críos que nacieron fruto de esos amores más o menos duraderos. 

Pero indudablemente conservar los lazos de su amistad es un motivo más que suficiente para conseguir arrancarlos de sus quehaceres cotidianos, incluso salvando las variables distancias desde las que tenían que desplazarse para acudir a su ineludible cita anual. Únicamente está permitida la ausencia por causas de fuerza mayor, o catástrofes naturales, porque a Javier, el culo inquieto del grupo, en una ocasión lo pilló una imprevista tormenta de arena en el Sahara y no pudo acudir, aunque se vio obligado a presentar fotos y justificantes de la demora de su vuelo para corroborar la historia; o a Isa, a quien fueron a visitar en bloque al hospital cuando nació Juanito justo antes de empezar la fiesta, y tuvieron que salir a toda prisa para que las matronas no los echasen a patadas por revolucionarles toda la planta; y, por supuesto, siguen brindando cada año en memoria de Pablo, desde que falleció en aquel desgraciado accidente de moto. 

Las hijas de Marisa se le lanzaron al cuello en cuanto lo vieron aparecer por la esquina y Óscar se acercó para saludar a su padrino. “¡Caramba, chico, cada día estás más alto! Dentro de nada superas a tu padre...”, le dijo cogiendo la mano que le ofrecía en señal de camaradería, sorprendido de que ya tuviese que mirar hacia arriba para observar los cambios en su rostro pecoso de adolescente. “¡Eso sí, no veo barba ni bigote por ningún lado, chaval!”, exclamó entre risas y el aludido refunfuñó algo así como “¡No empieces con eso, anda!” Acto seguido sintió una fuerte palmada en la espalda y se giró para hacer lo propio abrazando al padre de su ahijado. “No sé cómo te las arreglas para llegar siempre tarde, si eres el único que todavía vive en el barrio...”, le recriminó con cariño David, su mejor amigo. “¡Es precisamente por eso!”, gritó desde unos metros más allá María, “¡Si es por él, vendría en pijama y zapatillas!” “Bueno, bueno,” intervino Rubén acercándose, “no os paséis tanto que se ha puesto camisa y todo...” Miguel se fundió en otro cariñoso abrazo y continuó haciéndolo hasta que no quedó nadie sin saludar. Sus siete amigos del instituto se habían convertido en más de una veintena, acaparando media barra de una de las carpas montadas en la explanada que queda detrás del antiguo colegio. En su día algunos de ellos habían frecuentado sus aulas, pero ahora está irreconocible tras convertirlo en un centro cívico dedicado casi exclusivamente a realizar actividades para entretener a los ancianos que continúan viviendo por los alrededores. 


Él es de los pocos jóvenes de entonces que se negó a marcharse, la mayoría habían ido abandonando paulatinamente sus hogares para buscarse un futuro en sitios donde las oportunidades no faltasen. Sus padres no pudieron permitirse el lujo no ya de pagarle la carrera, que con sus notas y a base de becas podría ir sacando, sino de mantenerlo viviendo fuera cuando a duras penas les llegaba para hacer frente a los gastos sanitarios de su hermana. Jamás los culpó, podría haber intentado buscar un empleo y pagarse él mismo los estudios, pero no quiso irse lejos y se quedó para echarles una mano con ella. Estudió un curso de electrónica para poder dedicarse a arreglar electrodomésticos a domicilio y en un principio no le fue mal, pero poco después de morir Clara las cosas cambiaron a peor. Cada vez tiene menos clientes, las continuas ofertas de las grandes superficies animan a la gente a tirar y no reparar, además de que el barrio pasó de ser el de mayor densidad poblacional a parecer un desierto de hormigón, y en cierto sentido se alegró de que sus padres no fuesen testigos de ello, al morir unos años después que su hermana. Va trampeando con los viejos que lo llaman hasta para que les mire un grifo que gotea, no es su especialidad, pero se las arregla para hacerles la chapuza en muchas ocasiones simplemente a cambio de unos huevos recién traídos de la aldea, porque la pensión tampoco es que les dé para mucho más. 

Y no se queja, gana lo justo para subsistir gracias a que su padre logró acabar de pagar su humilde piso a tiempo, no es gran cosa, pero a él le llega, tiene el que fue el dormitorio de sus padres repleto de cachivaches obsoletos, porque nunca se sabe, puede necesitar algún cable o una pieza para algo, ya que se dedica a echar una mano en la asociación vecinal para mantener el barrio mínimamente en condiciones. Si una farola se estropea el Ayuntamiento tarda una eternidad en saberlo siquiera, así que para qué hacer esperar a quien puede dar un traspiés con luz y todo. Es consciente de que con su estilo de vida tampoco tiene mucho que ofrecer, por eso no le extraña que las mujeres pasen de largo en cuanto se dan cuenta de que no piensa cambiar. Hasta le parece bien, prefiere seguir así, solo, de hecho es el único que nunca acude acompañado a la reunión, albergando la esperanza de que aparezca de la nada la misteriosa chica que lo dejó marcado para siempre.   

Fue el año en que acabaron el instituto, tan sólo Julián tuvo que repetir el Selectivo en septiembre, el resto lo superó con suficiente nota para conseguir matricularse en la carrera que querían, o en otra similar, y él se consolaba pensando que podría haber estudiado Telecomunicaciones sin problema si sus circunstancias fuesen otras. Hasta el padre de David reconoció que era una pena que desaprovechase su talento haciendo FP, a lo que él respondió orgulloso que ante todo estaba el bienestar de su familia y este entonces le acarició la cabeza paternalista, claudicando ante su decisión, concediéndole al menos una madurez inusitada para su edad. Fue precisamente su mejor amigo el primero en irse, estudió COU en Massachusetts, varios equipos de la NBA estaban interesados en que hiciese la carrera en Estados Unidos y el chico cogió el tren que pasaba por su puerta sin pensárselo dos veces. Regresó poco antes de San Juan y pasaron varias noches en vela para conseguir ponerse al día de lo que se habían perdido aquel curso.

Se reunieron en el descampado como habitualmente, en aquella época la mayoría fumaba o bebía a escondidas, por lo que no podían apoyarse en la barra tan descaradamente delante de sus padres. Los de Miguel estaban apostados junto a la silla de ruedas de Clara y él pasó a despedirse antes de que le brillasen demasiado los ojos al calor de la luminaria. Esa noche no tenía horario, disfrutando de su recién estrenada mayoría de edad, y su madre le recordó que no volviera muy tarde, que era incapaz de dormir hasta que lo sentía abrir la puerta. Se lo aseguró a sabiendas de que incumpliría su promesa, y la achuchó efusivamente, atolondrado por el par de cervezas que ya llevaba en el cuerpo. Ella lo observó alejarse preocupada, sin imaginar siquiera que ya no volvería a ser el mismo. Él y sus amigos siguieron brindando por todo lo conseguido y por lo que les deparaba el futuro, hasta que acabaron sentándose junto al resto de jóvenes en un lugar un tanto apartado, hipnotizados por el poder del fuego.

Las conversaciones se daban entre los más próximos, a lo sumo por parejas, y se escuchó contar un chiste en alto desde otro grupo de adolescentes que los obligó a reírse a carcajadas. En su ataque de risa Miguel golpeó sin querer a quien se sentaba a su lado, y al ir a disculparse se sorprendió de verla allí. No le sonaba ni de vista, cuando generalmente conocía a cada uno de los que acudían a la fiesta del barrio y se quedó deslumbrado con la palabra en la boca. Sus oscuros iris reflejaban la calidez de la hoguera, le entraron ganas de acariciar su aterciopelada tez morena y su melena negra lisa le rozó el brazo ondeando con el viento. Se le antojó tan suave como la seda y fue incapaz de dejar de mirarla embobado, hasta que ella bajó la vista sonriendo tímidamente y a él le pareció estar delante de una diosa. David fue quien lo sacó de su ensoñación sin reparar siquiera en la chica, diciéndole que iban a buscar más cervezas. Le gritó que fuesen yendo al verlo alejarse sin mirar atrás y se giró hacia ella de nuevo, temiendo que hubiese sido fruto de su imaginación. 


Pero no, la chica más maravillosa que había visto en su vida seguía allí sentada a su lado, y él no tenía ni idea de qué decirle para no ahuyentarla. Se devanó los sesos buscando algo apropiado para no quedar como un imbécil, lamentando estar todavía medio aturdido por el alcohol, consciente de que su expresión de tonto al mirarla sería sin duda la impresión que le estaba dando. Fue ella quien rompió el silencio, preguntándole si pensaba pasarse la noche sin abrir la boca o es que le había comido la lengua el gato. Sonrió él entonces sonrojándose y sin saber muy bien por qué, se decidió a hacerle un exhaustivo relato sobre su intrascendente biografía, que a ella le pareció de lo más fascinante, a juzgar por la atención con la que seguía el hilo de su narración. Miguel entró en barrena, viendo cómo ella lo observaba absorta, y hasta le confesó los pinchazos de envidia que sentía al saber que todos sus amigos podrían realizar sus sueños mientras él tendría que resignarse a no luchar por los suyos. 

“¿Cuáles son?”, lo interrumpió cogiéndolo totalmente por sorpresa y parpadeó perplejo pensando que quizás no había escuchado ni una sola palabra de lo que le había contado. “Acabo de decírtelo, me encantaría poder estudiar Telecomunicaciones”. Ella meneó la cabeza divertida. “No me has entendido. Ese es sólo un proyecto. Irrealizable, además por lo que me acabas de decir. Me refiero a tus sueños desde niño.” Entrecerró los ojos examinándola más detenidamente. Juraría que era más joven que él, sin embargo, su manera de expresarse le llevaba a pensar que era mayor, mayor incluso de la edad que aparentaba. Nunca había estado con una chica igual. A decir verdad no había estado con muchas, algún beso y roce en la oscuridad de la discoteca los fines de semana y poco más, de su pandilla le gustaba Helena, y ¿a quién no?, siendo tan guapa como era, todos sus amigos babeaban por ella, en vano evidentemente, saliendo como salía con el chulo del instituto desde primero, y eso que no era nada tonta, pero no tenían nada que hacer contra unos músculos superdesarrollados para un chico de su edad, a decir verdad, su debilidad por los atletas se demuestra en el hombre que escogió como marido. 

En fin, que la miró ensimismado unos instantes antes de responder. “Soñaba con que encontraban la cura para mi hermana, y yo veía tan felices a mis padres al verla sana que se me llenaban los ojos de lágrimas al despertar. Y en el peor de los casos, soñaba con que yo mismo inventaba una máquina que le ayudaba a andar y a respirar sin dificultad. Que la cogía de la mano y la llevaba a todos los sitios a los que nunca fue. Al patio del colegio, de excursión al campo, a la playa, o a la piscina. Y me bañaba con ella sin temer que de repente se le parara el corazón por el esfuerzo que le supone cualquier movimiento... Pero a lo único que llego es a arreglar la tele cada vez que se estropea.” Su voz era apenas imperceptible al pronunciar su última frase y ella le cogió la mano entrelazando sus dedos con sumo cuidado. Miguel no se atrevió a levantar la vista del suelo, cohibido como estaba por si descubría la humedad en sus ojos, y fue ella quien le irguió el mentón con su mano libre. “Si sueñas con la felicidad de tu familia, no es de extrañar que sacrifiques la tuya por la de ellos de manera tan generosa. Eres un chico muy especial.” Sus palabras lo cogieron de nuevo por sorpresa. ¿Eres tú quién me habla, o toda una mujer escondida en tu apariencia de chica? La calidez aterciopelada de sus iris lo cautivaron y sintió una punzada en el pecho, te besaría sin tregua el resto de la noche, pensó fantaseando al reparar en sus labios entreabiertos.

Sentirlos devorando los suyos supuso una revolución para sus sentidos, notó el deseo aflorando por cada poro de su piel, sus miembros descontrolados tratando de acariciar cada centímetro de la de ella, el calor que lo invadía que no tenía nada que ver con el de la lumbre que crepitaba en el centro de la explanada, el perfume que desprendía su cabello embriagándolo mucho más que la bebida que se arrepentía de haber tomado, por nublarle el entendimiento en un momento tan fundamental de su existencia, el torbellino de preguntas sin respuesta que se agolpaban en su mente. ¿Quién eres?, ¿De dónde sales?, ¿Por qué has tardado tanto en aparecer en mi vida? Y los interminables segundos que siguió sintiendo su lengua enredándose con la suya que le parecen siglos cada vez que los rememora, porque jamás volvieron a besarlo de semejante manera. Y nunca lo sintió de una forma tan viva como aquella. Fue mucho más que un beso. Ahora podía decirlo. Fue reconocerse en otra persona como nunca había hecho antes. En ella. Y su recuerdo se le quedó grabado a fuego en la memoria.

Por eso acude con sus mejores galas para reunirse con sus amigos cada San Juan, con la esperanza de que aparezca de la nada del mismo modo que lo hizo en aquella ocasión. Desapareciendo de idéntica manera poco después de dejarlo sin aliento con el corazón a mil por hora. La chica misteriosa, como la llama David, al único al que le confesó la historia, porque nadie la vio, nadie la conocía, pese a que la buscó y preguntó por ella por todo el barrio durante semanas. Llegaron a la conclusión de que igual era una bruja buena atraída por la luminaria de la inofensiva celebración tradicional del solsticio de verano, porque eso fue precisamente lo que consiguió, hechizarlo con su lengua de fuego dejando para siempre marcada su alma. Su mejor amigo llegó a creer que lo había soñado todo, o que se trataba de una alucinación provocada por la cantidad de cervezas que se habían tomado con apenas nada en el estómago. Sin embargo Miguel sabe que fue real, ya que ni en el mejor de sus sueños lo hubiesen besado de tal forma, su imaginación no da para tanto, así que espera tener más suerte este año, porque en una noche mágica como esta cualquier cosa puede suceder... Como que una mujer desconocida te bese como nunca dos veces en la vida.

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 15 de junio de 2017

¡Sólo es una serie!


“Ahora, con más años por detrás que por delante, los misterios se desvelaron.” Con semejante frase comenzó Tyrion Lannister, y ya no me enteré de nada, no es posible que la trama haya dado semejante giro copernicano... ¡Si sólo me he perdido un capítulo! Intenté ver el anterior, pero me quedé sin datos. ¡Maldición! Llamé a Paula desesperado:

—¡Cuéntamelo todo, porfa!
—¡¿Cómo?! ¡¿Es que no lo has visto?!
—Tuve guardia, ¿recuerdas? Y llevo una semanita que ni te cuento...
—¿Y? – preguntó como si se tratara de una burda excusa
—Soy residente de segundo año, me tocan a mí los marrones, mi jefa es quien puede descansar. ¡Tres cesarias, nada menos, aquella noche...!
—Pues en Anatomía de Grey... – la corté en el acto.
—¿Pero tú qué te crees? ¡Sólo es una serie! En un hospital de verdad no se dan tantos escarceos amorosos. Al menos no tantos por metro cuadrado...

No llegó a escuchar esto último, telefoneé pensando que se había cortado e insistí al ver que no daba señales de vida. Me envió un mensaje: “No pienso contarte nada... Sólo es una serie, ¿no?” La mato. ¡Cuando la coja, la mato! Me cabreé tanto que casi reviento el móvil golpeándolo contra la mesa, aunque enseguida me arrepentí, a ver si se me iba a estropear la pantalla y después no podía ver nada... Así que me levanté de un salto dispuesto a emular una frase mítica. Agarré un buen puñado de café molido de la máquina, sin inmutarme al poner el suelo perdido, y alcé el brazo indignado, dirigiendo mi mirada hacia el falso techo, gritando:

—¡A Dios pongo por testigo de que jamás volveré a perderme un capítulo de Juego de Tronos!

Las carcajadas de las matronas que justo estaban entrando en la sala de descanso me sobresaltaron, una comentó:

—¡Y espero que sigas de ginecólogo, porque como actor no tienes futuro...!

by Eva Loureiro Vilarelhe



jueves, 8 de junio de 2017

Una especie de guardaespaldas, o algo así


El inspector Lama suspiró antes de decidirse a abrir la puerta de la sala número tres, miró de reojo a la agente recién incorporada y sonrió al reconocer su expresión, entre expectante y de evidente nerviosismo. Le gustaba la actitud de la chica nueva, llevaba aleccionándola semana y media y ya la consideraba la mejor novata en años. Tras más de veinte de experiencia, a estas alturas reconocía perfectamente quién tenía madera y quién se había metido en la Policía por culpa de las series americanas. Y de película precisamente parecía el caso que tenían entre manos, por el pasillo la había puesto al corriente de las últimas pesquisas, al parecer el detenido ya había reconocido su culpabilidad durante la detención, así que tenían que acelerar el interrogatorio para poder sacar lo máximo posible en limpio antes de que llegase su abogado de oficio. 

* * *

La puerta trasera se cerró tras él dando un amortiguado portazo, la salida de emergencia que da acceso a la azotea estaba vencida de tanto uso. Hay algún que otro jefazo que todavía lo hace a escondidas en su despacho, pero en general todos salen a fumar incluso cuando llueve, como es el caso, o cuando el frío es tan intenso que ni el cigarrillo encendido ayuda a mantener los dedos calientes. Prefieren subir antes que bajar a la entrada, y eso que cuenta con un soportal espléndido para no mojarse, principalmente por no encontrarse con todo el que viene a poner una denuncia, que hoy por hoy se hace ya por cualquier menudencia. Antes no, si no era algo de vida o muerte no se le ocurría a nadie venir a dar la lata, y los estadounidenses tienen parte de culpa también con su manía de las demandas... Es lo que tiene la maldita globalización. Aunque la razón fundamental es porque desde allí arriba se vislumbra la contaminación que se cierne sobre la ciudad, como la delincuencia en las calles, a la vista de todos, e invisible para el que no presta atención. Y da que pensar. Además la mente se despeja mejor observando los cambios de luz que se producen en el horizonte. Y ayuda a pensar. 

Ella apareció a los pocos minutos y se sintió ridículo con la capucha del impermeable puesta, es realmente atractiva, guapa no diría tanto, pero le echaría un buen polvo. Demasiado joven para él, eso sí, así que se contentó con ofrecerle fuego. La vio tan abatida que se esforzó por darle conversación: “¿No lo habías dejado?” Se encogió de hombros resignada a modo de respuesta y él asintió sonriendo de medio lado. Es lo que tiene pertenecer al cuerpo, si tienes un vicio se agravará, y si no lo tienes acabarás cogiendo alguno. “¿Sabe qué es lo que más me molesta?”, arqueó una ceja soltando una bocanada de humo y ella bajó la vista para continuar, “Su absoluta falta de remordimientos. Ya, ya sé que soy una ingenua, pero es que esperaba verlo desmoronarse, al final por lo menos.” Otra que ha visto demasiada tele. Eso de que la realidad supera a la ficción no es un cuento chino, es la pura verdad, lo que pasa es que estos niñatos no han vivido lo suficiente aún para darse cuenta. Se le escapó una carcajada al recordar alguna de sus frases durante el interrogatorio, aunque enseguida el sonido a hueco dejó en evidencia que la cosa no tenía ninguna gracia. Ella pareció captarlo, por eso no le dijo nada, por eso le gustaba tanto, por su inteligencia innata, con cualquier otro tendría que explicarse, con ella no era necesario, irguió la cabeza oteando las nubes que se atiborraban sobre los tejados. “Jefe, ¿usted cree que lo condenarán?”

* * *

Cuando entraron el tipo estaba jugueteando con un pañuelo de papel, el agente que lo custodiaba salió enseguida, no sin antes llevarse el índice a la sien para dejar constancia de su opinión sobre la salud mental del detenido. El olor resultaba nauseabundo, se había orinado encima durante la detención y los lamparones resecos revelaban las veces que se había puesto de rodillas en los charcos para suplicar que no lo encarcelasen, que su madre no podría soportarlo. 38 años, hijo único, vivía en el domicilio materno, sin más oficio ni beneficio que una pensión por incapacidad que le había conseguido su padre poco antes de morir. La lesión en la espalda no era para tanto, según alguno de los médicos del tribunal, no obstante se la concedieron, le deberían algún favor a su progenitor, directivo de un sindicato de renombre enfermo de cáncer terminal, y coló. Así que disponía de todo el tiempo del mundo para planificar cuidadosamente sus ataques. Sí, en plural. En realidad lo habían relacionado con el segundo de los homicidios, asesinatos ahora que sabían lo ocurrido, por lo que les sorprendió que comenzase a relatar lo sucedido refiriéndose al primero. 


Tres cadáveres aparecieron en menos de una semana. Nada los relacionaba aparentemente, salvo que habían sido encontrados en el barrio y con tan breve margen de tiempo que les llamó la atención desde el principio. De hecho el inspector tomó las riendas de la investigación del trío decapitado, como pasaron a denominarlo al aparecer el último. Tampoco parecía obra de un asesino en serie, el modus operandi era diferente en cada caso, pese a coincidir en que a todos les hubiesen seccionado la cabeza, pero definitivamente no era obra de un profesional. “Se me escapó la tapa del contenedor sin querer”, declaró al preguntarle cómo había acabado con la primera de las víctimas. Una señora de mediana edad de clase media alta que bajó la basura al volver del trabajo y su cuerpo casi le provoca un infarto al empleado de la empresa de recogida selectiva de residuos que la encontró. “Solo pretendía darle un susto”, se excusó sonriendo divertido. Y se lo diste, cabrón, un susto de muerte, dijo para sí tratando de contener la ira que asomaba a sus pupilas. 

La agente Ferraz se presentó en la comisaría cuando ya llevaban una semana perdidos, hubo que ponerla al día de todos los acontecimientos, aunque fue a ella a quien se le ocurrió revisar los grupos de Facebook del chico gay en busca de posibles sospechosos. Que entre los fans de uno de los cantantes de un reality que hacía furor entre los adolescentes hubiese otro del mismo barrio que el fallecido no sería relevante, de no ser porque su edad contrastaba con la del resto de miembros del club. Tenía el doble de años y no se notaba demasiado, a juzgar por sus comentarios. Fueron precisamente sus reiteradas autoproclamaciones como su fan número uno las que levantaron la liebre. Demasiada vehemencia, de ahí a la violencia hay un paso. Y justamente se mostró ofendidísimo ante una mera burla por parte de la segunda víctima. “O sea que lo mató porque dijo que no le gustaba su peinado”, afirmó más que preguntar el inspector Lama y a la agente se le escapó una sonrisa. 

Empezaba a entender su sarcástica manera de entender la vida y le gustaba el cariz paternalista que tenía con todos sus subordinados. No los miraba por encima del hombro, al contrario, los trataba de igual a igual, sin embargo su consabida experiencia lo llevaba a aconsejarles precaución, excesiva a veces según algún joven impulsivo, que no se atrevía a contradecirlo, ni mucho menos. De sobras estaba demostrado el olfato del detective, simplemente prefería no precipitarse, ni dejarse llevar por corazonadas, las pruebas demuestran los hechos, y la intuición ayuda, pero de nada sirve si no se demuestra, o sea, sin pruebas fehacientes. “¡Eso es paja húmeda para un juez, investigue más a fondo esa pista o no le conducirá a nada, Gutiérrez!”, le había escuchado imprecar a uno de los veteranos, los tacos se los guardaba para él, o bien los decía entre dientes si estaba muy alterado. Cosa de la que había sido testigo en varias ocasiones en la escasa semana y media que lo conocía. 

Llevaban dando palos de ciego por el caso del trío decapitado bastante tiempo cuando ella se incorporó y él quiso hacerse cargo personalmente de su adaptación al nuevo destino. “Andamos un poco desbordados, ya sabe, los de arriba presionando para acallar a la prensa lo antes posible, y el vecindario alborotado como un gallinero en época de cría... Así que mejor quédese a mi lado, Ferraz, y esté siempre alerta, no me fastidie, quiero que lleve los ojos bien abiertos, que no estoy para andar cubriéndole las espaldas, ya me entiende... ¡Ramírez, haga el favor de buscarle otro uniforme a la chica que este le va grande! ¡¿Pero este hombre cada vez está más miope, o es que quiere vestirlas a todas como sacos?!” Le hacían gracia sus alusiones al mundo rural habiéndose criado en el barrio, aunque le habían comentado que sus abuelos eran de pueblo, pueblo. Y también que empezaban a llamarle viejo verde a escondidas por su manía de que todas las agentes usasen pantalones ajustados. Salvo Gutiérrez, que aparte de ser quien mejor lo conoce de toda la comisaría, fue quien le explicó que no era por eso: “Los malos también distinguen un buen culo, ¿sabes? E igual se lo piensan dos veces antes de apretar el gatillo si se dan cuenta de que no eres un tío...”       

“Es que yo lo conozco desde que íbamos al instituto, mucho antes de que se blanqueara los dientes para cantar en aquellos garitos mugrientos de las afueras. O sea, desde cero, antes de que nadie lo conociese, por algo soy su fan...”, el inspector lo interrumpió sin dejarle terminar. “¡Pero si le lleva más diez años! ¡¿Cómo iba a ir en clase con él?!” El detenido puso los ojos en blanco soltando una risita incrédula: “¡Juntos en clase no, hombre! Estudié en el nocturno, ¿vale? No soy muy listo, pero mi padre me obligó a sacarme el bachillerato para poder justificar sus chanchullos en mi curriculum. Y él tampoco es un lumbrera, la ESO tuvo que hacerla por las tardes porque se pasaba las noches cantando y no le iba eso de madrugar, por eso coincidimos...” “¿Y eso qué tiene que ver con su corte de pelo?”, le preguntó sin seguirlo. El aludido volvió a reírse antes de responder: “Nada, nada, es solo que yo sé seguro que el peinado se lo obligaron a cambiar los del programa, porque él siempre llevó el flequillo largo con la raya al lado, como cuando entró, porque tiene mucho estilo y sabe perfectamente lo que le favorece, no como otros... ¡Por eso me sacó de quicio que ese chaval lo criticara! ¡Si de verdad eres su fan no lo criticas! ¡Lo apoyas siempre, siempre! ¡No te dedicas a decir que si tal, o que cual! ¡No!” Lama inspiró ruidosamente: “Y es suficiente motivo para cortarle la cabeza, ya veo.” 


“¡Por supuesto! ¡Le hubiera arrancado los ojos si no me diesen arcadas! Lo que pasa es que el accidente con la sinvergüenza que lo puso verde en la cola del supermercado me dio una idea. ¡Pura envidia es lo que le tenía, la muy...! Y le cogí a mamá el hacha que usa para cortar los huesos del cocido.” Las miradas atónitas de los policías que asistían a su declaración le hicieron añadir: “Es que no le gusta cómo se los prepara el carnicero, prefiere hacerlo a su manera, ya sabe, tiene sus rarezas.” “Y solo por curiosidad, ¿usted tendrá las suyas, no?” “Ah, claro, a mí tampoco me gusta encontrar hilos en el puré, por eso me encargo yo de pasarlo por el chino, mamá siempre me elogia por ello, ¿sabe?, dice que tengo mano para la cocina.” “Y para matar también, al parecer”, añadió el inspector. 

“Pues le he ido cogiendo el gusto, no crea, la primera vez fue por casualidad, ya se lo dije, la amenacé con el cuchillo en la garganta, y la muy estúpida echó la cabeza para atrás justo cuando se me escapó el pie de la palanca que sostiene la tapa en alto. Yo qué culpa tengo de que al Ayuntamiento le haya dado ahora por ponerlos metálicos...” Un destello hizo brillar sus ojos al reconocer: “Ver lo fácil que resultó fue de lo más emocionante, el corazón se me disparó, aunque casi le vomito encima. Ahora bien, es muy sucio, eh, me puse perdido de sangre, tuve que quemar toda la ropa en el callejón y después ducharme otra vez para no molestar a mamá con el olor a humo. Bastante incordio le había ocasionado ya al subir y bajar tantas veces a la calle a aquellas horas...”

“¿Y la dueña de la cafetería qué hizo exactamente, si puede saberse, declarar ante la clientela que prefería a otro concursante?”, inquirió rascándose la nuca, Ferraz se revolvió en su asiento y la observó por el rabillo del ojo procurando no sacarle la vista de encima al detenido, hizo ademán de tranquilizarla al ver su rostro, a punto de echarse a llorar ante las fotos de los cuerpos de las víctimas, aunque se contuvo en el acto, por no dar muestras de su lado amable delante de él. “Cambió de canal cuando iban a dar un resumen de su actuación tras la última gala, ¡como si estuvieran dando algo mejor, vamos! Dijo que estaba harta de verlo hasta en la sopa con el cuento de que era de aquí. A ella le busqué algo especial, usé el cable de acero del que cuelga las horrorosas cortinas de su asqueroso bar. Yo que fui allí porque tienen el plasma más grande de todo el barrio...” “¿Pero usted quién coj... Quién se ha creído que es? ¿El ángel exterminador?” “No, hombre, no. ¡Tampoco hace falta que se altere, eh! Solo soy su fan número uno, ya se lo he dicho, y también una especie de guardaespaldas, o algo así.”

* * *

El inspector notó las gotas repiqueteando en su calva, prefirió mojarse a tener pinta de estúpido y un reguero le estaba entrando por el cuello de la camisa. Se estremeció al sentir la humedad en la espalda, pese a que el aire no venía frío. Es la edad, Paulino, te estás haciendo viejo... “¿Encerrarlo?”, preguntó retóricamente, “Tendremos suerte si acaba en un sanatorio de esos. Yo, si fuera ellos, tiraría la llave para siempre. Alegarán enajenación mental, ya sabe, o cualquier chorrada por el estilo... Pero como no lo detengan en cuanto echen del puñetero reality al pringado ese del que es tan fan, decapita a media España por no haber votado para que se quedase.” Ferraz alzó la vista al fin de sus zapatos para observar su rostro empapado, sonrió con la última frase, una mezcla de profunda tristeza e impotencia se dejaba entrever en el sarcasmo de su jefe. Si tuviera veinte años menos no dudaría en acostarse con él. Las arrugas no podían ocultar la honradez de su expresión, ni todo lo que habían visto aquellos ojos empañaba la bondad de su mirada. Dejémoslo en diez menos.     

 by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 1 de junio de 2017

El sospechoso caso de la mosca en la sopa


La relación de C. con el señor E. iba viento en popa, al menos de puertas hacia afuera, ya que continuaban sin compartir dormitorio, principalmente debido a la inexistente experiencia sentimental de nuestro especial investigador, además de las pocas ganas de forzar las cosas que mostraba su nuevo inquilino, bastante agradecido por el generoso ofrecimiento de su admirado galán para compartir domicilio, como para querer aun encima acelerar un proceso que sabía le llevaría su tiempo asimilar. Eso sí, la vida social de la pareja se había incrementado notablemente, puesto que todos los amigos de C. querían conocer al responsable de su perenne sonrisa y, dicho sea de paso, lo increpaban sobremanera para incitarlo a superar las barreras que todavía les impedían consumar su amor.

No obstante C. es un chico sereno, pese a su aspecto juvenil, ligeramente atenuado por su cuidada perilla, tiene la madurez suficiente para saber esperar y se contenta con poder ser partícipe de la vida del hombre al que adora como tal, por lo tanto no es de extrañar que asista a los cambios que se producen en su forma de comportarse absolutamente extasiado. Morris suele ser más expresivo, observa a su amo aceptar encantado invitación tras invitación para salir de casa e intercambia una significativa mirada con C., aderezada con algún que otro ladrido que bien podrían traducirse como un “¡Si no lo veo no lo creo!” Situación que precisamente esta semana se repetirá a diario por justificada razón. 

Un antiguo compañero de instituto de C. está en la ciudad y, dada su estrecha amistad, los llama insistentemente para compartir con ellos los escasos momentos que su apretada agenda le deja libres. Afincado en París, su influyente blog culinario lo lleva a peregrinar por todo el planeta en busca de novedades que dar a conocer a los millones de personas que siguen su consejo. Sus afiladas críticas le hicieron merecedor del apodo “el bisturí”, así como de ganar codiciados premios por su buen hacer, además de por su buen gusto a la hora de recomendar tendencias, estilos y hasta descubrir nuevos sabores a los gurús del gremio. 

En realidad se llama Henrique y él y C. habían sido algo más que compañeros de pupitre, de ahí su curiosidad por descubrir quién ocupa ahora el corazón del que puede decirse que fue su primer novio. C. lo aprecia mucho, incluso obviando el esnobismo que lo empuja a hacerse llamar Henri, como tercamente repite siempre que se encuentra con un conocido de antaño, con su impertinente acento parisino pronunciando la e como una a tan nasal que resulta molesta al oído, así como la erre semejante a una g gutural. Sin embargo, toda su parafernalia se desarma al encontrarse con el señor E. en persona. Su amigo llegó con antelación al restaurante en el que los había citado, pero éste vino directo del banco y Henri tuvo que reconocer la impresión que le produjo su porte al caminar. “¡No me habías advertido de que era todo un dandy! ¡De lo contrario me habría puesto algo más acorde con su elegancia!”, exclamó un tanto molesto aprovechando para propinarle un ligero toquecito en la mano en señal de desaprobación (y de que algo queda de aquel amorío adolescente), lamentándose interiormente por no haberse puesto pajarita como el hombre que se acerca despacio sonriéndole de una manera tan deliciosamente afable.  

Henri no cabe en su gozo al escucharlo pronunciar su nombre como es debido, el señor E. pareció sorprendido de que alguien no lo hiciese, sin ser consciente de que no todo el mundo estudió en el liceo francés. También le resultó curiosa la manera de comportarse con él de aquel joven de flequillo engominado y nuca rapada, poblada barba con estudiado aire desaliñado, gafas de pasta con coloridas patillas, camisa estampada abrochada hasta el cuello y pitillos remangados por encima de los tobillos; de modo que una vez que fue al baño le preguntó a C. si a su amigo le pasaba algo en las pestañas, o es que las utilizaba como abanicos. La carcajada de satisfacción que obtuvo por respuesta le dejó claro que se estaba perdiendo algo, pero se contentó con la disimulada caricia en el muslo que le hizo en señal de alivio, por hacer caso omiso del descarado coqueteo del que estaba siendo objeto. 

Por lo demás la comida se desenvolvió con absoluta naturalidad, el señor E. quiso saber a qué se dedicaba y Henri pudo así dedicarse a lo que en el fondo más le apasiona, es decir, a hablar de sí mismo. Lo único que interrumpió el monólogo del efusivo interlocutor fue un incidente en una mesa próxima a la suya. Una señora de avanzada edad sobresaltó al resto de comensales al proferir un repentino grito de terror, seguido de un afectado semidesvanecimiento. La causa de semejante actuación no fue otra que haberse encontrado una mosca en su sopa de sandía al curry. El dueño del establecimiento intervino de inmediato para que no cundiese el pánico en el comedor, hizo salir al chef para pedir disculpas públicamente, y de inmediato retiró el plato en cuestión como si se tratase del verdadero causante de una pandemia global. Los murmullos de los comentarios sobre lo ocurrido fueron dejando paulatinamente en segundo plano la suave música ambiental, que se escuchaba perfectamente tras hacerse el silencio, y Henri no tardó en mostrar su garra al aseverar que algo así no podía dejar de ser condenado expresamente en su blog. 

C., dado su carácter amable,  trató de sacarle hierro al asunto alegando que no le parecía tan grave, que debía ser indulgente con un error seguramente fruto de la casualidad, o de un simple despiste. Su amigo soltó entonces una perorata sobre la escrupulosa profesionalidad que debe reinar en un lugar sagrado como es un restaurante, puesto que llena estómagos ajenos con manjares divinos que bien merecen los clientes, puesto que para ello vacían sus bolsillos. El señor E. no dijo nada, aunque pensó que no era su caso, ya que Henri y sus acompañantes comían siempre por cuenta del local en el que ponía un pie, en aras de lograr sino una crítica favorable, al menos que su bisturí no se cebase con ellos, por lo que permaneció pensativo hasta que se despidieron. Morris ladró a modo de saludo al verlo salir del establecimiento, y fue entonces cuando salió de su ensimismamiento. 

De camino a casa les explicó a su fiel chucho y a su compañero que había algo en todo lo sucedido que no le encajaba. “Su comportamiento me ha parecido sospechoso en demasía”, fueron sus palabras exactas al referirse a la señora, y cada uno de sus oyentes reaccionó como se esperaba según su carácter. El perro entrecerró los ojos olfateando el aire en busca de algún indicio que lo llevase a ser capaz de encontrar una pista para su adorado amo, ansioso por no poder ser de ayuda en el nuevo caso que se les presentaba. Y C. sonrió encogiéndose de hombros restándole importancia: “Era un poco friki, sí, ¿te fijaste en qué ropa tan mal combinada? ¿Crees que con la edad perderemos el gusto cromático? Espero que no, por favor... Esto... Se ha quedado buena tarde, ¿y si damos un paseo después de lavarnos los dientes?” El señor E. suspiró asintiendo, tratando de dejar a un lado sus elucubraciones, hasta que cayó en la cuenta: “¿Acaso no tienes que trabajar?” “He terminado un par de encargos que ya recogió el mensajero, así que me tomaré el resto del día libre...” Y su sonrisa misión-cumplida-autónomo-que-se-sale consiguió al fin que el señor E. lo recompensase con otra de oreja a oreja, provocando que Morris revolotease a su alrededor dando botes y ladrando con el rabo en modo limpiaparabrisas, como siempre hace cada vez que los ve mirándose a los ojos de tal guisa. 


“Entonces no es de extrañar que no se presente a la hora convenida en ocasiones como ésta”, admitió el señor E. haciendo acopio de toda su paciencia para disculpar lo inexcusable a su modo de ver, la impuntualidad. C. intentaba que entendiese que Henri estaba muy solicitado, que se pasaba el día atendiendo a diferentes chefs que querían mostrarle sus innovaciones, o bien seleccionarle nuevas recetas que no podía dejar de publicar en su blog, por eso cada vez que sabían que estaba en la ciudad lo acosaban para aprovechar el breve lapso de tiempo que les dedicaba, no más de cinco minutos por persona, salvo que fuesen lo bastante vanguardistas para que les dedicase alguno más, diez como mucho. Justo en ese momento apareció por la puerta rodeado de una nube de cámaras y C. suspiró aliviado al reparar en la cara de estupor que se le puso a su compañero, olvidada por completo ya la media hora de espera. “La prensa también cubre sus apariciones públicas, por supuesto, recuerda que está aquí para juzgar si la nueva carta cumple con los requisitos para ser digna de sus elogios.” “O de su guillotina”, apreció el señor E. recordando la demoledora crítica que hizo en “El restaurante vegano que sirve carne de mosca”, que fue como tituló su última entrada...

La verborrea de Henri mientras cenaban sonó curiosamente parecida al molesto zumbido de tal insecto, así que el señor E. tuvo a bien congelar su afable sonrisa mientras se dedicaba a seguir analizando hipótesis sobre el sospechoso caso que ya conocía medio planeta. Pero cuál fue su sorpresa al presenciar una escena similar a la que habían vivido, cuando ni siquiera habían llegado al tercero de los siete platos de degustación. Un joven de desagradable aspecto debido a su abundante acné, y a su desafortunada elección en lo que a su indumentaria se refiere, es decir, de pinta estrafalaria, se quejó a viva voz de que casi se había roto un diente por culpa de un trozo de hueso en su coulis de frutos rojos. Sus exclamaciones no dejaron indiferente a nadie. Se repitieron las disculpas por parte de los responsables del establecimiento, el sonrojo del chef incapaz de explicarse lo ocurrido, y los comentarios que se extendían como la pólvora por las redes sociales gracias a los móviles que tecleaban implacables en prácticamente todas las mesas.

Ni que decir tiene que la mayoría de los comensales, a juzgar por las sarcásticas miraditas por el rabillo del ojo, conocían de sobras quién estaba observando sin compadecerse de semejante atentado contra la integridad culinaria, como él mismo declaró a los periodistas apostados en la puerta del local a la captura de alguna declaración, cuya espera se vio recompensada con creces, evidentemente, muy a pesar de C., quien le reprochó al despedirse lo categóricamente que se cebaba con un desliz, sin tener en cuenta en absoluto lo bien que habían cenado. “Tú siempre tan pusilánime, querido, tengo que mostrarme firme, ¿es que no lo entiendes? De lo contrario irán a leer a otro que levante más ampollas, la bondad ya no se lleva, a la gente le va la polémica, cuanta más caña les doy, más seguidores obtengo. Esto funciona así...”, y su cara de no-es-porque-a-mí-me-guste-que-conste no les convenció en absoluto. 

Esta vez el señor E. permaneció callado durante el trayecto hasta casa. C. pensó que estaría cansado después de haberse pasado también la tarde trabajando como cada jueves y no quiso molestarlo, dado que al día siguiente tenía que madrugar. Ambos lo hacían, en realidad, puesto que se levantaba para ir a correr mientras él paseaba a Morris antes de ir al banco como de costumbre, le gustaba acompañarlo pese a no poder disfrutar de la conversación que mantenía con el cánido, aparte de por ir mucho más rápido que ellos, por llevar su música preferida en los auriculares. Música que en su cuarto prefiere escuchar utilizando  los altavoces con el sonido casi imperceptible para no molestarlo, por eso podía oírlo perfectamente hablándole al chucho y le pareció raro que estuviese haciéndolo durante tanto tiempo, así que tras mucho deliberar consigo mismo sobre los pros y contras de su atrevimiento, finalmente se decidió a indagar si le pasaba algo. 

El señor E. paseaba abstraído de un lado a otro de su habitación delante de su armario ropero bajo la atenta mirada de Morris, a quien evidentemente dirigía sus especulaciones varias, el can mantenía una postura erguida pese a estar sentado sobre sus extremidades inferiores como perro inteligente que se precie, a fin de no perderse ni un solo gesto de su amo, quien suele enfatizar sus palabras con significativos ademanes para clarificar sus argumentos, y es bien sabido que se trata de algo fundamental en la comunicación no verbal, cuando se vio obligado a reorientar uno de sus pabellones auditivos al percibir unos ligeros golpes. Su dueño no reaccionó, embebido como estaba en plena cábala, y su fiel escudero lo advirtió con un amortiguado ladrido (modo noche, como le había enseñado que debía hacer a aquellas horas, a fin de no perturbar el sueño del vecindario) de que estaban llamando a la puerta. “¿Quién va?”, preguntó perplejo y el chucho a punto estuvo de poner los ojos en blanco. Un tímido C. asomó la cabeza, acobardado ahora que tenía ante él el estupefacto rostro de su amado, aunque se relajó al verle cambiar de expresión al instante. “¡Lamento haberte desvelado, querido C., tienes que perdonar mi absoluta falta de delicadeza!”

Les dieron las dos y las tres sentados en la cama, desmenuzando el caso concienzudamente mientras daban buena cuenta de un helado de mango y nueces de Macadamia, porque en los restaurantes caros se come estupendamente, pero resulta un tanto escaso, todo hay que decirlo, y con el estómago lleno se razona mucho mejor, eso también es algo bien sabido. A muchas conclusiones no llegaron, la verdad, también hay que reconocerlo, C. no le fue de gran ayuda para sacar algo en limpio, su ahijada era mucho más útil en esas lides, no obstante, su amena conversación le sirvió para relajar un poco la sobrecarga acumulada tras el esfuerzo mental. “Lo que pasa es que estás muy tenso”, le dijo colocando estratégicamente sus finos dedos sobre sus cervicales masajeando suavemente la zona afectada, “Deberías descansar y dejar de pensar tanto en el tema, será mejor que le diga a Henri que mañana no vamos a la reapertura del otro restaurante...” “¡Eso es!”, exclamó el señor E. girándose para mirarle a los ojos, pese al respingo que pegó dada la inesperada efusividad, lo que no hizo fue apartar los labios cuando le plantó en ellos un beso igual de apasionado.


C. creyó estar en la gloria al día siguiente, no entendía muy bien cuál era la impagable pista que le había proporcionado al señor E., pero tampoco le dio demasiadas vueltas, embobado como estaba contemplando cómo dormía plácidamente entre sus brazos hasta que sonó el despertador. El “buenos días, amor” que vino acto seguido no pudo henchirle más de gozo el corazón, aunque sí le aceleró el pulso el beso que le dio a modo de respuesta, era el efecto embriagador que provocaba en él, cualquier roce de su piel lo hacía estremecer, así que llevaba una buena dosis en las últimas horas. Horas fueron las que no le daban pasado hasta volver a verlo al mediodía, preferiría no tener que asistir a la dichosa cita con Henri para tenerlo todo para él, sin embargo se resignó dada la relevancia que parecía tener el evento. De hecho le obligó a explicarle todo lo que sabía acerca del establecimiento: que había tenido bastante fama en los últimos años, pero que había caído en desgracia por no aportar novedades más a menudo, el ostracismo se hizo evidente tras una mala crítica de Henri, de tal modo que se vieron obligados a echar el cierre, y ahora su propietario había apostado por un nuevo chef muy dinámico con el que pretendía recuperar el esplendor de antaño.

En esta ocasión Henri se presentó puntualmente, fue el señor E. quien se retrasó por justificadísimos motivos laborales, lo que no impidió que llegase sudoroso por haber apretado el paso más de lo normal a fin de llegar antes. El crítico estaba tan ávido por conocer todos los detalles del local, como el investigador amateur por intentar validar su teoría. Tuvo que armarse de paciencia una vez más a la espera de su ansiado momento, puesto que hubo de saborear primero el repertorio de suculentos platos que les sirvieron. Henri trataba de contener su evidente satisfacción, para no dar muestras de lo delicioso que estaba todo, ya se desharía en elogios en su blog, prefería mantener en secreto sus apreciaciones positivas hasta que eran publicadas, las malas solía airearlas antes para ir caldeando el ambiente, porque sus lectores deseosos de carnaza eran legión, mientras que sus críticas elogiosas recibían muchas menos visitas, salvo que se tratase de una primicia en exclusiva, como era el caso.

Y el caso del señor E. se resolvió también en cuanto acabaron de comer. Henri quiso saludar al chef en su santuario, dirigiéndose pomposamente hacia la cocina, seguido del no-me-cabe-una-paja-en-el-culo propietario del restaurante, pero con lo que no contaban es con que el distinguido sabueso fuese el primero en tomar la palabra al ver ante él a toda la plantilla de punta en blanco. “¡Sabotaje!”, dijo a viva voz y a todos se les desencajó el rostro, “¡Se trata de un claro caso de sabotaje, señor mío!”, imprecó al dueño señalando con el dedo a la mujer de edad avanzada, que ejercía de sumiller, y al joven con acné, ayudante de repostero, cuyos rostros destacaban entre los de los demás por su repentino tono rojizo tras ser descubiertos. 

Por una vez Henri escuchó atentamente el relato de lo sucedido en los otros restaurantes en boca del señor E., estaban sentados en su apartamento alrededor de la mesa del comedor, además de C. con Morris en el regazo, la ahijada y su novio, que habían venido a saber de primera mano por qué su padrino se había hecho famoso tras abrir los informativos de la noche de todas las cadenas (el verano se aproxima y ya saben que se relajan los contenidos, además de que hay que rellenar titulares a falta de un nuevo caso de corrupción). El anfitrión se explayó relatándoles que sus primeras sospechas se confirmaron en cuanto tuvo lugar la segunda escenificación, le parecía demasiada casualidad que dos personas fuesen vestidas de un modo tan llamativo, así que, o bien se trataba de un castigo divino por tener tan mal gusto a la hora de vestir, o bien había gato encerrado, a juzgar por los aspavientos que ambos prodigaron para atraer todas las miradas sobre ellos. Su perro arrugó la nariz llegados a este punto, y él lo acarició compasivo, consciente de lo mucho que le hubiese gustado poder echarle una mano para esclarecer el caso. Finalmente a Henri no le quedó más remedio que reconocer dos cosas: que el señor E. tiene una anticuada, pero elegantísima forma de expresarse; y que cocina tan bien como hilvana frases, cosa de la que piensa dar buena cuenta en su blog, tras el descalabro de credibilidad que le supuso caer en la trampa del astuto restaurador que quiso deshacerse de la competencia de un modo tan desleal.     

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 25 de mayo de 2017

¡Maldita primavera!


Mi aversión por esta época del año no es debida a una rinitis alérgica ni a nada por el estilo, como suele sucederle al común de los mortales. No. Lo mío es mucho peor. Los síntomas resultan igual de molestos, he de reconocer, pero por desgracia no hay medicación que pueda prescribirse para paliarlos. ¡Ya me gustaría! Porque, al fin y al cabo, soy el principal perjudicado por mi dolencia, como se darán cuenta en cuanto les ponga al corriente de lo que me ocurre. 

Me gano la vida como dentista, soy médico estomatólogo en definitiva, con muchos años de experiencia a mis espaldas y, gracias a mi buen hacer, la lista de espera en mi consulta es considerable, en ese sentido por descontado que no puedo quejarme. Casado también desde hace casi tres décadas con una eficiente enfermera que me ayuda en la clínica, y con dos hijos mayores que se han decantado por seguir mis pasos. Hasta ahí todo correcto, sin embargo las palpitaciones, los sudores fríos y los agobios por los sofocos que me dan, para mi desesperación, llegan a ser continuos en cuanto los primeros calores hacen acto de presencia. 

“¡Maldita primavera!”, reniego constantemente en lugar de alegrarme de que el frío invernal pase de una vez y todo parezca renacer, porque quienes más y mejor florecen en esta estación son precisamente las mujeres. Jóvenes, maduras e incluso ancianas, da igual su edad o condición, en cuanto los termómetros ascienden unos cuantos grados, mudan su indumentaria radicalmente cual piel de serpiente. Las faldas se acortan, los escotes se pronuncian y las prendas disminuyen, provocando con ello que mi temperatura corporal aumente de manera inversamente proporcional. Dirán ustedes, ¿y cuál es el problema? En la calle ninguno, faltaría más, soy un caballero y me limito a contemplar con cierto disimulo el florido paisaje. Embelesado, eso sí. Ahora bien, cuando las tengo recostadas en el sillón de la consulta la cosa cambia...

¡Y tanto! Con los escotes me apaño cubriendo todo lo que descubren con el babero. Pero mi debilidad son las piernas, y ¡ay! poco puedo hacer yo para taparlas... ¡Y si aun encima las tengo extendidas en todo su esplendor a escasos centímetros, ya me contarán! En eso tiene razón mi querida esposa, como en tantas otras cosas, por supuesto, soy incapaz de apartar la vista, complicando con ello sobremanera la intervención que esté llevando a cabo en ese momento. De ahí la transpiración repentina que mis asistentes se ven en la necesidad de secarme reiteradamente durante todo el procedimiento, mientras yo me excuso aduciendo que el aire acondicionado no es aconsejable para las afecciones de garganta y que por eso lo tengo desconectado. Lo que tampoco me ayuda demasiado con la mía, puesto que los abanicos se multiplican en la sala de espera, otorgándoles a sus portadoras esa gracia tan seductora que me apasiona, haciendo revolotear sus melenas al mismo ritmo que se agita mi corazón. 


Y esto, como comprenderán, se convierte en un sinvivir durante los meses de calor, de hecho, en alguna ocasión me he llegado a plantear trasladarme a tierras más septentrionales para evitar los períodos estivales, pero los ojos azules de las escandinavas me vuelven loco, así que por aquellos lares tendría alterado el pulso todo el año. En consiguiente no me queda más remedio que aguantar el tipo, puesto que las situaciones embarazosas se suceden una tras otra, poniendo en peligro mi indiscutible profesionalidad a la hora de realizar mi trabajo. El otro día sin ir más lejos, atendí a una paciente cuya luna de miel se vio postergada por la rotura de una pieza durante el banquete nupcial. Acudió de urgencia acompañada de su flamante esposo, preparada para aterrizar en el caribe, creo yo, a juzgar por la camiseta de tirantes y los minúsculos shorts que traía. Mi mandíbula fue la que se desencajó al reparar en sus pantorrillas, suerte que tenía la mascarilla puesta y no se notó demasiado... 

Recurrí a enumerar todos los músculos de las piernas como solía hacer durante las clases de anatomía de primero de carrera, ¡pero es que hasta los isquiotibiales de esta jovencita eran dignos de admiración! Y mi ritmo cardíaco se aceleraba a medida que confundía cuádriceps con femorales, intentando entretanto substituir la corona rota por otra de porcelana. Menos mal que, justo cuando la concentración se me fue por completo, irrumpió en la sala mi ángel salvador. Mi venerada esposa venía a informarme sobre un paciente que había cambiado la cita de fecha a última hora, y su cara de pocos amigos me dejó claro lo que me esperaría en casa.

“¡Es que se te van los ojos, Fermín! ¡Eres un caso! ¿Por qué te crees que te saco las gafas cuando vamos a la playa? ¡Es que te pones en evidencia, hombre! ¡A tu edad, además, babeando por cuanta mujer se cruza en tu campo de visión!”, y yo me limitaba a asentir cabizbajo aguantando el chaparrón, saboreando la tortilla con ensalada que aun así tuvo la gentileza de prepararme para cenar. Puesto que gracias a ella podía masticar sin problemas, ya que el marido de la paciente alzó la vista del periódico justo al mismo tiempo en que mi mujer me obligó a levantarla a mí de las piernas de la suya, consiguiendo con ello que mis dientes continúen en su sitio, dado que, seguramente, con semejantes bíceps y tríceps, bien sería capaz de arrancármelos de raíz de un puñetazo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe


jueves, 18 de mayo de 2017

¿Ligar? ¿Qué es eso?


Miré de reojo el minutero del reloj y me estremecí de nuevo. Paula resopló a mi lado, más bien porque le sacaba de quicio mi actitud, y no porque estuviese acelerando el proceso de secado del esmalte de uñas. “¡Perfectas!”, exclamó satisfecha al cabo de unos instantes. Me incorporé ligeramente para observar incrédula lo maravillosos que relucían mis dedos coronados de rojo, para inmediatamente dejarme caer sobre la cama extenuada. Tanto preparativo, ¿para qué, a fin de cuentas? Si en menos de media hora me tendría calada y acabaría de cenar lo antes posible, alegando cualquier indisposición para librarse de mí nada más terminar. Pero vayamos por partes. El agobio me entró esta mañana, sí, bueno, lo que pasa es que todo empezó hace un par de semanas, durante la pausa para el café. 

Paula, además de ser mi mejor amiga, es mi compañera de trabajo. Nos pasamos ocho horas diarias sentadas una al lado de la otra en una oficina delante de un ordenador. Nos vamos juntas al gimnasio al salir, y después la acompaño a recoger a sus hijos a las actividades extraescolares. Tiene suerte, su madre es diabética como ella y la obliga a hacer ejercicio, por eso puede permitirse el lujo de bailar zumba mientras los abuelos se encargan de llevar a Jaime y a Pepe a fútbol, a inglés, o a lo que se tercie. Son gemelos y dan más guerra que si fuesen quintillizos. Ella siempre quiso una niña y al saber que eran niños, y dos, casi le da algo. En cambio a mí ya me gustaría tener alguno, por mí como si me viene una rana, vamos, aunque a mi edad ya he tirado la toalla. 42 castañas y sola, lo tengo crudo. 

Bueno, a lo que íbamos, que esa mañana se metieron conmigo los chicos de contabilidad, nosotras estamos en nóminas y ellos se dedican a cuadrar las cuentas, hay un par de chicas nuevas que están en prácticas, pero el resto en realidad son carcamales que llevan aquí desde que abrió la empresa. Me estaba quejando de que no tenía planes para el fin de semana, Paula se tenía que quedar en casa con Fran y los niños, que andaban con mocos, y suelo irme de fiesta con un par de amigas que conservamos del instituto, las únicas sin pareja como yo, las dos divorciadas (el resto o casadas, o fuera de juego) y, como que no nos apetece ir a cenar con las parejitas, nos lo montamos las tres por nuestra cuenta. Pero justo esa semana ellas estaban también con gripe, y en esas metió baza uno de los viejos: “A ver cuándo te echas novio de una vez para que te saque a pasear, Berta, que con ese culo que tienes no entiendo cómo no te tiran más los trastos...” “¡Los jóvenes de ahora, que no tienen ni idea, dicen que están rebuenas y cuando miras para ellas son palos con melena!”, le respondió otro, y casi acaban por tirar sus cafés entre carcajadas. Suspiré sin hacerles ni caso al quedarnos solas, y noté cómo me miraba. “¿Qué?”, le pregunté al ver que no reaccionaba, “¿No irás a decirme que necesito un tío para que me saque? ¡Vamos, ni que fuera un perro!” “No, mujer, no es eso”, puso los ojos en blanco, “¿Hace cuánto que no tienes una cita?” Entonces los puse yo en blanco. “No empieces, Paula que te conozco...” 


Al día siguiente se abalanzó sobre mí en el ascensor: “¡Este fin de semana no puede, que trabaja, pero el siguiente sí!” “¿Quién puede qué?”,  le pregunté aturdida, me sienta mal madrugar y hasta bien entrada la mañana no soy realmente yo, sino más bien un autómata que maneja mi cuerpo a su antojo. “Diego, un amigo de Fran, que está libre desde hace unos meses y nos enteramos ahora.” “¿Libre? ¡Ni que fuera un taxi!”, mi sarcasmo la hizo sonrojarse. “Bueno, ya me entiendes, no está con nadie, tuvo una novia, pero rompieron en Navidad. Lleva ya divorciado varios años, tiene una hija de seis, ¡más linda! ¡Para comérsela, de verdad! La ve poco, eso sí, porque la madre se volvió al pueblo de sus padres al quedarse en paro. Él estuvo algo perdido al principio, ya sabes, a saco con todo lo que usaba faldas a menos de diez kilómetros a la redonda... Ahora está más calmado, un par de chicas después de dejarse con su novia y poco más. Dice que está mayor para andar de flor en flor, y que prefiere encontrar a una decente.” “Ya. ¿O sea que la decente ésa soy yo? ¿Pero a Fran y a ti se os ha ido la pinza o algo? ¡Si ni siquiera lo conozco! ¿Cómo voy a quedar con un desconocido?” “Se llama cita a ciegas, ¿te suena?” “¡Sííí, claro! ¡Si hasta hay un programa en la tele y todo! ¡Anda, no me hagas reír!”

Ni que decir tiene que se pasaron el resto de la semana convenciéndome para que fuera. Diego reservó mesa para el sábado por la noche en un coqueto restaurante del centro y tuvo la gentileza de enviarme la localización por Whatsapp. ¡Genial! ¡No lo he visto en mi vida y ya tiene mi número! “Se lo he dado yo, claro, pensé que no te importaría...”, se disculpó Fran mientras le ayudaba a ponerle el pijama a los gemelos. Yo les metía las mangas y las perneras en su sitio mientras él se afanaba porque no nos diesen patadas con sus saltos entre risas, litera arriba, litera abajo. Su cara de exagerado arrepentimiento me hizo olvidar el enfado y asentí claudicando. “Es un buen tipo, de verdad”, me dijo sonriendo de oreja a oreja al instante, “lo conozco desde ya ni me acuerdo y es de fiar, sino no te lo emplumaríamos... Esto... quiero decir... Que sino no te lo recomendaríamos, ¿sabes? Lo pasó mal con el divorcio, no se lo esperaba, su mujer le puso los cuernos y tal... Así que mejor no toques el asunto durante la cena, ¿vale?” Asentí de nuevo en silencio perpleja, pensando en cómo iba a ocurrírseme sacar semejante tema en una primera cita. 

¿Una cita? El sábado el ataque de pánico al salir de la ducha y mirarme al espejo, me obligó a meter la cabeza entre las rodillas y respirar hondo a fin de no perder el conocimiento. Llevo tanto tiempo sin comerme un rosco que ni recuerdo el último pol..., bueno, la última vez que estuve con alguien. Los gemelos tienen siete años y creo que cuando eran bebés no podía quedarme nunca con ellos los fines de semana porque solía estar inservible. De resaca, vamos, y muchas veces amanecía con un tipo que no reconocía a mi lado. Llamaba a Paula procurando no gritar por la histeria, y Fran aparecía al poco en mi apartamento para ayudarme a echarlo, sin armar escándalo para que mi casera ni se enterase. Vive justo debajo y se supone que no puedo llevar hombres a casa, solo novios formales, me dijo inflexible al darme las llaves, y de hecho todavía cree que Fran es mi primo, primo hermano para ser exactos, por aquello de no dejar lugar a dudas. A mis amigos les devolví los favores con creces, que conste, quedándome con los críos muchísimas noches para que pudiesen salir a cenar, o al cine. Aunque ahora los gemelos tienen tanta vida social que se dedican a quedar con los padres de sus amigos y ya no me necesitan tanto. “¡No puedo ir, invéntate algo, pero no puedo ir!”, le dije esta vez por teléfono atacada de los nervios. Se plantó en mi casa a media tarde después de dejar a los niños en un cumpleaños, sacó un arsenal de esmaltes de una bolsa de papel y me preguntó convencida: “¿Ya has decidido qué llevarás? Me he traído todos los que tengo, por si acaso.” Me dejé caer en el sofá con el pijama y el pelo todavía sin peinar. 

“Rojo putón”, escribió Fran en el mensaje y me dio la risa. “¡Te lo dije! El negro nos gusta a nosotras porque nos vemos más delgadas, pero a ellos les pone el rojo...” Le había enviado las fotos de los dos vestidos entre los que dudábamos, como hay confianza no me importó que me viese sin maquillar ni nada. Él ni se inmuta, creo que más que por mi primo podría pasar perfectamente por mi hermano, lleva con Paula desde el instituto y ya lo conocíamos de antes, del barrio. Debe ser el único hombre que no me preocupa que me haya visto las bragas de cuando estoy con la regla. “¡Joder, parecen las de mi abuela, Berta, si te ve alguien con esto puesto no se le levanta en la vida!”, me dijo mientras doblábamos la colada. No tengo lavadora y aprovecho que estoy tanto tiempo en su casa para hacerla y no darle más trabajo a mi madre. “Son cómodas”, le dije a modo de disculpa, pero hasta yo reconozco que son horrorosas. Paula sacó del cajón el último conjunto de encaje que me compré en las rebajas y entrecerré los ojos: “¡No pienso acostarme con él en la primera cita!” “Pues antes no tenías tantos reparos a la hora de ligar...”


¿Ligar? ¿Qué es eso? Me pregunté a mí misma ensimismada. Supongo que se referirá a cuando salíamos juntos antes de tener a los niños. A veces incluso ella y yo solas, si Fran se iba con sus amigos. Llegué a dejarla plantada más de una vez por liarme con el primero que pasaba. Borracha siempre, eso sí. Ni recuerdo lo que me decían. Tampoco lo que les decía yo, porque también les entraba si me gustaban. Pero desde que ando con las dos lobas, como las llama Fran, nada de nada. Ellas sí que saben. Al principio desayunaba con ellos los domingos antes de acostarme para contarles sus tácticas de ataque, y nos partíamos de risa tapándoles las orejas a los peques para que no escuchasen las barbaridades que les escenificaba y todo. ¡Le echan el lazo a cualquiera! ¡Es poner el ojo en uno y cae fijo! Jóvenes. Maduros. Altos. Bajos. Guapos. Feos. ¡Les da igual! El caso es no acabar solas la noche. Yo a su lado, una principiante... Tanto es así que ya ni me acuerdo del último con el que estuve. ¿Cómo voy a ligar yendo con ellas, si arrasan con todo hombre sin acompañante que encuentran a su paso? ¡Y hasta acompañados, que éstas no le hacen ascos a nada! Me veo guapa reflejada en el espejo, tanto que no parezco yo, llevo tiempo sin arreglarme como es debido, total, no vale la pena, para el caso que me hacen... Y ahora me siento como una estúpida. Todo fachada. Vestido rojo apretado, taconazo y medias de rejilla. Melena impecable y manicura perfecta gracias a mi amiga. ¿Y qué le voy a decir? Esta semana me di cuenta de que empieza a gustarme. 

De tanto bucear en su perfil de Facebook parece que lo conozco. “¿Sabe cuántos años tengo?”, le pregunté a Paula ingenua y camufló las carcajadas fingiendo un ataque de tos. Después me miró intentando contener la risa, pero nos partimos juntas cuando me soltó: “¡Parece mentira que no conozcas a los tíos a estas alturas! ¡Fran le habrá dicho hasta tu talla de sujetador!” Espero que lo de las bragas de vieja no, por favor, pensé para mí. No retoca mucho las fotos que cuelga, en eso se parece a mí. Los 47 se le echan, sí, pese a que tiene una sonrisa risueña que lo hace más joven. En unas se le nota tanto la barriguita de pasarse horas sentado conduciendo el bus, como a mí las cartucheras de la oficina. En otras sonríe feliz con su niña, y me enternece ver cómo se ve que la quiere. Al principio no me gustó demasiado. Está un poco calvo y tiene unas manos un tanto groseras, de tan grandes. Aunque ahora ya me he ido acostumbrando. Sus amigos lo aprecian, a juzgar por los comentarios que le ponen en las publicaciones, y suele comer los domingos en casa de sus padres. Cuando le toca la niña, siempre, para que la vean. Por eso me preocupa lo que piense de mí. No quiero quedar como una tonta. Y reconocer que no tengo ni idea de cómo comportarme en una cita me hace doler el estómago. ¿A que no voy a poder ni probar bocado, y parezco una de esas que está siempre a dieta? 

Fran me dejó en persona en la puerta del restaurante. Supongo que no se fiaban de que fuese a ir, porque hasta me dio un último empujón antes de entrar. En realidad fue una palmada en el trasero, la confianza da asco en estos casos: “¡Anda, que hoy triunfas, churri! ¡El rojo te favorece!”, y me guiñó un ojo sonriendo socarronamente. Es más alto de lo que aparenta en las fotos, y más calvo también, pero se corta el pelo muy corto y no se le nota tanto. Me gustó su colonia y que sus manos fuesen más suaves de lo que creía. “¿Nerviosa?”, me preguntó tras saludarme y le solté de golpe, “No, lo siguiente”, entre risitas tontas. “Yo también, no creas, se me hace raro,” continuó sin darle importancia a que casi me caigo de la silla al sentarme, “pero de tanto que me ha hablado de ti Fran estos días, hasta creo que te conozco un poco.” Sonreí con cara de circunstancias y me tranquilizó: “Nada malo, eh, que le caes muy bien. A Paula ya no digamos... Estás muy guapa, por cierto, mejoras en persona. ¡Ya veo que no eres de esas que cuando te las encuentras ni las reconoces!” Nos reímos juntos y me alegré de no utilizar filtros, photoshop, ni nada de eso.

Y tras un par de platos me encontré el postre delante, sin darme ni cuenta de que el tiempo había volado y seguíamos sin dejar de charlar. Y que a pesar de mis meteduras de pata, mis nervios y mis caras raras, lo estábamos pasando bien y todo. Porque es un tipo simpático, que le gusta el buen vino y poder mantener una conversación tranquila sobre cualquier cosa. “No soy muy culto, pero últimamente me ha dado por leer, por aquello de darle ejemplo a la niña... ¡Y, claro, la falta de costumbre! ¡Yo es que no tenía ni idea de qué debía leer! Y allá me voy a la biblioteca una tarde que tenía libre. La señora me miró por encima de las gafas y me dijo toda seria: Usted lea el libro de alguna película que le haya gustado, que le aseguro que le da mil vueltas. ¡Así que tienes ante ti a todo un forofo de la literatura de ciencia ficción! Y que sepas que Stephen King es un crack por algo... Pero Asimov es un clásico por lo mismo.” Y las carcajadas resonaron en el comedor de tal manera, que algunos comensales próximos nos miraban sonriendo de medio lado. Sí, se nota que entre nosotros hay química, y me alegro de haberle hecho caso a Paula, porque igual esta noche estreno el conjunto y todo. 

by Eva Loureiro Vilarelhe

jueves, 11 de mayo de 2017

Romance en hibernación


Dicen que el tiempo todo lo cura. Dicen que toda pasión acaba por agotarse. Dicen que todo pasa. Yo no estoy de acuerdo. Quizás es que soy raro. Tal vez es que jamás me había ocurrido nada igual. No estoy seguro. Tampoco tengo nada mínimamente semejante con qué comparar. Pero creo haber encontrado la fórmula. La manera, digamos, de no sufrir por un amor imposible que me estaba volviendo loco. 

No viene al caso entrar en detalles sobre las diferentes razones por las que lo nuestro no podía ser. No pudo ser y punto. Tampoco deseo resarcirme en el dolor que he soportado desde que la conocí. Ocurrió tan rápido que me cogió desprevenido. Por eso no sentí el pinchazo hasta unas semanas después. Pensaba que los continuos dolores de cabeza eran jaquecas provocadas por el estrés, por el trabajo, por cualquier cosa menos por lo que siento por ella. Y me equivoqué. Como tantas otras veces. La quiero tanto que me dolía saber que nunca sería mía. 

Así que decidí ponerle remedio. La congelé. Resultó más fácil de lo que esperaba, la verdad. Conozco de sobras sus rutinas. Simplemente la esperé cuando se dirigía a hacer los recados y la rapté. Fue sencillo. Vino conmigo de buen grado como si fuésemos a tomar uno de los cafés a los que solía invitarla. Me costó más dormirla. Eso sí. No entendía a santo de qué debía limpiarle una inexistente mancha en la mejilla con un pañuelo empapado en cloroformo. Casi me caigo yo redondo al demostrarle que era agua, poniéndomelo junto a la nariz fingiendo que no sabía de dónde provenía aquel olor tan fuerte. En fin. La pobre confiaba tanto en mí que se dejó hacer. Poniendo caras raras, todo hay que decirlo, porque mi representación teatral no debió parecerle muy convincente. En el colegio descubrí que no tenía madera de actor, habitualmente hacía de árbol. 

Tenerla sin sentido entre mis brazos fue un sueño. Durante unos instantes la contemplé maravillado. Cómo desearía que fuese tras haberla poseído. Pero no. La llevé a mi casa y al atravesar el umbral se me hizo un nudo en la garganta. Le susurré al oído. En la riqueza y en la pobreza. En la salud y en la enfermedad. Hasta que frené en seco en el sí, quiero. No podría responderme así que preferí ahorrarme el mal trago. 

Dudé en desnudarla. Su respiración tranquila hacía elevar y descender delicadamente el pecho que asomaba por el escote. Deseaba tanto verla que le desabroché un par de botones de su blusa. El encaje del sostén me obligó a tragar saliva. Tan blanco y puro como su alma. Lo acaricié sintiendo su sedosidad. Su piel era infinitamente más suave. Quería recorrerla entera con mis labios. Sin embargo volví a abotonarla evitando rozar su atrayente cuello. Un mechón de su melena resbaló por un movimiento reflejo y se lo coloqué detrás de la oreja con cuidado. Sabía que era una estupidez. No iba a despertar tan rápido. La miré un par de segundos más para retener su calidez en mi memoria y cerré los ojos suspirando. Su sonrisa viene a mi mente en cuanto pienso en ella. Y su elegancia natural me fascina. Es tan bella siendo imperfecta que no podría imaginar un ser más perfecto. Adorable de trato y carácter. Mágica cuando abre la boca. Sea para hablar o para reír. Es un auténtico imán. Me abracé por última vez a su cuerpo de diosa. Para mí es todo lo que puedo desear que sea una mujer. Y la odio también por el mismo motivo. ¿Cómo pudo hacerme eso? ¡¿Ser perfecta para mí y no ser mía?! 


Ahora lo es. Le doy los buenos días cada mañana antes de preparar el desayuno. Me abrigo bien y abro la cámara frigorífica que compré a su medida. No fue cara. No es muy alta y no tuve que encargarla de un tamaño especial. Lo que sí quería es que fuese vertical. Nada de tenerla acostada en un arcón. Ni en posición fetal. De pie como está tengo la impresión de que va a echarse a andar en cualquier momento. Tuve la paciencia de esperar a que estuviese semicongelada para abrirle los párpados. No sufrió. Dormida como estaba su pulso se fue ralentizando. Saboreé hasta el último de sus latidos consciente de que ya no importaba que no lo hiciesen por mí. 

Queda siempre a buen recaudo. Cuando vuelvo de trabajar está esperándome. No con la cena preparada por motivos evidentes, pero da igual. La preparo charlando con ella. Suelo bajar los grados del congelador mientras la puerta está abierta para tratar de mantenerla a una temperatura constante. Al parecer eso ayuda a que el cadáver aguante mucho más tiempo incorrupto, o eso dicen en internet. Ella está más fresca que una manzana, desde luego. Incluso conserva el rubor característico de sus mejillas. Reconozco que ahora disfruto más de ella que antes. Nuestras conversaciones son mucho más animadas y amenas, aparte de que no se ven interrumpidas porque tenga que regresar a sus quehaceres cotidianos como pasaba con frecuencia. A veces dudo de si en el fondo no sería una excusa para librarse de mí, pero ya poco importa. 

Nuestro romance en hibernación, como me encanta denominarlo, avanza a pasos agigantados día a día, y al fin me he decidido por el anillo. El del diamante que me recomendaba el dependiente de la joyería me pareció un poco frío, y me decanté por uno con un enorme rubí. Sus labios han adquirido un tono rojizo similar, imagino que a consecuencia de que el carmín está deteriorándose y me gustó comprárselo a juego. Sueño a diario con la noche de bodas. Le he probado el vestido procurando no estropear la ropa que lleva, ya que su estilo a la hora de vestir es infinitamente mejor que el mío. Aún así creo que el velo que recuperé del baúl de la abuela no le desagrada, parece una virgen con él puesto. Mi madre estaría orgullosa de saber que he escogido una buena chica como esposa. Y la respeto. No pienso tocarla hasta que el cura nos de la bendición. Lo que no sé es cómo demonios voy a convencerlo para que oficie la ceremonia, porque cada vez que le quito la mordaza se pone a gritar y me veo obligado a recurrir de nuevo al cloroformo. En fin. Tarde o temprano entenderá que mis intenciones siempre fueron buenas...    

by Eva Loureiro Vilarelhe